Capítulo 09 #2
Mi cabeza debe de estar más avispada de lo que yo pienso o, por una vez, el alcohol ha agudizado mi ingenio, porque como si de un mapa mental se tratara, uno los puntos que me revelan lo que tenía delante todo el tiempo. Un clic que me hacía falta para entender lo que teníamos que ver.
—¡Eso es! —exclamo mientras siento cómo me sube la adrenalina por lo que se me ha ocurrido—. ¿Cómo no lo hemos visto antes?
—¿De qué hablas?
Ni siquiera le doy opción a Marcos de terminar su pregunta cuando dejo la copa sobre la mesa y salgo disparada hacia la barra.
He visto cómo Diana iba en esa dirección hace un minuto y la intercepto antes de que tenga la oportunidad de pedir otra copa.
Cojo su mano, mala idea porque me están viniendo una cantidad de recuerdos bastante peligrosos por este simple contacto de nuestras pieles.
Creo que está tan en shock por este impulso que ni protesta.
Se deja arrastrar hasta que la llevo al baño, alejadas del ruido de la música para poder hablar.
Aun habiendo cerrado, me cuesta un segundo de más soltar su mano, que está encajada en la mía como si fuera una pieza de Lego que siempre ha pertenecido ahí.
—Tú y yo tenemos un historial en los baños que no sé si quieres repetir —bromea en cuanto la suelto, en un intento de romper este momento extraño que yo misma he generado.
Y me tengo que morder la mejilla por dentro para no sonreír por el recuerdo de la cantidad de veces que, incapaces de aguantarnos las ganas, lo hemos hecho en el baño de una discoteca.
—Diana, stop , es importante…
Mi tono debe de ponerla en alerta, porque se pone seria al instante.
—¿Qué pasa, Álex? —pregunta dando un paso adelante que no me viene nada bien.
Por favor, me tengo que concentrar en lo que tengo que decirle y no en esos ojos verdes que le brillan un poquito por el alcohol y que están preciosos.
—Chris Benson —le digo simplemente con la esperanza de que lo entienda.
—¿Qué pasa ahora con eso? —pregunta sin entender nada.
Vaya, el alcohol a ella no la ha agudizado tanto.
—¿No lo ves? —insisto.
Venga, siempre has sido una chica lista, Di, tú puedes llegar sola a esta conclusión.
Chris Benson es el personaje protagonista de una saga de libros que nos encantaba.
La típica que leer durante la adolescencia y que te marca para toda la vida, especialmente porque luego hicieron las películas.
Cinco volúmenes que he releído infinitas veces y que me sabía de memoria.
No sería raro que yo pudiera usar ese nombre como contraseña, lo raro es que lo use Hugo cuando detestaba esos libros.
Siempre me hacía bromas de cómo me sabía los diálogos de las películas.
Entonces, ¿por qué demonios iba a utilizar ese nombre como contraseña de su ordenador?
Antes de la cantidad de gintonics que Diana lleva en el cuerpo, estoy convencida de que podría haber pillado la idea.
No parece que esté viendo lo que necesito.
Tampoco ayudan las constantes interrupciones de chicas entrando y saliendo del baño.
Venga, Di… Necesito que te des cuenta sola, no quiero decírtelo…
Quiero que lo veas tú y así poder seguir tirando de este hilo sin pensar que estoy buscando otra excusa para seguir aquí contigo.
Tiro de su brazo, esta vez esquivando el contacto con su mano, para llevarla a un esquina aún más privada donde volvemos a quedar demasiado cerca.
Me separan apenas veinte centímetros de esos labios rojos y carnosos que…
—No puede ser. —Gracias a Dios por interrumpir mis pensamientos, Diana—. ¿Cómo no lo hemos visto antes?
Bingo, ha hilado ella solita.
—Porque nos cegamos con el contenido del ordenador —digo para que no se sienta mal por no haberse dado cuenta antes—. Creíamos que la clave estaba dentro, cuando la teníamos delante todo el tiempo.
En vez de responderme o seguir elucubrando sobre lo que ahora tenemos en nuestras manos, se inclina más de la cuenta, reduciendo ahora el espacio a unos diez centímetros, y coge mi mano en un gesto demasiado natural. ¿Qué hace? ¿Por qué toca? No, no… que tiene la mano muy suave y… ¡Frena!
—Vamos, Álex —me pide cuando me quedo parada en seco, aunque el contacto entre nuestras manos no se rompe—. Tenemos que ir al apartamento.
—¿Ahora? ¿Estás loca? —pregunto negando con la cabeza.
Ni en un millón de años voy yo en mitad de la noche al piso donde mi amigo se pegó un tiro. No, de eso nada. Me da muy mal rollo la simple idea.
—Tenemos que ir y volver a buscar de nuevo algo relacionado con esos libros —insiste tirando de mi brazo, pero me resisto y me quedo sin moverme del sitio.
Creo que, inconscientemente, tampoco quiero irme de aquí con ella en este estado. Nos conozco y siempre ha sido muy fácil para nosotras caer en ciertas cosas cuando nos dejábamos llevar por el alcohol.
—Diana —suspiro—, es de madrugada, estamos algo borrachas y no me gusta ese apartamento.
Es que me dan escalofríos solo de pensar en entrar ahí ahora mismo.
—Por favor, Álex. Yo voy a ir y no quiero ir sola. —Mierda, ha sacado su mejor arma, el pucherito sacando el labio de abajo más de la cuenta y los ojos muy abiertos—. Te necesito a mi lado para esto.
Ay, no… El tono de voz de súplica y la carita.
No voy a poder negarme y ya lo sé. Creo que ella también, solo que esta vez no tira de mí, sino que espera a que sea yo la que se mueva.
Para terminar de rematarme, su pulgar su mueve con cariño en el dorso de mi mano.
Una caricia que me hace cerrar los ojos y que, contra todo instinto de supervivencia, me hace asentir.
Mira, de perdidos al río se dice, ¿no? Más desestabilizada de lo que estoy ya no voy a estar, así que adelante.
Aprieto su mano un poco, lo justo para darle permiso de tirar de ella de nuevo hacia la calle.
Ni siquiera nos molestamos en avisar a nadie de que nos vamos.
Con un poco de suerte, si asumen que nos hemos ido juntas, tampoco harán muchas preguntas.
No lo han hecho nunca y no van a empezar ahora.
La vaga luz que arrojan las farolas del centro de Madrid deja ver que no somos las únicas que vamos algo perjudicadas.
De hecho, parecemos bastante decentes después de cruzarnos a un par de parejitas que no se sostienen lo suficiente como para andar en línea recta.
El frío de la noche sirve para que se me despeje un poco la cabeza, y quizás esa también es la excusa para no haber roto el contacto entre nuestras manos, que siguen perfectamente entrelazadas sin necesidad ya.
No vamos a perdernos en estas calles que conocemos de memoria, pero ni ella quiere soltarme, ni yo quiero que lo haga.
¿Por qué? Pues mira, no lo sé. Solo sé que se siente bien tenerla ahí y experimentar el calor de algo familiar y cómodo. De algo que… extrañaba.
El apartamento de Hugo no está demasiado lejos, apenas a unos diez minutos a pie de donde estamos.
Las dos vamos perdidas en nuestros pensamientos y yo me pregunto si ella también estará sintiendo este cóctel de emociones que tengo yo ahora mismo en el pecho.
Me giro para mirarla y… ¡mala idea! Porque me sonríe de una forma muy tierna, sin dientes, solo con la comisura del labio.
No puede seguir teniendo este efecto en mí aún…
¡Fuera! ¡Fuera, mariposas! No es el momento, joder.
¿Yo por qué me he embarcado en esta aventura en mitad de la noche sin mirar atrás? Nunca me ha resultado fácil decirle que no a Diana, eso no es novedad. Madre mía, qué facilidad la tía para que siga haciendo lo que ella quiere. Y cómo me jode, la verdad.
Conforme nos acercamos al apartamento, siento una sensación extraña.
Vamos a llamarlo sexto sentido o sentido arácnido, como Spiderman.
El caso es que me da mal rollo y vuelvo a creer que esto es una mala idea.
Al girar la calle donde está el portal, Diana suelta mi mano para buscar las llaves y noto el frío en mis dedos y no solo por la pérdida de contacto.
La sigo por el piso sin decir nada, ni siquiera cuando entra directa al salón casi sin encender las luces, lo que no ayuda a calmar mi inquietud. En un día normal a mí estar en la oscuridad no me importa, pero en este piso, por lo que sea, no me hace gracia.
—Diana, tendríamos que haber venido mañana —insisto dejándome caer en el sofá mientras ella examina las estanterías—. Este sitio cada día me da más mala espina.
—No vamos a tardar, te lo prometo.. Solo tenemos que encontrar esos libros —responde buscando una aguja en un pajar.
—¿Cómo va a tener Hugo unos libros que no le gustaban? —pregunto intentando distraerme de los repentinos mareos que me han entrado al sentarme.
¿Cómo era eso de echar el ancla cuando te tumbabas? Ah, sí, poner el pie en el suelo para no marearse por el alcohol. Fuck , si yo ya tengo los dos pies ahí tocando la alfombra. No parece que funcione en este caso. Vaya mierda de truco.
—Igual que tenía el disco de Starlight —me recuerda todavía con la vista fija en la estantería.
—Entonces, ¿crees que esos libros son la clave de…?
¿De qué? ¿Qué coño estamos haciendo en realidad?
—Por supuesto. Tiene todo el sentido. En la universidad, tú arrastraste a Hugo al cine para ver la última película de la saga porque yo no podía ir contigo el día del estreno porque tenía un examen.
—Diana habla con una emoción bastante notable al recordar aquello—.
¿Por qué usaría ese personaje en su contraseña si no le gustaba? Significa algo, Álex.
¿Cómo narices se acuerda de ese día? Si fue una tontería… Diana siempre ha tenido buena memoria, pero joder, como para no olvidar algo así ni en plena borrachera.
—¿Cómo te acuerdas de eso?
No tenía intención de preguntárselo, pero como ella diría, «siempre he sido una bocazas» y, borracha, más aún.
Para su labor de búsqueda y suspira antes de girarse a mirarme. Hay algo en su expresión que no termino de descifrar, la verdad.