Capítulo 09 #3
—Porque, a diferencia de ti, yo no decidí marcharme y borrar todo mi pasado.
¿Y yo ahora qué he hecho para que me dé este corte?
Debo de tener cara de gilipollas ahora mismo por esa reacción. ¡Que no hace ni diez minutos veníamos de la mano, loca!
Lo que más me duele es que lo ha dicho con tanta soltura que me demuestra que lleva tiempo conteniendo el rencor por mi marcha. Lo puedo entender, pero joder, que no es el momento… No ha sido solo un reproche, ha sido… Ella dolida como el primer día. Espera… ¿Sigue Diana…?
No, no puede ser. Llevo días dándole vueltas a todo esto y he llegado a la conclusión de que si éramos capaces de tolerarnos y compartir espacio era por Hugo y porque ya habíamos superado nuestra historia.
O eso creía yo, porque esa respuesta me ha dejado claro que hay muchas heridas abiertas y que, al parecer, no soy la única a la que todo esto le está removiendo más de la cuenta.
Emociones a flor de piel lo llaman. Y si le sumamos el alcohol, el cansancio y la tensión… pues nada, tenía que estallar por algún lado y yo no me voy a dejar abofetear así, aunque sea en el sentido figurado.
—Vaya, parece que el buen rollo se ha acabado —atino a murmurar.
Quería hacerme un poco más la guay con esa respuesta y me ha quedado fatal por la culpa que me está comiendo un poquito.
Curioso el cerebro humano, ahora que lo pienso.
En ningún momento me he sentado a pensar en cómo se habrá sentido Diana estos años o cómo se tomaría la forma en la que me fui.
Ni siquiera me he planteado cómo estaba ella con mi vuelta a Madrid porque he supuesto que ese «buen rollo» era que no le importaba y ahora parece indicarme lo contrario con ese comentario.
—No es que se haya acabado —suspira y da un par de pasos para enfrentarme, quedando separadas por la mesa baja que hay entre nosotras—.
Lo siento, Álex, sentía que tenía que decirlo.
—Hay un rastro de pena y duda en su voz que solo me indican que lleva demasiado tiempo pensando en todo esto—.
Desde que nos reencontramos he intentado hacer borrón y cuenta nueva.
Te he tratado bien, he sido amable y… tú solo te has dedicado a poner una barrera entre nosotras desde el principio.
Me dejaste muy claro que no querías saber nada de mí y que no íbamos a ser amigas.
Efectivamente, todo eso es cierto. Igualmente sigo sin entender el cambio de actitud. No pretendería que la dejara entrar sin más en mi vida de nuevo, ¿no? Habría que estar loca para pensar eso.
—Pero esta noche…
No termina la frase y a mí solo me intriga aún más saber qué tiene en la cabeza para parecer ahora tan perdida con lo segura que ha estado desde que la vi en el tanatorio.
Yo necesito que siga hablando porque estoy notando cómo las paredes del salón se están haciendo más pequeñas y me está faltando el aire solo por cómo me está mirando y todo lo que está cruzando mi cabeza.
Porque si yo he sentido que aún había una conexión entre nosotras, que aún quedan cosas pendientes…
quizás ella también ha notado la electricidad de nuestras manos y por eso no me ha soltado o ha contado los centímetros que nos separan.
—Esta noche, ¿qué? —me atrevo a preguntar.
Porque si vamos con todo, pues adelante, al menos que pongamos las cartas sobre la mesa.
—Esta noche he visto a la chica que tanto me gustaba, la chica de la que me enamoré tantas veces —admite sin rodeos y yo me quiero morir en el sitio por la confesión inesperada—.
He visto a la Álex divertida y desenfadada que siempre alegraba mis días.
He visto a la chica que se preocupa por los demás y que me saca la sonrisa hasta cuando no quiero. Te he visto… a ti.
No, yo no soy la misma que hace cinco años. No soy la misma chica de la que ella se enamoró y no voy a ser esa persona. He cambiado y ahora no vamos a volver a caer en viejos hábitos solo por una noche de fiesta y un poquito —o un muchito— de atracción física entre nosotras.
No, de verdad que no puede ser. No me has visto a mí, has visto lo que querías ver, Diana.
—Me gusta la Álex de esta noche y me jode muchísimo porque no entiendo quién eres en realidad.
—¿Acaba de… de… decir que le gusto? Madre mía, aquí va con todo ya la rubia—.
No sé si eres la persona encantadora que bebe cervezas conmigo, me coge de la mano y me sonríe como si no hubiera pasado nada de esta noche, o la borde inaguantable con la que intento resolver misterios.
¿Te valdría que te dijera que yo tampoco sé quién de las dos soy?
O peor aún, decirte que me jode más ser la versión de esta noche que la otra, porque entonces…
Dios, tengo que parar esto. No puedo dejarme llevar por mis emociones como ha hecho ella.
No, me lo prohibí el día que crucé miradas con ella de nuevo y no lo voy a hacer ahora.
—Perdona por intentar ser simpática —respondo con sarcasmo.
Las dos sabemos que no ha sido solo eso, y que yo no lo voy a admitir. Me cruzo de brazos, claramente a la defensiva, mientras espero que dé por finalizada la conversación.
—No te hagas la víctima ahora, no son horas y no te pega nada.
—Diana niega con la cabeza y yo maldigo que no quiera dejar pasar esto porque en este estado vamos a terminar muy mal—.
Fuiste tú la que se marchó sin decir nada, así que no vengas ahora con la dignidad herida por que te diga lo que pienso.
He hecho todo lo posible porque estemos en paz desde que te vi y he sido amable contigo todo el tiempo, algo que no me has puesto fácil, pero esta noche…
—Otra vez esta noche. Madre mía, vamos a olvidar la de gilipolleces que he hecho acercándome a ti, ¿va?
Nos va a ir mejor—. Esta noche me has desequilibrado del todo porque no sé cómo comportarme contigo, ni qué hacer cuando te tengo cerca, Álex.
¿Y yo sí lo sé? ¿Tú te crees que a mí esta situación me gusta? Que parece que es que a mí me encante estar aquí en vez de en mi casa en Nueva York. Y sí, tengo la dignidad herida y eso me pone de muy mal humor.
—A lo mejor podrías haberme dado razones para quedarme. —Dejo que sea la rabia la que hable por mí en estos momentos—. O podrías haber venido conmigo. No me eches la culpa de todo, Diana. Sabes perfectamente que fuiste tú quien me empujó a irme con todo lo que pasó y…
—Te recuerdo que la que salió huyendo fuiste tú —me interrumpe Diana, su voz temblando de contención.
Tenemos un problema porque yo a estas alturas me quiero contener poco con el mal humor que tengo—.
La que dejó atrás a todo el mundo, incluidos su familia y sus amigos.
Yo intenté arreglarlo y tú no quisiste ni escucharme.
Tomaste la salida fácil, Álex. Me dejaste.
No me diste la oportunidad de explicarte nada de lo que había pasado.
Es que no había nada que explicar. La cagó mucho y yo ya había alcanzado mi límite de dejarle cosas pasar y, quizás por eso, ahora tampoco quiero dejarle pasar nada. No aguanto más en el sofá antes de levantarme para ponerme a su altura.
—¿Que no te di la oportunidad? Es que tiene narices que digas eso.
—Admito que grito un poco más de lo que debería y que no sé cómo mantener el control ahora mismo—.
Te di demasiadas oportunidades, de hecho.
Y no podía más. Me destrozaste y me humillaste con lo que hiciste.
No era feliz y no iba a serlo así que cuando surgió la posibilidad de irme, la tomé.
—No te fuiste, huiste —sentencia, muy seria—. Huiste de mí porque tenías miedo, y lo pagaron tus amigos y tu familia.
¿De qué coño habla ahora? ¿Qué tienen que ver ellos aquí? Mira, a mí que me diga lo que quiera, pero nada de tocar a mi familia.
—Nunca se han quejado de que me marchara —aseguro, aunque su ataque hace que dude brevemente de lo que estoy diciendo—. Están felices de que me vaya bien en Nueva York. No los uses a tu favor.
—Quizás es porque no has hablado con ellos lo suficiente para saber cómo se sienten realmente.
Es la risa burlona que acompaña la frase la que termina de desestabilizarme.
Diana ha abierto la caja de pandora y no quiere parar con los ataques.
Genial, pues yo también se los voy a devolver porque no voy a dejar que diga cosas que no son ciertas.
No. Me ha llevado mucho tiempo quitarme la culpa de haber dejado aquí a mi familia y amigos, en parte por lo que ella hizo, como para que ahora me acuse así.
Mi familia y mis amigos están encantados de que me vaya bien y de que esté feliz allí, ¿no?
Quiero decir… Es verdad que estoy lejos y siempre me preguntan si algún día volveré, pero sin ningún tipo de segunda intención, ¿no?
Fuck , es que ya me está jodiendo haciéndome dudar otra vez de mi vida.
—Eres una zorra rencorosa —escupo sin pensar, herida por dentro y no queriendo que me provoque más dudas—.
No soportas que me vaya bien. Te fastidia que haya seguido adelante sin ti, que no me quedara revolcándome en la miseria como hiciste tú, pegada a mis amigos como consuelo. Es lo único que tienes.
Uf, esa le ha dolido en su orgullo. Lo veo en sus ojos y en cómo frunce los labios, pensando en cómo va a atacarme a continuación.
—Claramente la que no ha superado nada eres tú —susurra con un claro desprecio.
¿Me explica alguien cómo hace media hora estábamos cogidas de la mano y ahora así?
—. No puedes mirarme a la cara sin una cerveza en el cuerpo porque te sientes culpable de lo mal que lo hiciste.
Por eso no vuelves a Madrid, porque en Nueva York no tienes que enfrentarte a tus miedos.
Buah, ¿qué se piensa que sabe de mí esta persona después de cinco años?
—¿Y cuáles se supone que son mis miedos? —le pregunto, cometiendo el error, otra vez, de rodear la mesa para acercarme a ella.
Si pretendo intimidarla, no funciona, porque se queda clavada en el sitio.
—Tus amigos. Tu familia. Y yo.
Me jode, y mucho, lo segura que suena diciendo eso.
—Te conozco. Tienes miedo de ver que tu hermano tiene la vida que tú querías —continúa Diana ante mi silencio—, de que tus amigos han seguido adelante sin ti y que ya no eres tan importante.
Tienes miedo de comprobar que, fuera lo que fuera lo que les contaste sobre nosotras, han sabido ver más allá y ahora son mis amigos porque yo sí estuve aquí.
Y tienes miedo de que tengamos algo pendiente.
Otra vez siento que la habitación se está encogiendo y que me está costando respirar. Maldito alcohol. ¿Yo para qué bebo? No trae nada bueno. Respiro y me armo de valor para responder y defenderme como puedo a pesar de la falta de aire a mi alrededor.
—Les he ayudado cuando tú no estabas—. Pues no me puedo defender porque ella no ha terminado su discurso al parecer—. Estuve con ellos cuando más me necesitaron. Incluso con Hugo…
—Pues para haber estado tan presente, y ser la nueva mejor amiga de Hugo, no impediste que se pegara un tiro en la cabeza.
La interrumpo para soltar esa burrada de la que me arrepiento tal y como la digo.
He jugado sucio con un tema que no es para usar así.
Si no somos capaces de resolver nuestros problemas es cosa nuestra, no de Hugo.
Joder. Vaya cagada, eh… Diana se ha quedado de piedra, apenas abre un poco más de la cuenta los ojos y sé que la acusación ha sido un disparo al corazón.
Quizás he ganado la discusión aunque el precio a pagar creo que va a ser demasiado cuando veo cómo su rostro pierde color y su respiración se entrecorta.
Si eso no fuera suficiente, me mata ver las dos lágrimas que brotan de sus ojos sin esfuerzo, resbalando por sus mejillas, sin que haga nada por detenerlas.
Me he pasado, sí. Es que no me ha dejado otra opción.
Me ha acorralado y… ¿a dónde va? No me da tiempo a disculparme ni a frenarla porque Diana se gira sin decirme nada y se marcha del salón.
Para mi sorpresa, no escucho la puerta de entrada de la casa, sino la de la habitación cerrarse de un portazo.
Bueno, por lo menos no se va a ir sola a esta hora por las calles de Madrid, ¿no?
Por pensar en algo bueno ahora mismo. Otra cosa no encuentro, la verdad.
Joder, ¿qué coño he hecho? ¿Cómo la voy a acusar así de la muerte de Hugo?
Si es que soy una gilipollas profunda y todo por no ser capaz de mantener una conversación por lo ocurrido entre nosotras.
La presión en el pecho solo aumenta con cada pensamiento, así que me tiro sobre el sofá, con las manos en el rostro, sintiendo la vergüenza y la rabia mezclarse en mi interior. He cruzado un límite que nunca he debido tocar. Fuck me.
La cabeza me da vueltas, la habitación también, y mis sentimientos ya no tienen ni sentido, así que dejo que el cansancio y el alcohol se adueñen de mi cuerpo hasta que se me nubla la vista y la razón.
Agradezco que, por un rato, se me olvide la discusión que acabamos de tener. Especialmente porque me ha hecho entender que antes de poder enfrentarnos a la muerte de Hugo, tenemos que enfrentarnos a algo mucho más doloroso: nuestra propia historia.