Capítulo 10
Por tu bien y por el mío
¿Dónde estoy?
Joder, tengo a uno de los siete enanitos picando piedra dentro de mi cabeza ahora mismo… Nada más moverme un poquito noto cómo mi cerebro, claramente deshidratado por el alcohol, se da golpecitos contra las paredes de mi cráneo. Quizás tenga a los siete enanitos y no solo a uno.
Nota mental: no volver a beber tanto sin control, que luego pasa lo que pasa. Y lo que pasa es que me quiero morir aquí mismo con tal de no tener que soportar esta agonía. Parpadeo varias veces, intentando acostumbrarme a la claridad que se filtra a través de las cortinas semicerradas del salón.
¿Dónde…? Dios, me dormí en el sofá de Hugo, qué mal rollo siento ahora mismo.
Y estoy aquí porque… oh, oh. Mierda. Los recuerdos de todo lo ocurrido empiezan a venir a mi cabeza en cuanto me incorporo y me siento con las manos en la cara y los codos apoyados en las rodillas.
La discusión con Diana, las palabras hirientes que nos dijimos, mi propia incapacidad de controlar mi boca cuando llevo unas copas de más… Uf… Qué mal.
Qué liada.
El apartamento está en completo silencio y me pregunto si Diana se habrá despertado antes que yo y habrá huido para evitar lo que sería un reencuentro muy incómodo.
Nos ahorraría, al menos a mí, un mal trago por gilipollas, la verdad.
Y el mal trago no es otro que tener que pedirle perdón por haberla llamado zorra rencorosa y comportarme como lo hice.
Porque otra cosa no, pero ella ha sido amable desde que llegué y yo no se lo he puesto fácil.
Me levanto para comprobar que, efectivamente, estoy sola en el apartamento. O al menos eso me indican las sábanas desordenadas sobre la cama de Hugo y el silencio que sigue rodeándome. No me gusta, la verdad. Preferiría ponerme mis AirPods y escuchar un poco de música que ahogue mis pensamientos.
Sigo por el pasillo, que me provoca la misma sensación extraña en el cuerpo que el primer día.
No me voy a acostumbrar y no puedo esperar a irme a casa y no tener que pisarlo más.
Paso de largo por el despacho y, solo entonces, me doy cuenta de que estaba equivocada cuando algo se mueve dentro.
Doy un paso atrás y veo que Diana está tumbada en el sofá, como si lo hubiera hecho mil veces antes, con un libro entre las manos.
Está tan concentrada que ni siquiera se da cuenta de que me apoyo en el marco de la puerta para observarla.
Eso o me está ignorando aposta y tampoco me sorprendería que lo hiciera.
Busco en mi cabeza alguna manera de romper el hielo, de poder acercarme sin que la tensión de anoche estalle de nuevo entre nosotras. Lo último que necesito es otra pelea con ella o que saque más sentimientos que quiero que sigan bien enterraditos bajo capas de inconsciencia.
—Buenos días.
Superingenioso, eh.
Quizás no ha ayudado que tengo la voz un poco ronca por hablar tanto rato por encima de la música.
Siempre me pasa cuando salgo o voy a conciertos.
Vaya mierda de cuerdas vocales que no aguantan ni cuatro grititos de nada.
En fin. Mi saludo no ha sido suficiente para llamar la atención de Diana.
Es que ni siquiera ha pestañeado al escucharme, porque sé que lo ha hecho aunque se haga la loca.
Va a tener razón en que hay cosas que no cambian con el tiempo y Diana sigue dominando el arte de la indiferencia mejor que nadie, sobre todo cuando espera una disculpa.
—Veo que no me has despertado, querías llevarte todo el mérito de encontrar otra pista, ¿no?
—Mi nuevo intento, ahora con un poco de humor para ver si consigo suavizar el ambiente, tampoco surte efecto.
Me va a tocar disculparme si quiero seguir en este apartamento, ¿verdad?
Pues nada, le daré el capricho—. Mira, Diana… siento lo que te dije anoche, ¿vale?
¡Por fin me mira! Aunque no es que sea tampoco una mirada muy amigable. Vamos poco a poco. Ha levantado sus ojos del libro y me observa sin decir nada. Algo me dice que esa mierda de disculpa no le ha parecido suficiente y me va a exprimir un poco más para que lo haga mejor.
—Lo siento, de verdad. —Ahora sí que el tono que utilizo es más arrepentido porque, en el fondo, sé que tiene razón en ciertas cosas—.
Bebí demasiado, estaba nerviosa y me pasé de la raya con las cosas que te dije.
No tenía que haberte hablado así. —Hago una pausa para ver si ella se digna a interrumpirme o decir algo, pero no.
Nada—. Me dijiste cosas que… bueno, me dolieron y no supe reaccionar bien.
Estos días estoy muy irascible con todo lo de Hugo y mezclar eso con alcohol no fue la mejor combinación.
Sigue analizando si mi disculpa le parece suficiente o no. Por suerte para mí, deja el libro a un lado para sentarse, poco a poco, en el sofá. Suspira y sacude la cabeza antes de hablar y creo que no me va a gustar su respuesta por cómo tuerce el gesto antes de hablar.
—Álex, como tú misma has dicho desde que nos encontramos, no tenemos que ser amigas.
No tenemos que hablar más de lo necesario sobre nada que no tenga que ver con Hugo o con lo que encontremos en este apartamento.
— Y no sé por qué me jode tanto que ahora sea ella la que esté estableciendo ese límite en nuestra relación actual—.
Anoche me demostraste que no estamos en el mismo punto de nuestra vida y que tú…
Bueno, da igual, solo quiero que nos centremos en estos libros y averigüemos qué esconden.
Hugo es lo único que debería importarnos en estos momentos.
—¿Yo qué? —pregunto sin dejar pasar esa frase a medias.
Resopla de mala gana y se gira, cogiendo otro de los libros para ignorarme.
—Diana.
—Álex, déjalo, no me apetece volver a discutir contigo —se queja.
La diferencia es que no lo dice enfadada, más bien… ¿decepcionada?
—No, no lo voy a dejar. Termina esa frase o te vas a mirar esos libros tú solita. —Mi amenaza cae en saco roto porque me ignora, así que vuelvo a rebajar mi tono para pedirle que lo haga por las buenas—. Por favor, Diana, di lo que tengas que decir.
Soy una ilusa si me pienso que, a estas alturas, Diana va a hacer algo que le pida yo.
No, de eso nada. Me va a castigar con la intriga de esa frase en el aire y saber qué pasa por su cabeza sobre mí.
Me vuelve a fulminar con la mirada, dejando claro que le importa poco que me enfade o que la amenace con irme.
No va a ceder de ninguna de las maneras y, por un lado, admiro que ahora tenga esa tenacidad y no se deje doblegar así como así.
—Diana…
—Ya he revisado los dos primeros libros y no he encontrado nada sospechoso —interrumpe antes de que yo pueda volver a rogarle por una relación cordial que considero más que necesaria si queremos ser capaces de estar en la misma habitación—.
Ahora estaba con el tercero. Quedan dos más, así que coge el que quieras y me dices si encuentras algo.
Mensaje recibido: no me lo va a decir. Me tocará aceptar la derrota, algo que no se me suele dar bien. Tampoco es que me deje otra opción, es eso o pirarme de aquí, porque discutir con ella no nos va a llevar a ningún sitio.
Me siento a su lado, manteniendo las distancias todo lo que puedo, y cojo uno de los libros que ha revisado antes de mirarla a ella, que sigue ojeando el tercer ejemplar.
—¿No se te ha ocurrido mirar directamente en el último libro? —pregunto, con cierto tono de recochineo, mientras lo abro—. Al fin y al cabo es el que Hugo fue al cine a ver conmigo cuando se estrenó.
Por su cara sé que no lo ha pensado y se me llena el pechito de orgullo por haber conseguido un minipunto en este tema.
—Para ser sincera, estoy tan cansada y resacosa que ni se me había ocurrido —admite.
—Hora de comprobarlo.
Es Diana la que se levanta antes que yo y va directa hacia la estantería que hay junto a la mesa, donde la colección de libros se alinea con una pulcritud casi obsesiva.
El último ejemplar de la saga destaca entre los demás, no por su estado de uso, sino por la falta del mismo.
Está completamente nuevo. Es el tomo más grueso de toda la saga y está junto a los libros de psicología que Hugo usaba con frecuencia, a juzgar por sus lomos desgastados y sus páginas dobladas.
Esos libros reflejan la vida profesional de Hugo, la normal, su verdadera pasión.
En cambio, los libros de Chris Benson parecen fuera de lugar.
Diana pasa los dedos por la cubierta con cuidado, como una caricia, mientras analiza cada detalle y cada marca inexistente en él. No tiene ni una mota de polvo, ni un pliegue en una esquina, ni un golpecito… Y cuando creo que va a ser ella la encargada de volver a examinarlo, me lo tiende.
Es su manera de firmar la paz, o al menos eso parece.
Estiro la mano y lo cojo, rozando mis dedos con los suyos y recordando, por un segundo, lo bien que se sentía su mano cogida a la mía hace menos de doce horas.
Suspiro y desecho el pensamiento de mi cabeza para centrarme en el libro.
Paso las páginas con cuidado, atenta a cualquier detalle fuera de lugar.
Una nota, una marca, alguna palabra subrayada o algo que indique que Hugo ha dejado un mensaje escondido.
Nada.
Otro callejón sin salida y ya no sé cuántos van.
—Aquí no hay nada —digo cerrando el libro de golpe y tirándolo sobre la mesa.
—Quizás si miramos con…
—Diana, no hay nada —la corto, algo molesta—. Nada de nada, mira lo que quieras, no encontrarás más que un libro perfecto.
La última brizna de esperanza que me quedaba con este tema se ha desmoronado tan rápido como un castillo de naipes un día de viento.
Me jode soberanamente porque después del fracaso del ordenador yo me estaba haciendo a la idea de que aquí no había más dónde rascar hasta que anoche…
Si es que yo para qué me dejo llevar por el alcohol y la tontería de compartir espacio con Diana.
Esto ya no se sostiene por ningún sitio.