Paciente D.A. #2
Hugo se quedó pensativo analizando la situación.
Todo indicaba que Diana no rechazaba a Álex por falta de amor, sino por el miedo que le habían inculcado desde niña sobre lo que debía ser una vida «normal».
Y, aun así, le costaba entender cómo su relación había durado tanto tiempo con una falta de comunicación tan evidente.
—Me sorprende la dinámica de rechazos y problemas que teníais… y que, a pesar de todo, lograrais arreglarlo. ¿A ti te compensaba ese sufrimiento interno? —preguntó Hugo.
Diana se tomó un segundo para pensarlo, haciendo un balance de todo lo que sentía en esos momentos.
—Aunque ahora te cuente todo lo malo, nuestra relación no eran solo esas peleas o broncas.
Eran todos los momentos maravillosos que pasábamos juntas.
No he querido a nadie como la quise a ella.
Y yo… sufría mucho cuando analizaba lo que estaba pasando o pensaba en mi familia, por eso evitaba hacerlo y me concentraba en disfrutar el tiempo con Álex.
—Hugo la miró con curiosidad—. Bueno, tú nos viste juntos muchas veces. Tú y Marcos sabíais cómo éramos.
—Por eso me sorprende tanto lo que me cuentas —admitió Hugo—.
Os he visto juntas. He visto con mis propios ojos cómo la mirabas, cómo os tocabais sin siquiera daros cuenta, los apodos cariñosos que se os escapaban…
Siempre pensé que estabais hechas la una para la otra.
Y ahora, al escuchar todo lo que pasaba cuando nadie más miraba… me impacta.
—Marcos y tú sabíais lo nuestro.—Diana bajó la mirada pensativa—. Álex me dijo que cuando tuvimos una de nuestras crisis más fuertes, os necesitó y os lo contó. Por eso me sentía tan libre cuando estaba con vosotros. Con vosotros no tenía que esconderme.
Hugo levantó la mano en un gesto para que se detuviera.
Era la primera vez que le pedía que no siguiera hablando en medio de una sesión.
Necesitaba recopilar toda la información que acababa de obtener para saber hacia dónde guiar la conversación y ver dónde residía el cambio de comportamiento de Diana en público.
—Aquí tenemos un problema, entonces —dijo tras varios segundos de reflexión.
—Si solo fuera uno —intentó bromear Diana.
La expresión de Hugo le indicó que no era momento para eso.
—Si estabais solas en mitad de una calle, rodeadas de desconocidos… ¿Qué te impedía besarla? Entiendo que no quisieras que tu familia lo supiera, pero no podían enterarse por un beso.
Diana exhaló lentamente.
—¿Sinceridad?
—Siempre, por favor —pidió.
—Me daba pánico que la gente nos mirara mal o nos dijera cosas feas.
Diana no quería entrar en detalles. Ya se notaba mucho más sensible que al entrar en la consulta y no quería volver a terminar con lágrimas en los ojos como había ocurrido otras veces.
—¿Por qué te importaba lo que pensaran los desconocidos y no lo que pensábamos Marcos y yo?
Hugo intuía cuál era la respuesta y le daba muy mala espina.
—¿Qué quieres decir?
Diana había entendido la pregunta a la perfección, sólo quería ganar tiempo para meditar la respuesta.
—Has dicho que con nosotros era diferente porque ya sabíamos lo vuestro…
—Exacto. Por eso era diferente —reiteró Diana con rapidez.
La mirada inquisitiva de Hugo le dejó claro que esa respuesta no era suficiente.
No esa vez—. Vosotros ya lo habíais aceptado.
No ibais a juzgarnos. Álex os lo contó y vosotros nos seguisteis incluyendo en vuestras cenas de los viernes, en los planes…
Vosotros no ibais a insultarme por darle un beso a una chica.
No ibais a pegarme una paliza. No ibais a…
—se interrumpió, como si decirlo en voz alta hiciera que sonara aún peor.
Hacía tiempo que Hugo conocía los motivos de sus miedos tan profundos y no hacía que escucharlo de la boca de la propia Diana fuera menos duro de lo esperado.
Su tono de voz, la manera en que sus hombros se encogieron y los ojos acuosos…
Todo en ella reflejaba un peso que había estado cargando sola durante años y que estaba muy débil emocionalmente en ese instante.
Dudó sobre si continuar con la conversación o desviar el tema para aliviar su dolor. No era fácil ver a alguien a quien apreciaba abrirse así y mostrar tanto sufrimiento acumulado.
—Si esto ocurriera hoy… —dijo Hugo con cuidado, tanteando la evolución de Diana—, si estuvieras en esa misma calle con Álex, ¿la rechazarías otra vez?
—No.
Diana no dudó, pero tampoco le miró durante esa respuesta. No podía hacerlo en ese momento.
—¿Y si fuera otra mujer? ¿Si estuvieras en una cita con una chica nueva y quisieras besarla?
Ya no se trataba solo de su relación con Álex, sino de la capacidad de Diana para mantener una relación estable con otras mujeres.
—No me liaría con cualquiera, en general —respondió, rodando los ojos.
—No te desvíes del tema —insistió Hugo—. ¿Dejarías de darle un beso porque alguien te mirara mal?
Diana tardó un par de segundos en responder, era algo que le había privado muchas noches del sueño.
—No.
Esa seguridad la sorprendió incluso a ella. Hugo notó el destello de orgullo en su mirada, casi como si estuviera descubriendo algo nuevo sobre sí misma en ese instante.
—Eso ya es un gran progreso, Diana —afirmó Hugo con una leve sonrisa—. Hemos hablado mucho sobre la aceptación y creo que has avanzado más de lo que crees en los últimos meses. Tu familia ha sido en gran parte la responsable de esos miedos e inseguridades y ahora los estás desmontando poco a poco.
—Lo intento —Diana esbozó una media sonrisa, aunque se notaba agotada emocionalmente—.
Pero sé que le mandaba señales confusas a Álex.
A veces, cuando bebía un poco, me desinhibía y era mucho más cariñosa con ella en público.
Y luego hacía cosas como aquella… No tenía control sobre lo que hacía y lo que sentía.
Estaba en una vorágine de autodestrucción y no era consciente.
Así terminé. Destruyéndonos a ambas en el proceso.
—Diana, está bien que analices tus errores y veas qué harías diferente hoy. Pero eso no significa que tengas que castigarte por ellos cada día.
—Hugo, perdí a la persona que más he querido por ser una niñata cobarde que no sabía lo que quería.
—Se levantó del sofá y empezó a pasearse por la habitación con nerviosismo—.
Hay tantas cosas que haría diferentes ahora…
Yo tenía claro que no podía vivir sin Álex, que estaba totalmente enamorada de ella.
Era mi cabeza la que me decía que no podía tener una vida normal, que perdería a mi familia si seguía con ella. No sé ni cómo explicártelo.
Hugo le dejó su espacio, observando cómo sus pasos se volvían más lentos hasta que, finalmente, se detuvo y suspiró.
—Diana, la persona que eres hoy no es la misma que eras hace años.
Y eso está bien, ¿sabes? —Era la primera sesión en la que Hugo veía a una Diana tan oscura y decaída—.
Evolucionamos, aprendemos y crecemos gracias a las hostias de la vida.
Y ahora toca aplicar todo eso para construir la vida que quieres.
—¿Tú crees que yo puedo ser feliz?
Se giró para mirarle a los ojos. Su pregunta había sido formulada con la misma inocencia con la que los niños pequeños preguntan sobre los Reyes Magos en Navidad.
Se notaban sus ganas de estar bien, de aceptarse y de quererse tal y como era.
Hugo estaba conmovido. Era asombroso ver cómo una persona que podía parecer tan firme y segura de sí misma en algunos aspectos, era, cuando le daba la oportunidad, un cachorrillo que necesitaba cariño y ayuda a cada pequeño paso que daba.
—No lo creo. Lo sé.
Intentó transmitirle toda la confianza y seguridad del mundo con aquella frase. No iba a ser fácil, pero él mismo se encargaría de ayudarle a lograrlo.
Diana exhaló despacio y, finalmente, volvió a dejarse caer en el sofá.
—Eso espero.