Capítulo 10 #2
—Puede ser que en el libro que nos falta haya algo o que no estemos mirando de la forma adecuada —insiste Diana.
Ella parece más reacia que yo a rendirse. Puede ser que yo ya quiera volverme a mi vida de siempre sin ella y ella no esté tan de acuerdo con mi decisión.
—Diana, ya está. No busques más porque no hay nada —digo en un intento de que entienda que hay que parar en algún momento.
Estoy agotada tanto física como psicológicamente y ni puedo, ni quiero seguir con esto.
—Pero…
—Diana —vuelvo a cortar—. Nos hemos empeñado en buscar algo que no existe.
—Álex, sabes tan bien como yo que hay muchas cosas en esta historia que no cuadran, no son imaginaciones mías, ¿no?
Es ella la que suplica ahora por mi respuesta.
—Sí, no te niego que hay muchas cosas que no cuadran.
Pero, ¿de qué sirven? —Alzo la vista y la miro a los ojos por primera vez en toda la mañana—.
Desde que llegué a Madrid he estado persiguiendo algo que no existe.
He visto fantasmas donde no los había y he revivido otros que…
siguen demasiado vivos. —Como el tuyo, Diana—.
Siento que he perdido el control de mi vida y me siento perdida.
No quiero seguir sintiéndome así, Diana.
Lo de anoche… no quiero seguir así. No me vienen bien las discusiones y sacar nuestra historia.
No hay más que verdad en lo que le he dicho y ella lo sabe.
Por mi tono, por cómo la he mirado y por cómo he tragado saliva antes de cada frase.
Estoy atrapada en un conflicto interno, una lucha entre lo que siento y lo que mi razón me pide que haga.
No quiero sentir que estoy entre la espada y la pared y volver a salir huyendo cuando sea tarde, cuando ya me hayan hecho mucho daño.
Quiero respuestas, y a la vez también quiero cerrar los ojos y fingir que nada ha cambiado y sigo en Nueva York.
No quiero cerrarlos para darme cuenta de que nuestro vínculo sigue intacto y que la distancia y el tiempo no lo han roto ni un poco.
Y es ese maldito pensamiento el que me está consumiendo por momentos.
—Álex, sé que anoche nos dijimos cosas muy feas, pero no dejes de lado a Hugo, a tus amigos y a tu familia por mí otra vez.
—La forma en la que me lo pide es una disculpa oculta, como si se sintiera culpable de la decisión que tomé, de haberme empujado a irme y dejar a un lado a esas personas que tanto quería—.
Si quieres yo me aparto y te dejo hacer tu vida mientras estés en Madrid.
Hablamos lo justo para decidir qué hacer con este piso y poco más.
—Sí, lo mejor será dejar esto a un lado —respondo algo aliviada.
—Yo seguiré investigando este tema por mi cuenta y no te preocupes que no te contaré nada. Puedes volver a Nueva York.
No es capaz de mirarme mientras me dice eso y…
¿está dolida? Sí, clásico Diana. Se está haciendo la fuerte y la que todo le da igual, a pesar de que le molesta que yo me vaya a ir y ella se quede aquí con este tema.
Por un segundo, la posibilidad de decirle que sí que me cuente los avances cruza mi mente y podría haber cedido a ella, si no fuera porque implicaría seguir removiendo mis sentimientos por ella.
—Haz lo que quieras, Diana —respondo levantándome del sofá—. Yo simplemente no puedo seguir aquí actuando como si nada.
Noto que me vuelve a faltar el aire, una sensación que no sentía desde hace años y que, desde que trato con Diana, es más habitual de lo que me gustaría.
Tengo que salir de este apartamento como sea y sentir el aire de la calle para volver a respirar.
Alejarme de ella y acercarme a mi vida de nuevo. Recuperar el control y… ¿qué hace?
Diana me ha agarrado por el brazo para frenarme en mi intento de marcharme de este despacho.
Mis ojos van desde su mano, apoyada en mi muñeca, hasta sus ojos.
Malditos ojos preciosos que hasta cansada y con el blanco enrojecido de las lágrimas que le hice soltar anoche, son bonitos.
Tan bonitos como ella, la verdad. Ya no es solo su atractivo, es la forma de su cara, con la mandíbula perfectamente marcada y los mofletes hinchaditos cuando se ríe.
Duda. Por primera vez en mucho tiempo la veo dudar y la conozco lo suficiente para saber que la duda reside en si pedirme que no me vaya o dejarme marchar.
Aquí ya no juegan solo los sentimientos que tengamos por la otra o la idea de que pueda pasar algo, aquí juegan el partido el orgullo, la ira, la rabia, la pena y…
la esperanza. ¿Cuál de todos marcará gol? ¿Quién ganará el partido?
Pues en este caso se ve que la aceptación y el orgullo de no querer mendigar que me quede esta vez, porque suelta mi brazo y yo me voy sin mirarla más.
Aunque no va a ser tan fácil como creo, porque noto que me sigue y se queda apoyada en el marco de la puerta del salón, anticipando otro cruce cuando pretenda marcharme.
—Todo esto tampoco ha sido fácil para mí, Álex, y aquí estoy —dice a mi espalda mientras yo sigo recogiendo mi bolso y mi chaqueta—. Irte no va a arreglar nada.
—Quizá sí.
Ojalá que sí.
—Sabes tan bien como yo que así no funcionan las cosas. —Joder que si lo sé—. Huir no va a hacer que dejes de pensar en lo que pasa aquí, ni en lo que hemos vivido juntas, ni en lo que hemos hablado, ni…
—Ahora mismo tengo demasiadas heridas abiertas como para seguir aquí.
—Y es la pura verdad, porque no puedo más con la sangre que se acumula en la superficie de mi cuerpo y amenaza con desbordarse—.
La única forma de cerrarlas es volver a mi vida real, y en esa vida no hay misterios, amigos muertos o noches en bares de Madrid. Y, sobre todas las cosas, no estás tú.
Tan simple y tan complicado como esa última afirmación.
No puedo seguir aquí porque no puedo seguir teniéndola cerca sin sentir que no tengo control absoluto de mi vida. He sido dura con ella, lo sé, y quizás se merecería una conversación de otro tipo que no vamos a tener porque no me lo puedo permitir.
La presión en el pecho solo aumenta y me trae muy malos recuerdos, así que termino de coger mis cosas y pongo rumbo a la salida.
Esta vez Diana no intenta detenerme, ni siquiera al pasar por su lado.
No hay ninguna frase ingeniosa, ni un intento de convencerme de cambiar de opinión.
Si me sigue conociendo como, para mi desgracia, creo que lo hace, sabe que cuando me pongo así no me bajo del burro.
Y se lo agradezco. No en voz alta, pero sí en lo más profundo de mi corazón herido que no podría soportar otra vez que me pida que me quede o que hablemos de esto.
Solo freno mi camino al llegar a la puerta de salida.
Al poner la mano sobre el pomo lo entiendo.
Se acabó. Ahora sí que sí. Me voy a ir y no vamos a volver a cruzar nuestros caminos.
El destino ha querido juntarnos una vez más y yo no estoy dispuesta a aceptar su indirecta.
Me voy a seguir con mi propio camino, sin ella.
Sin el amor de mi vida, por mucho que me joda, porque nadie ha tenido el poder que tiene sobre mí, hasta odiándola como lo hago ahora mismo.
Suspiro y justo cuando estoy a punto de cruzar el umbral, me giro una última vez para mirarla. Está abrazando sus brazos, como si tuviera frío. Estoy convencida que no es eso lo que siente, sino una profunda pena y decepción que yo podría borrarle, pero que no quiero hacer.
—Lo siento, Diana, es lo mejor.
Esas son, sin ninguna duda, las palabras más sinceras que le he dicho hasta el momento. Porque son de verdad.
Siento mucho estar haciéndote daño y no haber sido nunca suficiente para ti. Siento mucho dejarte con este marrón y siento lo que te dije anoche, pero tengo que irme. Por tu bien y por el mío. Para que, algún día, podamos tener la vida que creemos merecer.
Un lamento sincero que se pierde en el aire tenso entre nosotras. Es aquí cuando agacho la cabeza y me voy. Ahora sí, ahora de verdad, porque como la mire una vez más no voy a encontrar las fuerzas para marcharme.