Lo que dejé en Madrid Capítulo 12
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Capítulo 12

El desorden es vida

El avión de vuelta a Nueva York, a mi casa, fue una auténtica tortura, aunque nada comparado con todos los sentimientos que tuve que gestionar durante esas horas.

No solo por mi miedo a volar, sino porque todo eso se mezclaba con la falta de sueño y descanso.

Por no hablar de la cantidad de acontecimientos que tenía que digerir y que no me apetecía en absoluto.

El problema es que no tuve que lidiar solo con la ansiedad por volar.

No. Tuve que gestionar la ansiedad a secas y no lo llevé nada bien.

De hecho sigue bastante presente estos días.

He tenido alguna que otra crisis y ataque de ansiedad a lo largo de mi vida, especialmente desde que vivo en Nueva York, así que pensaba que ese día podría ser una más y punto.

Intenté no darle más importancia y convencerme de que todo estaba bien… Fingir demencia, vaya.

Mala idea.

Llevo años conviviendo con estas sensaciones a pesar de las quejas de Hugo de que tenía que tratarlo para no vivir así y no sale nunca bien lo de ignorar el problema.

Ojalá te hubiera hecho caso, amigo.

Habría sabido qué hacer, además de respiraciones, para calmarme o para entender qué me estaba pasando.

Nunca he sido una persona que se abra con facilidad a los demás o que cuente mucho de lo que siente, ni siquiera con él.

Aunque fuera uno de mis mejores amigos, me pasaba como con Marcos, que me costaba contarle ciertas partes de mi vida, ciertos pensamientos que siempre reservo para la soledad de la noche en mi apartamento.

Dejarles entrar, a ellos o a quien sea, significa exponerme por completo a corazón abierto, y no es algo que ahora mismo quiera hacer.

Esa ansiedad y nervios han ido aumentando cada día que he pasado en la capital.

La falta de aire y la presión en el pecho llevan días durmiendo conmigo.

Bueno, si se le puede llamar dormir a lo que he hecho.

Tampoco ayudó el último enfrentamiento con Diana, que disparó a lo más alto mis niveles de ansiedad.

Vamos a sumarle a todo esto el viaje en avión.

Un cóctel molotov, vaya.

Nada más poner un pie en mi apartamento, yo intento volver a ser la chica que se fue, es decir, a la Álex fuerte —en apariencia— que tiene su vida aquí.

Por mucho que mire a mi alrededor noto que las paredes son las mismas, los muebles siguen teniendo un diseño precioso, a pesar de la acumulación de polvo de estos días, pero yo no lo soy.

Maldita Diana, maldito Hugo y maldita yo.

Parece todo tan ajeno a mí ahora mismo que ni siquiera sé qué hacer o qué sentir.

Suelto la maleta en el hall de entrada y recorro la casa como alma en pena.

Es un apartamento muy guay, su dinero vale, claro está.

Y ni siquiera el pensamiento de tener una vida tan exitosa como para poder pagarlo ayuda a apagar todas las voces de mi cabeza.

Todo lo que he construido se ha ido a la mierda.

Me siento de la misma manera que cuando llegué a la ciudad hace cinco años.

Como una hormiga completamente perdida en una jungla de cemento y cristal, vulnerable a ser aplastada en cualquier momento.

Incapaz de discernir si el problema es el apartamento, que ya no me parece tan guay, o yo, que empiezo a ver las cosas de otra manera.

Y si pensaba que volver a la rutina de mi vida haría las cosas más fáciles, no podía estar más equivocada.

Es hasta más… ¿complicado? ¿insulso? ¿raro?

No sabría definirlo, porque ni volcarme en todos mis proyectos de nuevo mantiene a raya la angustia como lo solía hacer antes.

Da igual los planes que me ofrezcan de salir, tomar algo o hasta ir a un musical, que nada me apetece.

¡Yo rechazando un musical! Es de las cosas que más me gustan de la ciudad, o me gustaban, porque ni eso rellena la pena que tengo.

¿Cuántas veces he pensado en qué estará haciendo Diana en Madrid?

Más de las que debería. ¿Que si echo de menos ahora más que nunca a mi familia?

También. Si es que yo para qué puse un pie en España sabiendo que esto podía pasar.

Mira, Hugo, porque estás muerto, que si no te enterraba yo con mis manitas por todo lo que estoy viviendo por tus ideas.

He mantenido el contacto casi diario con Marcos, aunque tampoco hablamos mucho más allá de qué tal el día.

Yo necesito que me siga escribiendo a pesar de que no le esté contando todo lo que tengo dentro.

¿Y por qué no se lo digo? Porque soy gilipollas.

A esta conclusión llegué hace rato y no la suelto.

Tampoco ayuda que decidiera mantener el motivo de mi viaje en secreto a todos mis amigos y compañeros de trabajo.

Todo el mundo piensa que me he tomado unas mini vacaciones más que necesarias para descansar la mente antes de la carga de trabajo de los próximos meses.

¿Se me ocurrió pensar a mí que esto llevaría a conversaciones incómodas?

Obviamente no. Para qué iba yo a pensar un poquito.

No, yo para adelante como los de Alicante, y ya iremos resolviendo problemas conforme vengan.

Mala técnica esa. Lo aviso por experiencia.

—¿Qué tal tus vacaciones? —pregunta Jack en un descanso que tenemos para hacernos un café entre reuniones.

—Bien —respondo algo seca sin querer alargar más de lo necesario esa conversación.

—¿Has hecho algo interesante además de ver a tu familia? —insiste Jack, que está mucho más acostumbrado a una versión más habladora de mi persona.

¿Ir a un entierro? ¿Pelearme con mi ex? ¿Intentar averiguar por qué se suicidó mi mejor amigo? Respuestas sin duda interesantes, eh.

—No.

Jack ha trabajado conmigo desde que entré en esta empresa, así que me conoce un poquito y mis respuestas cortantes y el nudo en la garganta me están delatando por completo.

Me he pasado horas preparando todo tipo de proyectos con él, noches en vela discutiendo la mejor forma de afrontar los problemas y ponerle solución a plazos imposibles. Así que me ha calado por completo.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta yendo al grano.

¿Yo por qué falté a la clase donde enseñaban a mentir de una forma más disimulada? ¿Y si finjo que no le he escuchado y me concentro en el fallo que acaba de saltar en el programa que tengo delante? Sí, eso voy a hacer.

Así que tecleo algo y me centro en mirar la pantalla. Es súper importante lo que estoy haciendo, no puedo distraerme y… ¡Pum! ¡Oye! Me ha cerrado la pantalla y por poco me pilla los dedos, joder.

—Si hace falta le doy ese proyecto a otro —me advierte—, pero no te vas a mover de aquí hasta que me lo cuentes.

Agradecería al universo que dejara de ponerme a mi alrededor a gente que no quiere respetar que no quiera hablar de ciertos temas.

Es que encima este es igual de terco que Marcos y no va a dejarlo pasar hasta que se lo cuente, cosa que no quiero.

El problema es que aquí entra el juego de que si de verdad quiere, me deja sin este proyecto.

¿Qué he hecho yo para que me obliguen todo el rato a revivir sentimientos que no deberían existir?

—He tenido algunos problemas personales —respondo intentando así esquivar la bala—. Pero ya he vuelto y está todo bien, no te preocupes.

—Después de tantos años contigo esperaba un poco más de sinceridad por tu parte.

Me mata el deje de decepción que hay en su voz. Marcos, Diana, Lucas, ahora Jack… ¿Hay alguien a quien no decepcione con mis decisiones? Madre mía, no hago nada bien al parecer. Estoy cansada de decepcionar a la gente y de nunca hacer lo suficiente.

Echo el cuerpo hacia atrás para reclinarme lo justo en la silla y hacerle un poco de hueco, un día más, a la culpa. Podría probar una nueva estrategia, como hice brevemente con Marcos, y ser sincera. Total, a estas altura tengo poco que perder y mucho que ganar.

—Me fui a Madrid porque… —Hago una pausa para respirar, intentando deshacer el nudo que se forma en mi garganta cada vez que hablo de este tema—. Uno de mis mejores amigos falleció. Volví para el funeral y he estado unos días con mi familia y amigos.

—Lo siento mucho, Álex —dice Jack acercándose para posar su mano en mi brazo de forma cariñosa.

—No pasa nada —respondo sacudiendo la cabeza.

Debería de empezar a asumir que sí pasa porque la táctica de fingir que no está siendo un fracaso.

No voy a empezar a hacerlo hoy, ya mañana si eso, que coja fuerzas.

Mejor me pongo a trabajar de nuevo. Sí, eso me irá mejor y se acabará este momento tenso que he creado, volcarme en el trabajo y seguir concentrada.

—Si necesitas hablar o lo que sea, puedes contar conmigo —ofrece.

—Gracias.

No me gusta que me compadezcan, ni dar pena, así que me limito a sonreír y hacerle un gesto para que vuelva a su mesa porque tenemos mucho trabajo.

Entre planos y peleas con los chicos de producción acerca de uno de los diseños que tenemos que sacar dentro de plazo en las próximas semanas, las horas se me pasan volando.

Gracias, por lo menos algo bueno en el día de hoy.

Estoy tan agotada con todo el esfuerzo físico, mental y gestión de mí misma que no vuelvo paseando a casa como hago muchas veces, sino que llamo a un taxi y dejo que me lleve hasta mi portal para no sentirme más agotada aún por el esfuerzo.

Solo quiero tumbarme en mi cama y olvidarme de todo.

¿Habrá estrenado Netflix alguna serie que merezca la pena?

Hace poco me enganché a una de estas adolescentes de chica atormentada enamorada de su crush mientras resuelve crímenes.

A mí me hizo la tarde entera a pesar de que no suene muy bien.

Algo así necesito ahora mismo y voy directa a buscarlo en cuanto cruzo la puerta de entrada.

Tiro la chaqueta en el sofá, porque sí, el orden me encanta, pero siendo incapaz ahora mismo de ordenar mi cabeza, no me va a molestar el desorden real que hay en mi casa.