Lo que dejé en Madrid Paciente R.P.
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Paciente R.P.

Decir que Hugo estaba nervioso aquel día era quedarse muy corto.

Llevaba más de media hora paseando de un lado a otro del pasillo de su apartamento, incapaz de quedarse quieto.

Tres semanas llevaba sin ver a su paciente.

Tres semanas tratando de no pensar demasiado en él y fallando estrepitosamente.

Ocupaba gran parte de sus pensamientos y noches en vela.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba su voz en las sesiones.

No era solo el miedo lo que lo inquietaba, sino la sensación de estar atrapado en una encrucijada sin salida.

Su paciente había revelado sus cartas de forma calculada, dejando claro el motivo real por el que asistía a terapia.

Hugo no podía redactar el informe que le estaba pidiendo, no solo porque sería mentir y traicionar su ética profesional, sino porque hacerlo significaría que más mujeres podrían volver a caer en sus garras.

Y, sin embargo, negarse abiertamente no era una opción fácil.

Conocía demasiado bien el tipo de hombre que tenía frente a él: alguien acostumbrado a conseguir lo que quería, sin importar el método.

Si no accedía a su petición, ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar?

Resopló y se pasó las manos por el pelo, demasiado largo para lo que estaba acostumbrado, despeinándolo aún más.

Se prometió a sí mismo que tenía que ir a la peluquería cuanto antes, pero ahora mismo eso era lo último en su lista de prioridades y preocupaciones.

Antes de poder seguir perdiéndose en esos pensamientos, el timbre de la puerta sonó.

Se quedó inmóvil un segundo, como si su cuerpo necesitara procesar lo inevitable.

Maldijo entre dientes y se obligó a poner su mejor cara antes de abrir la puerta. Era el momento de ser el actor del año.

—Buenas tardes —saludó con la educación forzada que le permitía la situación.

El paciente entró sin esperar invitación, dándole una palmada en el hombro a modo de saludo, un gesto de falsa camaradería que a Hugo no le gustó para nada.

No era su colega y no quería serlo. No hablaron hasta que ambos estuvieron dentro del despacho.

Hugo lo observó durante más tiempo de lo que lo hacía normalmente.

No estaba seguro de si era por la confesión del último día, pero parecía más relajado, satisfecho.

—¿Qué tal? —preguntó, intentando romper el hielo.

—Fenomenal —respondió su paciente con una sonrisa socarrona.

—Pareces contento.

Hugo levantó las cejas, sorprendido por su actitud. No le gustaba nada que se sintiera tan cómodo de repente.

—Lo estoy.

—¿Algún motivo en especial? —preguntó.

—He tenido un buen día, nada de lo que quejarme. Ni siquiera de venir aquí, ahora que somos colegas...

Le parecía muy sospechoso ese comportamiento. ¿Le estaba poniendo a prueba para ver hasta dónde llegaba su complicidad? Se obligó a mantener la compostura y decidió intentar manipularlo con lo único que realmente le importaba: el informe.

—A ver —dijo con un tono un poco más amigable de lo normal—, si quieres que haga ese informe, tenemos que mantener una relación profesional para que sea verídico. Si alguien revisa este caso y nota favoritismo o manipulación, nos meteríamos en problemas.

—Claro, lo entiendo perfectamente. Lo que tú digas, doc.

Su repentina confianza le daba cada vez más náuseas. No quería tener nada que ver con él ni por asomo.

—Me contaste todo lo que ocurrió con esa chica, ¿verdad? —El paciente asintió—. Está bien. Ahora necesito que me cuentes si alguna vez has tenido situaciones parecidas con otras mujeres.

—¿Qué tiene eso que ver con el informe?

El gesto del paciente cambió sutilmente. Hugo tragó saliva y pensó lo más rápido que pudo una excusa para justificar que le siguiera contando todo lo que necesitaba saber.

—Yo no soy abogado, pero he trabajado en este tipo de informes antes y te aseguro que necesitas algo más que tu historia con ella.

—Hugo intentó sonar muy profesional para que le creyera y así se abriera más con él—.

Para que sea sólido, tengo que demostrar que no eres una persona con un patrón de conducta problemático.

Eso significa que necesito saber de otras relaciones que hayas tenido y demostrar que ninguna acabó de la misma forma.

Si en un juicio preguntan por tu historial y yo no tengo esa información, no podremos justificar que esto fue un hecho aislado.

Solo quiero los detalles necesarios para entender cómo plantearlo.

El paciente lo observó y, como buen hombre práctico, entendió lo que le planteaba y aceptó que tenía mucha lógica. Para tranquilidad de Hugo, le dio luz verde para seguir.

—Está bien. Pregunta lo que quieras.

—Hasta ahora hemos hablado de tus relaciones más largas, pero un hombre como tú habrá tenido muchas más esporádicas, ¿no?

—Por supuesto.

De nuevo la sonrisa siniestra que Hugo odiaba.

—Bien, necesito sinceridad absoluta. Cuéntame tu dinámica con esas mujeres. ¿Dónde las conoces? ¿Cómo interactúas con ellas? ¿Alguna vez ha habido malentendidos o situaciones incómodas? —interrogó Hugo, deseando que no le parecieran demasiado esas preguntas.

—No tengo mucho tiempo libre, así que uso aplicaciones de citas y redes sociales —respondió pensativo—. En unos minutos puedo filtrar a las chicas guapas que me gustan y hablarles.

—Así que el físico es en lo que más te fijas —adivinó.

—Bueno, para echar un polvo no necesito más.

Su respuesta fría y carente de emoción le ponía la piel de gallina en el mal sentido.

—Entonces, les escribes, quedas con ellas y os acostáis, ¿no?

—A veces sí, a veces no. No es tan fácil —respondió algo más dubitativo.

—¿Puedes darme más detalles?

—Las mujeres tienen ideas raras sobre el sexo casual y alguna vez he tenido algún malentendido.

—El paciente se encogió de hombros—. No suelen entender que es solo eso.

Yo no quiero citas, ¿sabes? Aunque en ciertas ocasiones he tenido que ir a alguna para luego poder acostarme con la chica de turno.

Por eso también recurro a salir de noche a un bar, suele ser más efectivo aunque tenga que hacer el esfuerzo de salir de casa.

—¿Por qué un bar es más efectivo?

—Porque las mujeres beben, se emborrachan… y se convierten en pequeños seres con los que puedes hacer lo que quieras. Son mucho más dóciles y se dejan hacer.

Se echó hacia delante para quedar sentado en el filo del sofá, en un intento de acercarse a Hugo para crear más confianza por lo que le estaba contando.

Él, en cambio, se recostó en su sillón volviendo a crear más distancia física entre ellos.

Estaba confirmando sus mayores temores. Tenía frente a él a un abusador de mujeres de libro, no solo con las que había mantenido relaciones durante largos periodos, sino con las que ligaba o quería tener algo.

Intentó mantener la compostura y recuperó su posición seria ante la mirada del paciente.

Tenía que seguir con aquella sesión, aunque lo único que quisiera fuera llamar a la policía para contarle que tenían que investigar a ese tipo.

—¿Es algo que haces con frecuencia? ¿Salir a bares con esa intención de cazar mujeres?

—Cazar es una palabra fea, doc —se burló el paciente, que parecía tomarse a broma todo aquel asunto, como si no tuviera gravedad alguna en lo que hacía. Lo tenía totalmente normalizado—. Yo salgo a pasármelo bien y a veces necesito desahogarme.

—¿Siempre lo consigues? ¿Desahogarte?

—Unos días es más fácil porque encuentro alguna que se deja llevar. Otros me cuesta más, pero el alcohol siempre ayuda.

Hugo sintió que su garganta se cerraba. Tuvo que obligarse a formular la siguiente pregunta como fuera.

—¿Están… conscientes cuando lo haces con ellas?

Sentía miedo real a la respuesta que pudiera darle. Un miedo que se incrementó cuando vio crecer una sonrisa fría en sus labios.

—Casi siempre…

Hugo no aguantaba más.

No podía seguir escuchando esas barbaridades y hacer como si no ocurriese nada. Tenía delante a lo que él podía considerar, sin cortarse, un monstruo. En ese momento se prometió a sí mismo que acabaría con él, costara lo que costara.

Durante media hora más, el paciente le relató historias en las que el consentimiento parecía un concepto irrelevante.

Se obligó a escucharlo, a grabar cada detalle en su memoria, a resistir la tentación de echarlo a golpes de su apartamento.

Cuando por fin terminó la sesión, lo acompañó a la puerta y forzó una sonrisa mientras se despedía.

En cuanto cerró con llave supo lo que tenía que hacer.

El abuso sexual y físico era uno de los cuatro casos en los que un psicólogo podía romper el secreto profesional e ir a las autoridades pertinentes con su información.

Para ello, primero debía indagar, recopilar y verificar toda la información que pudiera. En este caso, ya había hecho gran parte del trabajo, ahora necesitaba unir todas las piezas y redactar varios informes antes de poder ir a la policía con un caso en firme.