Lo que dejé en Madrid Capítulo 13
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Capítulo 13

Soy una imbécil orgullosa

Si yo fuera una persona con un horario y calidad de sueño normal, me habría encontrado durmiendo cuando el maldito mensaje de Marcos ha llegado a mi móvil.

Eso sería si fuera normal y no llevara años luchando contra el insomnio.

Todas las situaciones de las últimas semanas tampoco han colaborado a que lo haya conseguido regular.

Aquí estoy despierta releyendo una y otra vez esa mierda de mensaje.

Me he pasado horas meditando qué hacer. La última vez que mi amigo me contactó en mitad de la noche con una noticia, no era algo muy bueno.

El tono de urgencia que detecto en ese mensaje, junto a la falta de emojis o stickers que a Marcos le encanta utilizar, intuyo que de verdad pasa algo serio.

Ahora que lo pienso… Diana me llamó hace unas horas y no respondí.

¿Estará relacionado? ¿Le habrá pedido a Marcos que me llame porque a ella no le contesto?

De nuevo, si yo fuera una persona normal, habría devuelto la llamada a la primera de cambio y me habría ahorrado toda esta tortura emocional que estoy sufriendo.

Solo cuando siento que estoy a punto de explotar de intriga, decido llamar a Marcos porque, si no, no voy a poder seguir con mi vida y en unas horas tengo que estar exponiendo en la oficina el proyecto que terminé con Jack el otro día.

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

¿Para qué me dice que le llame si ahora no me lo va a coger? Siempre me hace lo mismo y…

— Joder, Álex, por fin llamas —suelta Marcos nada más descolgar.

—¿Qué pasa? —pregunto algo temerosa por la respuesta.

— Diana está en el hospital —dice sin ningún tipo de anestesia—. Creo que la han atacado.

¿Cómo que la han atacado? ¿De qué habla este ahora? ¿Puede dejar de llamarme para solo darme disgustos?

—¿Qué dices, Marcos? —pregunto.

— Solo sé que está en quirófano porque tiene una fractura en la muñeca o algo así. —Marcos, una persona muy tranquila, suena bastante alterado, lo que hace que me preocupe más.

—¿Qué coño me estás contando? ¿Quién la ha atacado? ¿Cómo?

Tengo demasiadas preguntas que esta persona no va a responderme.

— No sé muchos detalles, Álex —responde con sinceridad—. No soy de la familia, así que hasta que no salga de quirófano y pueda ir a verla a la habitación no me van a decir nada. Estoy de camino al hospital.

—Vale, pues dime los pocos detalles que sabes —ruego con la voz un poco más rota de lo que me habría gustado.

— Estaba en el piso de Hugo y alguien entró por sorpresa. Lo siguiente que sé es que estaba en el hospital —explica, subiéndose en su coche, o eso intuyo por cómo cambia la forma en la que se escucha su voz.

Cierro los ojos y me apoyo contra la almohada. Esto tiene que ser una pesadilla, no hay otra.

—Joder, joder… Si es que soy una imbécil orgullosa de mierda —suelto rompiendo el silencio que se ha formado entre nuestros teléfonos.

— ¿A qué viene eso? —pregunta Marcos sin entenderme.

—Viene a que hace unas horas me llamó y yo no le cogí el teléfono ni volví a escribirle ni nada.

Mi voz sale más aguda de lo normal por el volumen utilizado, producto de los nervios.

— ¿Hace unas horas? —repite Marcos.

—Sí, y por lo que me estás contando, quizás estaba en el piso… Joder, si lo hubiera cogido a lo mejor no habría estado ahí sola y…

— Álex —me interrumpe Marcos, que sabe todo lo que voy a castigarme—. No te culpes por algo que no podías controlar desde Nueva York. Ya ha pasado y por suerte parece que no es grave, o eso creo.

Ese es el problema, que solo lo crees. Me has dado una mierda de información y yo ahora no sé qué hacer o qué sentir al respecto.

— ¿Álex? —pregunta, preocupado por mi mutismo.

—Sigo aquí —atino a decir.

— Mira, sé que antes de irte estuvisteis investigando juntas lo de Hugo y no sé si lo que ha pasado tiene algo que ver con eso o es pura casualidad.

Lo que sí sé es que no es tu culpa. —Me conoce de sobra como para saber lo que estoy pensando en estos momentos—.

Te mantendré informada cuando sepa algo más, ¿vale?

—Gracias, Marc.

Un hilo de voz es todo lo que consigo sacar de mi garganta antes de colgar el teléfono.

Un teléfono que tengo ganas de estampar contra la pared por la rabia que tengo, si no fuera porque vale más de mil dólares.

¿En qué momento hemos normalizado pagar esto por un teléfono?

Si yo con mi Nokia y los politonos era feliz… Tan feliz como con Diana.

Fuck .

¿Qué narices ha pasado para que esté en el hospital?

¿Qué habría pasado si le hubiera cogido esa llamada?

¿Y si no me hubiera ido nunca de Madrid?

No solo esta vez, sino la primera… Mierda, se me están acumulando demasiadas dudas, demasiadas preguntas.

Me falta el aire y estoy a punto de empezar a llorar.

No, no puedo estar así. Me levanto y busco en mi alijo personal de pastillas —con receta médica, claro—, una que me mandó el médico una vez por si me podían los nervios.

Sí, mejor me tomo una que me calme un poco porque voy a estallar si sigo así.

Lo peor de todo es que no sé ni qué he hecho esta noche, ni a qué he dedicado las últimas horas antes de que mi alarma empiece a sonar sin parar.

La apago y quito también las otras tres alarmas que tengo programadas.

Siempre he sido una persona precavida, mejor tener varias puestas por si me duermo, falla alguna o pasa cualquier cosa.

Especialmente en un día especial que… ¡Oh, Dios!

Encima ahora con todo esto me tengo que ir a la oficina a la presentación del proyecto.

¿Y si no voy? Podría decirle a Jack que estoy mal y que… Mira por dónde, me está mandando un mensaje. Pues no, no voy a poder decirle que estoy mala porque se está encargando de darme los buenos días y de recordarme lo importante que es para la empresa que esto salga bien.

Yo no puedo más con los timings de la vida, lo juro. Se me acumulan los problemas.

No pasa nada. Puedo con todo, es un pequeño bachecito que sé gestionar y que se va a pasar en nada.

Nada que no arregle una ducha rápida y un café.

Aunque claro, lo de meter cafeína en mi cuerpo quizás aumente un poco la ansiedad y luego sea peor.

La otra opción es dormirme sobre la mesa en la presentación.

Bueno, me lo tomo, que seguro que con la pastilla mi cuerpo queda equilibrado.

Tengo todo el camino a la oficina para calmarme. ¿Lo hago? Pues no. Yo lo intento, pero mi corazón vuelve a ir a su rollo. ¿No te quedó claro lo de que no tenemos para pagar el hospital, tío?

¡Joder! Que con la tontería de pensar en Diana me he pasado la parada del metro.

Bajo corriendo del vagón, justo antes de que se cierren las puertas, para cruzar la plataforma e ir en la otra dirección de nuevo.

Esta vez intento estar más atenta para que no me pase lo mismo.

¿Tenía que ser justo hoy cuando me despistara?

Voy a llegar tarde y no vamos a tener ni diez minutos para repasar los puntos fuertes del PowerPoint antes de meternos en la sala de reuniones.

Genial, Álex. Otra gran gestión por mi parte.

Echo a correr en cuanto me bajo, esta vez en la parada correcta, hacia la oficina. Ahora soy yo la que te hace sufrir, querido corazón. Prometo tratarte mejor en los próximos días, aguanta solo hasta que cruce las puertas de cristal del gran edificio de Manhattan.

Y lo hace, a pesar de que llego sin aliento. Paso mi acreditación por los tornos y entro como una tormenta directa a mi despacho. Por el camino veo a Jack, al que no dejo ni que me salude porque voy cegada con mi objetivo de prepararlo todo para los clientes.

—¿Dónde narices estabas, Álex? —pregunta siguiéndome al despacho.

Si es que ya sabía yo que se iba a picar porque haya llegado más tarde de lo prometido.

—Lo siento, he tenido un lío personal —respondo sin aliento.

Cuando me siento en mi mesa, veo por un segundo mi reflejo en el cristal de separación que hay con el resto de la oficina.

Estoy algo despeinada, la respiración agitada no ayuda a que parezca una persona calmada y las ojeras completan un look de derrota absoluta.

Ni las peores influencers de Instagram saldrían así de mal a posta…

Jack me mira extrañado. Normal. Le entiendo.

He pasado de ser la chica perfecta que nunca llega tarde y va con su imagen cuidada al milímetro a… esto .

—¿Qué te ha pasado ahora? —pregunta.

¿Tú crees que estoy para dar explicaciones?

—Nada, me he dormido y he tenido que venir corriendo —miento, porque es mucho mejor que contar la verdad—. Dame cinco minutos para repasar todo y vamos a la reunión.

—Avísame si necesitas algo, hoy es un día importante.

Mira, por lo menos no ha insistido mucho. Punto para mí. ¿Estaré aprendiendo a mentir mejor?

Se marcha del despacho y me da espacio, lo que agradezco porque necesito calmarme un poco antes de entrar en modo trabajo.

Enciendo el ordenador y voy directa a abrir la presentación que he estado días haciendo.

Confío plenamente en mi capacidad de dejar todo a un lado y que mi mente se centre en lo importante.

No es que Diana no lo sea. De hecho ahora mismo me preocupa más que…

¡Otra vez! ¡El trabajo! Venga, venga. Me centro.

Marcos me escribirá cuando sepa más, así que no tengo por qué preocuparme mientras tanto.