Lo que dejé en Madrid Paciente R.P.
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Paciente R.P.

En las últimas sesiones, Hugo había decidido cambiar un poco el enfoque de su trabajo.

Después de escuchar su historia sobre la relación que había mantenido con una chica en la universidad, el psicólogo empezó a sospechar que detrás de su porte impecable y sus modales refinados se ocultaba una parte mucho más oscura.

No era algo que pudiera diagnosticar de inmediato.

Había decidido confiar en su intuición, junto con el análisis de cada reacción que había tenido, y creía estar ante alguien cuya psique debía ser explorada con mayor profundidad.

El cambio de estrategia era sencillo.

En lugar de seguir pidiéndole que narrara más episodios de su vida,recurrió a técnicas más estructuradas, pruebas diseñadas para analizar patrones de conducta y reacciones emocionales.

No solía ser fanático de esos métodos tan genéricos, aunque en este caso le parecían necesarios.

Había notado que se ponía especialmente irascible cuando no era el centro de atención en una historia o cuando sentía que su ego podía verse afectado.

Así que lo puso a prueba. Le pidió que asociara conceptos básicos con su infancia, con su familia o con sus relaciones.

Y, sin darse cuenta, el paciente empezó a decir mucho más de lo que pretendía.

Hugo era muy meticuloso con su trabajo. Trataba a cada paciente como si fuera el único en su lista.

Pasaba horas revisando sus grabaciones, analizando sus notas y buscando patrones que le ayudaran en la siguiente sesión.

Después de ocho sesiones y muchas horas de estudio, llegó a una conclusión: su paciente sufría un Trastorno Histriónico de la Personalidad.

No era un diagnóstico grave a primera vista.

Sí que era lo bastante serio como para condicionar su vida seriamente si no se abordaba bien y aprendía a gestionarlo.

Los tratamientos solían centrarse en corregir los comportamientos impulsivos, ayudar al paciente a ser consciente de su necesidad de validación constante y, sobre todo, en trabajar los problemas de autoestima subyacentes para compensar su fragilidad.

Sin embargo, Hugo no estaba convencido de que su paciente estuviera listo para escuchar tal diagnóstico.

Decirle de inmediato lo que le ocurría no solo sería poco efectivo, sino que también podría hacer que abandonara la terapia antes de obtener resultados.

Tenía que asegurarse de que se quedara el tiempo suficiente para ayudarle de verdad.

Tomó unas últimas notas justo antes de que el paciente llegara. Como siempre, lo saludó con un gesto de la cabeza y le indicó que se sentara en el sofá frente a su escritorio.

—Bienvenido de nuevo.

—Hola —respondió, escueto, como de costumbre.

—¿Cómo estás hoy?

—Bueno… bien, supongo.

La rapidez con la que respondió le sorprendió. Normalmente se tomaba unos segundos para medir cada palabra antes de responder incluso a las preguntas más simples. Algo no iba bien por la forma en la que se movía nervioso, ajustándose la camisa y evitando hacer contacto visual con él.

—¿«Supones»? —Hugo inclinó la cabeza ligeramente—. ¿Ha pasado algo?

—No… bueno, sí. No tiene nada que ver con la consulta.

De nuevo, notó cómo se removía incómodo sobre su sofá, cambiando de postura constantemente.

Dejó un poco de tiempo antes de preguntarle nada más, solo observando su comportamiento.

Llevaba tratándole suficientes semanas como para deducir que intentaba distraer su mente de lo que realmente le preocupaba.

—Todo lo que pasa en tu vida tiene que ver con esta consulta —le recordó con más dulzura de la habitual—. Si no, dime, ¿para qué estás aquí?

El paciente se quedó en silencio. Parecía debatirse entre hablar o no. Por suerte para el psicólogo, estaba lo suficientemente atormentado como para soltar un poco de lo que tenía en su cabeza.

—Intento… —Un atisbo de duda nuevo apareció en su rostro, revelando más sentimientos de los que pretendía—. Intento saber que lo que hago en mi vida es lo correcto. Que no pasa nada por ser como soy.

No había dicho algo parecido en las nueve sesiones que llevaban, lo que hizo a Hugo apoyar los codos en los reposabrazos de su sillón para prestarle aún más atención.

—Buscas validación. Que alguien te diga que lo que haces, que quien eres, está bien.

—Bueno… supongo que eso lo hace todo el mundo, ¿no? —respondió con una sonrisa forzada.

—Todos buscamos aprobación de alguna manera.

A todos nos gusta sentirnos aceptados y se nos hincha el pecho cuando vemos que gustamos.

Y está bien. Solo que no todo el mundo acude a terapia por eso —respondió con tacto al notar lo inseguro que había sonado su paciente con esa respuesta—. ¿Qué te trajo hasta aquí?

De nuevo una pausa.

Había ido directo al grano por primera vez y eso podía jugar en su contra.

Con él solía dar rodeos para guiar las conversaciones justo donde quería y hacerle hablar.

El paciente apartó la mirada. Sus manos se entrelazaron sobre sus rodillas y notó cierta mueca de frustración en su rostro.

Hugo pudo ver cómo negaba suavemente con la cabeza, luchando contra su propia mente sobre cuánto decir o no en esa consulta.

Cada minuto que pasaba, estaba más convencido de que su paciente ocultaba algo.

No solo era el trastorno de personalidad; había algo más profundo que estaba a punto de rozar con sus propios dedos.

Su historial de comportamientos agresivos, sus cambios de humor repentinos, la manera en la que hablaba de sus relaciones…

Había una alta probabilidad de que estuviera haciendo cosas que no fueran correctas e incluso peligrosas para otros.

—Nada concreto —respondió tras varios minutos, mintiendo descaradamente.

—Yo creo que sí hay algo.

Sus piernas comenzaron a moverse de forma nerviosa e incontrolable, rebotando contra el suelo de madera de la consulta. Para alguien que solía aparentar sosiego y tranquilidad, eso era mala señal.

—Mira, yo… yo solo quiero ser una buena persona —suspiró con un hilo de voz.

Ni él mismo parecía creerse que lo fuera.

—¿Consideras que actualmente no lo eres?

—Yo no he dicho eso —respondió levantando la cabeza de golpe para mirarle.

El tono de su voz era más grave de lo habitual, como si estuviera conteniendo un nudo en su garganta antes de explotar.

—Entonces, ¿piensas que venir a esta consulta confirma que eres una buena persona? —Hugo mantuvo la calma, escogiendo sus palabras con mucho cuidado para que no se le fuera el tema de las manos—. ¿O tienes dudas sobre ello?

La tensión en la habitación se disparó aún más si es que era posible cuando vio cómo el hombre apretaba los puños inconscientemente. Era una bomba de relojería, y cualquier palabra mal dicha podría hacer que se cerrara en banda.

—Yo no hago nada malo, ¿vale? —dijo molesto por las preguntas de Hugo—. Solo que hay gente que no me entiende y piensan…

—¿Qué piensan sobre ti? —preguntó, dejándose llevar por la intriga.

—Tonterías.

Con esa última palabra, volvió a esquivar su mirada.

Hugo supo que acababan de llegar a la raíz del asunto que tenían que tratar.

Ahora solo faltaba tirar del hilo correcto para obtener las respuestas que tanto necesitaba.

El problema era que sentía que cada vez que estaba a punto de obtener información crucial, su paciente se cerraba de nuevo, como si hubiera una barrera invisible que no le permitiera adentrarse más en su mente.

Era frustrante, pero también un desafío cada vez mayor.

—Si estás aquí, claramente no son tonterías para ti —dijo con un tono de voz muy calmado, buscando que su paciente se sintiera en un espacio seguro de nuevo—. Podemos hablar de ello, no hay nada de malo en contármelo.

El paciente se levantó del sofá de un bote.

No era la primera vez que lo hacía, pero Hugo se sorprendió porque nunca lo había hecho de una forma tan impulsiva.

Paseó por la consulta en silencio, hasta que se detuvo frente a una de las estanterías repletas de objetos y libros.

Examinó cuidadosamente todo lo que había en los estantes: libros, pequeñas esculturas, vinilos.

.. Sus dedos se deslizaron por las carátulas de los discos sin sacarlos e incluso movió de sitio un jarrón de cerámica.

Hugo contuvo las ganas de pedirle que volviera al sofá para no distraerle y perder la oportunidad de hacerle bajar la guardia.

—Curioso. Yo también fui a ese concierto —dijo el paciente, señalando una entrada pegada en un lateral de la estantería junto a una fotografía Polaroid.

—Yo no quería ir, mi mejor amiga me obligó —admitió Hugo con una leve sonrisa—. Lo cierto es que me lo pasé bastante bien aunque no me gustara el grupo.

—No te juzgo. Yo también fui obligado… por mi ligue de turno —reconoció mientras examinaba la foto con más detenimiento.

Su expresión cambió sutilmente cuando sus ojos se centraron en la imagen, concretamente en su amiga Álex.

—¿Y qué fue de ese ligue? —preguntó Hugo, retomando el control de la conversación.

—Lo dejamos poco después.

Buscó en su libreta la página donde había registrado comentarios sobre sus relaciones anteriores para encajar esta nueva información. Quizás ahora podría resolver alguna de las incógnitas que se amontonaban en sus relaciones.

—¿Qué pasó?

—Lo de siempre —contestó, exhalando un suspiro cansado de responder siempre lo mismo en ese tema—.

Yo lo di todo por ella. Le gustaban ciertas cosas, pues ahí estaba yo, apoyándola, adaptándome.

Siempre presente cuando me necesitaba, dándole todo lo que quería.

Nunca era suficiente. No era recíproco. Es como si ella no pudiera estar al cien por cien conmigo.

A Hugo le costó contener el escalofrío que amenazaba con recorrer su espalda al ver la forma en la que el paciente analizaba la imagen, especialmente cuando se centraba en Álex. No solo la miraba, la deseaba con una intensidad perturbadora.

—Otra más que no supo valorarme —añadió—. Y lo pagó.

—¿Qué quieres decir con que «lo pagó»? —preguntó Hugo con todas sus alarmas activadas porque sabía que podía ser algo agresivo.

—Nada —respondió como si nada—. Solo que se volvió loca echándome la culpa de todo. Decía que yo estaba obsesionado, que no la dejaba en paz, que la presionaba… Tonterías. Nada de eso era cierto.

Su voz sonaba tranquila, demasiado tranquila para su gusto.

—¿Entonces por qué dices que «lo pagó»? —insistió.

—Bueno, era una forma de hablar. —Se encogió de hombros y se giró para volver al sofá—. Me perdió. Es todo.

Anotó rápidamente sus palabras antes de continuar. Había encontrado un patrón en su comportamiento. Era la segunda relación de la que tenía conocimiento y también la segunda que terminaba con problemas de obsesión, control y dependencia emocional.

—¿Dónde la conociste? —preguntó para no soltar aún ese tema que tanto le interesaba.

—En un bar. Salí a tomar una cerveza una noche y me la crucé.

—¿Con amigos?

—No. Fui solo. Había un partido de fútbol o algo así y bajé a un bar a verlo. —Su tono era totalmente despreocupado—. No recuerdo bien cómo pasó, solo que nos conocimos esa noche y empezamos un rollo divertido.

Una vez más, ni rastro de amigos en su entorno cercano.

—Bueno, por lo que me has contado, no parecía solo un rollo, ¿no?

—Da igual lo que haya dicho. Esa zo… —se detuvo a tiempo al ver la expresión de advertencia de su psicólogo. Ya le había prohibido en sesiones anteriores usar términos despectivos para referirse a sus exparejas—. Esa tipeja no se merece decir que fue pareja mía después de lo que me hizo.

—Las relaciones son complicadas —intervino Hugo tratando de normalizar la situación—.

No siempre hay que buscar un culpable. A veces simplemente se trata de dos personas que no son compatibles o que no buscan lo mismo.

Eso no convierte a nadie en un villano. Parte de la madurez emocional es aceptar los errores propios sin necesidad de culpar a los demás…

—Esa ruptura no fue culpa mía —lo interrumpió, elevando ligeramente la voz.

—No me refiero específicamente a esa relación —Hugo se mantuvo firme en la convicción de su discurso—.

Lo que intento decirte es que, a veces, las personas se encuentran en momentos distintos de su vida.

Quizás ella disfrutaba tu compañía pero no buscaba compromiso, mientras que tú sí.

No hay nada malo en eso, por ninguna de las dos partes.

—El paciente escuchaba en silencio. Su expresión no mostraba ni una pizca de aceptación o remordimiento ante esas palabras—.

Otra cosa sería que realmente la presionaras o cruzaras ciertos límites.

O que ella te utilizara a sabiendas. En ese caso, estaríamos hablando de otra historia.

—Yo no crucé ninguna línea que no tuviera que cruzar.

Su mirada era fría y Hugo sintió un atisbo de miedo en su consulta. Algo en la forma en la que lo dijo le dejó claro que su paciente no veía los límites como los veía la mayoría de las personas.

¿A qué se estaba enfrentando con él?

Quizás el misterio que trataba de resolver era mucho más oscuro de lo que cualquier psicólogo podría pensarse al empezar a tratar a un paciente tan reticente a hablar como él. Sin embargo, no tuvo tiempo para decidir qué hacer porque fue el paciente quien cortó abruptamente la conversación.

—Lo siento, tengo que irme.

Hugo frunció el ceño y miró el reloj. Aún quedaban veinte minutos de sesión.

—Todavía nos queda tiempo —dijo, señalando el reloj de la pared—. ¿Pasa algo?

—No, solo que acabo de recordar que tengo algo del trabajo que tiene que estar listo para mañana —se excusó mientras cogía su abrigo del brazo del sofá.

Hugo lo observó en silencio mientras se preparaba para marcharse.

Aquella sesión le dejó mal cuerpo y aún le quedaba lo peor por descubrir.