Paciente D.A. #2
—Quiero creer que sí. Es lo único que me mantiene cuerda en este aspecto.
—Su voz sonaba apagada, como si se convenciera a sí misma con cada palabra de que eso podía pasar—.
Sé que al principio será un shock y que no lo van a aceptar.
No tengo ninguna duda. Mi esperanza es que con el tiempo…
se acostumbren. Que sean capaces de ver que soy feliz así.
—¿Lo eres?
Hugo inclinó ligeramente la cabeza, observándola con atención.
Diana se limitó a quedarse en silencio mientras subía las piernas para acomodarse aún más en el sofá de la consulta.
El psicólogo esperó, observando cómo ella ponía los pies sobre el cuero buscando una distracción.
Intentar usar esas tretas con alguien como Hugo era una soberana tontería.
Sabía muy bien que todo lo que quería era que él le dijera que quitara los pies de ahí y no iba a hacerlo.
La pregunta que le había hecho no era fácil.
No solo para Diana, sino para cualquier persona.
Hugo la usaba en sesiones en momentos estratégicos, cuando el paciente estaba lo suficientemente vulnerable como para responder con honestidad, sin máscaras, ni autoengaños.
Ella no tenía prisa por responder, ni Hugo por obtener respuesta.
Solo se escuchaba el murmullo lejano del tráfico colándose a través de la rejilla del aire acondicionado.
—¿En mi vida en general o en ese aspecto? —preguntó Diana finalmente, en un intento de ganar tiempo.
—Me valen ambas.
—No lo sé, no sé qué responderte —admitió en voz baja, mordiéndose el labio inferior, pensativa—. No sé si soy feliz, Hugo.
Sus palabras estaban cargadas de un peso y una importancia que Hugo reconoció al instante. No era solo la incertidumbre de su respuesta. Era el hecho de que nunca antes se había permitido pensar en ello con seriedad.
—El hecho de que no lo sepas ya es bastante esclarecedor, ¿no te parece? —señaló con una ceja arqueada.
—¿Qué quieres decir? —preguntó confusa al no entender qué quería decirle.
—Déjame ponerte un ejemplo, a ver si así concluimos algo.
—Hugo se acomodó en su butaca y dejó su libreta a un lado—.
Cuando hablas de los inicios con Álex, dices con total seguridad que fue una de las etapas más felices de tu vida.
A pesar de las dudas, a pesar de los problemas con tu familia, fuiste capaz de identificar que eras feliz.
—Diana asintió lentamente, esperando muy atenta el giro en la conversación—.
Cuando lo dejaste con ella, me dijiste que fuiste infeliz.
Que cometiste un error y que te costó superarlo.
De nuevo, fuiste capaz de reconocerlo. Entonces, si comparamos esos momentos con tu presente… ¿cómo te sientes ahora?
Él lo hacía parecer fácil, pero no lo era en absoluto.
—Creo que… —Hizo una pausa, insegura—. Creo que ni una cosa ni la otra.
Es como si estuviera… entumecida en ese aspecto.
—Sus propias palabras parecían sorprenderla.
Se quedó pensativa por un instante antes de continuar—.
La relación con mi familia no me hace feliz.
Quiero a mis padres, disfruto el tiempo con ellos…
No puedo negar tampoco que me duele que no sepan quién soy realmente.
Me duele tener que mentirles todo el tiempo.
—Se frotó las manos, incómoda al darse cuenta de que empezaba a tener las horas contadas antes de tener que enfrentarse a ellos—.
Mi trabajo está bien pagado y tengo un buen puesto.
Cualquiera podría estar contento de tener un trabajo así, en cambio yo…
creo que realmente no me llena. No diría que es algo que quiera hacer toda la vida.
Hizo otra pausa y su mirada se volvió más sombría. No era fácil poner en perspectiva tantos aspectos de su vida y darse cuenta de que no terminaba de gustarle ninguno de ellos.
—Y en cuanto a sentimientos y relaciones…
bueno, después de nueve sesiones, creo que no hace falta que te lo explique, ¿no?
Soy un cuadro. —Intentó bromear, pero la expresión de su rostro la traicionaba y se notaba que ese tema le provocaba ciertas inseguridades —.
Tener sexo con alguien de vez en cuando no me llena.
Solo me ayuda a quitarme la necesidad por un rato, pero nada más.
Hugo la observó con atención, analizando cada una de sus palabras.
—Si ponemos todo en una balanza… no es ni bueno ni malo, ¿verdad?
—Diana asintió, en completo silencio. —En mi experiencia, cuando alguien está satisfecho con su vida, aunque tenga problemas en algunos aspectos, la balanza sigue inclinándose hacia lo positivo.
El problema comienza cuando esa balanza se equilibra…
o empieza a inclinarse hacia el lado negativo.
—¿Y qué hago?
La rubia parecía más frágil de lo habitual. Se había girado completamente hacia Hugo, con los ojos fijos en él esperando la gran revelación que le ayudara a conseguir su felicidad.
—La pregunta que te hice antes sobre la felicidad es una trampa —admitió el psicólogo con una leve sonrisa—. No hay una respuesta correcta, así como no hay una fórmula mágica para la felicidad.
—Entonces, ¿qué?
Una pregunta simple y a la vez tan difícil de responder. ¿Qué se hace para conseguir la felicidad? ¿Qué es la felicidad para cada persona? Un niño podría responder que una tarde jugando a la Nintendo, mientras que una madre podría decir que su bebé duerma varias horas seguidas…
Una pregunta sin una respuesta correcta, pero tampoco incorrecta.
Una pregunta abstracta que Diana no quería ni plantearse.
Quedó suspendida en el aire, cargada de miedos, de inseguridades. Hugo nunca la había visto tan vulnerable como en ese momento. Acababa de romper el mundo de Diana de la forma más simple, con una pregunta que cualquiera que la conociera podría haberle hecho.
El problema era que llevaba años construyendo un muro a su alrededor.
Un escudo hecho de apariencias, éxito profesional, relaciones superficiales y un estilo de vida perfectamente calculado para que todos pensaran que tenía la vida perfecta.
Cualquiera que la viera desde fuera pensaría que tenía todo lo que alguien podía desear.
Eso cambiaba si escuchaban sus sesiones con Hugo.
En ese caso, la historia era completamente diferente.
Ese muro se había ido resquebrajando poco a poco en cada sesión que habían tenido hasta el momento.
Y ahora, con la simple revelación de que no era feliz, estaba comenzando a derrumbarse por completo.
No llevaba el estilo de vida que quería, ni era libre porque ocultaba a su familia una parte importante de su vida.
Tenía miedo de contarles la verdad porque lo cierto era que, a veces, ni ella misma se aceptaba.
Seguía luchando contra sus sentimientos y contra las normas de lo establecido en la sociedad sobre lo que es correcto o no para algunas personas.
Hugo se apoyó en el reposabrazos de su butaca y observó a Diana sin pestañear.
Aquel era un momento crucial, un punto de inflexión en su terapia.
Lo había estado esperando desde hacía semanas, observando los patrones, las dudas y las contradicciones en su discurso.
Ahora, por fin, podía poner en palabras lo que llevaba tiempo analizando.
—Entonces, intentamos cambiar lo que no nos hace felices y construimos una vida que se ajuste a lo que realmente queremos —respondió con calma, asegurándose de que cada palabra calara en Diana—.
Creo que el hecho de que no te hayas sincerado con tu familia no es solo por miedo a su reacción.
Viene de algo más profundo… Creo que hay una parte de ti que sigue rechazándose a sí misma.
Diana no reaccionó de inmediato, al menos que ella notara porque su expresión sí cambió levemente. Hugo percibió la tensión en sus hombros, el leve movimiento de su mandíbula al apretar los dientes y supo que no iba desencaminado, así que se atrevió a continuar.
—Has aceptado quién eres, pero con cierta resignación.
En algunos momentos, incluso te culpas a ti misma, como si te estuvieras complicando la vida solo por tus sentimientos —adivinó de una manera bastante acertada—.
Y eso se ha reflejado en otros aspectos de tu vida.
Te conformas con un trabajo que te da estabilidad, pero que no te llena, porque ya tienes demasiadas complicaciones en otras áreas.
Y lo mismo ocurre con tus relaciones. Mantienes todo en un nivel superficial, sin dar el siguiente paso.
Porque hacerlo significaría enfrentarte a algo que evitaste incluso con Álex después de tantos años: hablar con tu familia de la persona que te hacía feliz.
Diana bajó la cabeza y se mordió el labio, tratando de contener una sonrisa amarga. No era una expresión de felicidad, sino de resignación, de impotencia e incluso de nervios.
—Me estás diciendo que se lo tengo que contar a mis padres… —susurró, sin levantar la vista.
—No —corrigió, con seriedad—. Te estoy diciendo que, antes de cualquier otra cosa, necesitas aceptarte por completo.
Y cuando estés preparada, cuando sientas que es el momento, entonces podrás hablar con ellos y liberarte en todos los aspectos de tu vida.
No antes. No hasta que estés realmente lista.
Diana asintió lentamente, como si procesara sus palabras a un ritmo distinto al habitual. Se frotó las manos, nerviosa.
—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó con un hilo de voz.
Hugo le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Seguiremos con las sesiones, hablaremos de cómo te sientes, trabajaremos en ejercicios para que te conozcas mejor. Iremos descubriendo juntos lo que necesitas para sentirte en paz contigo misma. Yo solo quiero ayudarte, Diana.
Se quedó en silencio por un momento. Luego, respiró hondo y asintió.
—Entendido.
Su tono era serio, casi formal. Parecía realmente dispuesta a hacer lo necesario para recuperar el control de su vida. Probablemente no era tan consciente como el psicólogo del largo camino que aún les quedaba por delante.
—Faltan diez minutos para que termine la sesión —dijo Diana tras consultar el reloj de la pared—, pero agradecería que lo dejáramos por hoy.
Hugo asintió sin hacer preguntas. Había sido una sesión reveladora y entendía que Diana necesitara espacio para digerir todo lo que habían hablado. Presionarla más en ese momento no serviría de nada.
Como siempre, la acompañó hasta la puerta.
Sin embargo, a diferencia de otras veces, no le dio una cita para la próxima sesión.
En su lugar, le dijo que se tomara unos días para reflexionar y que le llamara cuando sintiera que estaba lista para continuar.
Cuando salió de su apartamento, Hugo se quedó un momento en el umbral, observándola mientras se alejaba por el pasillo.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando la escuchó llamarlo:
—Hugo.
Abrió de nuevo y la encontró de pie en mitad del rellano. Sus ojos reflejaban una mezcla de emociones que no era capaz de descifrar del todo y que estaban a punto de desbordarla por completo cuando saliera de ese edificio.
—Gracias.
Sonrió, genuinamente conmovido. No había nada que le hiciera más feliz que saber que estaba ayudando a alguien a encontrar su camino.