Lo que dejé en Madrid Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Lo último que supe de ti antes de todo este show es que te fuiste de la fiesta con Diana. —Pues sí que se dio cuenta de que me fui con ella, oye—. No hace falta ser un genio para saber que ha pasado algo con ella.

—Diana no tiene nada que ver con…

—A otro con ese cuento, Álex —me interrumpe Marcos, sin darme la oportunidad de justificar mi marcha con una mentira—. ¿Qué ha pasado? ¿Os habéis acostado? ¿Os habéis reconciliado? ¿La has matado?

No sé qué ha pasado y necesito que dejes de hacer preguntas que siempre siembran pensamientos en mi cabeza a los que les voy a dar muchas vueltas.

Más de las necesarias. Es que empiezo a pensar que hasta habría sido mejor acostarnos o mandarnos a la mierda o yo que sé.

Lo que fuera para sacudirme esta sensación extraña que ha colonizado todos los poros de mi organismo y no me deja vivir en paz.

—No ha pasado nada, Marcos. —¿Me va a creer si lo sigo repitiendo hasta la saciedad?—. Fuimos a casa de Hugo porque creíamos que habíamos resuelto el misterio, pero nos equivocamos. Ya está. No hay más.

—¿Y por eso huyes? ¿Por Hugo?

Joder, el tío, directo a la yugular.

—No estoy huyendo.

¿O sí lo estoy haciendo?

—Haz lo que quieras, Álex. Si no me lo cuentas tú, me lo contará Diana. —Uy, ha sacado la artillería atacando a mi orgullo con su amistad—. Tú decides qué versión de los hechos voy a escuchar primero.

El hecho de que su mejor amigo fuera Hugo le ha dado ciertas habilidades de manipulación de las emociones durante los años que estoy sufriendo yo ahora y que no me están gustando nada de nada.

¿Tan malo sería contárselo? ¿Tan malo sería admitir que no puedo tenerla cerca?

¿Tan malo sería darle la razón en lo de que me voy por ella?

Un poco sí, pero en este momento estoy acorralada y hablar del tema, quizás, pueda ayudarme a liberar un poco la presión del pecho.

—Tuvimos un encontronazo, ¿vale? —admito y veo cómo su sonrisa se ensancha al saber que voy a confesar tras su truquito de mierda—.

Nos dijimos cosas feas y… Yo no puedo seguir así.

Diana lleva mucho tiempo fuera de mi vida y, entre lo de Hugo y verla todos los días…

No estoy bien y quedarme aquí no va a ayudarme a estarlo.

Liebre fuera del sombrero. Ahí tienes la verdad, amigo.

—Huir tampoco te va a ayudar. —Y dale perico al torno con lo mismo otra vez—. Ya lo has comprobado desde que volviste.

Me jode soberanamente que tenga razón y me deje sin argumentos de una forma tan sencilla como esa.

En Nueva York puedo engañarme a mí misma cuanto quiera.

Finjo demencia, me centro en mi vida y no pienso en nada de lo que pasa aquí, ni en ella.

Especialmente no pienso en ella. No hay recuerdos juntas, ni nada por el estilo.

En Madrid es diferente, aquí siempre hay un recuerdo de nuestra relación o ella misma, con su encanto de siempre, recordándome que ignorar mis sentimientos no es efectivo.

No ayuda que Marcos me conozca tan bien como para calar todo lo que me pasa con mirarme a los ojos.

Creo que, en este punto, seguir aparentando que mi coraza está intacta es una tontería. No tengo nada bajo control y no lo voy a tener si me quedo más tiempo en Madrid.

—Me encantaría decirte que te equivocas, pero no puedo.

—Pura verdad. Creo que no le he dicho algo tan verdadero como lo que estoy a punto de decir y, lo cierto, es que no me siento tan mal por querer hacerlo como pensaba que lo haría—.

Sabes que mi historia con Diana viene de muy lejos.

Me fui para dejarla atrás y lo conseguí, o eso pensaba hasta ahora.

Durante años no he sabido nada de ella. Ni siquiera sabía que era vuestra amiga y, al hacerlo, supongo que también os he alejado a vosotros.

Marcos no parece dispuesto a interrumpir este momento de confesión por mi parte porque se aferra a su taza con la paciencia que solo un amigo te puede demostrar, y espera que siga hablando.

—Verla de nuevo me ha removido demasiados sentimientos, Marc.

Me ha hecho darme cuenta de que sigue aquí clavada.

—Me llevo la mano al pecho, justo al centro para que entienda lo que quiero decirle.

Al mismo punto donde tengo una presión desde hace días—.

Tenemos demasiados asuntos sin resolver y yo…

yo tengo mi vida allí. No quiero ponerlo todo patas arriba por ella después de cómo terminamos.

—Entiendo que te duela, de verdad, pero alejarla a ella no va a hacer que todo esto se te olvide, Álex.

—No le contesto porque tiene razón. Otra vez.

Yo sé que no se me van a olvidar esos ojos por mucho que me vaya a miles de kilómetros, pero déjame vivir engañada hasta que ponga un pie en América—.

Hace unos días me rogabas que entrara en el portátil de Hugo porque estabas convencida de que había algo raro en su muerte y ahora lo dejas todo de lado por Diana.

No sé si lo de Hugo era solo una excusa para pasar tiempo con ella y ahora que has visto que aún sientes algo sales corriendo…

o si simplemente no tienes ni idea de qué hacer con todo esto y por eso te marchas.

—¿Qué más da, Marcos? —pregunto sacudiendo la cabeza—. Solo quiero irme.

—Álex…

—Te juro que me encantaría ser tan valiente como para quedarme y hablar con ella. Me encantaría ser capaz de ponerme en riesgo de nuevo y ver qué pasa entre nosotras, pero no lo soy y no quiero serlo —suspiro cansada y algo resignada con lo que me está tocando vivir—. No puedo quedarme, lo siento.

Es en ese momento cuando Marcos se calla y decide no insistir más. No sé si es por el tono de derrota que pocas veces he usado en mi vida o porque me tengo que aguantar las ganas de llorar, el caso es que entiende que no hay nada que hacer y la decisión está tomada.

Desde ese punto y aparte en la conversación, nos centramos en aprovechar el último rato juntos y en intentar planear cuándo vernos.

El cabezota insiste en acompañarme a la parada de taxis aun sabiendo que llegará tarde al trabajo por hacerlo y yo…

se lo agradezco, siendo sincera. Unos minutos más con él no me vienen mal, de hecho el abrazo que me da justo antes de montarme en el coche es de los mejores que me han dado, o así se siente esa firmeza de sus brazos a mi alrededor, como si quisiera agarrarme antes de que me caiga del precipicio.

Lo que no sabe es que hace rato que ya voy en caída libre.

—Solo espero que no te arrepientas toda la vida de irte hoy, Álex —dice cuando nos separamos.

—Yo también lo espero.

Espero no arrepentirme de volver a dejarla aquí sin explicaciones.

Espero no arrepentirme de huir de nuevo y no tener la conversación que nunca llegamos a tener.

Espero no arrepentirme, en general, de volver a cerrarle la puerta a la persona que más he querido en el mundo.

Le regalo a Marcos una última sonrisa antes de montarme en el taxi que conduce un señor algo entrado en años con el pelo canoso y que me observa por el retrovisor esperando mis indicaciones.

—¿A dónde vamos?

Buena pregunta, señor.

Si tengo que decirle un lugar físico, le diré que el aeropuerto, aunque si tuviera que saber hacia dónde va mi vida…

Well , mal momento para mí.