Lo que dejé en Madrid Capítulo 09
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Capítulo 09

Nuestra propia historia

¿He bebido demasiado? Sí.

¿Era mala idea irnos a otro bar en lugar de al hotel? Sí.

¿Está Diana guapísima con esa sonrisa? También.

Voy a fingir demencia y convencerme a mí misma de que ella no ha sido una de las razones por las que he aceptado continuar de fiesta con mis amigos.

No, no ha sido por ella, ¿vale? Ha sido porque me encantan las batallitas que Sergio cuenta que vivió con Hugo.

También porque Amanda no para de contar novedades muy interesantes de su vida.

Y por supuesto porque Marcos es un payaso y me está haciendo reír.

Sí, eso es. Todas esas razones me han llevado a quedarme aquí y ponerme al día con mis amigos.

Es triste que tenga que pasar algo malo para que todos paremos nuestras ajetreadas vidas de adultos para reunirnos.

En parte, me alegra que lo hayamos hecho.

Siempre nos mantenemos al día por el grupo de WhatsApp que tenemos y…

un momento, ¿tendrán otro grupo con Diana?

Porque con lo amigos que son todos sería lo lógico y…

Bueno, que me da igual lo que tengan o dejen de tener, yo voy a lo mío.

Y cuando digo a lo mío… digo a estar revoloteando allá por donde esté Diana.

Aquí es cuando vuelvo a culpar al alcohol de mi desinhibición en estos momentos y no al labial rojo que ha ido a aplicarse al baño hace un momento.

Es que está muy atractiva hoy como para no mirarla un poco.

Hoy y siempre, la verdad, porque siempre ha sido algo que me volvía locaen el buen y en el mal sentido.

En el bueno porque ese pedazo de monumento con patas, al final del día, estaba conmigo.

En el malo porque todo el mundo se fijaba en ella y tuvimos épocas en las que mis celos por estar ocultas nos superaban. No estoy orgullosa de aquello…

Tampoco es que ella se esté cortando porque no para de sonreírme y de susurrarme cosas al oído cada vez que puede cuando pasa por mi lado.

Está buscando cualquier excusa, hasta preguntarme dónde he encontrado una pajita, para hablarme.

La verdad es que debería haberle dicho que no quedaban más porque verla ahora bebiendo de esa pajita es extremadamente sexy y… Joder, otra vez caigo.

¿Yo para qué bebo? Que así no hay quien se controle.

Es su culpa, que está muy simpática, y muy guapa, y muy divertida, o al menos a mí me hacen gracia todas sus bromas hoy.

Madre mía, es que me cago en todas las mariposas que estoy notando en el estómago esta noche con ella cerca.

No, no pueden ser mariposas, Álex, tiene que ser que el chupito de tequifresa te ha sentado mal.

Sí, es eso seguro. Adiós, mariposas, hola, acidez.

Ah, pero es que mira cómo baila ahora con Amanda y cómo mueve sus caderas y…

Fuck . Otra vez. Mira, me tengo que alejar un poquito de ella porque esto de estar mirándola como una imbécil esperando que interactuemos otra vez no le va a hacer bien a nadie y mucho menos a mi pobre corazón.

Si quiere algo, que vuelva a venir ella a buscarme.

Aunque ya lo ha hecho varias veces y casi me da un chungo por la sorpresa…

Diana es como… ese postre de chocolate que te apetece muchísimo después de comer y lo pides aun sabiendo que te va a reventar la tripa y te arrepentirás en unas horas por la hinchazón.

Así me siento ahora, con ganas de postre, pero sabiendo que no debería hacerlo.

Por una vez, me alejo lo justo para poner distancia, recordando que yo tengo una vida en Nueva York que no voy a dinamitar porque una chica guapa se cruce en mi camino. Aunque claro, menuda chica guapa que… ¡el alcohol, Álex! No dejes que hable por ti…

Como si supiera los mil demonios que tengo volando alrededor de mi cabeza, Marcos aparece a mi rescate para sacarme a bailar.

Él no ha bebido tanto y tampoco me sorprende.

Siempre ha sido el papi que mantenía la cabeza más centrada por si pasaba algo o la noche se descontrolaba y necesitábamos a alguien responsable cerca.

Va a ser el único que mañana no tenga lagunas en su memoria.

—Te lo estás pasando en grande, ¿no? —me dice al oído por encima de la música.

Sutil, mi amigo. Esa frase se traduce en «vamos a hablar de Diana, quieras o no». ¿Qué hago yo? Lo que mejor sé hacer, ignorarlo como sea.

—No me puedo quejar.

Le doy un sorbo demasiado grande a mi copa con la intención de terminarla y tener excusa para ir a la barra a por otra. Ilusa de mí por pensar que Marcos no va a seguirme.

—Hacía mucho que no estábamos todos juntos… incluida Diana —comenta apoyándose en la barra junto a mí.

Aquí está el nombre de mi ex, ya lo ha soltado y ahora pretenderá que hablemos de por qué llevo media noche siendo tan simpática con ella, riendo y rozándonos fingiendo que es sin querer.

Tengo dos opciones: puedo reconocer que Diana sigue teniendo algo que me hace gravitar a su alrededor o puedo fingir que está loco y pedirle no hablar del tema.

—No vayas por ese camino que nos conocemos —advierto, eligiendo la segunda opción porque no me siento preparada para la otra.

—Venga, Álex, que todos estamos viendo lo bien que estáis…

—Marcos —le interrumpo mientras pago la copa que he pedido y que mi cuerpo no necesita—. Para, por favor te lo pido.

Y es de esas pocas veces que mi amigo decide hacerme caso.

—Está bien, no es el momento —cede—. Pero no creas que te vas a escapar de esta conversación tan fácilmente.

Agradezco que no siga porque mi lengua traidora hoy lo mismo le dice que sí, que mi ex está guapísima y que estos días solo me han hecho darme cuenta de que lo nuestro no está tan superado como yo llevo años diciendo.

Como estoy fingiendo demencia, nada de lo anterior es cierto y, simplemente, soy maja con Diana.

No es que salga mucho de fiesta en Nueva York y quizás por eso me he dejado llevar tanto hoy.

Los locales a los que me han traído son geniales y no me puedo quejar.

Buen ambiente, buenos precios y buena música.

No solo Diana me ha llevado cinco años atrás en el tiempo, mis amigos y esta fiesta también.

Siempre era de las que salían todos los fines de semana con unos o con otros, aunque Diana solía ser constante en los planes.

Cuando me fui a Nueva York, no sé si por esa necesidad de cambiar o cortar con todo, dejé de hacerlo.

Y ahora… esto se siente bien. No por el alcohol, eso me va a hacer sentir como una mierda mañana.

Sí por la sensación calentita en el pecho de estar con mis amigos, con gente que se preocupa por mí y… por ella.

Un cambio de canción hecho muy poco a poco gracias al mix del DJ hace que tarde un poco en reconocer el temazo que acaban de poner.

Me giro buscando a Marcos con la mirada y ha hecho lo mismo que yo buscándome entre todos.

Es una de las canciones favoritas de Hugo y Marcos no duda en estirar la mano para que yo la acepte e irnos a bailar como si no hubiera un mañana.

No es que mi amigo haya sido nunca la persona más bailarina del mundo, pero poco le importa en estos momentos por el significado que tiene.

Durante tres minutos nos entregamos a la música con una intensidad que va mucho más allá de lo físico.

Es un pequeño homenaje a nuestra tercera rueda del triciclo que montábamos desde hace años, una forma de liberar emociones.

En cuanto suena la última nota, Marcos me abraza y yo me permito perderme un poco en mis sentimientos, en la pena y la nostalgia que hace días que habita en mi cuerpo, aunque la he relegado a un rincón oculto.

—Le echo de menos, echo de menos a Hugo —confieso.

Marcos me coge de la mano y me lleva a una zona más apartada, entendiendo que es la primera vez que lo digo y voy a necesitar un momento para entender la magnitud de lo que ha pasado.

—Yo también, Álex —responde suspirando y sé que agradece que por fin me haya soltado un poco con este tema—. Mira a tu alrededor, Hugo sigue teniendo la magia de siempre. Incluso después de irse ha conseguido que todos estemos juntos esta noche. ¿Quién lo haría hace un año?

—Siempre supo cómo unirnos, incluso a Diana y a mí después de cada pelea…

No es que mis amigos hayan sabido nunca los pormenores de mi historia con Diana, pero cuando pasaba algo, aunque yo no diera la información completa, siempre me ayudaban a elegir el camino correcto, menos cuando…

Mis ojos se desvían directos hacia la rubia que sigue bailando con Amanda.

La parte baja del vestido se mueve a su ritmo y la sonrisa juguetona que brota en su cara cuando perrea solo me dan ganas de acercarme a ella y ser objeto de ese baile.

—Y lo sigue haciendo —comenta Marcos, que seguro que se ha dado cuenta de hacia dónde miro porque disimulada no estoy siendo esta noche—. Sé que me voy a arrepentir de preguntar esto, pero… ¿había algo en el ordenador?

Esa pregunta sí que consigue que deje de mirar a Diana.

—Nada, estaba completamente vacío. Solo tenía las carpetas y los programas de fábrica —respondo.

Por su cara puedo ver que no le ha gustado mi respuesta.

—Qué raro. Ese era su portátil, lo reconocí nada más verlo con las pegatinas y esas cosas que le encantaban —dice pensativo—. No entiendo por qué no tiene nada. Es raro…

Vaya, vaya, amigo. Va a ser que no estoy yo loca y sí que empiezas a pensar tú también que aquí hay cositas raras, eh. ¿Cómo no va a tener nada en su ordenador personal? Es como las escenas del crimen que están extremadamente limpias. Siempre son sospechosas, ¿no?

—Lo que te digo, no había nada —repito y esta vez no hay intención de pensar más allá porque mi cabeza no tiene los recursos suficientes para ello—. Lo más raro de todo es que la contraseña fuera «Chris Benson».