Paciente D.A.
—Buenas tardes.
Hugo abrió la puerta de su apartamento con una sonrisa relajada y recibió a Diana con un cálido abrazo que ya se había convertido en el saludo habitual entre ellos.
—Hola, Hugo. ¿Qué tal? —saludó ella sin soltarle.
—Mucho mejor ahora que por fin te dignas a volver —bromeó, aliviado de verla de nuevo después de varios intentos fallidos de retomar las sesiones.
Diana esbozó una sonrisa tímida mientras se encogía de hombros.
—Ya… Siento haber cancelado las últimas sesiones.
Estaba sobrepasada después de todo lo que hablamos.
Revivir lo que pasé con Álex se me hace muy difícil.
—Sus palabras sonaban sinceras mientras caminaban por el pasillo hacia el despacho—.
Es como darme cuenta de todos los errores que cometí, de todas las señales que ignoré…
No sé, siento que cuanto más lo hablo, más me duele.
—Sé que es complicado, Diana. A estas alturas deberías saber que evitar las sesiones no va a hacer que lo asimiles mejor —le recordó con bastante tacto ya que no quería que se volviera a marchar—. Te prometo que todo esto es por tu bien. Poco a poco lo irás entendiendo a tu ritmo.
Dejó su abrigo y el bolso en una de las sillas que estaban junto a la gran mesa del despacho, al lado de la ventana.
Luego, sin pensarlo demasiado, se encaminó directamente al sofá y se acomodó en su rincón favorito.
Se dejó caer sobre el reposabrazos, cruzando las piernas con una comodidad que solo alguien que ya se sentía en casa podía permitirse.
—Ponte cómoda, por favor —rio Hugo al verla tan a gusto.
—Oye, si tengo que venir aquí a soportar que me hagas llorar con mis movidas del pasado, al menos déjame poner los pies en tu sofá, ¿no?
El tono bromista era evidente y eso siempre relajaba el ambiente antes de empezar. Al decidir ir a terapia, había deducido que iba a tener que hablar mucho de Álex y lo que habían pasado juntas. Lo que no había previsto era cuánto le iba a costar enfrentarse a todos los recuerdos.
—Me parece justo —respondió Hugo con una media sonrisa—. ¿Empezamos?
—Estoy lista. Pregunta lo que quieras.
—Te veo hoy enchufadísima con este tema. —Estaba sorprendido por el cambio de actitud de Diana desde el último día que la había visto en ese mismo lugar—. Si no me equivoco, lo dejamos justo cuando Álex y tú decidís que vais a intentarlo.
—Sí —suspiró Diana.
—Pues adelante —la invitó, dándole espacio para que tomara la iniciativa.
—¿Por dónde quieres que empiece?
—Cuéntame todo. Cómo fue el inicio, cómo avanzó la relación, cómo te sentías… y, sobre todo, lo que pasaba por tu cabeza cuando pensabas en tu familia y en su reacción —dijo dándole libertad absoluta—. Tú eliges por dónde empezar.
Lo meditó unos segundos mientras Hugo la observaba con la paciencia infinita que le caracterizaba.
Llevaba puesto un vaquero suelto en un tono celeste, con un suéter blanco y marrón que combinaba perfectamente con sus deportivas.
Incluso su abrigo y su bolso parecían combinar en la misma paleta de colores.
No era casualidad. Hugo ya había notado lo mucho que Diana cuidaba su imagen, lo meticulosa que era con cada detalle.
Hizo una pequeña anotación mental. Sabiendo cómo había crecido y la importancia que su familia daba a las apariencias, tenía sentido que ese hábito estuviera arraigado en ella.
Finalmente, Diana exhaló un suspiro y comenzó a hablar.
—Como te conté la última vez, Álex y yo decidimos ir viendo qué pasaba entre nosotras, sin presiones ni prisas. Dicho así suena fácil, ¿verdad? —Esperó a que él asintiera antes de continuar—. Pues no lo fue en absoluto.
—¿Cómo fueron esos primeros meses? —preguntó para darle un punto de partida y que se sintiera más cómoda.
Diana se mordió el labio en un intento de contener la sonrisa boba que había brotado en su cara con el recuerdo de aquellos primeros días de ilusión que se suele tener cuando se empieza una relación. Cerró los ojos por un momento y se dejó llevar por los recuerdos.
—Creo que fueron los días más bonitos de mi vida, Hugo.
—Su voz sonaba nostálgica mientras se acomodaba mejor en el sofá, descansando la cabeza en el respaldo—.
Había algo mágico en la forma en la que Álex y yo nos entendíamos.
Con solo mirarnos, sabíamos lo que la otra pensaba.
El simple roce de su mano me hacía temblar por dentro.
Dormir a su lado era como estar en el lugar más seguro del mundo.
Y… —Se detuvo por un segundo, con un leve rubor en las mejillas—.
El sexo era el mejor que había experimentado en toda mi vida.
—Todo suena bastante idílico.
—Lo era —confirmó Diana, dejando que la sensación de aquellos días le recorriera la piel—. Nos reíamos todo el tiempo, hacíamos planes como si el mundo fuera nuestro, nos escapábamos de clase para ir a cualquier sitio… Fue como vivir en una burbuja perfecta donde nada malo podía tocarnos.
—Es bueno que reconozcas lo especial que fue —afirmó Hugo—. Ahora dime, ¿cuándo empezaste a sentir miedo? ¿Cuándo comenzaste a dudar de lo que tenías con Álex? Necesitamos ver cuándo entrabas en pánico y por qué empezaste a sentir rechazo de ti misma antes de dejarlo definitivamente con ella.
—Al principio nada cambió realmente. —Diana bajó la mirada algo triste ante lo que venía—.
Nuestra relación ya era tan cercana antes de empezar a salir que lo único diferente era la intimidad de pareja…
y ni siquiera era extraño para nosotras.
Los primeros meses fueron de película. Apenas nos separábamos, no pasábamos un día sin vernos y, para ser sincera, Hugo, yo era feliz. De verdad.
—Es bonito escucharte decir eso, no todo el mundo puede decir lo mismo de una relación pasada.
A Hugo se le estaba rompiendo el corazón en ese momento y aún no sabía la mayor parte de la historia.
—No sé cuántos meses estuvimos así, en nuestra burbuja de un apartamento de una habitación en la que nos sobraban metros porque no queríamos salir de la cama. Para mí era todo ideal cuando estábamos juntas…
No quería interrumpirla más de lo necesario aunque no perdía ojo de lo que sus movimientos reflejaban al hablar. Diana se abrazó a sí misma, como si intentara protegerse de lo que venía a continuación.
—Pero… —la animó a continuar.
—Pero cuando estábamos separadas, cuando yo pasaba tiempo con mi familia… Todo cambiaba.
—¿Qué pasaba en esos momentos?
—Que tenía demasiado tiempo para pensar —su mirada se perdió en el techo blanco.
Esa respuesta no necesitaba muchas más explicaciones.
Entendió al instante lo que significaba y lo anotó en su libreta.
Quería abordar más adelante el tema de la ansiedad que le provocaba sobrepensar las cosas, averiguar si estos episodios eran algo puntual o si se trataba de una constante en su vida.
—Cuando estaba con ella, todo era sencillo —continuó, con la voz un poco más grave, conteniendo las emociones que había reprimidio durante años—.
Me sentía libre, feliz, como si nada más importara.
Pero cuando no estaba a mi lado, cuando estaba en casa, cuando veía a mi madre hablar de lo que era «normal» en una familia, cuando escuchaba los comentarios sobre cómo debería ser mi futuro…
era como si todo lo que tenía con Álex se desmoronara en mi cabeza.
Me decía a mí misma que no podía ser, que lo que sentía no era real, que estaba confundida y era algo pasajero.
Observó cómo Diana empezaba a sentirse incómoda con la dirección que estaba tomando la sesión. Se limitó a esperarla, a darle espacio y tiempo para que se tranquilizara antes de seguir. Las respuestas más importantes a veces tardaban en llegar y él tenía todo el tiempo del mundo para ella.
—¿En qué pensabas exactamente cuando estabas separada de Álex? —volvió a preguntar para guiarla un poco en su historia.
Diana le miró a los ojos y Hugo notó su arrepentimiento, el agujero de miedo y traumas que albergaban esos iris verdes que necesitaban, de una vez por todas, sanar.
—Pensaba en todo lo que nos pasaba. —Se quedó callada una vez más, atormentándose por todo lo que dejó que su mente pensara en aquel momento sin fundamento real más que el de la forma en la que la habían criado—.
Intentaba ponerle un nombre, buscar la salida fácil…
Era imposible. Cuando estaba con mi familia, era como vivir en un universo paralelo.
Todo eran preguntas sobre mis estudios, sobre si tenía novio…
y eso me hacía pensar demasiado. Sabía lo que opinaban mis padres sobre este tipo de relaciones.
¿Cómo iba a decirles que quizás me estaba enamorando de una chica?
La familia, como para muchas personas que habían pasado por esa misma consulta, era un punto de quiebre para Diana.
—Explícame tus miedos. ¿Cómo pensabas que podrían reaccionar?
—Como locos —dijo en un susurro ahogado antes de tragar saliva para poder continuar—. No sé cuántas veces he recreado en mi cabeza el momento de contárselo, Hugo. Da igual cómo lo haga, da igual qué palabras escoja. En todas las versiones posibles… me odian.
Su voz se rompió por completo en la última palabra, ya no podía aguantar más esa sensación extraña y cómo la garganta se le iba cerrando. Se había encogido ligeramente sobre sí misma, como si quisiera desaparecer solo por la mera idea de pensar en la reacción de su familia.
—¿No crees que, con el tiempo, podrían aceptarlo?
No le gustaba la idea de que alguien fuera rechazado por su propia familia solo por su identidad, y mucho menos cuando se trataba de alguien cercano a él.
Diana desvió la mirada, incapaz de sostener el contacto visual con Hugo.