Lo que dejé en Madrid Capítulo 11
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Capítulo 11

A otro con ese cuento

Podría decir de memoria cuántos azulejos tiene el baño del hotel, cuántas veces ha saltado la calefacción esta tarde y los horarios de todos los vuelos con destino a Nueva York desde Barajas.

Me habría encantado echarme una siesta que me curara el mal cuerpo que sigo teniendo por la resaca, si no fuera porque mi cabeza no está remando en una buena dirección para desconectar.

He tenido que buscar alternativas para distraerme y eso ha incluido hacer todo lo que se me haya pasado por la cabeza, por tonto que fuera.

No es la primera vez que lo hago. De hecho, llevo años perfeccionando este mecanismo de distracción.

En Nueva York, cuando noto que la ansiedad empieza a subirme poquito a poco por el estómago, me suelo refugiar en el trabajo.

La otra alternativa es el deporte u organizar meticulosamente mi vida al milímetro.

Una conducta muy criticada por mi querido Hugo, que siempre decía que distraerme así era obviar el problema en lugar de enfrentarme a él.

Me ofreció muchas veces tratarme para ayudarme a gestionar mis emociones, aunque fuera con sesiones online, pero siempre he rechazado sus ofertas.

Algo me decía que abrir esa caja de truenos desataría una serie de tormentas imparables.

A falta de dormir, me he pasado horas debatiendo conmigo misma si marcharme sin decirle nada a nadie o despedirme como debería de mi familia y amigos.

Siendo franca, huir me ahorra tener que dar explicaciones incómodas y responder preguntas que no quiero, ni por asomo, enfrentar.

El problema es que mi amiga la culpa está haciendo acto de presencia una vez más, aquí tumbada conmigo en la cama.

Además, si algo he aprendido con la muerte de Hugo es que nunca sabes cuándo será la última vez que verás a alguien, así que haré lo correcto.

He comprado un billete para mañana por la mañana, lo que me da hoy tiempo para despedirme de quien yo quiera e irme a una hora en la que, gracias al cambio de horario, me libraré del jet lag .

Aviso a Lucas de que voy a pasar por casa para cenar con ellos y le digo a Marcos de vernos mañana para desayunar justo antes de irme para el aeropuerto.

Una vez hechos esos planes, procedo a recoger mi maleta, lista para marcharme otra vez.

Una tarde me ha hecho falta para desligarme emocionalmente de esta ciudad, para convencerme de que lo mejor es volver a mi rutina y fingir que todos estos días no han pasado.

Y sería genial si no fuera porque por mucho que yo finja que todo va bien, la despedida se me hace bola.

También es que nada ayuda. Lucas no se toma nada bien que me vaya así como así y me hace una serie de preguntas que voy esquivando como puedo, escudándome en que aquí ya no puedo hacer nada más y me necesitan en el trabajo porque dejé a medias el proyecto más importante del año.

Por suerte, se cansó al ver mi actitud y no insistió más.

Nuestro tiempo familiar tendrá que ser pospuesto unos meses.

Tras el interrogatorio, intento disfrutar de la cena juntos y mantengo a raya, como puedo, el eco de la conversación con Diana de anoche.

Es que maldita tía que hasta sin estar aquí me da la brasa.

Es inevitable que vuelva, claro está, al ver la felicidad palpable de mi hermano, con su casa ideal, su perro, su hijo adorable…

¿Cómo no iba a repetir en mi cabeza eso de «tu hermano tiene la vida que tú querías» después de verles así?

¿Y si tiene razón? ¿Y si, por mucho que me niegue a aceptarlo, Diana tiene razón?

Siempre ha sido la única persona capaz de meterse en mi cabeza cuando aislaba a todo el mundo y parece poder seguir haciéndolo. ¿Me hace gracia? Ninguna. ¿Tengo manera de controlarlo? Sí, yéndome de aquí y volviendo a alejarla de mi vida como sea.

Resisto como puedo el chantaje de Mario para que me quede a dormir en esta casa una última noche.

El débil argumento de que todas mis cosas están en el hotel y me voy muy temprano parecen suficientes para convencerle de que es lo mejor para todos.

Y ni siquiera es esa la peor parte. Es la de despedirnos.

Es darle un abrazo a todos con una sonrisa que no siento en absoluto.

Es saber que hasta dentro de unos meses no nos veremos.

Es entender que esta vida ya no me corresponde, quizás nunca lo hizo, y que tengo que volver a mi rutina en Nueva York, por mucho que ahora me duela.

Lo que más me jode de toda la situación es que soy tan imbécil que me he pasado toda la noche esperando un mensaje de Diana.

¿Para qué? Pues ni yo lo sé. Poco más que la he mandado a la mierda y ahora aquí estoy mirando mi móvil cada cinco minutos.

No me entiendo ni yo misma porque tenerla cerca me desestabiliza y solo quiero poner tierra de por medio, pero a la vez necesito ese mensaje, esa última despedida, esta vez en condiciones.

Es que me estoy odiando a mí misma por necesitarla.

Es que hasta prefiero otra discusión y mandarla a la mierda que quedarme con esta sensación dentro de volver a dejar, una vez más, la historia inconclusa.

Inconclusa y algo vacía, como parece ahora mi vida en Nueva York. Cinco años, eh. Cinco putos años construyendo una vida decente y con la que estar a gusto para que esta chica me la tire abajo en días.

Maldita Diana.

¿Cómo voy a querer estar cerca de ella otra vez después de cómo terminamos?

Aquello fue un completo desastre. Por no hablar del incidente que ya fue la gota que colmó mi vaso.

Admito que, quizás, no fue la mejor ruptura porque yo tomé la decisión, unilateral, de acabar con todo.

Un vago intento de empezar una vida nueva alejada de ella, ignorando el problema, era lo que yo creía que necesitaba.

Resulta que no, que el tiempo no cura las heridas que ignoras y que no enfrentas.

Lección aprendida. Hacer como si mis sentimientos por Diana nunca hubieran estado ahí fue la peor idea.

Yo creía que todas esas emociones estaban en una caja en el fondo del mar, pero no, están flotando en la superficie de mi mar de dudas.

Ahora no puedo volver a preguntarme si la persona que vuelve a Nueva York es la misma que se marchó de allí y si seré capaz de volver a apartar a Diana como lo hice. Por no hablar de que tengo aún la espinita clavada por todo el tema de Hugo.

En ese océano de preguntas, dudas e inquietudes termino por dormirme después de un par de horas dando vueltas a la cama del hotel.

Mejor que no lo hubiera hecho, porque para el poco descanso y la cantidad de pesadillas que he tenido, podría haberme quedado toda la noche viendo series o leyendo un libro.

Al menos así podría centrarme en las paranoias de otros y no en las mías.

Ni siquiera ha hecho falta que suene mi alarma, ya que cuando llega la hora de que se active, llevo bastante rato mirando mi móvil.

Intentaría mirar el lado positivo y animarme un poco para el día que me espera, lo que pasa es que me queda aún la peor despedida: Marcos.

Él no va aceptar respuestas esquivas, ni excusas de mierda cuando le diga que me voy ya.

Al menos me voy a despedir de él, debería sentirse halagado conociendo mi modus operandi habitual.

He quedado con él en una cafetería ahí al lado, con parada de taxis cerca para poder irme al aeropuerto en cuanto terminemos.

Yo pensaba que iba pronto hasta que he cruzado la puerta de cristal de la cafetería y me he encontrado a Marcos ya sentado con un café sobre la mesa. Este duerme menos que yo…

—Buenos días —saludo acercándome para darle un abrazo.

—Buenos días, amiga.

Es en ese momento cuando me suelta y se fija en la maleta que arrastro. Puede ser que le haya ocultado que me marcho en un rato. ¿Está feo? Sí. ¿Tenía ganas de aguantar el linchamiento a mensajes que habría sufrido hasta este momento para convencerme de que no me fuera? No.

—¿Y esa maleta?

Aquí está ya la gran pregunta. Respiro hondo y me dispongo a tener una conversación que no me apetece para nada.

—Me vuelvo a Nueva York, Marcos —anuncio lo más tranquila que puedo—. Mi vuelo sale en unas horas.

—No me jodas, Álex. ¿Así sin más? —pregunta llevándose la mano a los ojos, ya presagiando el dolor de cabeza que voy a provocarle.

—Sin más.

Mentira.

Ojalá fuera sin más, Marcos. Ojalá no tuviera que mentirte porque no te voy a decir que tu querida amiga Diana, mi expareja —dato a destacar— me sigue causando el mismo caos en la cabeza que la primera noche. Ojalá no ocultarte que no puedo tenerla cerca sin querer más y que me voy por eso.

Sin más mis cojones.

No ayuda a defender mi elaborado argumento que no pueda parar de mover mi pierna contra el suelo de forma bastante descarada.

Tampoco que esté incómoda con toda esta conversación o que me esté tocando el flequillo sin parar.

Me estoy delatando yo solita en este silencio que Marcos ha establecido para examinarme.

—Mira, tenemos dos opciones —dice apoyando los codos sobre la mesa—. Puedes contarme directamente qué ha pasado para que salgas huyendo así otra vez o puedes negarlo y hacer que te interrogue hasta que te canses y termine por unir los puntos. Tú decides.

Cabezota como él solo. ¿No podría tener yo un amigo que se creyera mi mentira y me dejara en paz? Tenía que tener al rey de la racionalización de todas las decisiones sentado aquí delante.

—Marcos, no pasa nada —miento de nuevo—. No saques las cosas de contexto, por favor te lo pido.

Ni el tono de súplica parece convencerle para dejar esta conversación a un lado.

—¿Qué ha pasado? —pregunta de nuevo.

—Nada.

Y no sé por qué sueno cada vez menos convincente. Como siga así me va a sacar toda la información que él quiera. Aprovecho la tregua que me da la camarera, sirviendo una taza de humeante café frente a mí, para intentar recomponerme.