Lo que dejé en Madrid Capítulo 08 #2
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Capítulo 08 #2

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta, buscando de nuevo en mí una respuesta que no sé darle.

—Nada, Diana —respondo con sinceridad—. No hay nada más que podamos hacer. Quizás toca asumir que Hugo…

¿Cómo voy a asumir algo que no soy capaz ni de decir en voz alta?

Tampoco ella lo hace en ese momento. En su lugar, se tira en el sofá y entierra el rostro entre sus manos, abatida.

Está en la mierda más absoluta con todo lo que ha pasado con Hugo y quizás tenga que dejar a un lado todo lo que siento por ella para entender que también necesita un poco de apoyo por haber perdido a un amigo.

—Álex. —Ese tonito de pena no, por favor te lo pido, Diana, que quiero seguir siendo una cabrona contigo y no me lo estás poniendo nada fácil—.

Te daría la razón con que no hay nada más que podamos hacer si no fuera porque las dos sentimos que hay algo raro.

¿Qué posibilidad hay de que eso sea casualidad?

Tú también has visto que no tiene sentido y que…

—Diana.

La mera mención seca de su nombre la frena inmediatamente.

Seguir así no nos va a hacer ningún bien a las dos.

Ya lo ha dicho Marcos y tiene razón. Se acabó esta tontería, tenemos que intentar aceptar lo que ha pasado como sea y centrarnos en seguir viviendo y, por mucho que me duela, voy a ser yo la que se lo haga entender.

—Yo ya no sé ni qué pensar, siendo sincera —suspiro con pesar—.

Solo puedo decirte que en ese ordenador no hay nada y que lo mejor para nosotras será alejarnos un poco de este piso y coger perspectiva.

Esta obsesión no va a ser sana para ninguna de las dos.

—Me voy a estar arrepintiendo todo el día de lo que voy a hacer a continuación, pero no puedo evitarlo porque considero que es lo correcto—.

Mira, esta noche vamos a quedar todos en un bar para tomar unas cervezas.

Estoy segura de que nos ayudará a despejarnos, ¿quieres venir?

—¿Me estás invitando? ¿Tú?

Se le ha llenado la boca de regocijo con esa pregunta y la sonrisita no está ayudando tampoco a que no quiera retirar la pregunta.

Está encantada con el hecho de que yo, persona que no quiere verla ni en pintura, la invite a esta quedada.

Y no la culpo por ello, tiene derecho a sentirse así porque lleva remando desde que nos cruzamos por llevarse bien conmigo.

—Vamos todos —aclaro para restarle importancia—. Y lo hago por tu bien. Seguro que todos se alegran de verte y no pensar en esta mierda nos ayudará.

Espero que este argumento de mierda cubra mi impulsividad de haberla invitado con tal de ayudarla a que esté un rato desconectada de toda esta realidad.

Es un error que sigamos pasando tiempo juntas.

Yo lo sé y el apuntador también lo sabe.

Sigo siendo humana, como Chenoa, y no puedo ignorar a una persona que parece tan triste por mi mejor amigo.

Por mucho que me quiera mantener fría, no va conmigo lo de negarle la ayuda a nadie que la necesite, nunca lo he hecho.

Si puedo conseguir que alguien se sienta mejor con cualquier tontería, lo voy, al menos, a intentar.

—Vale —acepta Diana sin dudar demasiado—. ¿Dónde hemos quedado?

Le doy las explicaciones necesarias del lugar y hora antes de marcharme de vuelta a mi hotel.

No tengo nada más que hacer aquí ahora mismo y así me puedo dar una ducha relajante que calme los nervios que ya empiezan a invadirme por la mera idea de estar con ella en un entorno que no tenga nada que ver con Hugo o con lo ocurrido.

¿Cómo puede seguir provocando esta inquietud en mi interior después de cinco años?

¿Cómo es capaz de mirarme a los ojos aún de la forma en la que lo hace aunque yo retire la mirada todas y cada una de las veces?

Esas son solo algunas de las preguntas que van y vienen en un constante mientras doy vueltas a mi maleta para decidir el outfit de esta noche.

No es que haya traído mucha ropa, así que me decanto por una blusa blanca sedosa que cae perfecta sobre mi cuerpo, especialmente dando forma al escote, y unos pantalones de cuero negro.

Básico, pero efectivo. Una última mirada al espejo para asegurarme de que no hay un solo pelo fuera de mi melena y que el perfilador de labios ha quedado perfecto antes de poner rumbo al bar del centro en el que hemos quedado.

Amanda se ha ofrecido a recogerme en el hotel porque pasaba andando por aquí.

Así que aprovecho para ponerme un poco al día con ella.

Llevábamos unas semanas sin hablar, la verdad, porque he estado muy ocupada y está bien saber qué ha ido pasando y aprovechar ese momento a solas.

No me extraña que seamos las primeras en llegar porque nuestros amigos no han sido nunca especialmente puntuales.

Menos mal que he hecho un poco de investigación de campo antes de salir del hotel y he venido mentalizada de que este era uno de los locales de moda de Chueca.

Lo que sí que me sorprende es que mis amigos deben ser clientes habituales porque el camarero les conoce y sabe perfectamente lo que van a pedir en esta primera ronda.

Marcos, otro tardón de la vida, llega justo cuando esa primera ronda se termina.

No fue el único porque Irene llega minutos después con su nueva pareja.

¿Me sorprende que le traiga? Pues no, porque Irene tiene un talento para enamorarse y desenamorarse con la misma facilidad con la que cambia su look de pelo.

Así que hace una ronda para presentarnos a Nacho, que yo creo que le va a durar tres semanas como mucho por los comentarios sarcásticos que ha hecho sobre la familia de Irene.

Nada, chicos, este tampoco va a ser el definitivo.

Eso sí, dejaremos que ella lo piense un poco más porque nunca le ha gustado que le digamos ese tipo de cosas.

Y, como siempre, haciendo su gran entrada triunfal cuando ya estamos todos, llega Diana.

Mi vista va directa hacia ella y no la puedo apartar en todo su camino hasta la mesa en la que estamos sentados.

El cabello rubio, hoy en ondas, cae perfecto sobre sus hombros y contrasta con el vestido rojo estampado que lleva.

Está guapa, muy guapa, y la chaqueta de cuero negra le da un toque más casual y rebelde que le sienta de maravilla.

Una cosa es seguir convencida de que odiarla es lo mejor que puedo hacer, y otra ignorar que tengo ojos en la cara.

No hay manera de que su caminar lento y el vaivén de su cadera marcada no me hipnoticen.

El codazo de Marcos, directo a mis costillas, hace que aparte los ojos de ella y le mire sin entender a qué ha venido esa agresividad.

En cuanto veo la mueca que hace con la boca sé que quiere saber qué hace Diana aquí.

Me encojo de hombros, un simple gesto que le revela que he sido yo la artífice de su invitación y que arranca una sonrisa en mi amigo.

No sonrías así, Marcos, porque no hay nada más que una persona siendo simpática con otra que lo está pasando mal.

Ya está.

Porque solo ha sido eso, ¿no?

En ese instante, Diana alcanza la mesa y empieza a saludar uno a uno a mis amigos hasta llegar hasta mí.

Un día más que me hago una encerrona yo solita porque, tras ver cómo le daba dos besos a cada uno, no voy a ser yo ahora la que se quite y la ignore después de invitarla aquí.

Se para frente a mí, respetando mis límites, hasta que soy yo la que se inclina lo justo para darle permiso y ella hace lo mismo.

Nuestras mejillas se rozan lo mínimo posible y aun así el corazón se salta un latido.

¿Cuánto hace que no sentía esa sensación? ¿Cinco años?

Menos mal que dura un milisegundo y, para mi tranquilidad mental, Diana se aleja de mí un poco, colocándose casi en el otro extremo de la mesa.

Pedimos un par de rondas más de bebidas e intuyo ya, con la poca comida que han pedido para picar, que el alcohol va a subir a más de uno más de lo que debería.

Es la primera vez, desde que puse un pie en Madrid, que me siento bien.

Este rato es un respiro más que necesario para mí.

Un momento de pausa, donde a veces se menciona a Hugo sin hablar el trágico suceso, para disfrutar de todos mis amigos juntos.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que estuvimos todos así.

Aquí no hay penas, no hay teorías de la conspiración, ni preguntas sin respuesta.

Solo existe la buena música, las cervezas y las risas que no paran de un lado a otro de la mesa.

En ese remanso de paz sigo hasta que Amanda, con ganas de ir al baño, se levanta de mi lado y deja un hueco perfecto que es ocupado por Diana en un rápido movimiento antes de que lo haga otra persona.

—Hola, hola —saluda con una sonrisa.

—Caracola.

Mi respuesta la hace reír y me jode, porque sigue teniendo una risa bonita. Aunque vaya reflexión de mierda ahora que lo pienso. ¿A quién le cambia la risa? ¿Se iba a convertir en Maléfica a la hora de reír solo porque yo me convencí de que era igual de malvada que ella?

—Cuánto tiempo, ¿no? —bromeo para intentar romper el hielo.

—Demasiado para mi gusto. —Diana apoya los codos sobre la mesa y gira completamente su cuerpo hacia mí. Vaya, buen escote lleva—. Me alegra verte fuera de ese piso. Esta luz te sienta mucho mejor.

¿Está tonteando conmigo? ¿Piensa que por haberla invitado ya puede cruzar esas líneas? Yo no sé ni cómo tenerla cerca y ella se tira así al barro. ¿Cuándo se convirtió en la que llevaba la delantera de las dos?

—No menciones ese apartamento, por favor, que me da un mal rollo —exagero el escalofrío que siento para que ella lo note y vuelva a reírse.

Mi intención de ignorar su cumplido para desviar el tema me sale mal porque esa sonrisa hace que le mire la boca más tiempo del necesario en estos momentos.

Menudos labios carnosos que ha tenido siempre.

Oye, por favor Álex, deja de pensar estas cosas, que te bebes tres cervezas y te descontrolas de mala manera.

—Te recuerdo que ese apartamento ahora es nuestro .

—¿Y ese tonito tan marcado que ha usado en esa palabra?

¿Me quieres decir algo? Porque no necesito que me recuerdes que ahora tengo algo que me ata a ti, quiera o no—.

Aunque claro, tampoco tenemos por qué volver mucho a él después del fiasco de hoy.

—Así que por fin te rindes —digo elevando una ceja sorprendida por el cambio de actitud.

—No quiero rendirme —suspira algo apenada mientras juega con el botellín de cerveza entre sus manos—. Pero tampoco sé qué más hacer. Pensaba que ese ordenador nos daría una pista o algo y ahora me siento completamente estancada.

Entiendo la sensación de impotencia que está sintiendo, porque yo he pasado por ella también con todo este asunto. Una vez más, Álex al rescate, aunque sea de Diana, para intentar que se sienta algo mejor y deje de atormentarse.

—Yo tengo la solución perfecta para eso —propongo con una sonrisa

—¿Cuál? —pregunta sin entender nada.

—Vamos a beber y bailar con nuestros amigos porque nos lo merecemos.

Simple y efectivo. Seguir usando esta noche como cortina de humo de lo que sentimos, tanto por Hugo como por nuestro encuentro.

Entrecierra los ojos y me mira sospechando que hay algo más en esa propuesta.

No la culpo por dudar, nunca he sido una persona que se suelte así como así, al menos en todo lo que implique cabeza, porque cuando se trataba de ella…

Ahí iba cuesta abajo y sin frenos con tal de tenerla cerca.

Desafiando mis propias normas y principios con tal de que Diana fuera feliz a mi lado.

—¿Quién eres y qué has hecho con Álex? —bromea dándome un ligero y cariñoso empujón en el hombro.

Vamos a reducir los contactos físicos tú y yo porque no me vienen bien ni aunque sean de broma, Diana.

—No me vaciles —le advierto intentando mantener una seriedad que no tengo en esos momentos.

Me levanto para marcharme a otra zona del bar donde nuestros amigos aprovechan para bailar hasta que me frena su mano en mi muñeca.

¿Qué había dicho yo del contacto físico, Diana?

No me toques, porfa, no. Porque solo me están viniendo recuerdos de la de veces que frenaste mis huidas en medio de un enfado solo para terminar horas sin salir de la cama.

—Es que es raro verte así intentando disfrutar y todo eso después de…

¿Después de que se muera nuestro amigo? ¿Después de casi mandarte a la mierda? ¿Después de cinco años sin hablarnos? Sea como sea, no quiero hablar más de la cuenta del tema.

—No me psicoanalices, por favor, que para eso ya tenía a Hugo —corto con algo de gracia para que no se lo tome mal—. Ahora vamos a olvidar todo y disfrutar de la noche.

Nada, que no suelta mi muñeca y me jode notar la suavidad de su piel sobre la mía.

—Acepto la propuesta con una condición.

Se levanta para quedar a mi altura y mirarme mejor. Mala idea, que alguien nos interrumpa, por favor, porque sigue sin soltarme y ya no hay necesidad de mantener este contacto.

—¿Qué? —pregunto.

Maldita boca que va a su puta bola y tiene más ganas que mi cabeza de seguirle el juego.

—Déjame invitarte a una ronda —ofrece.

Sutil e inocente en apariencia. No pasa nada por que acepte una cerveza, ¿no? Una ronda gratis para mí, nada más.

—Claro.

Y me siento… cómoda con la propuesta.

No sé si es porque el alcohol está haciendo que me inhiba un poco de mis sentimientos, o más bien de mis propias barreras, pero me siento bien.

Una burbuja de normalidad en la que no han pasado cinco años.

Una conversación tonta ha conseguido hacer que se me olviden los años que hemos pasado sin hablar y el peso de lo que en realidad nos separa.

Compartimos una mirada fugaz de camino a la barra, de esas que traen recuerdos que preferirías mantener enterrados pero que inevitablemente te hacen sonreír.