Paciente R.P.
Hugo le había dado muchas vueltas a la última sesión con aquel paciente.
No era capaz de decir cuántas veces había reproducido las grabaciones de sus conversaciones.
Había transcrito a mano gran parte de ellas en un intento de profundizar en lo que pasaba.
Trataba de llegar a la raíz del problema, encontrar resquicios por donde colarse y hacerle entender a ese hombre que no podía tratar así a las mujeres.
De una manera u otra tenía que ver que tenía que controlar sus impulsos y gestionar sus emociones mejor.
No era una tarea nada sencilla. El primer paso era desentrañar todas las relaciones de su paciente y el pasado de su vida.
Estaba convencido de que su comportamiento no se debía únicamente al trastorno que padecía, sino que también tenía raíces profundas en su infancia y en la relación con sus padres.
Se preparó psicológicamente durante varios minutos antes de que el timbre de la puerta sonara.
El camino hasta la entrada de la casa se le hacía más largo de lo habitual.
Lamentó no tener una secretaria que se encargara de recibir a los pacientes, simplemente para ahorrarse la incomodidad de compartir más tiempo del estrictamente necesario con aquel hombre.
Como siempre, su aspecto era perfecto, modelo de revista: traje azul marino, zapatos marrones, camisa blanca y expresión seria. Si Hugo se lo hubiera cruzado en la calle, habría supuesto sin dudarlo que era el típico ejecutivo de éxito, alguien que ganaba dinero solo por respirar.
—¿Qué tal todo? —preguntó Hugo para romper el hielo.
—Bastante bien —aseguró el paciente.
Mostrarse tan positivo de primeras era algo nuevo en una sesión. Quizás, por una vez, Hugo tenía una pequeña oportunidad de entrar en su mundo y hacerle ver ciertas cosas desde otro ángulo.
—Me alegro —mintió Hugo—. Estos días he repasado nuestras sesiones y me he dado cuenta de que apenas hemos hablado sobre tu familia. Me gustaría que me contaras más sobre ello.
El rostro del paciente no mostró ninguna emoción. No era un tema que le gustara tratar, y a Hugo no le sorprendió.
—Ya le conté el primer día cómo era mi relación con ellos —respondió con frialdad—. No sé qué más hay que decir.
—Bueno, me diste una versión muy resumida, y me gustaría profundizar un poco más —insistió Hugo.
Pero vio que no estaba obteniendo el efecto que buscaba, así que cambió de táctica—.
Mira, eres un hombre de éxito. Atractivo, con un buen trabajo, alguien a quien le va bien en la vida.
He estado pensando que, si entiendo mejor de dónde vienes y cómo creciste, podré ayudar a otros pacientes más jóvenes que están buscando abrirse camino.
El paciente sonrió.
Bingo.
Hugo podía notar casi como si se relamiera por el hecho de que otras personas pudieran ser como él.
Aquel enfoque le había dado lo que quería.
Hugo sabía que las personas con el trastorno de su paciente solían ser fácilmente influenciables si se les hacía sentir el centro de atención.
Y en ese momento, acababa de ponerle en un pedestal, convirtiéndolo en un modelo a seguir para otros.
—Te diré que no ha sido fácil llegar a donde estoy hoy —dijo el paciente con aires de grandeza—. Mi familia no me ayudó en nada. Todo lo que tengo, lo he conseguido solo.
—Entiendo. Para comprender cómo has logrado todo esto, quiero que volvamos a cuando eras pequeño.
Así podré ver cómo te has ido formando con el tiempo y podré poner ejemplos reales a otros pacientes.
Ya sabes, para ayudarles a seguir un camino similar al tuyo.
—Hugo apenas podía creer lo que estaba diciendo.
Vio cómo el paciente se acomodaba en el sofá, interesado en la conversación y siguió adelante—.
Me contaste que tu padre no hacía nada y que tu madre trataba de mantener la casa.
—Sí. Cuando yo nací, mi padre era constructor y ganaba bastante dinero.
El problema era que, si había algo que le gustara más que el dinero, era el alcohol.
—Su voz dejó entrever un rastro de odio hacia él—.
Una cosa llevó a la otra, perdió todos sus trabajos y nadie más quiso contratarlo.
Se hizo una fama de borracho y se echó a perder.
Hugo notó que el recuerdo lo incomodaba.
—¿Y tu madre?
—Recuerdo que, cuando yo era pequeño, era bastante agradable.
Al menos hasta que la oscuridad de mi padre la consumió y se olvidó de que a su hijo no tenía que tratarle mal.
—Agachó la cabeza algo incómodo, síntoma de que esos recuerdos le dolían—.
Trabajaba largas jornadas para mantener la casa y, cuando volvía, él le exigía que hiciera todo lo que quería.
Si pedía la cena, ella la preparaba sin rechistar, aunque llevara horas de pie en el trabajo.
Si quería palomitas, ella salía a comprarlas.
Siempre él primero. Siempre por encima de mí, de su hijo.
Su tono se volvió más frío e hizo una pausa.
Necesitaba controlar sus emociones y no mostrarse vulnerable.
Ese hombre había crecido viendo a su madre doblegarse ante un padre autoritario y tirano.
Había mamado la mitad de su vida la concepción de que una mujer tenía que hacer lo que el hombre quisiera, cuando quisiera, aunque se tratara del hombre más mísero del universo.
Era una cuestión de poder y control otra vez.
—Me contaste que en alguna ocasión llegaron a ponerte la mano encima —continuó Hugo repasando su libreta.
—Sí. Al principio eran collejas, pellizcos. Cuando fui mayor, llegaron las tortas.
La forma en la que esquivaba los ojos de Hugo todo el tiempo delataba que se avergonzaba de haberlo permitido.
—¿Alguna vez… se lo devolviste?
Necesitaba saber en qué momento se empezaron a desencadenar los episodios violentos.
—Al principio, no. —El paciente bajó la mirada—. Era mi madre, y aunque no tuviéramos buena relación, yo quería pensar que eso podía cambiar. Pero no fue así. Así que, un día, decidí que o contraatacaba o saldría perdiendo siempre.
—¿Lo hiciste? —preguntó Hugo, conteniendo la respiración.
—Sí. Y te aseguro que fue la primera vez en mi vida que mi padre me miró con respeto. Desde ese momento, mi madre no volvió a tocarme. Yo hacía lo que quería en casa. Salía cuando me daba la gana. Fue liberador en todos los sentidos.
Asintió con la cabeza, incapaz de hablar en ese momento. Era sobrecogedor lo normalizado que tenía ese paciente los comportamientos violentos y la misoginia desde tan temprana edad. Llegado a ese punto, incluso le sorprendía que no hubiese tenido, que supiera, problemas por peleas o abusos.
—Dices que fue liberador… ¿Puedes explicarme qué significó para ti ese momento? —le pidió.
—Sentí que, por primera vez en mi vida, yo tenía el control. No vivía bajo la sombra de mi padre, ni de su alcoholismo. Mi vida era solo mía. Por fin era libre. Por primera vez, podía decidir lo que ocurría a mi alrededor.
—Esa sensación te hizo sentirte importante, ¿verdad? —adivinó Hugo.
—Lo has clavado.
Había un nuevo brillo, hasta ahora desconocido, en sus ojos.
Un sutil tono que le indicaba al psicólogo que se sentía comprendido.
Había encontrado a alguien que entendía sus pensamientos y con el que, con un poco de esfuerzo, había establecido una conexión real.
Quizás era lo que había buscado desde el primer momento que cruzó el umbral de su puerta, alguien que justificara sus razones y que le dijera que no había nada malo en lo que hacía porque, en lo más profundo de su ser, sabía que la sociedad, especialmente las mujeres, le rechazaban por sus actos.
El paciente había pasado de sentirse indefenso en su infancia a experimentar una sensación de poder al imponer su voluntad por la fuerza. Su trastorno de personalidad, sumado a una infancia marcada por la violencia y el desprecio hacia las mujeres, lo había convertido en lo que era ahora.
Hugo sintió que su responsabilidad con ese caso crecía a cada segundo. No solo debía ayudarle a cambiar, sino evitar que siguiera causando daño.
El problema era un poco difícil. ¿Cómo se reprograma una mente que ha sido moldeada así desde la infancia?
—Desde entonces, no he permitido que nadie vuelva a hacerme sentir pequeño. —Fue la primera vez que el paciente tomó la iniciativa en la conversación sin que Hugo lo guiara con preguntas—. He hecho y dicho lo que ha sido necesario para llegar hasta aquí sin depender de nadie.
—Imagino que eso te habrá llevado a más de un enfrentamiento con quienes te rodean, ¿no? —preguntó Hugo, intentando evaluar el alcance de su comportamiento—. No todo el mundo acepta que otros intenten dominarlos.
—Bueno, como te decía, si alguien se ha interpuesto en mi camino, le he dejado las cosas claras. Tampoco te creas que me he encontrado a mucha gente así. Cuando te haces respetar, el resto te respeta. No hay más.
Hugo no necesitaba que le dijera qué significaba «dejar las cosas claras». Sabía que detrás de esa frase se escondían una serie de tácticas de intimidación, manipulación y, en el peor de los casos, violencia.
Mostraba una seguridad y un dominio de la conversación que intimidaban incluso a Hugo.
Era la primera vez que sentía que un paciente llevaba el control absoluto de la sesión.
En su cabeza, el psicólogo trazaba la hoja de ruta de cómo reconducir la conversación sin perder esa apertura con él, pero lo que más le preocupaba era su violencia hacia las mujeres y su forma de obtener lo que quería, cuando quería, como ya habían discutido en la sesión anterior.
Quería ir directo a ese tema, pero primero necesitaba consolidar la conexión que había logrado para obtener respuestas más profundas.
—Tu táctica funciona, al fin y al cabo, tienes todo lo que siempre has querido —dijo Hugo, fingiendo interés—. Aunque me pregunto… ¿No echas de menos a tu familia?
—No. Hace años que los dejé atrás y solo hablo con ellos en contadas ocasiones, para asegurarme de que siguen con vida y poco más —explicó el paciente con total indiferencia—. Solo me buscan cuando necesitan dinero o ayuda.
—¿Y lo haces? ¿Les ayudas?
—Cuando me lo han suplicado, sí —confesó con una media sonrisa.
—¿Disfrutas viendo cómo se arrastran para pedirte ayuda?
—Sí.
La sinceridad de su respuesta fue como un golpe en el estómago para Hugo. ¿Qué clase de persona podía disfrutar viendo a sus propios padres humillados de esa manera? La familia estaba para apoyarse en los malos momentos.
Podía entender el resentimiento porque su infancia había sido un infierno. Hugo pensaba que ahora, como adulto, debería haber sido capaz de ver las cosas desde otra perspectiva y, en lugar de seguir atrapado en esa espiral de venganza, haber buscado sanar sus propias heridas.
El ojo por ojo nunca llevaba a ningún sitio bueno.
—¿Nunca has considerado olvidar lo que pasó y empezar de cero con ellos? —Hugo intentaba ver algo de buena fe y bondad en lo más profundo de aquel hombre que cada vez parecía más un pozo negro sin fondo.
—No lo necesito. No les necesito.
Frío. Directo. Sin emociones.
—La familia es una parte importante de nuestras vidas. Aunque haya heridas, siempre existe la posibilidad de reconstruir la relación y…
—No, de verdad, no lo intentes —lo interrumpió el paciente con brusquedad—. No quiero relación con ellos.
Hugo se quedó callado por un segundo.
—De acuerdo —cedió finalmente.
El paciente miró el reloj de la pared y, sin previo aviso, se puso de pie y agarró su abrigo.
—¿Le importa si terminamos antes hoy? He quedado con una chica luego y quiero pasar por casa a cambiarme de ropa —explicó poniéndose de pie.
Hugo sintió que su estómago se encogía solo de pensar que fuera a quedar con una mujer.
—Claro… No hay problema.
—Perfecto.
Acompañó al paciente hasta la puerta. Normalmente, él se marchaba sin más, pero esa vez se detuvo en el umbral para mantener una última conversación con su terapeuta.
No había duda de que Hugo había conseguido ir colándose en su cerebro y ser aceptado en aquella fortaleza que guardaba alrededor de su persona.
—Me caes bien, Hugo —dijo con una sonrisa que no presagiaba nada bueno—. Pensaba que esto de los psicólogos no servía para nada y me has demostrado lo contrario. Está bien venir a hablar con alguien que te entiende.
Ese hombre creía que realmente lo entendía y no que estaba fingiendo cada día para sacarle información.
—¿Y por qué viniste si pensabas que no servía para nada? —preguntó Hugo, que no dejaba escapar la más mínima oportunidad.
—¿Recuerdas la chica del trabajo con la que salía?
—Hugo asintió, ya intuyendo que no iba a gustarle la respuesta—.
Resulta que me ha amenazado con ponerme una denuncia por acoso —dijo con total normalidad—.
Mis abogados me recomendaron que buscara un psicólogo que pudiera decir que estoy en plenas capacidades y que todo fue un malentendido, un hecho aislado, producto del amor que sentía por esa chica.
Con ese informe en la mano, le haríamos entender que sin pruebas no tiene nada y que es mejor que se olvide del asunto.
De repente, todo tenía sentido.
Después de meses de sesiones, después de cada conversación cuidadosamente manipulada, después de cada confesión… Hugo había caído en su propio juego.
Había sido el paciente el que lo había manipulado.
Había estado probándolo, analizando sus reacciones, viendo hasta dónde podía confiar en él.
Y ahora, creyendo que tenía su aprobación y que eran amigos, le estaba pidiendo el favor definitivo: un informe que lo absolviera de una acusación que, sin duda, era solo la punta del iceberg de su historial.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —preguntó Hugo, sintiendo que su voz temblaba ligeramente.
El paciente sonrió con suficiencia.
—Tenía que asegurarme de que podía confiar en ti. De que me darías la razón —respondió—. Ahora veo que me entiendes y puedo contártelo.
La sangre de Hugo se heló.
Lo miró marcharse con una sonrisa siniestra en el rostro, satisfecho, confiado, seguro de que había conseguido lo que quería.
Cerró la puerta lentamente y respiró hondo, tratando de calmar el temblor en sus manos. Tenía que encontrar la forma de salir de esa trampa sin convertirse en su próximo objetivo.
Porque una frase se repetía en su cabeza con más fuerza que nunca: «cuando quiero algo, lo consigo, cueste lo que cueste».