Paciente D.A. #2
—Fue nuestra primera gran crisis. Creo que fue la primera vez que le rompí un poco el corazón.
—Porque hubo varias veces, entendió Hugo—.
Estaba convencida de que íbamos a vivir juntas porque lo había insinuado varias veces y yo nunca lo negué.
Hasta que me lo propuso en serio. —Se frotó las sienes, como si intentara calmar un dolor de cabeza interno que nunca desaparecía cuando se hablaba de Álex—.
Ella no entendía por qué la rechazaba de esa manera, y yo no podía explicarle que no tenía nada que ver con ella, que el problema era mío. Mío… y de mi estúpida familia y…
Su voz tembló y Hugo vio a Diana al borde de romperse como nunca antes lo había hecho delante de él.
Se cubrió la cara con ambas manos, intentando ocultar el miedo en su expresión, mientras agachaba la cabeza para que no viera el brillo de las lágrimas en sus ojos.
Enfrentarse a su pasado era el único camino, pero revivir cada error, cada decisión que la había llevado a perder lo que más quería, era como desenterrar un cadáver con sus propias manos.
La terapia la obligaba a abrir heridas que llevaba demasiado tiempo fingiendo que no existían.
Y lo peor era que aún quedaban más y peores.
—Descubrir tu sexualidad y aceptarla no es fácil, Diana.
—Hugo rompió el silencio con la voz tranquila, sin prisa por apurarla—.
No te castigues por ello. Cada persona lleva su propio ritmo.
Que Álex lo hiciera antes que tú no significa que hayas hecho nada mal.
Todos tenemos circunstancias distintas, y muchas veces se necesita ayuda para llegar donde otros llegan solos.
Estás aquí para lograrlo, y eso es lo que importa ahora.
Lo sabía, en el fondo lo sabía, pero eso no hacía que la culpa pesara menos en su interior.
—Le fallé tantas veces… —murmuró con un hilo de voz.
—Podemos hablar de eso si lo necesitas —le aseguró Hugo, buscando una forma de sacarla del agujero emocional en el que acababa de sumergirse—. Cuando te calmes, cuéntame qué pasó después de rechazar la propuesta de Álex.
Le dio el tiempo que necesitaba. Entendía que el silencio también era parte del proceso. Diana respiró hondo varias veces, sintiendo la presión en su pecho disminuir poco a poco. A pesar del dolor que le causaba hablar de esos temas, sabía que, cuando saliera de esa consulta, dormiría mejor.
No entendía cómo funcionaba, pero siempre era así.
—Álex se quedó muy dolida después de que me negara a vivir con ella.
Tuve que inventarme excusas absurdas para justificarme.
Sé que ella nunca se las creyó —confesó Diana con más calma—.
Pasamos semanas complicadas. No sé cómo explicarlo…
Era como si ya no confiara en mí. O, mejor dicho, como si hubiera dejado de confiar en que yo iba en serio con ella y creyera que era un juego para mí.
—¿Cómo te sentías tú con esa situación? —quiso saber, centrándose en su perspectiva y no en la de Álex.
—Culpable —dijo sin titubear por un segundo—. La persona que más quería en el mundo se sentía rechazada, y todo porque yo no era capaz siquiera de decir en casa que me mudaba con mi «mejor amiga».
—¿Fue solo por tu familia?
—La sociedad de ese momento tampoco ayudaba —recordó ella—.
Parece que no ha pasado tanto tiempo, pero en esos años todo era distinto.
Yo misma vi cómo se burlaban de compañeros que salían del armario o que simplemente parecían gays en su opinión.
¿Cómo iba a asumir que mi relación con Álex saliera a la luz? Me aterraba que la gente hablara de mí.
—Parece que te importa mucho la opinión de los demás. ¿Es algo que te inculcaron en casa?
Él ya sabía la respuesta, ahora tenía que ser ella la que llegara también a esa conclusión solita.
—Sí. Mis padres siempre han dado demasiada importancia a las apariencias. Teníamos que ser perfectos, o al menos parecerlo. Y según sus normas, yo nunca lo fui.
—Eso es duro de admitir —valoró Hugo—, y también valiente. No todo el mundo es capaz de reconocerlo.
Diana tragó saliva y se atrevió a sonreír con amargura.
—Supongo que pasé tantos años fingiendo ser alguien que no soy, que a veces ni siquiera sé quién soy de verdad bajo todo este maquillaje y la ropa de marca.
—¿Y cómo intentaste mantener tu relación con Álex en ese punto? Cuando ella empezó a desconfiar…
—Pues puse mucho de mi parte e intenté demostrarle que iba en serio con ella.
Que estaba a su lado, que la quería y que nada iba a cambiar.
Pero la verdad es que… —Se pasó la lengua por los labios, dudando si debía decirlo en voz alta—.
Creo que Álex me quería tanto que estaba dispuesta a perdonarme todo lo que hiciera.
Era consciente de la cantidad de meteduras de pata y daño que había provocado en su relación y cómo, cada una de las veces, Álex había encontrado la forma de darle otra oportunidad. Todas menos la última, que cruzó una raya que ni ella misma pensaba que podía llegar a cruzar.
—¿Todo?
—Bueno… —Diana apartó la mirada y se frotó las manos—. No todo.
—Llegaremos ahí a su debido tiempo, tranquila —dijo Hugo, captando la indirecta.
La ruptura entre ambas fue dolorosa y aún no habían llegado a ese punto de la historia en el que Diana se sintiera segura como para compartir el final.
Durante el resto de la sesión, Diana le habló con más detalle sobre ese período complicado de su relación.
Hugo tomó nota de todo mientras ella describía cómo, a pesar de sus intentos por aferrarse a Álex, la inseguridad seguía persiguiéndola como un fantasma cada vez que cerraba los ojos.
Si bien el miedo a perderla la llevó a mostrarse más cariñosa y entregada, su lucha interna por ocultarlo a todo el mundo continuaba.
Y eso la estaba destruyendo.
Le confesó que las noches en las que no dormía con Álex, lloraba en silencio hasta quedarse dormida por agotamiento. Que en las reuniones familiares tenía que escuchar comentarios homófobos y fingir que no le afectaban, cuando en realidad cada palabra se le clavaba como un puñal en el pecho.
Hugo vio en ella a una mujer que, para el resto del mundo, tenía una vida perfecta.
Ropa cara, un buen trabajo, una sonrisa encantadora y la seguridad de alguien que sabía manejar cualquier situación social.
La realidad era que, en el fondo, Diana no era más que una niña aterrada, atrapada en una jaula de expectativas impuestas por otros.
—¿Sabes qué es lo más difícil de aceptar en todo esto? —dijo Diana en un susurro, con la mirada clavada en el suelo.
—Dímelo tú.
—Que yo misma fui mi peor enemigo.
Fue una confesión tan sincera, que ninguno de los dos pudo decir nada más.
Hugo entendió en ese instante que la batalla de Diana no era solo con su pasado. Era con ella misma. Con todas las veces que se negó la oportunidad de ser feliz, con cada decisión basada en el miedo, con cada mentira que contó para seguir ocultándose.
Y aunque ahora estaba empezando a enfrentarlo, aún quedaba un largo camino por recorrer.