Lo que dejé en Madrid Paciente D.A.
36%

Paciente D.A.

Diana tardó más de lo que había imaginado en volver a la consulta de Hugo.

Durante semanas, la cantidad de pensamientos que se le amontonaban en la cabeza le hacían plantearse si debía seguir o no con la terapia.

Llegó a pensar que, quizás, lo mejor —o al menos lo más fácil— era enterrarlo otra vez, como llevaba años haciendo.

No fue hasta que un día se vio frente al espejo, con las ojeras más marcadas de lo habitual bajo sus ojos, el cuerpo algo más delgado y una sensación de vacío en el pecho. Solo en ese momento entendió que esconderse no era la solución.

Necesitaba hablar.

Necesitaba aceptarse a sí misma.

Se había pasado las últimas semanas enfrentándose a verdades incómodas: su miedo a aceptar sus sentimientos, la manera en la que se había escondido tras una vida acomodada e insatisfactoria, su costumbre de dejar que las decisiones más importantes las tomaran otros.

Y sobre todo, la certeza de que su primera gran historia de amor se había desmoronado, en gran parte, por su incapacidad de asumir quién era realmente.

Tenía miedo de seguir hablando con Hugo y enfrentándo sus problemas.

Tenía miedo de hablar de su historia con Álex y darse cuenta de la cantidad de errores que había cometido.

Le aterraba darse cuenta de que había pasado años escondiéndose y rechazándose a sí misma.

Aun así, necesitaba compartir cómo se sintió en esa primera relación tan importante para ella para poder entender cómo había cambiado.

El psicólogo la recibió con un abrazo más cariñoso de lo habitual. Se notaba que estaba preocupado por ella de forma genuina. De todas las sesiones que llevaban, era la primera en la que Diana llegaba algo impaciente y con los ojos tan cargados de insomnio.

—¿Qué tal estás?

—Relájate, señor psicólogo, que aún no hemos entrado en consulta —bromeó Diana, intentando esquivar la primera bala.

—Era una pregunta de amigo, no de psicólogo —aclaró Hugo mientras caminaban por el pasillo hacia el despacho.

—¿Somos amigos? —preguntó ella, sorprendida.

—Dentro de la consulta, no. Fuera de aquí, podemos serlo. Me caías bien cuando salías con Álex, y hemos pasado mucho tiempo juntos. No veo inconveniente para quedar un día si te apetece —ofreció él, aun a sabiendas de que no era la mejor idea ser amigo de una paciente.

—¿No crees que a Álex le molestaría?

No era ningún secreto para Diana que Hugo y su ex seguían siendo muy cercanos por las fotos que había visto en su casa.

—Álex vive en la otra punta del mundo y tiene su vida.

Yo puedo tener la mía aquí —No quería decirle que ni siquiera le había mencionado a Álex nada sobre la terapia de Diana.

No por proteger a su paciente, sino porque temía la reacción explosiva que pudiera tener su amiga si lo sabía—. Si un día te apetece, nos tomamos algo.

—Claro, sería genial.

Esa pequeña charla relajó el ambiente un poco. Diana ocupó su lugar habitual en el sofá, notando pequeños cambios en la consulta. Hugo había reorganizado los cuadros y su colección de vinilos había crecido. Siempre encontraba algo nuevo en ese espacio que se sentía cada vez más familiar.

—Ahora sí te lo pregunto como tu psicólogo, ¿qué tal estás?

—Mejor que la última vez que nos vimos —admitió ella con sinceridad.

Hugo siempre valoraba ese rasgo en ella.

A pesar de su miedo a abrirse con su familia, en terapia había aprendido a no ocultar lo que sentía con el resto del mundo—.

He estado pensando mucho estos días. Incluso me planteé dejar la terapia por un tiempo.

—Y ahora estás aquí. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—Darme cuenta de que no quiero una vida vacía llena de mentiras. Quiero poder tener una relación sin sentirme culpable. Quiero que mi familia lo sepa, para bien o para mal. —Era una decisión que había pensado mucho y ahora parecía tenerla clara—. Y para eso necesito tu ayuda, Hugo.

—Para eso tenemos estas sesiones —asintió él, con la firme determinación de ayudarla, no solo como psicólogo, sino como persona que le guardaba mucho cariño—. ¿Te sientes cómoda para seguir hablando de tu relación con Álex?

—No creo que cómoda sea la palabra. Más bien dispuesta a hacerlo.

La sonrisa algo triste de Diana le hizo ver que quería enfrentarse a ese pasado con tal de poder construir un mejor futuro para su vida.

Apreciaba la tenacidad que la caracterizaba y le encantaba tener a pacientes como ella.

Se acomodó en su butaca, cuaderno en mano, y la observó unos instantes antes de dar por iniciada la sesión.

Notó que su aspecto no estaba tan cuidado como de costumbre. Su cabello caía en ondas más rebeldes, apenas llevaba maquillaje y sus ojeras hablaban de noches en vela. No necesitaba preguntarle si esos días habían sido difíciles porque lo veía en su rostro.

—¿Retomamos donde nos quedamos la última vez? —preguntó. Diana asintió, esperando sus preguntas—. Me contabas que al principio todo era perfecto, solo que la ansiedad aparecía cuando estabas lejos de ella. ¿Qué pasaba cuando volvías a su apartamento?

—Lo olvidaba todo —respondió sin un atisbo de duda—.

Sé que suena absurdo, hasta yo misma lo pienso ahora.

No entiendo cómo era capaz de aislarme de esa manera.

—Cerró los ojos e hizo un esfuerzo por no dejarse llevar por los sentimientos otra vez—.

Vivía en mi burbuja. Cuando estaba con ella, el mundo exterior desaparecía.

Es que era tan… intensa la forma en la que me hacía sentir.

Podía rozarme el brazo sin querer y yo me derretía por dentro.

Nunca he sentido esa atracción y ese sentimiento con nadie más.

—¿Eras consciente en ese momento de que estabas enamorada?

—Para nada —negó con la cabeza—. Para mí, aquello no tenía nombre porque, en mi mente, una relación con una chica no era posible. Luego Álex me besaba y todos mis pensamientos se desvanecían. Era una lucha constante por lo que sentía y lo que debía sentir.

—¿Me estás diciendo que eras feliz con ella, y al mismo tiempo sentías que hacías algo incorrecto según lo que te habían enseñado?

—Sí, exactamente.

—¿Cómo evolucionaron tus sentimientos? Porque vivir en esa lucha interna no es sostenible en el largo plazo, ¿no?

—Se volvió un caos, Hugo. —Sacudió la cabeza de forma nerviosa—. Mis sentimientos por Álex crecían cada día. No podía imaginar mi vida sin ella. Pero a la vez… el miedo no desaparecía. Y ahora soy capaz de entender lo que pasaba. En ese momento era un sinsentido.

—¿Hablabas de esto con Álex?

Ahí estaba la gran pregunta.

—No. —Su respuesta fue firme, sin rodeos y con mucha culpa en la afirmación—. Tenía miedo de que si le contaba cómo me sentía, me dejara.

—¿Por qué pensabas eso?

Conocía a su amiga lo suficiente para saber que nunca habría hecho eso. El hecho de que Diana pensara que sí tenía más que ver con su miedo interno que con los comportamientos de Álex.

—Porque para ella todo parecía mucho más fácil.

—Se encogió de hombros, con una sonrisa amarga—.

Siempre fue la valiente en la relación. Dio el primer paso en todo: el primer beso, la primera vez que nos acostamos, fue quien habló abiertamente sobre lo que sentíamos, quien me pidió que me mudara con ella… Yo solo la seguía, iba a remolque.

Parpadeó sorprendido ante esa última información e hizo un esfuerzo por sonar profesional y no cotilla con su siguiente pregunta:

—¿Álex te pidió que te mudaras con ella?

—¿No te lo contó?

Diana arqueó una ceja, ahora era ella la que se quedaba atónita por su reacción.

Él negó con la cabeza y ella sintió una punzada de incredulidad.

Siempre había pensado que Álex compartía todo con sus amigos, especialmente con Hugo.

Al parecer su relación no había sido tan pública como ella siempre había creído.

Era algo que le había pedido muchas veces en casa y aun así daba por hecho que su expareja hablaba del tema con Marcos y con Hugo para desahogarse.

—Creo que llevábamos casi un año juntas cuando ocurrió.

—Ahora sí que cerró los ojos para dejarse llevar por las imágenes de aquella conversación de domingo inesperada—.

Pasábamos prácticamente todo el tiempo juntas.

Dormíamos en su casa o en la mía. Rara era la noche que no dejábamos todo a un lado para vernos.

Entonces me propuso que, ya que mi contrato de alquiler estaba a punto de terminar, nos mudáramos juntas.

Me dijo que si lo manteníamos como «compañeras de piso» nadie sospecharía de que pasaba nada más entre nosotras.

—Dejó escapar una carcajada amarga antes de hacer una pausa necesaria en su historia.

Era un momento importante de su relación y ella, una vez más, optó por el miedo como opción—.

Era lo más lógico, ¿verdad? Pues yo… le dije que no.

—¿Por qué? —preguntó Hugo, que cada vez tenía más ganas de levantarse a abrazarla al ver lo rota que parecía conforme avanzaba la historia.

—Porque el simple hecho de decirle a mi familia que me iba a vivir con ella me aterraba —confesó—. ¿Y si pensaban que había algo más? ¿Y si venían a casa a menudo?

—Tu familia ha condicionado muchas de tus decisiones.

—No te haces una idea.

Se notaba su propia decepción en la voz.

—¿Cómo afectó eso a tu relación?

Diana suspiró intentando sacarse la presión que tenía en el pecho cada vez que hablaba de ese tema.