Lo que dejé en Madrid Paciente R.P.
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Paciente R.P.

La paz de Hugo se vio perturbada cuando, sentado en su elegante silla de cuero, vio en la agenda el nombre de su siguiente paciente.

Sentía una responsabilidad no solo con él, sino consigo mismo en lo que a ese hombre se trataba.

Necesitaba entender hasta dónde llegaban sus comportamientos violentos y controladores, y si las historias que le contaba en consulta eran solo una parte de la verdad de su vida o había algo más.

A lo largo de los años, había aprendido que muchos pacientes mentían, aunque no con la intención de engañarlo a él, sino para evitar enfrentarse a su propia culpa.

Por eso, valoraba tanto la sinceridad de Diana en sus sesiones.

Aunque al principio le había costado abrirse, ahora hablaba sin filtros, sin excesivos adornos y sin excusas.

Era una paciente con la que podía trabajar de manera efectiva.

Ese hombre, en cambio, era todo lo contrario.

Hugo se preguntaba a menudo qué lo había llevado a terapia y por qué acudía semana tras semana.

Con el tiempo, había llegado a la conclusión de que, aunque fuera de forma inconsciente, su paciente buscaba que alguien le dijera que sus actos estaban justificados, que sus palabras contra las mujeres no eran tan graves y que todo lo que hacía tenía sentido.

Y lo peor no era su actitud, sino el hecho de que Hugo debía fingir comprensión para obtener más información al respecto.

Estaba ante un caso delicado, el más delicado de su carrera, de hecho.

Si lograba ayudarlo, no solo podría mejorar su vida, sino también la de las personas que estaban a su alrededor. El problema residía en que cada sesión se volvía más difícil de soportar a nivel emocional y moral para él.

Perdido en sus pensamientos, el sonido del timbre lo devolvió a la realidad.

Puntual, como siempre, el hombre de rostro serio y apariencia impecable cruzó la puerta de su consulta.

Su abrigo largo ocultaba el traje negro con corbata a juego que llevaba debajo.

Le había mencionado en alguna ocasión que acudía a terapia directamente desde el trabajo, lo que explicaba siempre su aspecto formal.

Hugo esperó a que se sentara en el sofá antes de iniciar la sesión.

—¿Qué tal estás?

—Más o menos —respondió con un movimiento negativo de la cabeza—. No me gusta la lluvia.

Hugo se giró hacia la ventana. Había estado tan concentrado en prepararse mentalmente para la sesión que no había notado el mal tiempo tras el cristal. Le sorprendió que su paciente comenzara hablando de algo tan trivial como eso.

—¿No te gusta la lluvia? —repitió, fingiendo curiosidad.

—No, la odio —respondió molesto.

—¿Por alguna razón en particular?

—Es molesta.

Supo que necesitaba cambiar el rumbo de la conversación a su gusto hacia un tema que le preocupaba bastante y le acababa de dar pie a ello.

—Bueno, puede serlo en algunas ocasiones, aunque odiarla es un sentimiento bastante fuerte, ¿no crees?

Sutil cuanto menos.

—¡Claro! —dijo algo alterado—. Es que tú vas tan tranquilo un día, dispuesto a estar contento, y sin previo aviso te empieza a llover y te empapas. Es imposible mantener el buen humor así.

—Bueno, sin previo aviso tampoco, que para eso hay aplica… —No terminó la frase porque recordó con qué paciente estaba tratando. Rectificó y se metió de lleno en su juego—. Tienes toda la razón, aparece de la nada y no hay manera de controlarla.

—Exacto. —El paciente asintió, satisfecho de que alguien por fin entendiera su punto de vista—. Eso es lo que más me fastidia, que no hay manera de controlarlo. Puedes tener toda tu vida organizada al milímetro y, de repente, la lluvia lo echa todo a perder.

Ahí estaba un día más su obsesión por controlar todo.

Su problema no era la lluvia, sino no tener voz ni voto en cómo y cuándo ocurría. Necesitaba dominar cada aspecto de su entorno, y cualquier cosa que se escapara de sus redes lo desquiciaba. Hugo decidió aprovechar la oportunidad para profundizar en esa obsesión.

—¿Te molesta no tener el control de lo que ocurre a tu alrededor?

—Sí.

La respuesta tan contundente sorprendió a Hugo. No era común que hablara de sus emociones de forma tan directa. Había ido a por cobre y había encontrado oro.

—¿Por qué?

El hombre entrecerró los ojos, examinando a Hugo con la misma mirada calculadora de siempre. Lo hacía cada vez que la conversación tocaba un punto sensible. Era su manera de decidir hasta qué punto quería compartir la verdad con él. O hasta qué punto podía fiarse de él, más bien.

—Si tengo el control de lo que ocurre, puedo decidir qué pasa en cada momento.

—¿Me puedes dar un ejemplo?

A Hugo no le servían esas respuestas tan vagas.

Así que a menudo usaba una táctica en particular, la de pedir ejemplos.

Esto forzaba a los pacientes a traer recuerdos concretos, reales para poner esos ejemplos.

Con suerte, el suyo compartiría algo que le permitiera entender mejor cómo funcionaba su mente.

—Pues mira, en el trabajo, cuando tengo que asignar tareas a los empleados siempre les doy de fecha límite unos días antes de la entrega real —explicó con una sonrisa maliciosa—. Así, si algo sale mal o no me gusta el resultado, tengo tiempo para corregirlo antes de hablar con los clientes.

¿Le sorprendía esa actitud? Obviamente no.

Su paciente tenía tendencias manipuladoras y que le gustara asegurarse de que todo saliera como él quería sin que los demás lo supieran seguía encajando en su perfil psicológico.

—Lo entiendo —dijo, fingiendo empatía—. Prefieres manipular un poco a los demás para que la situación nunca te supere.

—Algo así. —El paciente hizo una pausa porque le estaba molestando la connotación negativa del verbo que había usado Hugo—. Aunque yo no lo llamaría manipular.

—Era solo una forma de hablar. —Hugo suavizó el tono—. Quería decir que siempre vas un paso por delante, ¿no?

—Eso es —afirmó el paciente, relajándose de nuevo—. Es difícil que algo salga mal si lo tienes todo controlado.

—¿Aplicas esto en todas las áreas de tu vida?

Hugo esperaba poder derivar ese tema a otros más importantes.

—Podría decirse que sí.

—¿Incluso en tus relaciones? —preguntó, jugándosela—. Porque, cuando hay sentimientos de por medio, no es tan fácil controlar lo que pasa. Al fin y al cabo, hay otra persona con pensamientos y deseos que tú no puedes predecir.

Hugo sabía que estaba pisando terreno pantanoso, pero también sabía cómo manipular a su paciente para que se abriera. Decidió halagarlo, darle la impresión de que admiraba su manera de manejar sus relaciones.

—Yo soy un desastre con las parejas —dijo, riendo con fingida complicidad hacia él—. Me encantaría saber cómo lo haces.

Fue capaz de ver cómo el ego de su paciente fue creciendo notablemente después de ese comentario.

—No es fácil, especialmente porque las mujeres son impredecibles y, muchas veces, insufribles —escupió con bastante desprecio.

—Ya veo.

Fue lo único que fue capaz de responder. Tenía un nudo en el estómago. Forzó una sonrisa como pudo y aguantó el asco que sentía. Le repugnaba la forma que tenía de ver a las mujeres ese hombre.

—Como has visto, mis relaciones no han sido exactamente un éxito —continuó él sin que le forzara a hablar, lo que demostraba que estaba cómodo con la conversación—. Es lo que pasa cuando sales con tías que no entienden cómo debe funcionar una relación.

—¿A qué te refieres? —preguntó Hugo aprovechando esa confianza.

—Que muchas mujeres no entienden que, si están con alguien, tienen que tenerlo en cuenta en todo momento.

No pueden ignorarlo y hacer su vida como si nada.

—Su tono cada vez iba cambiando a algo más sombrío que no le gustaba nada al psicólogo.

Hugo tuvo que apretar los dientes para no interrumpirlo—.

No quiero estar con alguien para quien no soy el centro del universo, ¿sabes?

—Claro, claro… —mintió Hugo una vez más.

—No me gusta que nadie se interponga en mi camino. Si quiero algo, lo consigo, cueste lo que cueste —insistió.

Empezaba a ver que ese hombre, de verdad, era capaz de lo que fuera para conseguir sus objetivos.

Y ahí estaba de nuevo. La frialdad, la oscuridad en su voz que no anticipaba nada bueno.

Empezaba a verle las orejas al lobo y no le gustaba nada.

Quería correr y, sin embargo, siguió preguntando para presionarlo un poco más.

—¿Lo aplicas en todo? —insistió con el mismo tema queriendo confirmar sus sospechas.

—Sí.

Hugo necesitaba más respuestas y lo peor era que estaba dejando a un lado, por un momento, sus conocimientos de psicología para seguir indagando. Le podía la curiosidad.

—¿En todo, todo?

—¿A qué te refieres?

Se arrepintió de la pregunta cuando notó cierta desconfianza en su respuesta. No quería arruinar todo lo que había construído en ese momento. Se tomó un momento para pensar bien su siguiente movimiento y no tardó en encontrarlo.

Iba a hacer una pregunta que llevaba tiempo rondando en su cabeza tras analizar los comportamientos que tenía su paciente con las mujeres y sus episodios de violencia.

Aquella pregunta determinaría no sólo cómo iba a verle de ahora en adelante, sino que podía definir la forma en la que afrontaba la terapia.

—Por ejemplo… Si una noche te apetece tener sexo y tu pareja no quiere, ¿qué haces?

Pregunta bomba soltada y la respuesta fue silencio. Un silencio tan ensordecedor que hasta él se sentía incómodo.

Podía escuchar las gotas de lluvia golpeando contra el cristal de la ventana.

La rapidez con la que chocaban indicaba que había aumentado la intensidad con la que el agua se precipitaba desde que había empezado la sesión.

Intentaba no moverse, era una forma de no llamar la atención y dejar que su paciente meditara la respuesta.

A menudo, que dudara tanto en hablar solía implicar que la respuesta era bastante esclarecedora a la par que difícil de digerir.

El paciente pasó una mano por su flequillo, intentando controlar lo despeinado que estaba hoy por la humedad de la lluvia.

Si su cerebro hubiese estado compuesto por engranajes, en ese momento habrían estado girando a todo funcionamiento.

Las últimas sesiones le habían dado una confianza en Hugo que no había tenido en un primer momento.

Había mostrado cierta comprensión con sus confesiones y no le había criticado por su forma de ser, algo que hacía crecer su ego en cada sesión y le indicaba que estaba ante un igual.

Su mirada se desvió hacia el reloj de la pared, calculando el tiempo que quedaba de sesión. Mantuvo su rostro impasible y se preparó para lo peor cuando vio que el paciente se colocaba en su posición favorita de nuevo en el sofá antes de hablar.

—Bueno… Como te decía, cuando quiero algo, lo consigo.

No era la respuesta que Hugo esperaba y se vio obligado a jugársela un poco más.

—¿Dirías que no aceptas un no por respuesta?

—Lo has clavado.

La frase que Hugo temía. Una persona que no aceptaba un «no» por respuesta, en ningún aspecto de su vida, era una persona muy peligrosa con la que tratar.

—¿Alguna vez has estado en esa situación con una mujer?

No era la pregunta que quería hacer directamente, pero tampoco se atrevía a hacerla en esos momentos. El paciente esbozó una sonrisa, ladeando la cabeza con un gesto de falsa modestia.

—Sí.

El bolígrafo que Hugo sostenía entre los dedos cayó al suelo por los nervios del momento. Siempre había sospechado que sus comportamientos eran erráticos y que no trataba bien a las mujeres, pero obtener una confirmación así de su propia boca, era mucho más duro de lo esperado.

Tragó saliva y se obligó a recomponerse antes de levantar la vista. Le dedicó la sonrisa más falsa que tenía en su catálogo y se levantó para dejar su bloc de notas sobre el escritorio.

—Te entiendo a la perfección —mintió, volviéndose de espaldas para que su paciente no viera el horror en su rostro.

—Me alegra tanto que usted me entienda. Hay gente que cree que hoy en día se pueden tener unas libertades que, en mi opinión, son…

La alarma de la consulta sonó y el paciente se detuvo.

Más que nunca Hugo agradeció ese sonido que daba por finalizado el tiempo disponible que tenían cada semana.

Su paciente tampoco se esmeró en terminar la frase.

Recogió sus cosas y fue acompañado en silencio por Hugo hasta la puerta.

Se despidió de él hasta la siguiente sesión y cerró la puerta.

Se deslizó contra ella, dejando resbalar su espalda hasta que quedó sentado en el suelo.

Nunca en su carrera se había enfrentado con alguien así. Tenía un gran problema por delante y no sabía cómo lidiar con él. Suspiró y maldijo el día en el que ese hombre cruzó el umbral de su apartamento. Aún con esas, se prometió que, fuera como fuera, iba a hacer algo al respecto.