Lo que dejé en Madrid Paciente R.P. #2
33%

Paciente R.P. #2

—Ella decía que no, pero yo tenía claro que sí.

Siempre lo mismo: salía de fiesta y, al día siguiente, cuando le preguntaba, decía que solo había estado con sus amigas.

Cuando intentaba saber con quién había hablado o qué había hecho exactamente, me acusaba de desconfiado.

—Su mandíbula se tensó—. Nunca me dejaba ver su móvil.

Decía que yo intentaba controlarla y otras tonterías.

A Hugo se le erizó la piel al ver el nivel de control de su paciente. En su posición, debía mantenerse neutral ante esos comentarios por mucho que le revolvieran el estómago. Era una historia de posesividad y desconfianza extrema disfrazada de preocupación.

—Entiendo —mintió, manteniendo el gesto serio—. ¿Cómo terminó la relación?

Una vez más, el paciente usó su táctica favorita en esos momentos y se levantó para dar una vuelta por la consulta con las manos en los bolsillos. Hugo ya se había acostumbrado a esos movimientos. Era su mecanismo de defensa antes de decidir qué versión de la historia contar.

Se detuvo, una vez más, frente a la polaroid del concierto que Hugo tenía sobre una de las estanterías.

En ese instante decidió que tenía que quitar esa foto de Álex de ahí cuanto antes porque no le gustaba cómo la miraba.

Cada sesión que pasaba, ese hombre le producía cada vez más un rechazo visceral difícil de controlar.

—Un par de semanas después de dejarlo, pasé por su casa sin avisar —dijo finalmente, sin mirarle—. Y bueno… una cosa llevó a la otra y volvimos a acostarnos. Aunque ella insistía en que era el punto y final que necesitábamos.

Se giró entonces, buscando en Hugo algún tipo de complicidad. El psicólogo se limitó a devolverle una media sonrisa muy falsa. No quería darle la satisfacción de reforzar su comportamiento, pero tampoco podía dejarle ver su desaprobación.

—A pesar de eso, intenté hablar con ella, hacerle ver que lo que teníamos era bonito y que merecía la pena.

—Claramente no funcionó —dedujo Hugo.

—No —confirmó el paciente.

Respuesta tajante y seca.

Se notaba que le costaba reconocer sus derrotas, sobre todo en el terreno de las mujeres, a las que consideraba inferiores, algo que Hugo hacía un tiempo había anotado bien grande en su libreta.

Buscó en su mente una forma rápida de conseguir que continuara hablando.

Por desgracia, todas las respuestas que le venían a la mente iban a ser rechazadas por su paciente.

Tenía que encontrar la manera de seguir fingiendo esa falsa empatía hacia él, así que decidió tirar por el camino más sencillo, aunque le molestara.

—Hay que ser tonta para dejar a alguien como tú —comentó haciéndose un poco el chulo, algo que no le pegaba en absoluto—. Guapo, con un buen puesto de trabajo, simpático, gracioso… Las mujeres deberían estar peleándose por salir contigo.

El comentario captó de inmediato la atención del paciente, que volvió al sofá mucho más relajado. Una sonrisa de autosatisfacción se dibujó en su rostro y su pecho se hinchó ligeramente, alimentado por la validación que creía estar recibiendo.

—¿Verdad que sí? —respondió con aire triunfal.

Le tenía exactamente donde quería y ahora podía retomar la conversación.

—¿Volviste a verla después de la ruptura?

—Lo intenté. Como te decía, le escribía y la llamaba.

No quería saber nada de mí. Si hay algo que me jode más que me dejen, es que me ignoren de esa manera —admitió sin tapujos—.

Estaba cansado de que me evitara, así que un día decidí ir al departamento legal a hablar con ella. Costara lo que costara.

Hugo se mantuvo impasible, aunque por dentro sintió una punzada de asco.

—¿Y qué ocurrió?

—Le pedí que saliera a hablar conmigo y me soltó que no teníamos nada de qué hablar, que se había terminado y que la dejara en paz —relató con frialdad.

Hizo una pausa y, por la forma en la que su mandíbula se tensó, Hugo supo que lo que venía a continuación no era nada bueno—.

Estaba loca si pensaba que a mí se me deja así.

—¿Qué hiciste entonces?

Le estaba costando un gran esfuerzo mantener esa fachada y no decirle cuatro cosas bien dichas sobre su comportamiento.

—Intenté convencerla de que saliera de la oficina para hablar.

Quería hacerle ver que estaba cometiendo un error, que podíamos seguir juntos.

Se negó. Así que la agarré del brazo para detenerla y…

se volvió loca. Empezó a gritar que la estaba agrediendo, que la acosaba y, en un segundo, uno de sus compañeros vino a separarnos.

—Hizo una pausa antes de continuar. Lo que más llamaba la atención era su falta de remordimiento ante esas acciones Ni una pizca de vergüenza—.

La cosa se puso fea. Nos empujamos, tiré las cosas que tenía sobre su mesa y ese tío se volvió loco.

Llamaron a seguridad y, bueno… ya te imaginas.

Estaban en un nuevo nivel y era el de la violencia. Ya no se trataba solo de controlar a las chicas con las que salía o problemas de ego. No, su paciente estaba describiendo un episodio de agresión con la misma indiferencia con la que alguien narraría un día complicado en la oficina.

—Una escena muy de película…

—Sí, una de terror —soltó el paciente con un deje de risa amarga—. Y por culpa de esa escena me quedé sin novia y sin trabajo.

Ahora había un tonito de resentimiento y no por sus acciones, sino contra la chica y el propio sistema en el que vivía. No parecía haber aprendido nada de lo ocurrido, sino que lo consideraba una injusticia personal.

Tras esto, Hugo se debatió entre callarse o seguir preguntando.

No tenía claro qué quería hacer o si quería saber más sobre él.

La parte que había jurado ayudar a las personas le decía que debía seguir indagando, entender mejor a su paciente y redirigir su comportamiento antes de que fuera demasiado tarde.

La parte más humana, la que no tenía nada que ver con su profesión, le gritaba que se alejara antes de que terminara metido en algo peligroso.

No tuvo que tomar una decisión porque el paciente siguió hablando por su cuenta y eso sí que era una sorpresa. Por lo que se lo tomó como una señal de que debía aguantar la compostura.

—Como te dije, las relaciones no se me dan muy bien.

No por mi parte, claro, sino por las mujeres, que no hay quien las entienda —resopló con burla contra ellas—.

Tú mismo lo has dicho antes, ¿quién no querría salir conmigo?

Son ellas las que siempre lo arruinan. Se merecen todo lo malo que les pase.

Hugo sintió la bilis subir por su garganta. Su pulso se aceleró ligeramente e hizo un esfuerzo por contener cualquier gesto de rechazo. No podía permitirse perder el control.

—Ese pensamiento no es muy acertado.

Fue lo más sutil que pudo decir sin querer matarse a sí mismo por traicionar sus propias creencias con tal de seguirle el rollo un rato más.

—¿Acaso crees que es mi culpa?

—No he dicho eso —negó rápidamente, cuidando cada palabra porque estaba viendo que si no iban a discutir y era lo último que quería—. Solo que desearle el mal a alguien solo porque una relación no ha funcionado no es la mejor manera de lidiar con ello.

El paciente resopló, visiblemente irritado por esa respuesta.

—Mira, yo he dado muchas oportunidades a las mujeres y siempre termina mal. Te juro que no es por mi culpa, es que actúan de una forma que no puedo ni definir…

—Bueno, entonces tendrás que contarme más sobre esas oportunidades que les has dado para que pueda entenderte mejor —sugirió con naturalidad viendo un nuevo resquicio por el que obtener información.

—Te aseguro que cuando te cuente lo que me han hecho, me vas a dar la razón más que nunca…

—Si tienes razón, te la daré —respondió Hugo al que esa táctica ya le había funcionado anteriormente con él—. Y si resulta ser cierto todo lo que dices, te invito a una cerveza.

—Acepto el desafío.

Nunca antes un paciente le había hecho sentir tanta incomodidad. Y lo peor era que tenía la certeza de que lo que estaba por descubrir le haría querer salir corriendo de su propia consulta.