Lo que dejé en Madrid Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Le echo de menos, más que nunca, más de lo que puedo y voy a poder soportar toda la vida.

Hugo siempre ha sido, desde que nos conocimos, tan necesario en mi vida como mi mano derecha.

Era el pilar que me equilibraba y me mantenía firme cuando empezaba a ahogarme en mis problemas.

Siempre, siempre hacía que todo pareciera menos intenso, menos pesado y menos difícil.

Adoro a Marcos, pero él siempre ha sido más directo, más impulsivo y eso le hace chocar conmigo más por nuestras personalidades.

Hugo, en cambio, siempre sabía cómo guiarme hasta el lugar correcto.

Ojalá hubiera hablado más contigo sobre Diana, quizás me habrías ayudado a darme cuenta de lo que me pasaba o haberlo arreglado antes de marcharme. No sé, supongo que ahora es tarde y tendré que aprender yo sola a lidiar con mis problemas y entender mis sentimientos.

En un impulso y, con ganas de sentirlo cerca una última vez, cojo las llaves del coche y bajo hasta el garaje del edificio.

Nada más abrir la puerta de seguridad que separa el bloque del ascensor del garaje como método de protección antiincendios, diviso el coche deportivo plateado.

Inconfundible. Tanto como su dueño. Me acerco poco a poco, pasando mi mano por un capó lleno de polvo de llevar tantos días sin salir de aquí y suspiro antes de abrir la puerta para sentarme dentro.

Recuerdo la ilusión que le hizo comprar este coche.

Siempre había sido un fanático de los deportivos y el día que se lo dieron me llenó el móvil de fotos y audios muy emocionado.

La tapicería negra de cuero es suave y las costuras están rematadas a la perfección. Es perfecto.

Era su bien más preciado y me lo ha dejado a mí.

¿Por qué, Hugo? Yo no me lo merezco y sabías que no me lo puedo llevar a Nueva York.

No sé ni qué hago aquí sentada. Supongo que si doy una vuelta en el coche, quizás sienta a mi amigo un poco más cerca.

¿Sería eso lo que él querría? Por probar a ver cómo me siento…

Total, llevo cuarenta y ocho horas haciendo cosas sin sentido, por una más no va a pasar nada.

Ajusto el asiento a mi altura, muevo los retrovisores y arranco el motor.

El rugido que hace es ensordecedor y estoy convencida de que más de un vecino le odia por el escándalo que hace.

Allá vamos.

Conduzco por Madrid durante bastante rato, intentando no pensar en nada más que en la carretera y los coches de mi alrededor.

En esta ciudad hay que ir con mil ojos o te dan cinco golpes en la misma rotonda.

Y me ayuda. Me ayuda a perderme un rato y honrar su memoria como no he podido hacer hasta el momento, demasiado ocupada conmigo misma como para ello.

Solo cuando me paro en un semáforo frente al Retiro, aprovecho para encender la radio y escuchar algo de música.

En cuanto pulso el botón de reproducir, lo que escucho es la voz de Hugo en el interior del coche, y el brinco que pego hace que pulse el claxon sin querer. El coche de al lado me mira extrañado por mi actitud y yo sonrío intentando parar la grabación que está sonando.

Explícame mejor eso que decías de que la situación se descontroló cuando…

—Joder, Hugo… ni conduciendo podías dejar de trabajar —susurro cuando entiendo que se trata de una sesión con un paciente.

Empiezo a tocar todos los botones que hay en la pantalla para que se calle, totalmente de los nervios y desbordada de estar escuchando su voz así cuando yo creía que no iba a volver a hacerlo nunca más.

Joder, ahora el semáforo en verde… A ver, arranco y lo sigo intentando.

Nada. Le he dado a todos los botones y esto no para, así que opto por apagar la radio y volver al silencio.

Uf… ¿Qué ha sido eso?

Qué sensación más rara tengo ahora en el cuerpo.

Lo peor es que ya no sé si es por la grabación, por estar en Madrid, por llevarme bien con Diana o por qué. ¿Cómo voy a saberlo si aquí pasan cien cosas por segundo? No hay manera humana de tener la cabeza asentada con tanto evento canónico, joder.

Tío, Hugo, vuelve, que ahora sí que me apetece que me trates y me ayudes porque no puedo más, de verdad que no puedo. Necesito que vuelvas a guiarme, que me hagas entender qué hacer y si debo escuchar a mi corazón, a mi cabeza o a ti.

Espera, a ti…

No puede ser, ¿no? No sería tan retorcida esta persona de hacer eso.

O sí, teniendo en cuenta todo lo que ha hecho desde que se suicidó.

Si fuera un dibujo animado, ahora mismo tendría una bombilla sobre mi cabeza.

Estás aquí y te estoy escuchando, literalmente, solo tengo que volver a encender la radio.

Y no estoy loca… Lo dijo el notario al leer el testamento y yo no supe verlo.

Recuerda escuchar bien cuando conduzcas.

Qué cabrón…

¿Por qué iba a ser tan importante escuchar bien cuando condujera? ¿No es más lógico decir que mirara bien a mi alrededor? ¿Y si Hugo quería que escuchara esta sesión? Quizás no es una casualidad que se haya reproducido automáticamente, ¿no?

Pulso la pantalla táctil y vuelvo al menú anterior para darle al botón de reproducir.

La voz de Hugo se cuela hasta lo más hondo de mi cuerpo, otra vez. Casi no puedo prestar atención a lo que dice porque mi mente está totalmente perdida en la voz de mi amigo. Al menos hasta que la voz de otro varón aparece en la grabación.

Es una voz grave y mucho más pausada que la de Hugo.

¿Ahora este quién coño es y por qué tengo que escucharle?

Nada de lo que ha pasado desde la muerte de Hugo ha sido una coincidencia y esta grabación tampoco puede serlo.

Subo el volumen de la radio y doy la vuelta en la rotonda para cambiar de sentido.

Tengo que volver a casa de Diana a contarle lo que acabo de encontrar.

Ella, más que nadie, podrá entender esta sensación extraña de que algo no cuadra que se ha apoderado de mi cuerpo otra vez.