Paciente R.P.
—Me alegra tenerte de nuevo aquí —dijo Hugo sin querer darle mucha importancia a cómo había terminado la última sesión—. El otro día te fuiste antes de que pudiéramos terminar de hablar.
El paciente se encogió de hombros con indiferencia mientras tomaba asiento en el sofá un día más.
—Perdona por eso, tenía una cosa de trabajo importante, no podía quedarme más tiempo —se excusó.
Al observarle con más detenimiento, Hugo notó que había algo distinto a otras ocasiones. Parecía algo más tenso de lo habitual, aunque intentaba disimularlo con esa actitud despreocupada que solía adoptar cuando entraba en la consulta.
—¿Seguro que no tenía nada que ver con el tema que hablábamos? —preguntó, tanteando el terreno para ver hacia dónde guiar la sesión.
—No, para nada —dijo, chasqueando la lengua con fastidio y negando con la cabeza.
Hugo asintió y no insistió más. No quería empezar el día con mal pie.
Era consciente de que si presionaba demasiado desde el principio, el paciente levantaría una barrera aún más alta de lo normal.
Así que decidió llevar la conversación por otro rumbo, uno que había estado analizando detenidamente en los últimos días.
Había demasiadas incógnitas en su historial.
Una de las cosas que más le preocupaban era su forma de relacionarse con las mujeres.
Su manera de hablar de ellas, de describirlas, incluso la indiferencia con la que mencionaba las rupturas evidenciaba una falta de empatía que no podía, ni quería, pasar por alto.
—Hace unas semanas me contaste tu historia con la chica de la universidad.
—Observó la reacción del paciente al sacar este tema, quien solo asintió, impasible—.
Y en la última sesión hablaste brevemente de la chica del concierto.
¿Ha habido alguna otra relación seria que creas que merece la pena mencionar?
—La chica del concierto no fue una relación —corrigió el paciente con desdén, cruzando una pierna sobre la otra—. Era solo un rollo.
Tenía que manejar la situación con sumo cuidado al ver el tono usado.
En su análisis de las sesiones previas, había llegado a la conclusión de que una de las pocas formas de hacer hablar a ese paciente era reforzar su ego y dejarle llevar la conversación.
No era una táctica que le gustara ni que utilizara con frecuencia.
De hecho, la consideraba poco ética en muchas circunstancias.
Después de diez sesiones sin apenas avances significativos, había decidido ponerla a prueba.
—Está bien, era solo un ligue —repitió, reforzando su respuesta para que se sintiera cómodo—. Entiendo que has tenido varias relaciones esporádicas, pero hoy me gustaría hablar de relaciones más estables.
—¿Parejas serias?
—Sí, quitando a la chica de la universidad, de la que ya hemos hablado.
El paciente pareció tomarse un momento para hacer un recuento mental. Hugo observó cómo su mirada se perdía en algún punto de la sala, repasando la lista de mujeres con las que había estado hasta encontrar aquellas que considerara una relación estable.
—Creo que después de ella, solo puedo considerar una relación realmente seria.
—Cuéntame, ¿cómo la conociste?
—Éramos compañeros de trabajo.
Pareció relajarse un poco al decir eso y dejó escapar una media sonrisa que sorprendió a Hugo.
Por todo lo que habían hablado hasta el momento, el paciente había dejado muy claro lo importante que era el tema laboral para él.
Ponerlo en riesgo por una relación con una compañera se salía por completo de su perfil.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace un par de años. En mi anterior trabajo.
Hugo tomó nota, trazando mentalmente la línea temporal de los acontecimientos.
—¿Cómo empezó?
Apoyó un brazo en el respaldo del sofá y sonrió de medio lado, como si recordara algo gracioso. No era habitual verle tan relajado como parecía estar hablando de esos temas.
—Por accidente, más o menos.
—¿Accidente? —Hugo ladeó la cabeza con interés.
—Fue en la cena de Navidad de la empresa. Yo acababa de empezar como ejecutivo y la fiesta era la oportunidad perfecta para conocer mejor a mis compañeros. La cena en sí fue aburrida, pero después fuimos a una discoteca.
—¿Y allí la conociste?
—Más o menos —continuó el paciente—. La verdad es que pasé la mayor parte del tiempo con los ejecutivos, bebiendo y charlando de trabajo.
No me molesté en socializar con nadie más.
Cuando salí del local para irme a casa, choqué con una chica.
Rubia, guapa. —Entrecerró los ojos imaginándose que la tenía delante.
La mirada no gustó nada a Hugo—. Y con una sonrisa de las que te hacen detenerte un momento más de la cuenta.
—Menos aún le gustó el tono que estaba usando al hablar de esa chica—.
Empezamos a hablar y, bueno, ya te puedes imaginar lo que pasó después.
—No sabías que era de tu empresa, ¿verdad? —adivinó.
El paciente negó con la cabeza.
—Lo descubrí a la mañana siguiente, cuando los dos íbamos en la misma dirección al salir de mi casa…
—Aun así la relación continuó.
—Por supuesto —dijo con una sonrisa autosuficiente—. Nos llevábamos bien. Nos entendíamos. Y el trabajo nos unía.
Para sorpresa de ambos hombres, era la primera vez en esa consulta, en la que se le notaba confiado y tranquilo.
Hugo le estaba dejando tener el control de la conversación y eso llenaba su ansia de protagonismo.
Esa historia le complacía. Le hacía sentir en control.
Y el psicólogo estaba cada vez más convencido de que, en su mente, las relaciones no eran más que un juego de poder.
—Resultó que la muchachita trabajaba en el departamento legal.
Era una pasante a la que habían contratado unos meses antes de prácticas y, gracias a su desempeño, había conseguido un contrato estable —explicó con evidente orgullo, como si aquella conquista validara algo dentro de él—.
Yo no tenía que tratar con ella en el día a día, lo que nos venía genial, porque cuando entré en la empresa me dejaron muy claro que las relaciones entre empleados estaban prohibidas.
Tuvo que contener una mirada que, claramente, pretendía juzgarlo. Su paciente ya había demostrado en otras ocasiones que no tenía demasiado respeto por las normas.
—¿Y aun así decidiste seguir con ella? —cuestionó.
—Por supuesto. Era una regla estúpida que pusieron para evitar problemas de acoso, una exageración total —respondió con absoluta frialdad.
A Hugo le inquietaba la naturalidad con la que el paciente desestimaba cuestiones éticas o límites establecidos para la convivencia en cualquier aspecto. Aquello solo reafirmaba la imagen que había ido construyendo de su personalidad.
—Entonces, ¿continuasteis con la relación en secreto?
—Claro. Era una chica joven, inteligente y atractiva —recalcó con una sonrisa prepotente—. No le conté nada a nadie y ella tampoco. Como trabajábamos en departamentos distintos, no era difícil mantenerlo oculto.
—¿Y qué pasó para que terminara?
Y ahí, el paciente titubeó.
Hasta ese momento, había respondido con fluidez y sin reservas, pero aquella pregunta pareció incomodarle más de lo normal.
—Es… complicado.
La respuesta evasiva le dijo a Hugo exactamente lo que necesitaba saber: ahí había algo que su paciente no quería reconocer. Le dejó un pequeño margen de tiempo, permitiéndole procesar la situación, pero no tenía intención de dejar pasar el tema.
—¿Complicado por el trabajo? —insistió sin que pareciera que era algo importante.
—Algo así —contestó el paciente, y se acomodó en su asiento, adoptando una postura más rígida.
Volvía a cerrarse en sí mismo. Hugo vio claro que aquella historia contenía algo turbio y, para hacerlo hablar, tenía que recurrir a la misma estrategia que había funcionado antes.
—Vamos, dime la verdad. Seguro que hizo algo, ¿no? —sugirió, dejándole la oportunidad de posicionarse como víctima.
La reacción fue inmediata. Sus ojos se encendieron con una chispa de satisfacción, como si finalmente encontrara comprensión en su terapeuta y decidió hablar.
—¡Exacto, tío! —exclamó, con un deje de emoción hasta ahora nunca vista en ese despacho—.
Mira, al principio todo fue perfecto, ¿vale?
No había problemas en el trabajo, fuera congeniábamos genial, nos divertíamos…
Y el sexo era espectacular. Nos mantuvimos en esa fase de euforia durante unos seis meses, cuando todo parece idílico y emocionante. Pero entonces… empezó a cambiar.
—¿A qué te refieres?
—Al final del día, ella era mucho más joven que yo. Intentaba seguirle el ritmo, pero, ¿sabes? Yo disfruto de la tranquilidad de mi casa. Me gusta estar relajado, sin demasiados planes. Ella siempre quería salir de fiesta, ir con sus amigas… a mí eso no me gustaba.
El paciente se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre sus muslos, en un gesto que pretendía transmitir vulnerabilidad y conseguía justo lo contrario en este caso.
—¿Le pediste que dejara de salir? —preguntó.
—Se lo pedía, claro. Pero hacía lo que le daba la gana —respondió con un tono que destilaba claro resentimiento—.
No entendía por qué no podía simplemente quedarse conmigo.
En lugar de eso, se iba a discotecas llenas de babosos, a beber y bailar…
Y claro, yo no podía ver lo que hacía ni saber si me estaba poniendo los cuernos.
Aquello iba más allá de la inseguridad. Era un patrón de control y comportamiento. Lo había visto estudiado en otros casos prácticos. Nunca había tenido un paciente que lo sufriera y mucho menos a ese nivel.
Meditó qué decir. No quería que se volviera a cerrar en banda, pero le costaba mantener las apariencias de tipo duro que degrada a las mujeres para hacerle hablar.
—¿Crees que te fue infiel?