Capítulo 14 #2
Doy un respingo en el sitio porque me ha asustado al despertarse sin previo aviso.
¿No tendría el maldito monitor ese que haber pitado algo más fuerte?
Me habría ahorrado el infarto que me ha dado.
Ah, mira, querido corazón, en este país puedes rendirte, que la sanidad pública nos salvará, no como en Estados Unidos.
—Joder, qué susto y qué imbécil eres —respondo acercándome poco a poco a la cama para comprobar cómo está —. Me alegra saber que verme sigue siendo un sueño y no una pesadilla.
Sonríe con pocas ganas e intenta moverse un poco hasta que el dolor la frena.
Veo cómo se lleva la mano sana a las costillas y se retuerce un poco antes de recuperar su postura.
Claro, yo me he plantado aquí sin pensar y sin tener en cuenta que ahora tengo que justificar mi presencia en esta ciudad sin decirle que de verdad he venido por ella.
—¿Estás bien, Álex? Tienes mala cara…
—Eso es solo porque no has visto la tuya —bromeo y la hago sonreír aún más que antes. Me hace un gesto para que me acerque más a la cama y yo obedezco.
—¿Qué haces aquí?
La pregunta del millón.
Y no sé si debería o si sé responderla. Es que ni aunque Carlos Sobera me ofreciera ahora mismo el premio gordo del programa.
¿Por qué estoy aquí, Diana?
¿Por qué he dejado todo atrás para cruzar medio planeta sin pensarlo?
¿Por qué, después de tanto tiempo, siento que el único lugar correcto para estar es este?
Lo peor es que temía, desde que me monté en el avión, que este momento iba a llegar. Por su parte o de quien fuera, todos iban a querer saber qué hago yo aquí. Solo la muerte de Hugo me ha traído de vuelta en los últimos cinco años y ahora vengo por voluntad propia. Lógico que haya preguntas.
Abro la boca para hablar y la cierro tal y como la he abierto sin emitir ningún tipo de sonido.
Podría mentirle y mantener mi tapadera un poco más.
Una excusa barata de por qué estaba aquí.
Una tapadera para justificar mi viaje y ya…
Y sería algo muy típico mío de hacer, lo que pasa que no he cruzado el Atlántico para seguir con las mentiras que no me han funcionado antes, ¿no?
—No lo sé, Diana —admito con sinceridad—. Simplemente sentía que tenía que venir a verte.
Lo confieso sin ser capaz de mirarla a los ojos.
Eso ya es un nivel de comodidad que no siento aún a su lado o no quiero sentir, no lo tengo claro.
Doy un paso atrás e intento poner algo más de espacio entre nosotras.
Diana me lo impide cuando hace el esfuerzo de moverse lo justo para atrapar mi muñeca y detener mi huida.
Si lo hubieras hecho hace años, ¿dónde estaríamos ahora?
—Gracias, Álex.
Noto cómo su mano va bajando, poco a poco, como pidiendo permiso, hasta llegar a la mía.
La deja ahí y yo vuelvo a acercarme por inercia a la cama sin romper el contacto entre nuestros dedos.
Al contrario, la poso sobre las sábanas para que ella no tenga que hacer tanto esfuerzo para mantener el contacto.
—¿Qué te ha pasado, Diana? ¿Cómo has terminado así? —pregunto.
—Fui al apartamento de Hugo porque llevaba ya unos días sin pasar por ahí y quería comprobar que todo estaba bien.
Cuando llegué, la puerta estaba abierta.
Sabía que yo había dejado todo perfectamente cerrado, así que debía haber alguien dentro.
—Hace una pausa para recomponerse y aclarar sus pensamientos.
Creo que le cuesta pensar en este estado—.
En ese momento, pensé que podía ser su madre o algún familiar buscando algo y me dispuse a entrar en el apartamento.
Se escuchaban algunos ruidos, así que pregunté quién era en alto.
Nadie me respondió y los ruidos pararon.
Me tenía que haber dado la vuelta en ese mismo momento…
¿Me llamó cuando estaba ahí? ¿Sería antes para avisarme de que iba a ir a ver el piso otra vez?
—La curiosidad me pudo, así que entré en la casa.
Estaba en mitad del pasillo cuando vi a un tipo salir corriendo hacia mí.
No sé cómo lo hice, pero reaccioné a tiempo y eché a correr fuera de la casa.
Para cuando llegué al rellano, el hombre me había alcanzado y me agarró de las muñecas.
Me costaba moverme. Forcejeé todo lo que pude y en tan poco espacio, entre una cosa y otra, me tiró escalera abajo.
Lo último que recuerdo es ver a un vecino salir de su casa para ver qué ocurría.
Después todo se vuelve borroso hasta que me he despertado contigo aquí.
No recuerdo su cara, ni nada relevante de esa persona.
¿Quién coño estaba en ese apartamento? ¿Qué buscaban?
—Joder, Di… lo siento.
Esas dos letras que tantas veces he usado para acortar su nombre de forma cariñosa le arrancan la mayor sonrisa que he visto desde que volvimos a encontrarnos.
A mí se me ha escapado por inercia y costumbre, y un poco también por dejar mis barreras a un lado en lo que respecta a ella.
Diana solo sonríe aún más por escucharme recuperar esa confianza en nosotras.
—No ha sido tu culpa —dice restándole importancia a la historia.
—Me llamaste cuando estabas allí, ¿verdad? —pregunto.
Necesito saber si el contestar a su llamada habría cambiado algo o habría impedido esto.
—Pensaba que podías ser tú la que estuvieras ahí y visto cómo terminamos… no quería sorprenderte a traición para que no te lo tomaras mal.
Algo me dice que hay algo más que no me está contando por el tono que ha usado.
—Siento no haber cogido el teléfono, ni haberte devuelto la llamada —me disculpo—. Si hubieras sabido que no era yo, quizás…
—Lo que pasó no es tu culpa —interrumpe sin dejarme recrearme en mi miseria—. Ya sabes cómo soy, habría entrado igual para saber qué estaba pasando.
Agacho la cabeza en un intento de que Diana no vea lo preocupada que estoy o lo mal que me siento con todo lo que ha pasado. Tarde, porque me sigue conociendo tan bien como para interpretar mis gestos y expresiones a la perfección.
—Buenas tardes —dice una voz masculina a nuestras espaldas que no tardamos en descubrir que se trata del médico asignado a su caso—. ¿Diana Álvarez?
—Esa soy yo.
Escucho atentamente todas las explicaciones del médico.
Es tranquilizador saber que la operación de la muñeca ha sido un éxito y que ahora está equipada con una placa y dos tornillos que aseguran la correcta curación de sus huesos.
Va a tener que llevar un tiempo el vendaje puesto y tendrá que hacer rehabilitación para recuperar toda la movilidad de muñeca y dedos.
Eso es lo de menos dadas las circunstancias.
El mal menor para todo lo que podría haber pasado.
No tiene contusiones en la cabeza, lo que termina por ahuyentar todos mis miedos y descarta daños internos a excepción de una costilla fisurada.
Para eso no hay mucho más que tener cuidado y paciencia.
Los puntos del labio y de la frente le dejarán una pequeña cicatriz para toda la vida que ya estoy empezando a encontrar encantadora.
Tampoco me extraña, porque a esa cara le queda todo bien.
Esto se me daba mejor cuando escuchaba los diagnósticos en House desde mi sofá.
Las náuseas que siento y el malestar se esfuman un poco cuando le informan de que van a darle el alta y puede irse a casa a seguir con la recuperación.
Un alivio que me devuelve años de vida. Le dejo espacio para recoger sus cosas y vestirse con ayuda de las enfermeras mientras yo llamo a Marcos para mantenerle informado de los avances médicos.
Por su parte me cuenta que ha ido a comisaría y que quiere vernos a Diana y a mí mañana en el apartamento de Hugo.
Aunque tengo un poco de curiosidad por saber qué le han dicho, dejo todo eso a un lado cuando veo que Diana está lista para marcharse.
—Te acompaño a casa —ofrezco cuando la veo sentada en el filo de la cama algo cansada.
—No hace falta que…
—Déjame hacerlo.
No hay más protestas.
Opta por sonreír y asentir aceptando mi ayuda para salir del hospital.
Creo que las dos queremos pasar tiempo juntas aunque no se lo digamos a la otra.
De hecho, no hablamos nada mientras esperamos el taxi que he pedido y mucho menos en el trayecto hasta el apartamento de Diana.
Yo me limito a mirar por la ventanilla intentando ordenar todo lo que siento y que voy a tener que enfrentar más pronto que tarde.
Estoy agotada, tanto física como emocionalmente.
La posibilidad de que a Diana pudiera haberle pasado algo grave no sólo me provoca cargo de conciencia, sino que hace que crezca el agujero en mi pecho.
Me importa mucho más de lo que llevo años intentando ocultar, y volver a verla ha hecho que emerjan todos mis sentimientos por ella.
Yo, que estoy acostumbrada a tenerlo todo bajo control, veo cómo soy incapaz de controlar esas emociones en los últimos días. Te tienes que reír con lo irónica que es la vida a veces.
El taxi para frente a un edificio elegante cerca de la Castellana.
No me sorprende que Diana viva en una de las mejores zonas de Madrid, sólo hay que ver su forma de vestir para saber que le va muy bien en el tema económico.
La ayudo a bajar del taxi, cojo mi maleta y sus cosas y la sigo hasta el interior del edificio.
Un edificio tan pijo que tiene hasta portero.
¿Quién tiene portero hoy en día? Ella no podía vivir en un sitio donde fuéramos directamente a su casa.
No, tenía que vivir aquí y ahora aquí estamos aguantando el interrogatorio de un señor de cincuenta años que parece ser que la trata como si fuera su hija.
¿Me sorprende que todo el mundo la adore?
Pues no, en el fondo no, porque siempre ha sido encantadoramente adorable.
En cuanto nos montamos en el ascensor veo que marca el botón de la última planta y hago un esfuerzo por morderme la sonrisa.
Siempre ha tenido debilidad por los áticos.
En cuanto cruzo la puerta de entrada, la cual tengo que ayudarle a abrir, veo que el espacio es una muestra del talento de Diana.
Está decorada con un gusto exquisito. Llegamos a un amplio salón con una cristalera de suelo a techo que ofrece una vista panorámica de Madrid.
Uf, creo que había olvidado parte de la magia de esta ciudad tanto como la de Diana.
En el centro de la estancia, un chaise longue de cuero beige combinado con cojines de colores.
Una de las paredes está cubierta de lado a lado por una estantería a diferentes alturas hecha a medida.
Libros, jarrones, fotos y algún cactus se distribuyen en las largas baldas de color negro.
Examino la habitación al milímetro ante la mirada de Diana. A pesar de ser una situación extraña, ninguna de las dos nos sentimos incómodas juntas. Voy con cautela recorriendo el espacio, como un gatito recién llegado a su nuevo hogar, mientras ella me da espacio para que haga lo que quiera.
—Gracias por ayudarme, Álex. Y por venir —dice por fin.
Hace que me gire de manera instantánea y mis ojos van directos a los suyos.
Creo que es la primera vez que nos miramos a pecho descubierto, sin aparentar lo que no somos y con las máscaras tiradas en el suelo hace rato.
Por un momento, me olvido de Nueva York, de Hugo y de mi trabajo.
Incluso del daño que nos hicimos. Ahora solo puedo ver a dos chicas que no saben cómo comportarse la una con la otra.
—No es nada —digo sacudiendo la cabeza.
Vuelve a mirarme y yo ya no sé qué más hacer. De hecho, ¿qué hago aquí en su casa? Ya he venido y he visto que está bien. Necesita descansar y recuperarse, así que lo mejor será que me vaya, ¿no? Sí, es lo mejor para todos. Así me despejo, nos centramos y vamos lidiando con todo esto.
—Deberías descansar, así que te dejo tranquila —digo mientras recojo de nuevo mi maleta.
—Quédate.
¿Ha dicho…?
No, no puede ser. ¿Cómo va a pedirme que me quede aquí después de todo? Si le he hablado siempre súper mal y me fui sin darle oportunidad de nada. No puede seguir siendo tan buena después de cómo me he portado con ella.
—¿Qué?
—Es tarde y después de acompañarme hasta aquí y ayudarme, es lo menos que puedo hacer —justifica cuando nota lo tiesa que me he quedado—. La casa es grande y tengo habitación de invitados. Te puedes quedar y descansar aquí. Lo necesitas tanto como yo.
Dormir bajo el mismo techo que Diana. No era lo que tenía en mente y no sé si es la decisión correcta. No porque piense que vaya a pasar algo entre nosotras. Eso no va a pasar. No, señor. Es solo que… ¿qué sentido tiene seguir huyendo?
—Está bien.
Acepto y me alegra que no haya más comentarios, al menos en este momento.
En su lugar, Diana me guía por la casa hasta alcanzar la habitación de invitados.
Si alguna vez había pasado por mi cabeza dormir en la misma casa que ella, nunca pensé que lo hiciéramos separadas.
Ahora es lo mejor para nosotras. Me quedaré a dormir para asegurarme de que tiene todo lo que necesita y mañana me iré a otro sitio.
Sí. Gran plan. Entro en la habitación y antes de dejar mi maleta noto que ella no se ha ido.
—Álex. —Detengo mis pasos para girarme a mirarla y ver qué tiene que decirme ahora—. Si hubiera sabido que para que volvieras a Madrid y me hablaras tenía que romperme un par de huesos… lo habría hecho antes.
Ah…
Joder.
¿Qué se dice ante esto? ¿Cuándo se ha vuelto tan valiente y tan directa? ¡Esa era yo! A Diana le costaba la vida soltarse y dejar claro sus sentimientos y ahora lo hace así. Dejándome claro que hace mucho tiempo que esperaba mi regreso.
Tenías tú más fe en que lo hiciera que yo misma.
En fin, lo mejor será que ignore el comentario y no complique esto más ahora mismo, ¿no? Eso no quita que no pueda ser maja y sonreírle, con un rubor en las mejillas que delata lo mucho que me ha gustado lo que ha dicho antes de despedirme de ella por hoy.
—Buenas noches, Di.
No te muerdas el labio así solo porque te diga ese apodo, que tienes una raja muy fea. No te toques el pelo tampoco, que te hace sexy.
Joder, que noche más difícil voy a pasar dándole vueltas a todo esto.