Lo que dejé en Madrid Capítulo 08
24%

Capítulo 08

Miradas fugaces

Ni la tarde con Marcos, ni saber que ahora tengo la contraseña del ordenador de Hugo ha logrado tranquilizar mi cabeza lo suficiente como para dormir un poco mejor que días anteriores.

Nada. No hay manera de calmar a mi mente, que me sigue torturando con pesadillas que hacen que me despierte sin aliento en mitad de la noche.

Si Hugo estuviera vivo sería él quien me estaría dando consejos sobre cómo superar la pérdida de un ser querido.

No es una tarea fácil, ni siquiera para la persona más fría de este mundo, así que tampoco lo va a ser para mí, que apenas consigo gestionar mi ansiedad en estos momentos.

Quizás por eso me sigo aferrando a él de alguna manera.

A pensar que ha dejado algunas pistas o señales de que su muerte no es lo que todo el mundo piensa y que hay cabos sueltos que resolver.

Aunque parezca loco, es algo mucho más atractivo y fácil que pensar que no vas a volver a ver nunca más a tu mejor amigo.

¿Es una forma de escapar de la realidad? Quizás. Se me da bien hacer eso, la verdad.

Desde la cama de la habitación de invitados de la casa de mi hermano repaso todo lo que he vivido hasta este momento.

Todo lo que Diana y yo hemos visto extraño y las incongruencias de esta historia.

Es, por cierto, el último día que voy a despertarme aquí porque me voy definitivamente a un hotel.

He adelantado la decisión un par de días para poder quedarme a dormir ahí después de la salida de hoy con mis amigos.

Mario se murió de pena cuando le conté que me iba al hotel y, en consecuencia, yo me tuve que tragar las lágrimas para que no se preocupara más de la cuenta.

Al menos se salió con la suya y consiguió que le dejaran faltar al colegio para estar toda la mañana bien pegadito a mí.

Yo también he tenido que suplicarle un poquito a mi hermano para que le dejaran quedarse.

El chiquillo no da un ruido, saca buenas notas y se porta bien.

Un premio no le va a hacer daño, ¿no? Aunque creo que el premio de pasar esta mañana solos ha sido para los dos.

Hemos corrido por el jardín jugando a la pelota mientras nos perseguía Roco, hemos hecho un Lego y no hemos parado de reír.

Y una mañana tan simple como esta no la compensan ni todos los musicales y vida cool de Nueva York.

Lo que Mario transmite es un amor incondicional.

Una pequeña personita a la que le importa poco lo que he hecho en el pasado o que no haya estado en su vida tanto como a él le gustaría en los últimos años.

Un remanso de paz antes de tener que ver a Diana.

Tuve que usar el número que me dejó en su tarjeta de visita para escribirle que ya tenía la contraseña y podíamos vernos.

Al agregarla a mi lista de contactos, con su nombre y un emoji de peligro a su lado, pude ver la foto de perfil que tiene puesta en la aplicación de mensajería.

Gran error por mi parte pulsarla para verla en grande porque, en el momento en el que la imagen ocupa toda mi pantalla, siento que el tiempo se ha detenido y he vuelto al pasado.

Está apoyada contra una pared de piedra clara mientras su melena cae suelta, un poco despeinada por el viento, sin perder el aura de perfección que desprende.

Lleva una chaqueta color óxido caída sobre un hombro, dejando ver una tiranta de color beige sobre su hombro desnudo, y de algún modo ese detalle tan simple me resulta hipnótico.

No sé si es por su expresión, entre serena y ausente, o por la forma en la que la luz acaricia su piel, pero soy incapaz de apartar la mirada de ella durante más tiempo del que me gustaría.

La magia de Diana siempre fue su capacidad de embaucar sin hacer nada y aquí estoy yo sintiéndome otra vez así y odiándome por ello.

Ya que he abierto la veda de cotilleo, me permito solo este ratito entrar también en la página web que había en la tarjeta.

No tardo en averiguar que ha montado un estudio de diseño o agencia, por llamarlo de alguna manera.

Cero sorpresas. Diana nunca fue el tipo de personas a la que le gustaba que le mandasen, así que tener su propia empresa tiene más sentido que trabajar para otros.

Solo me hace falta ver algunos de sus trabajos para notar que sigue siendo igual de ordenada y metódica que siempre.

No hay ni una sola línea fuera de sitio.

Todo combina, todo está alineado. Todo perfecto.

Esta información se queda en la habitación del hotel en la que ya he hecho el check-in y me dirijo de nuevo al apartamento de Hugo, usando el paseo andando para volver a ponerme la coraza de «no me importa ni una pizca tu vida, ni tú» antes de verla.

Lo último que necesito es que crea que hay cualquier mínimo interés de mi parte en ella.

No, no me puedo permitir que se dé cuenta de que la veo más guapa, o de que pienso que el pelo así le favorece tanto.

Y como no me lo puedo permitir, voy a aprovechar la baza que me está dando el hecho de que ya llegue cinco minutos tarde de la hora a la que hemos quedado.

No me molesto ni en mirarla cuando llega al portal.

El único motivo por el que la he esperado aquí y no estoy ya arriba es porque no me apetece nada poner un pie en ese apartamento sola.

No estoy preparada. Yo paso frío hasta que aparezca y me jodo.

Si es que ya sabía yo que no había cambiado tanto y que sigue siendo un desastre que llega tarde todo el tiempo.

Lo peor de todo es que ella piensa que la cosa está mejor entre nosotras y el saludo es algo incómodo en consecuencia.

Hay un leve acercamiento en el que parece que va a darme dos besos.

Ante mi amago de alejarme casi hay un abrazo, que termina cortado por un «hola» bastante seco que sale de mi boca, obviando el contacto físico.

Me jode que justifique su tardanza porque «tenía una reunión con un cliente que se ha alargado» y ya no puedo culpar a su irresponsabilidad por ello.

Aprovecho el camino hasta el apartamento para contarle el tema de la contraseña, sabiendo que en cuanto lo sepa va a empezar una ristra de preguntas que yo también he pensado en estas horas.

—¿Chris Benson? —pregunta Diana, sorprendida al escuchar la contraseña que Marcos nos ha conseguido.

—Ajá —respondo tranquila—. Marcos la consiguió en apenas cinco o diez minutos.

—Siempre ha sido un genio con la tecnología —dice con una sonrisa orgullosa—. Sabía que nos iba a ayudar.

—No creas que fue fácil convencerle. —Que tenga claro que he tenido que hacer una parte del trabajo de convencerle para que nos ayude y no ha sido un camino de rosas.

—¿Y eso?

—Porque piensa que toda esta historia es una locura y que…

Para el carro, Álex. No es una buena idea decirle que piensa que todo esto es para pasar tiempo juntas. No voy a darle ese argumento y que tenga la oportunidad de preguntarme algo sobre qué estamos haciendo las dos pasando tiempo juntas. No, no. Nos limitamos a este tema y ya.

—¿Y…?

Podría haberlo dejado pasar. Maldita cotilla.

—Nada, da igual. —Desvío la mirada y coloca el ordenador sobre la mesa—. Simplemente no quiere que le pidamos más favores relacionados con Hugo.

Técnicamente no miento. Solo voy a omitir parte de por qué no nos ayuda.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunto para cambiar de tema.

—Ahora revisamos el ordenador juntas a ver si encontramos algo —responde como si fuera obvio.

Le paso el portátil porque parece tener un poco más de temple para estas cosas.

Eso y que a mí no me apetece nada ser la que se pueda encontrar una nota de despedida o algo por el estilo.

Así que la dejo que se mueva por las diferentes carpetas, chequeando el posible material.

Está especialmente tranquila mientras lo hace, lo que tampoco me sorprende porque siempre supo controlar los nervios mucho mejor de lo que yo lo hacía.

—Está vacío, no lo entiendo —dice frunciendo el ceño al cabo de unos minutos.

—¿Cómo qué vacío? ¿No hay nada interesante? —pregunto inclinándome más de la cuenta para mirar la pantalla.

—No es que no haya nada interesante, Álex. Es que no hay nada en absoluto —explica Diana volviendo a abrir las carpetas para que yo pueda ver que no hay documentos en ellas—. Vacío. Ni un archivo relevante. Todo parece estar como si el ordenador nunca hubiera sido usado.

Fuck me. Dos días perdidos pensando que este ordenador me iba a dar las respuestas que mi cabeza necesita cuando en realidad no ha servido de nada. Un callejón sin salida. ¿Y si Marcos tenía razón? ¿Y si estoy viendo fantasmas donde no los hay?

—Puede que nos hayamos obsesionado demasiado con esto, Diana —sugiero—. Tal vez hemos visto conexiones donde no las hay.

—No puede ser —se queja dejando el portátil a un lado, claramente frustrada—. Tiene que haber algo que no estamos viendo.

—Diana…

—No, no puede estar completamente vacío. No tiene sentido.

Se levanta de la silla para empezar a dar vueltas en círculo en el salón y me dedico a observar.

Conozco esa actitud, Diana no es de las que acepta el fracaso con facilidad, y mucho menos cuando cree tener la razón.

No va a parar hasta encontrar un resquicio por el que colarse y conseguir lo que ella quiere.

Así que la dejo dar vueltas sin sentido, sin interrumpirla y sin intentar razonar con ella.

Puedo escuchar desde aquí su cerebro engrasando los engranajes para encontrar una solución inexistente a todo esto.

—Pensaba que ese ordenador… ¿no?

Por primera vez se para y me mira. Está buscando que la respalde, que le diga que no se ha equivocado y que vamos a seguir con esto.

Ahora mismo se me está haciendo difícil decírtelo, Diana.

Y no es porque no me estén entrando ganas de animarte un poco con esa cara de perrito abandonado que estás adoptando, sino porque no sé de dónde más sacar algo que no hay.