Paciente D.A.
—Bienvenida a mi hogar —saludó un enérgico Hugo al abrir la puerta y recibir a Diana para una nueva sesión.
—Tu querido hogar y tú sois el motivo de mis pesadillas —bromeó mientras le daba un rápido abrazo y se adentraba en el apartamento.
—Joder, sabía que era feo, pero no tanto como para causarte pesadillas.
La broma provocó la carcajada de Diana de forma instantánea.
El humor siempre era su mejor defensa y agradecía que también fuera la de Hugo.
En su camino hacia el despacho, notó una nueva foto enmarcada sobre el mueble entre el salón y la puerta del despacho.
No le costó reconocer a Álex y a Marcos.
Se le revolvió el estómago solo de pensar qué sería de ella y si tendría una vida mucho mejor que la suya, si habría pasado página…
Llevaba años sin saber nada de Álex. Desde que había empezado la terapia, había sentido la tentación de preguntarle a Hugo por ella más veces de las que podía contar con las manos.
Nunca lo había hecho. Quizás porque temía la respuesta que pudiera darle sobre que la chica había rehecho su vida mientras ella seguía así, estancada en esos recuerdos.
—¿Iba en serio lo de las pesadillas? —preguntó Hugo.
—¿No puedo decir nada delante de ti sin que me psicoanalices?
Se dejó caer en el sofá, cansada tras una semana agotadora de trabajo.
—Si me lo dices en el bar, como amigo, no lo haré. Si me lo cuentas aquí, cuando estás a punto de entrar en mi consulta… lo hago.
Diana resopló. Hugo era imposible.
—No es ningún secreto que, en general, no suelo dormir bien —le recordó. El insomnio había sido uno de los primeros temas que trataron en terapia. —Los días de consulta son los peores. Me paso la noche analizando lo que hemos hablado, interiorizando todo lo que descubro de mí misma en cada sesión.
—¿Y el resto de noches?
—Depende. Hay noches mejores y noches peores. No es que no duerma, es que, aunque lo haga, no descanso. Es como si mi mente…
—No pudiera desconectar —interrumpió Hugo, quien sabía a la perfección de lo que Diana le hablaba—. Recuerdo que el primer día que viniste apenas dormías. Me alegra saber que, aunque sea de esta forma, al menos lo consigues. Pasito a pasito.
—Algo bueno tenía que tener verte el careto todas las semanas, ¿no?
Hugo se rio. Diana sabía ser mordaz cuando quería, y lo usaba siempre a su favor.
Le dio unos segundos para relajarse antes de entrar en materia.
En la última sesión habían hablado sobre su autoexigencia y cómo las creencias impuestas por su familia la habían marcado. Había sido una de sus sesiones más duras. Y, para sorpresa de ambos, su reacción había sido positiva.
Haber hablado durante tantos días sobre sus sentimientos y cómo ahora veía desde una nueva perspectiva su relación pasada, le había ayudado a entender el tipo de vida que quería y era mucho más sencilla de lo que nadie pudiera pensar.
Tan solo quería ser feliz y para ello necesitaba ser libre.
Por mucho que le doliera, tenía que enfrentarse a su familia y contarles cómo se sentía.
Lo tenía decidido, ahora solo le quedaba encontrar las fuerzas y armarse de valor para poder hacerlo.
Hugo se sentía orgulloso de ver su evolución. Había pasado de negar en la primera sesión la posibilidad de contárselo a su familia a aceptar que tenía que hacerlo tarde o temprano.
—¿Quieres contarme algo de estos días o empiezo yo? —le ofreció Hugo.
—Adelante.
Diana no se andaba con rodeos en consulta.
—¿Has hablado recientemente con tu familia? —preguntó.
—Con mi hermano el fin de semana.
—¿Y con tus padres?
Hugo sabía la respuesta incluso antes de formular la pregunta.
—No, creo que hace un mes que no hablo con ellos.
Sin decir nada más, se agachó para desabrochar sus zapatos y subir los pies descalzos al sofá.
Hacía mucho que esa consulta no la hacía sentir incómoda, lo que era muy importante para la terapia.
Era el único motivo por el que nunca le decía nada sobre sus posturas tirada sobre el sofá o si se quitaba los zapatos.
—¿Cuánto hace que no los ves?
No era ningún secreto que la relación con su familia se había enfriado en los últimos meses, lo que Hugo no sabía era cuánto.
—No sabría decirte. —Había pasado meses esquivando a su familia. Sabía que el día que los viera, tendría que contarles la verdad, y aunque creía estar lista, en el fondo seguía aterrada por su reacción—. He estado ocupada y he aprovechado para prepararme lo que voy a decirles.
—Entonces, ¿estás decidida a hacerlo?
—Sí.
Hugo vio la firmeza en su mirada. Era la primera vez que respondía sin titubear sobre ese tema. Diana estaba creciendo mucho en lo que a confianza se refería.
—¿Cuál crees que será su reacción?
—Creo que hay una gran probabilidad de que me dejen de hablar.
—¿Y estás dispuesta a aceptarlo?
Buena pregunta porque ni ella misma se lo había planteado aún.
—No es plato de buen gusto que tus padres te rechacen por quien eres y, si no están dispuestos a quererme tal y como soy, no puedo hacer nada para remediarlo.
—El dolor era más que evidente en ella—.
He pasado mucho tiempo de mi vida en pausa y con miedo por cómo se lo tomarían.
Me he rechazado a mí misma y he perdido a la persona que más quería.
.. Creo que es hora de que empiece a disfrutar mi vida sin pensar en los demás.
Diana suspiró y se sintió un poco desequilibrada. Podía hablar con confianza del tema, estaba decidida a hacerlo y aceptar lo que viniera, lo que no quitaba que le doliera la posibilidad de alejarse de su familia después de tantos años.
—¿Y tu hermano? ¿Crees que él también se lo tomará así? Porque con él hablas más y tienes buena relación.
—Mi hermano es solo dos años mayor que yo. Se mueve en el mundo audiovisual, es más abierto de mente, creo que, aunque mis padres intentaron inculcarle los mismos valores, él ha sido siempre más libre. Podría aceptarlo sin problemas.
O eso quería creer ella.
—Quizás podrías empezar por él —sugirió Hugo.
—¿Qué?
Diana frunció el ceño sorprendida por esa propuesta.
—Puedes hablar con él primero. Ensayar un poco el tema. Ver cómo te sientes al contárselo a alguien cercano que aún no sabe que eres lesbiana.
Hugo vio miedo al vacío que acababa de sentir en sus ojos.
Le dio tiempo para respirar y procesar lo que acababa de sugerirle.
Hasta ahora, se había centrado tanto en sus padres que no se había planteado contárselo primero a su hermano o ver qué pensaba él al respecto.
Dejó su libreta a un lado para dirigirse a su tocadiscos.
Estaba seguro de que algo de música le vendría bien para relajarse.
Observó su colección de vinilos perfectamente ordenada por colores, algo que a Diana siempre le había producido un gran placer visual cuando estaba en ese despacho, y buscó uno con el que le dejaría con la boca abierta.
No le gustaba mucho ese grupo, pero sabía que Álex y Diana eran fans cuando salían juntas.
Sacó el LP rojo de su envoltorio y lo colocó con cuidado a esperas de una reacción de Diana al escuchar las primeras notas reproducirse.
—¿En serio tienes este disco? ¿Tú? —preguntó con la boca abierta al reconocer la voz de la cantante.
—Soy toda una caja de sorpresas, ¿verdad? —se burló Hugo.
—¿En qué momento dejaste de odiar a este grupo? Eso sí que me parece algo imposible y no lo de mis padres.
Que tuviera capacidad de hacer bromas con el tema con una sonrisa en su rostro, indicaba que estaban haciendo las cosas bien.
—Yo nunca los he odiado, simplemente no me gusta su música.
—Venga ya…
—Tampoco ayudaba que Álex estuviera todo el día obsesionada con ellos, de hecho, solo tengo el vinilo por si viene algún día poder regalárselo —admitió Hugo con una sonrisa nostálgica—.
Además, te recuerdo que me arrastró hasta Barcelona para verlos en directo porque, según ella, «solo iba a tener oportunidad de verlos una vez en la vida», lo cual es gracioso teniendo en cuenta que los ha visto tres veces más en el Madison Square Garden en…
—Se quedó callado al darse cuenta de que estaba hablando de la vida de Álex frente a Diana—. Perdón… no era consciente de que…
—No pasa nada, Hugo. —Diana le interrumpió antes de que pudiera disculparse más—. Puedes hablar de ella.
Hugo le sonrió con algo de pena. Siempre que habían hablado de Álex había sido en el contexto del pasado y de su relación, aunque por lo menos era capaz de hablar de ella.
En el caso de su amiga, ni siquiera se podía mencionar a Diana o hacer referencias a su ex.
Había enterrado sus sentimientos en lo más profundo de su ser en lugar de superarlos o afrontarlos.
Hugo era consciente de que no lo tenía superado y que, tarde o temprano, viviría una crisis cuando se diera cuenta de todo lo que se había estado reprimiendo tantos años.
Diana era diferente, no había ni rastro de rencor en su mirada. Solo una calma y una aceptación difícil de encontrar en Álex.
—Así que al final lo consiguió, ¿no? —preguntó Diana para devolverle a la realidad—. Siempre decía que quería vivir en Nueva York.
—Sí, al final lo consiguió —respondió Hugo sin dar más detalles.
—Me alegra, aunque me hubiese gustado haber estado ahí para verlo.
Hugo podía sentir en su propio cuerpo el amor que Diana le seguía teniendo a su mejor amiga.
No importaba cuántos años hubieran pasado, estaban hechas la una para la otra.
Diana hacía tiempo que lo había aceptado y había entendido que no conocería a nadie que la quisiera ni entendiera como Álex.
Su amiga, como siempre, era el polo opuesto.
Se había querido convencer de que Diana había sido una relación más en su vida y, lo cierto era, que no se engañaba ni a sí misma con esa mentira.
—Que conste que hoy no tenía previsto hablar de ella —bromeó.