Lo que dejé en Madrid Capítulo 14
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Capítulo 14

Ay …

Las últimas doce horas de mi vida han sido un sinsentido difícil de explicar.

No lo entiendo ni yo, siendo sincera. Si alguien me hubiera dicho hace unos meses que yo me iba a meter en un avión sin pensármelo solo para volver a Madrid a ver a Diana le habría dicho que estaba loco, o que me pasara el número de su camello para la droga.

¿Ahora? Ahora ha pasado justo eso.

Con todas mis narices salí de la oficina, compré un vuelo mientras iba en el metro y volví a echar cuatro trapos en una maleta antes de dirigirme al aeropuerto.

Lo bueno de toda esta locura de idea y la poca gestión que he hecho de mi ansiedad y horas de sueño es que me han permitido dormir la mayor parte del vuelo.

No lo he pasado ni tan mal, teniendo en cuenta cómo suelo ponerme con estas cosas.

¿Le he dicho a alguien que venía? No.

De hecho, he tenido que hacer un poco de manipulación a Marcos para que soltara en qué hospital estaba sin que pareciera sospechosa tanta pregunta por mi parte.

Misión cumplida.

Probablemente porque está tan cansado que ni sospecha nada de lo que puede pasar.

Pillo un taxi directo del aeropuerto en dirección al hospital y aprovecho el camino para chequear los mails de trabajo y ver que mis vacaciones no han sido aprobadas.

Ups… Esto va a ser un problema, porque obviamente no estaré yendo a la oficina.

Bueno, problema de la Álex de mañana porque el taxi para frente a la puerta de cristal donde hay varias personas tomando el aire.

Pago y me dirijo al mostrador para que me indiquen la habitación en la que se encuentra Diana.

Tercera planta, habitación 312, allá voy.

La prisa me puede y ni siquiera uso el ascensor, que parece bastante ocupado a esta hora, sino que uso las escaleras que me llevan, a pesar del esfuerzo por mi parte, a la tercera planta en un pispás.

Entro en la habitación sin apenas aliento y voy directa a por Marcos, que está dormitando en una butaca vieja que hay en la esquina de la habitación. Dejo mi maleta tirada por el camino y me lanzo a por él para despertarlo y que me cuente lo que sabe sobre el estado de Diana.

—¿Cómo está? —pregunto aún zarandeando a Marcos.

Lo suelto cuando veo que empieza a reaccionar para girarme hacia la cama en la que está tumbada Diana con los ojos cerrados.

La imagen me deja muy mal cuerpo. Su labio carnoso que tantas veces he besado está partido.

Mis ojos recorren sus brazos, notando varios hematomas, hasta llegar a su muñeca derecha que está oculta bajo una serie de vendajes y yesos como consecuencia de la operación.

De su cuerpo salen varios cables conectados a monitores y goteros.

—¿Álex? ¿Qué coño haces aquí? —pregunta Marcos, frotándose los ojos.

Creo que piensa que sigue durmiendo.

—¿Cómo está? —repito sin mirarle.

—Dentro de lo que cabe está bien —responde poniéndose de pie y estirando los músculos después de haber dormido en ese incómodo sillón—.

La muñeca estaba fracturada en varios puntos, así que le han puesto clavos para estabilizarla.

También tiene una costilla fisurada, y esa lesión es más molesta porque no hay mucho que hacer, solo dejar que se cure sola.

Y bueno… ya ves, los golpes y cortes son evidentes.

—¿Qué ha pasado, Marcos? ¿Quién ha sido?

—No sabemos nada aún. Habrá que esperar a que Diana se despierte y nos cuente…

Mi vista vuelve a ella y a cada centímetro de su cuerpo que está cubierto por algún tipo de herida, por muy superficial que parezcan algunas.

Duerme profundamente, me podrían chutar a mí algo parecido para ver si así me recupero un poco, porque estoy a punto de colapsar.

La culpa que crece cuanto más veo lo afectada que está por lo ocurrido.

Va colonizando todos mis rincones, como una onda expansiva que no se puede controlar.

Si hubiera contestado esa llamada. Si no me hubiera marchado.

Si me hubiera quedado y la hubiera ayudado a descubrir la verdad sobre Hugo… Quizás todo esto no habría pasado.

Contengo las ganas de llorar que me entran y que amenazan en convertir mis mejillas en ríos en plena bajada hacia el mar.

Poco me están importando ahora mismo los años separadas o el daño que nos hicimos en el pasado.

Necesito verla bien. Necesito que despierte y me diga que no pasa nada y que se va a recuperar.

Necesito que podamos hablar una vez más.

Por favor, Diana. No tengo derecho a pedirte nada, pero si te importo mínimamente, despiértate cuanto antes y dime que estás bien, porque no soy capaz de seguir viéndote así.

—Diana es fuerte, Álex. —Noto cómo sus brazos me rodean por la espalda, descubriendo, en ese momento, cuánto necesitaba la calidez del abrazo de un amigo para calmarme—. Se pondrá bien. No te preocupes más de la cuenta.

Necesito que tengas razón.

Necesito que se recupere y que hablemos. No puede pasarle nada malo, no a ella. No se lo merece por mucho que yo me haya convencido a mí misma de que es un demonio. No lo es y nunca lo fue y no quiero que siga pensando que la odio.

¿Cómo iba a odiarte, imbécil? Si eres la persona a la que más he querido en mi vida.

Ya ni me esfuerzo en contener más las lágrimas. Me limito a girarme entre los brazos de Marcos y esconder mi cara en su cuello, pudiendo sollozar sin control contra su piel.

—Tranquila, todo va a estar bien —dice mientras acaricia mi espalda con cariño—. No pasa nada.

—Sí pasa —atino a decir entre sollozos—. Sí que pasa, Marc. Hugo está muerto, Diana está ahí tirada en el hospital, yo estoy en la mierda más absoluta y mi vida es… mira, no sé ni lo que es ahora mismo.

—Cálmate —me pide apretando su agarre para que no pueda moverme—. Vamos a bajar a la cafetería a pedirte una infusión y hablar con más calma.

—No —niego rotundamente—. No quiero separarme de ella por si se despierta o pasa algo.

Rompe el contacto entre nuestros cuerpos, sorprendido no solo por lo seria que sueno, sino por el propio hecho de que quiera estar aquí y no dejarla sola. Creo que la he dejado sola suficientes veces ya como para seguir con el patrón.

—Te marchaste de Madrid no una, sino dos veces por ella. —Gracias por el recordatorio, Marcos, ¿puedes ir al grano?—. Ahora apareces aquí sin decirle nada a nadie en cuanto te enteras de que le ha pasado algo. ¿Me lo explicas, por favor?

Reconozco que entiendo su confusión. Solo hay un pequeño problemita así sin importancia y es que no sé decirle qué hago aquí.

—Ya no sé ni lo que hago con mi vida, Marc. —Es la pura verdad—. Estaba en la oficina, en medio de una presentación súper importante, y aun así me he ido para venir a verla porque me mata la culpa de que le haya pasado algo por mi culpa, pero también…

—Sigue, venga.

—También estoy preocupada por ella. No quiero que le pase nada malo y no poder hablar de nuestras cosas como tendríamos que haber hecho hace mucho.

Ahí lo llevas.

—Por una vez estás haciendo lo que te pide el corazón.

Lo que estoy haciendo es meterme en un laberinto de sentimientos del que ya me costó encontrar una vez la salida y ahora voy de cabeza al centro con el minotauro y todos los males que me crecen por el camino.

Y lo cierto es que estoy… perdida. Completamente perdida entre pasillos de hojas verdes sin salida.

—Oye, ya que no te quieres separar de ella, ¿puedo ir un momento a la oficina a recoger unas cosas que necesito? —pregunta ya cogiendo su chaqueta—. Voy a eso y me paso por la comisaría para ver qué pueden decirme de esta investigación antes de volver. ¿Te importa?

—No te preocupes, yo me quedo con ella —respondo.

Nos damos otro abrazo, esta vez más breve, y me deja sola en la habitación con ella.

El único sonido proviene de uno de los monitores que controla sus pulsaciones.

Un ritmo constante y que significa buenas noticias.

Lo suficientemente buenas como para que me siente en la butaca que ocupaba Marcos hace un rato.

Tengo varios mensajes de Jack esperándome en mi bandeja de entrada.

Me alegra leer, y también me tranquiliza, que la reunión terminó bien a pesar de que no fue como esperábamos.

Vale, quizás eso me ayude a conservar mi puesto de trabajo a pesar de cómo me he ido.

Le respondo dándole las gracias por cubrirme y omito el hecho de que he vuelto a dejar el continente.

Todos los mensajes contestados. Noticias leídas.

Todo lo que me queda para llenar mi tiempo es volver a mirar a Diana.

Está todavía dormida, supongo que por la medicación que le habrán metido en el cuerpo en las últimas horas.

¿Qué pensará cuando se despierte y me vea aquí?

¿Me mandará ella a mí a la mierda? ¿Querrá que hablemos?

Conversaciones pendientes tenemos unas pocas, la verdad.

Culpa suya, por poner mi mundo patas arriba volviendo a aparecer en mi vida.

Culpa mía, por no haber cerrado nuestra etapa nunca como debí hacerlo.

Culpa de Hugo, por hacerme esa encerrona con el piso.

Y culpa… Bueno, mejor paro ya, que parezco Nicole Wallace con tantas culpas a unos y otros.

Un par de horas es lo que tardo en descubrir por qué Marcos se estiraba tanto cuando llegué y es que este sillón, butaca o lo que sea, es incomodísimo.

Aprovecho un momento en el que entra una enfermera a hacer la ronda y comprobar que todo está bien para moverme un poco y salir al pasillo a estirar las piernas.

No vuelvo hasta que la chica, bastante joven, se marcha y yo tengo vía libre de nuevo para estar con ella. No quiero volver a comprometer la salud de mi columna vertebral con ese sofá, así que me quedo de pie junto a la ventana observando el paisaje de Madrid.

Ay, Madrid… Cuánto te echo de menos aunque me queje. Las calles donde crecí, las mismas que vieron cómo me enamoré de Diana.

Ay, Diana… Cuántos dolores de cabeza me dabas y todos merecían la pena por dormir contigo cada noche.

—¿Álex? ¿Estoy en el cielo?