Lo que dejé en Madrid Paciente D.A.
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Paciente D.A.

Tras varias sesiones emocionalmente intensas, Hugo decidió abordar el duodécimo encuentro con Diana con un enfoque más práctico. Le gustaba proponer ejercicios que ayudaran a sus pacientes a tomar conciencia de sus problemas de forma dinámica en lugar de limitarse a solo hablar de ellos.

Uno de los ejercicios que más impacto había causado en Diana era el de los post-its .

Hugo le pidió que escribiera en notas adhesivas de diferentes colores las situaciones que había logrado aceptar —verde—, las que aún le costaban procesar —amarillo— y aquellas que le parecían imposibles de asumir —rojo.

El resultado fue revelador para ambos, aunque casi más para la propia Diana.

En los post-its verdes aparecían frases como: «necesito ayuda», «soy homosexual», o «destrocé la mejor relación de mi vida».

En los amarillos había afirmaciones cargadas de dudas: «me cuesta aceptar que puedo ser feliz», «ser libre con mi sexualidad», o «pensar que puedo tener una vida completa».

Pero lo que más llamó la atención de Hugo fueron los rojos, encabezados por dos frases demoledoras: «me parece imposible que mi familia me acepte» y «no sé si me quiero a mí misma».

Durante dos sesiones trabajaron sobre esas notas, analizando cada una de ellas y explorando sus implicaciones.

Diana empezó a cambiar su forma de enfrentarse a sus problemas y comprendió que asumir por sí misma lo que antes rechazaba era el primer paso para encontrar una solución.

Hugo podría haberle dicho lo que necesitaba hacer desde el primer día.

Y sin embargo, él dejaba que sus pacientes llegaran solos a ese tipo de conclusiones con el fin de que la terapia fuera más efectiva.

Por eso, cuando la chica cruzó la puerta del apartamento ese día, Hugo notó de inmediato la diferencia en ella. Parecía más segura y su sonrisa era más natural. No jugaba con sus anillos de forma nerviosa y no apoyaba los pies en el sofá como un acto de distracción.

—¿Lista? —preguntó él con una sonrisa que Diana le devolvió al instante.

—Lista —afirmó con confianza.

—La última vez que hablamos de tu relación con Álex, mencionaste que cometiste muchos errores y que, a pesar de todo, ella siempre te perdonaba. Si te parece bien, podemos profundizar en esos momentos y ver qué te llevó a actuar así —sugirió.

—Me parece bien—Diana asintió sin dudar—. Lo de no mudarnos juntas fue un momento clave. Nos costó semanas superarlo como pareja. Bueno yo... yo nunca lo superé del todo.

—¿Qué quieres decir?

—Que vivir con Álex, al menos como compañeras de piso, habría sido la tapadera perfecta para nosotras.

Nadie sospecharía nada, ni siquiera mi familia.

Era un paso lógico en nuestra relación y lo rechacé igualmente —suspiró, claramente arrepentida de aquella decisión del pasado—.

Como pareja, logramos dejarlo atrás, aunque nos costó.

Lo que Álex no sabía era que, después de decirle que no, empecé a rechazarla en muchas otras cosas que sí tenían un mayor significado.

—Ponme un ejemplo y lo analizamos mejor, Diana.

Meditó unos segundos pensando cómo decir lo que le rondaba la cabeza esos días. A Hugo le gustaba mucho trabajar con Diana en las sesiones porque siempre hacía el ejercicio previo de intentar ver qué había hecho mal para poder analizarlo mejor con él.

—Ya sabrás que Álex aceptó su sexualidad mucho más rápido que yo, ¿no?

—Hugo asintió. Recordaba cómo había sido la primera persona a la que su amiga se lo había contado cuando se sintió preparada—.

Me dio mi espacio para que yo lo hiciera a mi ritmo, pero a veces se le olvidaba.

Se dejaba llevar más de la cuenta y… Lo entiendo, ¿sabes?

Para ella era natural, mientras que yo pasaba el día controlando mis palabras y mis gestos cuando estábamos con otras personas.

—¿Eso te suponía un problema?

—No la mayor parte del tiempo porque Álex solía controlarse también.

El problema era cuando no lo hacía… —Negó con la cabeza y suspiró—.

Por ejemplo, una vez estábamos en el césped de la facultad con unas compañeras.

Todo el mundo sabía que éramos amigas, mejores amigas de hecho, así que a nadie le extrañó verla sentarse con nosotras.

Todo bien hasta que tuvo que irse a clase y se despidió diciendo «cariño, tengo que irme».

Hugo alzó las cejas, sorprendido por la naturalidad del apodo cariñoso que él nunca le había escuchado a su amiga.

—¿Y tú cómo reaccionaste?

—Me puse como una loca. —Diana cerró los ojos, avergonzada—. Visto ahora, creo que mi reacción fue más delatora que su «cariño».

—¿Qué le dijiste? —preguntó Hugo, que se apuntó preocuparse por sus reacciones tan desmesuradas por algo tan pequeño en público.

—No recuerdo las palabras exactas porque hace mucho.

Le solté algo como «no vuelvas a llamarme así, a una amiga no se le dice eso» o alguna tontería del estilo delante de todas mis compañeras.

—Ella sí recordaba el pánico que sintió en ese momento y cómo huyó al baño para no tener que lidiar con las miradas y comentarios de sus amigas—.

Fue instintivo. Entré en pánico, Hugo. No pensé y reaccioné a la defensiva porque me daba miedo que esas personas supieran que éramos algo más que amigas.

—Puedo imaginar que Álex no se tomó bien ese rechazo… —adivinó Hugo que la conocía lo suficiente como para saber lo herido que tendría su ego en ese momento.

—Se lo tomó peor que lo de no compartir piso.

Así que imagínate. —Diana se frotó las sienes, intentando alejar el recuerdo y las imágenes de la cara de decepción de su por aquel entonces novia sin éxito—.

Ella asumió que no debía de haberme dicho cariño en público y yo asumí que tuve una reacción desmesurada.

Creo que ese fue el momento en que se dio cuenta de que yo no estaba preparada para tener una relación de cara al mundo. Y eso le dolió.

—¿Le explicaste por qué reaccionaste así?

—No. —Fue una respuesta concisa y rotunda.

No había que darle vueltas, no había sido sincera con Álex respecto a sus sentimientos y no podía negarlo.

—Entonces, ¿cómo arreglabais esos malentendidos? Porque, siendo honesto, no entiendo cómo Álex aceptaba continuar con la relación sin entender del todo sus condiciones.

Hugo empezaba a estar muy confuso con las dinámicas de la relación.

—Era complicado, no lo niego. —Diana entrelazó los dedos de las manos—.

Yo le decía que me había pillado desprevenida, que no lo esperaba y por eso reaccioné así.

Nunca le conté la verdad de mi miedo a que el resto lo supiera.

Le pedía perdón, le hacía un regalo, le prometía que todo estaba bien… y volvía a confiar en mí.

—¿Y después de eso, volvíais a la normalidad?

—Sí. Sé que parece absurdo, pero teníamos una gran capacidad de dejar a un lado todos esos problemas para seguir dentro de nuestra burbuja de felicidad en casa.

—Diana había aprendido con los años que su relación había sido insana en numerosas ocasiones por culpa de la falta de comunicación y ese era un claro ejemplo de ello—.

Yo sabía esconder mi miedo muy bien. No puedo culpar a Álex por no verlo, la verdad.

—¿Episodios como este ocurrían a menudo? ¿Eran habituales los malentendidos?

—No, no eran cosas que nos pasaran a diario.

Tampoco puedo decir que esa reacción mía fuera la única vez que ocurrió.

—Diana repasó mentalmente algunas de las broncas que había tenido con Álex para encontrar una que ejemplificara lo que quería transmitirle a Hugo—.

Hubo otra vez, una noche que salimos a dar un paseo…

—Cuéntame.

—Estábamos caminando por la ciudad y, sin darnos cuenta, Álex me cogió del brazo. Yo me sentí cómoda, hasta que noté que metía su mano en el bolsillo de mi chaqueta para sostener la mía. Fue un gesto pequeño, insignificante para cualquier pareja… pero para nosotras significaba todo.

—Y, ¿qué pasó?

—Nos sentamos en un banco y empezamos a observar a la gente pasar, comentando lo que veíamos.

No sé qué tontería dije y Álex se partió de risa.

A mí me daba la vida verla así de feliz.

—Un destello de ternura cruzó los ojos de Diana y no pasó desapercibido para Hugo—.

Y, en ese momento, entre risas, nos acurrucamos y, con la naturalidad que solíamos tener en casa, Álex se acercó para darme un beso.

Diana se quedó en silencio, con la mirada perdida como tantas otras veces.

—¿Qué hiciste? —preguntó con suavidad.

—Lo arruiné. —Diana cerró los ojos un instante, antes de volver a abrirlos con una mezcla de culpa y resignación—. Como siempre.

No continuó la historia porque le parecía evidente que Hugo ya sabía cómo había reaccionado. Eso no le impidió seguir indagando en la profundidad de sus comportamientos.

—¿La rechazaste?

—Le giré la cara para que no me diera ese beso —admitió Diana con voz apagada—. Te puedes imaginar la cara de Álex…

—Un poema.

—El camino a casa fue tenso. Intenté acercarme a ella, agarrarla del brazo como ella había hecho conmigo horas antes, pero ya era tarde.

—Diana suspiró y dejó caer todo su peso contra el respaldo del sofá, como si la historia le drenara las fuerzas—.

No había nadie cerca que nos conociera, y aun así reaccioné de esa manera…

—¿Lo hablasteis?

—Le pedí perdón cuando llegamos al apartamento.

Le dije que me había pillado desprevenida, que no estaba acostumbrada a las muestras de cariño con ella en la calle y que no supe qué hacer cuando intentó besarme.

—Diana no intentaba justificarse a esas alturas, sino contar lo que en su momento ella veía como su escapatoria—.

Una vez más, tuve que prometerle que no la estaba rechazando a ella, que la quería con toda mi alma.

—¿Te perdonó?

—Sí. —Aunque Diana no sabía ni por qué—. Tuve que ganármelo, no fue nada fácil. Tardamos un par de semanas en volver a estar bien.