Capítulo 15
Recuerd a esc uchar bien
Oye, qué molesta la luz… ¿Qué hora es?
¿Y esta cama? ¿Esta habitación decorada con tan buen gusto?
¡Ah! ¡La casa de Diana!
Tengo mi vida tan patas arriba que mi cuerpo ya no sabe ni dónde está, especialmente después de haber conseguido conciliar el sueño de una forma tan placentera.
¿Cuánto hacía que no dormía así? Ruedo en la cama para abrazarme un poco más a la almohada, con pocas ganas de salir de este colchón tan mullidito.
Debe de ser que anoche con tantos nervios olvidé bajar la persiana y ahora el sol del amanecer me ha castigado con los rayos que entran directos a mi cara, privándome de un rato más de descanso.
En realidad, tampoco voy a quejarme, porque con el mal tiempo que está haciendo en Nueva York últimamente, se agradece un despertar tan cálido.
Tiro de la sábana y el edredón hasta taparme por completo.
Creo que no hay sensación más satisfactoria que la de vaguear un poco recién despierta en una cama king size con sábanas de una textura tan sedosa que da hasta pena estar arrugándolas.
Y más estando sola, porque arrugarlas de otra manera siempre es más divertido.
Observo la habitación en la que estoy un poco más que anoche.
No le falta un detalle, como el resto de lo que he visto de esta casa, claro.
Todo estaba meticulosamente decorado, con ese equilibrio entre elegancia y calidez que solo Diana sabe crear.
Es que te dan ganas de gritar «decórame la vida» con este buen gusto, «elige los colores que alegren mis mañanas» y «haz que todo parezca perfecto».
La alarma de mi teléfono suena y la apago en el primer tono. Ha sonado bastante fuerte y no quiero que pueda despertar también a Diana, que seguro necesita mucho más descanso que yo. Resoplo sabiendo que, por mucho que me guste, no me puedo quedar en la cama mucho más rato.
Salgo al pasillo y miro a los dos lados antes de atreverme a pasear a mi antojo por lo que considero que es el espacio privado de Diana.
Siempre he pensado que las casas son el reflejo de las personas y un día más está confirmando mis teorías.
El silencio en el que está sumida me da la confianza para explorar a mi antojo y descubrir las diferentes habitaciones que tiene.
No tardo en encontrarme una estantería en la que está su colección de discos y vinilos.
Ya le gustaba comprarlos en la universidad y veo que lo ha mantenido porque hay más de una balda ocupada por esas cajas estrechas y cuadradas perfectamente alineadas.
Llama también mi atención la cantidad de figuras de LEGO que hay por toda la casa y van desde máquinas de escribir a flores o cámaras.
Son preciosas. Mi mente va sola al recuerdo de un viaje a Londres que hicimos juntas para ver las luces de Navidad.
Estábamos por Picadilly cuando vimos la tienda de LEGO a lo lejos y fuimos a dar una vuelta.
Estaba fascinada y enamorada de todas las figuras que había ahí para poder construir.
Eso sí, eran caras y a mí me rompió el corazón no poder regalarle ninguna.
Éramos solo dos estudiantes que no tenían mucho dinero en ese momento, de hecho habíamos ahorrado en el último año para poder hacer ese viaje. Ver que ahora tiene tantos…
Pelos de punta, Isabel Pantoja.
Esta casa grita todo lo que ella siempre quiso tener y no hay un lugar al que mire que no desprenda a una Diana alegre, feliz y encantadora. El lugar es para enamorarse al instante, como ella cuando la conoces, supongo.
Continúo mi paseo por la casa, sintiéndome un poco mal por estar cotilleando así, pero no puedo resistirlo.
Siento que es lo más cerca que voy a estar de tenerla cerca y saber más de ella sin tener que preguntarle o mantener una conversación incómoda, al menos para mí.
Una conversación que tendrá que llegar en algún momento y que…
¿Qué es esto?
Mis pies se paran solos cuando mis ojos detectan, antes de que mi cabeza sepa lo que es, una foto Polaroid colocada en un marco en tonos azules, mi color favorito, en una repisa.
Mis manos van solas a por ella y la cojo para mirarla mejor porque me parece increíble que esté aquí.
Se trata de una imagen de las dos y es inevitable que las punzadas en el pecho que llevaban unas horas fuera de mi organismo, regresen al verla.
Recuerdo ese momento a la perfección, cómo no hacerlo…
Estábamos en Barcelona para celebrar el cumpleaños de Diana.
Ahí llevábamos ya un par de años saliendo y se nos ve tan felices en la foto…
Bueno, lo que éramos. Algunas cosas no pueden negarse y es que felices éramos a pesar de los malos ratos y las peleas.
Creo que en Barcelona fue la primera vez que Diana me cogió de la mano para pasear y yo estaba en una nube.
Siempre supe lo que le costaban ese tipo de gestos y no me importaba no tenerlos porque al final del día dormíamos en la misma cama.
Muchas veces he pensado que el hecho de que yo sí que los tuviera con ella la presionaban de alguna manera.
No lo hacía queriendo y nunca fue mi intención, lo que pasa que controlarse cuando tu novia es alguien como Diana, se hace difícil.
Noto el nudo en la garganta cuando la nostalgia por todos esos recuerdos y los pensamientos sobre qué podríamos haber hecho diferente en la relación empiezan a sucederse uno tras otro.
No ayuda a calmarme el hecho de que, por mucho que yo lo haya negado estos días, tenemos una conexión inimaginable para alguien que no seamos nosotras.
¡Pum!
Mierda, seguro que se ha despertado ya y yo aquí cotilleando a mi antojo.
No quiero que me pille o que me haga preguntas, aunque también podría preguntarle yo por qué tiene esta foto enmarcada aquí.
¿No me odia entonces por cómo me marche?
Siempre he pensado que, a pesar de que ella lo provocó, me guardaba rencor por irme así, sin despedidas, sin cierre.
Suelto la foto en la estantería, intentando colocarla tal y como estaba antes de dirigirme al ventanal del salón y hacer como la que lleva aquí un buen rato contemplando las vistas.
—Buenos días.
Uf, justo a tiempo, no me ha pillado de milagro.
Menos mal que se mueve lento por las lesiones, si no soy mujer muerta y acorralada contra su pasado.
Respiro hondo e inclino la cabeza al descubrir que está apoyada en el marco de la puerta mirándome.
Y, sin darme cuenta, sonrío. No intento ni controlar cómo las comisuras de mis labios se elevan más de lo que deberían al verla con el pelo rubio alborotado y sin peinar.
Sus ojos, aún enrojecidos por el sueño y las pastillas, tienen ese brillo adormilado que la hace siempre parecer más vulnerable.
Y no es nada físico lo que más me llama la atención y me enternece, sino el pijama de dibujos que lleva y que hace que sacuda la cabeza divertida. Tengo frente a mí a Diana en su estado más puro, sin barreras, ni postureo. Solo ella.
—¿Cómo estás? —pregunto preocupada por sus múltiples heridas.
—Un poco dolorida, pero sobreviviré. —Se encoge de hombros y, automáticamente, se queja de dolor por el gesto. Sacude la cabeza quitándole importancia para que no me preocupe—. ¿Qué tal has dormido?
—Bien, y eso ya es decir mucho viniendo de mí —bromeo.
—¿No duermes bien? —pregunta ladeando la cabeza cual perrito interesado en su chuchería.
No es que no duerma bien, es que no duermo una puta mierda, Diana.
Y no te voy a responder a esa inocente pregunta porque te conozco lo suficiente para saber el interrogatorio que me vas a hacer al respecto.
Eso llevará a dos opciones: la primera es que me enfade y no te conteste y tú te enfades más aún por mi actitud o, la peor, que termine por confesarte que me robas el sueño y abra un cajón de sentimientos que no estoy preparada aún para abrir.
—Vamos, te hago un café —ofrece ante mi silencio.
Gracias, gracias por no presionarme. Sigues leyéndome igual de bien que siempre.
—Se supone que tú no debes moverte mucho —digo señalando a su costilla y su muñeca.
—En ese caso, yo te digo dónde está todo y tú me haces el café a mí.
Caradura, eso es lo que es.
Toda la vida saliéndose con la suya, porque yo la he dejado siempre, no lo niego.
Sacudo la cabeza y obedezco cada una de las indicaciones que me va dando cuando llegamos a la cocina.
Ella se sienta en el taburete de la isla sin rechistar y me deja hacer todo.
Siento que está analizando cada uno de mis movimientos, lo que me hace ser un poco más torpe de lo habitual.
Quince minutos y un poco de azúcar en el suelo después consigo servir dos humeantes tazas de café bien cargadas junto con dos tostadas.
Este momento es rarísimo y a la vez… ¿cómodo?
No sabría explicarlo, es como si no hubiera pasado el tiempo, con la diferencia de que sí que mantenemos las distancias, exceptuando un roce accidental de nuestras manos al ir a coger el aceite y que nos hace sonreír.
Mientras está centrada en su móvil, levanto la cabeza y la miro mejor, no perdiendo de vista ninguno de sus movimientos.
Diana muerde la uña de su dedo índice en un intento de calmarse, lo hacía siempre antes de los exámenes y veo que continúa con esa fea costumbre.
¿Estará ella tan nerviosa como yo por esta extraña dinámica que tenemos ahora mismo?
—Tengo que irme —anuncio cuando doy el último sorbo a mi café.
—¿A Nueva York?
Hay algo de miedo y pena en su mirada.
No quiere que me vaya aún… Yo tampoco quiero hacerlo aún, Diana, créeme.
—No, al apartamento de Hugo —respondo para que se tranquilice—. Marcos ha quedado ahí con la Policía para que echen un vistazo por lo ocurrido y eso.
—Voy contigo —responde corriendo.
—No, tú te quedas aquí en reposo. —La empujo cuando hace el intento de levantarse del taburete para que se quede ahí sentada mientras yo recojo—. Necesitas reposo.