Lo que dejé en Madrid Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

¡El desorden es vida! O eso me dijo alguien una vez.

No recuerdo quién, la verdad. Me voy a agarrar a eso ahora mismo y…

Espera… ¿No fue Diana? Ahora que lo pienso me está viniendo a la cabeza el momento exacto en el que me lo dijo.

Estábamos en mi apartamento un sábado por la tarde.

Llevábamos toda la semana estudiando y estábamos bastante cansadas.

Era esa época en la que Diana casi vivía a diario en mi casa y, por lo tanto, todas sus cosas estaban por ahí mezcladas con las mías.

No es que yo tuviera un piso muy grande, lo justo para que las dos conviviéramos tranquilamente.

El problema es que nuestras cosas se iban apilando de un lado a otro porque nos faltaban espacios de almacenamiento.

A Diana poco le importaba el orden o tener el piso perfecto, lo opuesto a mí, para variar.

Yo quería recoger todo y ella solo quería estar en el sofá viendo una película.

Recuerdo cómo siempre me decía «cariño, tienes que descansar» como argumento para que me quedara tumbada con ella.

Yo no pretendía hacerlo porque sabía que el desastre solo seguiría creciendo.

Fue entonces cuando hizo todo un alegato de por qué tenía que dejar mi «precioso culo» en el sofá y terminó su discurso con un «¡el desorden es vida!

» que me hizo reír tanto que consiguió su objetivo final y me quedé en el sofá con ella.

Y con ese recuerdo tan simple, me quedo dormida con una sonrisa en la cara.

No solo eso, es que creo que es la noche que más he podido descansar en semanas a pesar de los sueños que, en esta ocasión, son buenos.

Al menos en apariencia, porque son escenas felices y de la vida cotidiana…

con Diana. Esa es la única parte ¿mala? Porque en realidad no me parece tan mala si no fuera porque implicaría tener una conversación con ella.

Froto las palmas de las manos contra mi cara para despertarme un poco y borrar esos sueños antes de coger mi móvil para espabilarme.

Lo desbloqueo y chequeo las notificaciones que me han entrado durante la noche hasta que paro en un nombre en mi bandeja de entrada que no me hace gracia.

¿Tenía que ser justo hoy que he soñado con ella?

¿Ahora qué pasa? Me debato entre abrir el mensaje o no, cosa que hago porque las imágenes de esta noche aún no han sido eliminadas de mi cabeza y me puede pensar si algo en ese mensaje va a llevar a que se produzcan.

Di

Oye Álex, sé que no terminamos muy bien…

pero me gustaría hablar contigo…

Bastante ambiguo el mensaje. No sé si me ha gustado o no algo tan poco esclarecedor.

Aunque claro, ¿qué pensaba que iba a mandarme?

¿Una disculpa? ¿Un «voy a Nueva York a verte»?

Si es que no sé ni en qué momento me he planteado que pudiera ser algo significativo.

No, seguramente querrá contarme algo del piso para venderlo o cualquier cosa.

Seguro que es eso. Mejor le contesto luego, que ahora mismo no me apetece tener que lidiar con nada de esto.

Fucking Diana y sus fucking timings.

Ella no podía escribirme ayer que estaba ocupada con el proyecto.

No, tenía que escribirme en mi día libre para que yo me pase todo el día atormentándome sobre el significado de ese mensaje.

Tocará limpiar el apartamento a fondo, que no lo hago desde antes de irme a Madrid.

Sí, será lo mejor. También pondré música a todo volumen para motivarme.

Combinación perfecta de planes para no pensar.

En mi cabeza es una idea infalible.

En la realidad, tiene alguna laguna cuando me doy cuenta de que miro el móvil más de lo que debería esperando que entre otro mensaje, que me insista un poco o algo. No, si encima soy lo peor, que me voy yo y pretendo que ella venga arrastrándose. ¿Quién me creo que soy? ¿Margot Robbie?

Paro de aspirar la alfombra azul del salón al notar que la presión en el pecho está alcanzando nuevos niveles que no había sentido hasta este momento.

Es todo culpa de ese mensaje. No debería de darle más vueltas.

No me ha dicho nada, voy a dejarlo estar un tiempo y en unos días le preguntaré qué hacemos con el apartamento y ya.

No puedo sentirme así cada vez que aparece en mí vida.

No quiero sentirme así de rota y eso que no la he dejado entrar mucho en mi vida, imagina si lo hiciera…

A ver, querido corazón, relaja el ritmo de los latidos, por favor te lo pido, que no gano tanto para pagar lo que me va a costar el hospital en este país como me dé un infarto por tu culpa.

Al músculo más importante de mi cuerpo poco le importan mis súplicas y menos aún le importan a mi cabeza, que no para con las preguntitas.

¿Por qué ahora? ¿Por qué, después de todo, Diana siente la necesidad de hablar conmigo?

¿Por qué no puede simplemente dejarme en paz?

Todas tendrían respuesta si me dignara a responderle al mensaje.

No lo voy a hacer.

Eso es de lo poco que tengo claro. Y sí, vamos a culpar a mi orgullo y mi cabezonería de esta decisión.

El porqué es tan sencillo como que me jode enormemente el poder que tiene Diana sobre mí.

Es que es como el primer puto día que nos liamos.

Bueno, no como ese día porque ahí me tocó fingir que no había pasado nada entre nosotras ya que ella decía no recordar nada de la noche anterior.

Con el tiempo me confesó que lo hizo por miedo y a mí me pareció hasta tierno que no quisiera perderme y se agarrara a esa mentira.

¿Perdimos unos meses de haber estado juntas por ello?

Sí, pero se lo perdoné porque me gustaba demasiado como para pensar en otra cosa que no fuera estar con ella.

Un poco lo que me está pasando ahora que da igual lo que haga que solo puedo pensar en ella y no haber hablado como deberíamos antes de irme.

Puedo mentirle a Marcos y decirle que no hay nada entre nosotras.

Puedo mentirle a Lucas y decirle que he vuelto por trabajo.

Puedo mentirle a todos. Incluso a Diana si me la ponen delante.

Lo que no voy a hacer a estas alturas es mentirme a mí misma y negar que verla ha removido todo mi mundo y que no la he olvidado en absoluto.

Es que cómo no van a ser suficientes cinco años para superar a alguien.

Es un lustro, tiempo de sobra para sacarte una carrera y para mil experiencias en la vida.

No lo suficiente para olvidarla a ella, al parecer.

Aquí puede que yo tenga parte de culpa por negar mis sentimientos en lugar de enfrentarlos.

Un día más Hugo teniendo razón.

Ha tenido razón en cada crisis que he tenido en este tiempo y en cada intento de relación que he tenido en Nueva York.

Bueno, si a eso le podemos llamar relaciones.

El punto en común de todas para terminar era el mismo: las comparaciones con Diana.

Nadie me hacía sentir como lo había hecho ella.

Nadie me entendía con una mirada y nadie me ha hecho reír en este tiempo como ella.

Diana fue casa y refugio. El lugar más seguro sobre la faz de la tierra… hasta que dejó de serlo.

¿Lo volvería a ser si la dejara?

Sirvo una copa de vino blanco y me voy al sofá una vez termino todas mis labores de limpieza. Podría hacer unos ejercicios para relajarme o… podría llamar a Marcos. Una llamada sutil para preguntarle qué tal van las cosas y eso, ¿no? Puro interés de amiga y nada más. Sí, es una gran idea.

— ¿Álex? —responde nada más descolgar.

Está tan sorprendido por esta llamada repentina como yo de hacerla por impulso.

—Hola, Marc.

— ¿Qué pasa? —pregunta algo preocupado.

—Nada, solo quería hablar un rato —respondo sin querer entrar aún en el tema que realmente quiero saber.

— Estoy en la oficina, puedo hablar un rato contigo si no me lías mucho —me advierte y escucho cómo cierra la puerta de su despacho de fondo.

—Un rato me vale.

Se queda en silencio esperando que, ya que he sido yo la que ha empezado la llamada, sea yo la que le pregunte algo. No me sale porque no sé por dónde empezar.

— ¿Estás bien?

—Sí, solo quería saber qué tal va todo por Madrid y…

— Si quieres saber algo de Diana, llámala a ella —me interrumpe.

¿Cómo sabe esta persona que iba a preguntar por Diana? Joder, así no hay manera.

—Yo no he dicho…

— Álex, que nos conocemos —corta de nuevo mi frase.

Y tanto que me conoce. Lo mejor es que ha usado un tono de burla que me da a entender que no se está tomando mal que pretenda usarle como informante.

—Bueno, vale, quizás era eso —confieso.

— Ya sabía yo —ríe—. Ahora explícame por qué te fuiste para no lidiar con ella, pero me llamas para que te cuente cómo está o lo que quieras saber.

—Es que… no sé. Solo quería saber qué tal iban las cosas y el piso y eso…

Miento. No te lo puedo explicar porque ni yo lo sé, Marcos. Es mi maldita cabeza confusa y su mensajito de anoche.

— Si quieres saber algo sobre el piso, no he hablado con ella de eso. —O sea que sí que ha hablado con ella de otras cosas—. Así que si tienes dudas, llámala. Es menos orgullosa que tú, seguro que te coge el teléfono sin problemas.

Ya me ha caído a mí el hachazo sin venir a cuento.

—No tengo nada que hablar con ella. —En realidad tengo tantas cosas que hablar con ella que no sé ni por dónde empezar—. Solo era curiosidad.

— ¿Seguro que no tenéis nada que hablar? —Se podría callar y dejar de meter el dedo en la llaga—. Yo creo que sí y que lo del piso es lo de menos.

No puedo seguir mintiéndole tan descaradamente por teléfono y tampoco se lo merece. Solo puedo quedarme callada ante el acierto que, una vez más, ha hecho mi amigo. ¿Cómo puede ser que yo llame para intentar tranquilizarme un poco y me ponga peor?

—No te preocupes, Marc. No tengo nada que ver con ella, solo quería hablar un rato contigo —continúo—. Mejor te llamo cuando salgas de la ofi, ¿vale?

No le doy tiempo a que se queje antes de colgarle el teléfono y terminar la copa de vino de un trago.

Me tienen harta él, Diana, Hugo y todo el mundo.

Solo quiero enterrarme bajo la almohada y no salir de ahí en semanas o hasta que se me pase esta angustia.

El primer paso va a ser borrar el chat de la conversación de Diana y así eliminar posibles tentaciones de mirar su foto o responder a su mensaje. Sí, es una gran idea.

Se acabó. Este día libre va a ser el único que me voy a permitir de autocompasión antes de seguir adelante, esta vez de verdad. Voy a retomar el control de mi vida en Nueva York.

Adiós, Madrid.

Adiós, Diana.

Fue bonito veros, pero hasta aquí habéis llegado.

Una estrategia que me funciona durante días. He tenido que creerme yo misma que era capaz de superar esto para empezar a hacerlo. Salgo con varios amigos, trabajo durante horas y hago mucho deporte. Mente ocupada y muchos planes de futuro.

Todo se está encauzando a la perfección y… ¡uy! Tengo una notificación que no he visto. Estaría entretenida con algo y no me he dado cuenta de que estaba vibrando el teléfono. Voy a ver qué…

«Llamada perdida de Diana»

Madre mía.

No tenía yo bastante con el mensaje del otro día y ahora una llamada.

¿Me puedes dejar vivir, Diana? Cada vez que retomo un poco la normalidad apareces.

Así no hay manera, tía. Por favor te lo pido, déjame.

Es que agradezco no haber visto la llamada antes porque ahora puedo eliminarla y fingir que no ha pasado sin tener que tomar la decisión de descolgar o no en el momento.

Con eso fuera de mi vista y la alarma puesta, es hora de ir a dormir y…

otra vez el móvil vibrando. De verdad, qué mal he llevado siempre el cambio de horario con España porque a la gente se le olvida y me escriben a unas horas en las que yo solo quiero hablar con mi almohada.

Cojo el teléfono solo para asegurarme de que no sea una emergencia y cuando leo en la pantalla bloqueada la notificación bajo el nombre de Marcos se me hiela la sangre.

Marc

Llámame en cuanto puedas.

Ha pasado algo con Diana y es importante que lo sepas.