Capítulo 15 #2
—Álex…
—Que no —interrumpo antes de que empiece a protestar e intentar convencerme de lo que quiere—. Ya escuchaste al médico, tienes que descansar.
No sé si es por la dureza con la que lo digo o por el tono de preocupación genuino de mi voz, pero no insiste más. Por una vez se queda calladita y acepta la derrota.
—Te preocupas por mí…
Ah, pues no se va a quedar calladita, no. Ella va a recrearse en esto un poco y lo va a disfrutar. Tampoco la culpo después de lo mal que la traté hace unas semanas.
—Estás hecha mierda, Diana —le recuerdo como excusa para justificar mi comportamiento—. Hasta un mendigo se preocuparía por ti.
—Lo que tú digas. —Me saca la lengua para burlarse de mí y me hace reír—. Solo digo que el mendigo no está aquí y tú sí.
Pues nada, ya ha vuelto a ganar esta batalla la muy hija de una hiena.
¿Puedo volver a subir los muros y que no sea capaz de verme de una forma tan evidente?
Es que madre mía… No sé si es que he sido muy obvia o de verdad sigue siendo capaz de colarse en mi cabeza sin esfuerzos.
Sea como sea, tengo que aprender a lidiar con esta nueva forma de relacionarnos.
—Voy a ducharme y me voy, que voy a llegar tarde.
Con eso e ignorando su comentario previo, me voy de la cocina sacudiendo la cabeza y aguantándome la sonrisa tonta.
Va a ser muy complicado y muy satisfactorio a la par tenerla tan cerca y no dejarme llevar por nuestras viejas costumbres del pasado.
¿Me jode ver que, si quisiéramos, estaríamos bien?
Sí. ¿Me da un calorcito en el pecho que hace años que no tenía? Pues también.
Pensamientos que son fácilmente alejables durante un buen rato gracias a la música a todo volumen que pongo en mi habitación mientras me ducho.
Intento ir lo más rápido que puedo porque no quiero llegar tarde y que la Policía ya se haya marchado.
Ni me fijo en lo que saco de la maleta, sino que coloco las prendas conforme van saliendo.
Un vaquero oscuro algo suelto, unos botines negros y un jersey tricolor un poco metido en el cinturón que termina el look .
Pelo más o menos liso y un poco de gloss, ya que no tengo ganas de maquillarme mucho más.
Salgo disparada por el pasillo mientras compruebo la hora en mi reloj.
En mi camino a la puerta veo que Diana se ha ido al sofá y está tumbada descansando.
Mira, por lo menos en algo me hace caso.
Tiene un libro sobre su regazo. No alcanzo a ver su título, solo la ilustración de una chica pelirroja y una morena sentadas en el suelo de una habitación bastante rosa, cogidas de la mano.
Podría pasarme el día observando a la mujer madura en la que se ha convertido, mucho más segura de sí misma y sin miedo a decir lo que se le pasa por la cabeza.
—¿Vuelves luego y me cuentas?
Ups, me ha vuelto a pillar mirándola. Me gusta que no se recree en ese hecho, sino que pregunta con tanta inocencia y delicadeza si voy a volver aquí, con ella, que me derrito.
¿Cómo puede seguir queriéndome cerca después de lo mala que he sido?
¿Lo cruel? Asiento y sonrío, tragándome el nudo que tengo en la garganta y que me impide hablar antes de marcharme.
¿Metro? ¿Uber? ¿Taxi? ¿Un largo paseo? La elección va a depender del tiempo que tenga para llegar al apartamento de Hugo.
Comparo todas las opciones y me decido por el metro.
Rezaré por que no vaya excesivamente lleno a esta hora y no tener que restregarme con medio Madrid contra mi voluntad.
Incluso el universo me da una tregua porque hasta me da un asiento para que ocupe durante las seis paradas que tengo hasta mi destino.
—Buenos días, chiqui —saluda dándome un rápido abrazo.
—Hola, Marc.
—Llegas tarde —recrimina señalando el reloj inteligente de su muñeca.
Siempre a la última en lo que a la tecnología respecta este chico.
—Perdón, me he entretenido y he perdido el metro porque no recordaba qué línea me traía hasta aquí —respondo para justificar mi retraso.
Ups… La cara que está poniendo es que está empezando a hacerse preguntas.
—¿En qué hotel te estás quedando ahora para venir en metro?
Bueno, pues aquí es cuando ya se desata la liebre y le cuento dónde estoy sin dar muchos rodeos. La culpa es mía por delatarme sola. La última vez estaba en un hotel aquí al lado y podría haber venido andando si hubiera repetido hospedaje.
—Pues… es que no estoy… —¿Por qué me estoy poniendo tan nerviosa solo por contar que me estoy quedando con Diana? Por Dios, que no es para tanto. No hay nada de malo, ni segundas intenciones—. He dormido en casa de Diana.
—Interesante.
Venga, Marcos, suéltalo, si lo estás deseando.
El único motivo por el que no ha empezado a burlarse de mí es porque quiere calibrar hasta dónde puede llegar sin que me enfade.
Por una vez, te voy a dejar que digas lo que quieras porque me lo merezco y tu cara es un poema por la sorpresa que te has llevado.
—Vaya, no pierdes el tiempo, Álex —se burla.
—No es lo que piensas —advierto.
Esta persona ya se está imaginado que nos hemos acostado y esas cosas que, obviamente, no van a pasar.
—Ah, ¿no? ¿Y entonces qué es? —pregunta.
Es que el tío siempre sabe ponerme contra las cuerdas para que me arrincone yo solita.
—Está fatal con todos los dolores, así que la acompañé a casa cuando le dieron el alta y, a cambio, me ofreció quedarme porque era tarde —resumo en una explicación en apariencia normal si no fuera porque se trata de Diana y yo.
—Ajá.
No se ha creído ni una palabra que ha salido de mi boca. Con razón.
—Es la verdad —insisto.
—Si yo no digo que no lo sea, es solo que… —Hace una pausa antes de soltar de una vez por todas lo que está pensando—. Me sorprende, la verdad. ¿Qué te ha picado para ser así de amable con ella de repente?
—¿Versión larga o corta? —pregunto.
—¿Pueden venir un momento?
La voz de uno de los agentes de Policía, procedente del apartamento, interrumpe la conversación.
—Dame la corta que yo tengo que irme a trabajar y tú entrar ahí —responde Marcos ignorando al Policía.
—Pues la corta es que hace mucho que crucifiqué a Diana porque le preocupaban más las apariencias que yo.
—Hago una pausa, eligiendo con cuidado mis palabras.
Qué seca tengo la garganta así de repente—.
Digamos que me he dado cuenta este último mes de que es hora de dejar de aparentar frente al mundo que la odio cuando no lo hago.
No le doy ni tiempo a hacer más preguntas o responder algo porque ya me ha costado un mundo admitir eso, así que entro en el apartamento para buscar a los policías y ver qué necesitan por mi parte.
El oficial al mando me pide que le cuente lo ocurrido, así que repaso todo lo que Diana me contó ayer para decírselo.
También les doy su contacto, así podrán hablar con ella si tienen dudas o necesitan algo por su parte.
Lo poco que me cuentan es que no hay rastro de que nadie haya estado aquí.
Todo parece bastante ordenado y no hay signos de puertas forzadas ni nada por el estilo.
Incordio e insisto tanto con el tema de que alguien ha estado aquí que toman huellas por las diferentes superficies y pomos de las puertas para ver si eso es un hilo del que tirar.
—Por nuestra parte, todo está correcto —anuncia uno de los policías mientras termina de apuntar datos en su libreta—. Pueden seguir viviendo aquí con normalidad. Si notan que falta algo o recuerdan algún detalle más, háganoslo saber.
—Por supuesto. Gracias, agente.
Gracias por nada, porque ya me dirás tú lo que habéis hecho…
En cuanto me despido de ellos y me dejan sola en el apartamento, soy consciente de que nunca había estado aquí sola.
Uf… Qué mal rollo me da todo esto. Encima, he estado tan centrada en Diana cuando estábamos aquí que ni siquiera he tenido tiempo de asimilar que todo esto pertenecía a Hugo y ahora… ya no está.
Recorro la casa como he hecho esta mañana en la de Diana, solo que abrazándome a mí misma al entender que estoy viendo toda la vida de Hugo en imágenes repartidas por las diferentes habitaciones de la casa.
En cuanto a la decoración… El gusto exquisito en la combinación de colores, el equilibrio entre el minimalismo y la calidez…
espera un momento. Aquí hay mucha similitud con la casa de Diana.
¿Le ayudaría a decorarla? No me extrañaría a estas alturas.
No hay nada revuelto ni roto, como ha dicho la Policía.
O bien Diana llegó casi al mismo tiempo que el ladrón, o el que entró aquí sabía muy bien lo que buscaba.
Al pasar por el recibidor, me fijo en el pequeño mueble de madera tintado en rojo que preside una de las paredes.
Recuerdo haber dejado ahí las llaves del coche de Hugo después de negarme a llevármelo.
Abro el cajón para comprobar que el ladrón tampoco se haya llevado las llaves y las encuentro intactas en el mismo sitio en que las dejé.
En este momento, las palabras del testamento de Hugo que leyó el notario vuelven a mi cabeza.
Por último, también quiero dejar mi coche a Álex. Sé que siempre te gustó y creo que te hará falta para el tiempo que pases en Madrid. Cuídalo bien y recuerda escuchar cuando conduzcas, eso siempre es importante. No salgas huyendo una vez más, por favor.
—Qué bien me conocías, Hugo… Cómo sabías que iba a volver a huir a la más mínima de cambio y qué poco caso te hice.