Capítulo 07 #2
Mi compromiso durante tanto tiempo me da ciertos privilegios, por llamarlos de alguna manera.
Mi jefe me ha dado total libertad para ausentarme el tiempo que necesite en cuanto ha sabido lo que ha ocurrido.
Solo me ha pedido que esté disponible y me mantenga al día por si pasa algo y me necesita.
De momento, solo he recibido un par de correos y un mensaje con una duda.
Lo que pasa es que sé que la frecuencia de estos contactos van a aumentar cuantos más días pase fuera.
Lo que me lleva de nuevo a la pregunta de Lucas: ¿cuánto tiempo voy a estar aquí?
En algún momento tendré que regresar a esa vida, ¿no?
A mi vida.
Para ello tengo que acelerar ciertas situaciones, así que le he pedido a Marcos que quedemos esta tarde para tomar algo, sin contarle el motivo real de por qué quiero verle con tanta insistencia.
Y, aunque está feo mentir, descubro que es lo mejor que he podido hacer cuando veo la cara de mi amigo conforme voy contándole todo lo que ha pasado con Diana y lo que queremos ahora con ese ordenador que le estoy tendiendo, pero que él no quiere coger.
—No. Ni de coña voy a hacer eso. —Se cruza de brazos ante mi petición.
Entiendo que la idea es un poco descabellada, pero es que a él esto no le va a costar nada y como tenga que llevar el ordenador a otro sitio voy a perder mucho tiempo.
—Por favor, Marcos, lo necesito —insisto intentando convencerle.
—Explícame, por favor, de forma coherente, por qué debería ayudarte a acceder al ordenador de nuestro amigo muerto.
Dicho así suena feo. Muy feo, Marc.
—Porque… porque…
Estoy rebuscando en mi cabeza la razón más convincente para que ceda y me haga el favor. Reconozco que está difícil encontrarla sin parecer una loca.
—¿Ves? Ni tú misma puedes justificarlo. —Le está encantando tener la razón y a mí me está jodiendo un huevo—. ¿Sabes por qué? Porque nadie en su sano juicio haría algo así. Déjalo estar, Álex.
Nadie en su sano juicio lo haría. Bueno, esa es tu opinión, porque ya somos dos chicas que no estamos en nuestro sano juicio y que pensamos lo mismo y queremos la maldita contraseña de este ordenador, Marcos.
—Mira, Marc… Sé que va a sonar a locura, pero Diana y yo creemos que…
—¿Diana y yo? —me interrumpe con sorna—. Guau. Hace dos días no querías ni verla, poco más que nos odiabas por ser sus amigos y ahora vais por ahí modo Sherlock Holmes haciendo cosas juntitas. ¿Qué ha cambiado, Álex?
Nada.
No quiero que cambie nada. Diana tiene que seguir siendo esa persona a la que no quiero ver, ni quiero cerca de mi círculo y que solo voy a soportar hasta que me vaya de aquí.
—Esto no va de nosotras, si es lo que estás pensando —advierto porque sé perfectamente que es lo que quiere hablar—. Se trata de descubrir por qué hay tantas lagunas e incongruencias en la historia que nos han contado. Ambas sentimos que de verdad no encaja nada de lo que sabemos.
—Otra vez las putas teorías de la conspiración, no puedo más. —Agradezco que le dé un tono de broma que relaja un poco la tensión que se había generado entre nosotros para que no nos tiremos de los pelos—. De verdad, deja de ver documentales estadounidenses.
—Deja de decir tonterías —me quejo—. Nadie puede negar que algunas de sus teorías tienen bases bastante sólidas y con pruebas. No me llames paranoica en este caso sin escucharme.
Marcos se pasa la mano por la cara, claramente meditando si escucharme o no. No le voy a dar opciones a negarse, la verdad, y si piensa que las tiene es porque no me conoce tanto como cree.
—Marc, de verdad, necesito que me consigas la contraseña de ese ordenador. —Empujo de nuevo el portátil sobre la superficie de la mesa para acercárselo.
—Álex, párate un segundo a pensar en lo que me estás pidiendo. Solo te pido eso. —Su voz suena más cansada que molesta o enfadado conmigo—. ¿Qué ganas con todo esto? ¿Qué crees que vas a encontrar en ese ordenador?
—No lo sé —admito con sinceridad absoluta—. Solo sé que tengo la sensación de que pasó algo más que no sabemos y que Hugo se merece que la verdad se sepa.
Resopla y desvía la mirada hacia el ordenador. Es un hueso duro de roer y si no fuera porque nos conocemos hace tantos años que rendiría. Tarde o temprano va a ceder ante mi carita de pena. De verdad que yo no quería involucrarle en esto, Marc. Es la única manera de hacerlo.
—¿Diana también piensa lo mismo? —pregunta.
—Sí. Solo queremos confirmar que aquí no hay nada extraño. Si está limpio, lo dejaremos estar y cada una a su vida —respondo.
Entiendo que está un poco en shock, no solo por lo que le estoy pidiendo, sino también porque no he mencionado a Diana en años y ahora soy capaz de hablar así de ella y considerarla mi ¿aliada?
—No sé si has convencido a Diana o ella te ha convencido a ti, solo espero que no estéis usando a Hugo como excusa para pasar tiempo juntas.
—Ouch. Eso me ha dolido y hago el amago de defenderme.
No me deja cuando alza la palma de la mano para que me calle—.
Voy a conseguirte esa contraseña, Álex. Pero eso es todo.
No me pidas más favores para tus fantasiosas teorías.
—Está bien, me vale.
Voy a agotar la bala de su ayuda en este favor.
Uy, feo lo de la bala teniendo en cuenta cómo murió Hugo.
El caso es que coge el portátil sin decirme nada más, aparta las cervezas que hace rato que se han calentado sobre la mesa y se pone a teclear en cuanto abre la tapa.
Veo cómo saca un pendrive de su mochila y lo conecta a uno de los puertos.
Y mientras él hace su trabajo, yo no puedo dejar de darle vueltas a lo que ha dicho de estar usando a Hugo como excusa para estar con Diana, porque es todo lo contrario. Está siendo casi una obligación porque no tengo manera de librarme de ella.
—No quiero que pienses que tengo algo con Diana o hago esto por ella, porque no es así —aclaro.
Él sigue muy concentrado en la pantalla y ni me responde—.
Las circunstancias nos han obligado a estar juntas con lo del piso.
Créeme que he intentado alejarme, pero parece inevitable por una cosa u otra.
Hugo fue un traidor dejándonos esa herencia y nos pidió que nos lleváramos bien como última voluntad en su testamento y yo… Nunca he podido negarle nada a Hugo.
—Álex, a mí me parece genial que te lleves bien con ella.
—¿Ah, sí? ¿Esta gente ya ha olvidado todo lo que hizo solo porque es su amiga?
—. Ya sabes que es nuestra amiga y te diré algo más.
Diana ha cambiado mucho aunque no quieras verlo.
Yo no te voy a pedir que seas su amiga. Por tu bien te digo que, quizás deberías darte cuenta, si has pasado página, de que ese rencor no sirve de nada.
—¿Qué quieres decir? —pregunto algo confusa.
—Solo digo que ya que compartís ese piso, podrías aprovechar para limar asperezas con ella y conocerla de verdad —insiste—. Te aseguro que te sorprenderías mucho.
—¿Qué sabes de ella que yo no sé?
No es que me interese… Es mera curiosidad, claro.
Marcos no parece dispuesto a romper la confianza que le une con mi ex para contarme qué ha pasado en la vida de Diana en este tiempo o por qué iba a terapia con Hugo.
¿La dejaría la ruptura tan jodida como a mí?
¿Es eso? Creo que me he centrado siempre tanto en lo mucho que quería odiarla que nunca me he parado a pensar cómo se debía de sentir ella, no solo con nuestra pelea, sino con no darle opción nunca más a volver a hablar conmigo.
—Ya está —anuncia Marcos girando el ordenador y enseñándome la pantalla desbloqueada.
—Broma, ¿no? ¿Tan rápido? —pregunto incrédula.
Tampoco sé de qué me sorprendo si Marcos ha sido un crack con los ordenadores desde niño, por eso decidió estudiar ingeniería informática. Luego ha hecho un par de másteres que le han llevado al puestazo que tiene ahora. Su efectividad y rapidez solo corroboran lo bueno que es en lo suyo.
—No es tan complicado como la gente cree —responde quitándole importancia.
—¿Cuál era la contraseña?
—Chris Benson —responde mirándome tan extrañado como yo al oír esa respuesta.
—¿En serio?
Cada vez entiendo menos a Hugo.
—Y tan en serio —confirma Marcos—. Y ahora, el ordenador es todo tuyo. No quiero saber nada de lo que encuentres ahí dentro.
Mensaje recibido, Marcos. No pedirte más favores relacionados con Hugo.
Mientras él recoge y saca algo de dinero para dejar su cerveza pagada, me doy cuenta, al mirar la pantalla del ordenador, de que estaba tan empeñada en conseguir desbloquearlo que no era consciente de que acabo de abrir una puerta a la vida de mi mejor amigo.
A su parte más privada y secreta. El pensamiento hace que un escalofrío recorra toda mi espalda y me haga moverme incómoda en mi silla.
—Me encantaría quedarme a tomar otra cerveza, pero tengo que irme al cumpleaños de mi hermano —anuncia Marcos colocándose la chaqueta.
—Claro, no te robo más tiempo. Sé lo liado que estás —respondo.
Yo sigo aún en la llamada que me hizo esa madrugada y me cuesta asimilar que el resto del mundo sigue girando con aparente normalidad.
—Por cierto, ayer hablé con los chicos y queremos quedar mañana por la noche para salir y tomar algo en honor a Hugo —me explica con una sonrisa triste—. Ya sabes, una especie de despedida como las de antes en su honor.
—Iré encantada —acepto sin dudarlo—. Avísame con lo que sea.
Nos fundimos en un abrazo más que necesario en estos momentos.
—Gracias, Marc. Sé que no compartes nada de esto, pero yo necesito saber si hay algo más —murmuro aún sin soltarle.
—Conseguir la contraseña no ha sido nada —dice separándose para mirarme a los ojos—.
Solo quiero que recuerdes que nada de lo que encuentres en ese ordenador te va a devolver a tu mejor amigo.
Es duro, pero tienes que empezar a asimilarlo, te guste o no.
No te obsesiones con fantasmas que no existen.
Con esas últimas palabras, se despide, dejándome sola en el bar.