Paciente D.A. #2
—Seguimos la noche como si nada. Riendo, bailando y pasándolo bien.
El problema vino a la mañana siguiente. Cuando me desperté, me costó un poco entender qué había pasado.
Y en cuanto mi cerebro terminó de conectar los puntos, recordé lo que había pasado.
El beso. Nosotras. Todo. —Hizo una pausa al recordar los sentimientos de aquella mañana—.
Más tarde, cuando hablé con Álex y me preguntó qué tal me había levantado, lo vi claro.
Me puse mi mejor máscara y saqué mi mejor faceta de actriz.
Le dije que me había levantado fatal y que no recordaba nada de la noche anterior.
Fue mi manera de esquivar la bala. De evitar que tuviéramos que hablar de lo que había pasado —dijo con la voz algo rota.
—¿Por qué le mentiste?
Cerró los ojos un instante, buscando el valor para responder a una pregunta que, en apariencia, parecía sencilla pero que en el pasado había sido todo un quebradero de cabeza.
—Porque en ese momento, no concebía la idea de haber besado a una chica. No era lo que se suponía que debía hacer —respondió en voz baja, algo avergonzada de su comportamiento—. Sé que suena estúpido ahora…
—No lo es —la interrumpió Hugo evitando que siguiera castigándose con el mismo tema—. Era lo que pensabas por aquel entonces. Te habían enseñado a ver el mundo de una forma concreta y estabas rompiendo ese esquema. No te castigues por ello. Has cambiado mucho desde entonces.
Diana dejó escapar una risa amarga.
—No tanto... Por eso estoy aquí —confesó, exponiéndose por completo a pecho descubierto—.
Además de que no lo veía «correcto» en ese momento, también tenía miedo.
Mucho miedo. ¿Y si Álex me mandaba a la mierda?
¿Y si nuestra amistad se arruinaba? Era mi mejor amiga, Hugo.
No tenía ni idea de cómo podía reaccionar si lo hablábamos.
Preferí hacerme la desentendida y dejarlo pasar.
Si ella pensaba que yo no recordaba nada, entonces todo podía quedarse como una anécdota más de una noche de fiesta.
—La querías tanto que temías perderla, sin darte cuenta de que lo que sentías era algo más que amistad.
Diana asintió lentamente. Hugo lo había pillado al vuelo.
—¿Qué pasó después?
—Seguimos con nuestras vidas como si nada hubiera pasado.
Éramos igual de inseparables. Solo que ahora, yo tenía unos nuevos sentimientos en mi interior bastante difíciles de ignorar y me atormentaba por ello.
No importaba cuánto intentara fingir que el beso no significó nada. .. Porque sí lo significó —suspiró.
El rostro de Diana había cambiado conforme avanzaba la historia. Se le notaba el cansancio y el desgaste emocional de revivir aquellos recuerdos.
—Pasaron meses hasta que volvió a ocurrir —admitió en voz baja.
—¿Otro beso? —aventuró Hugo.
—Más que un beso —corrigió, negando con la cabeza—.
Y, esta vez, casi sin alcohol de por medio en nuestros cuerpos.
Lo que lo hacía aún más difícil de ignorar.
—Se pasó una mano por el flequillo rubio, despeinándolo sin darse cuenta.
Entraban en uno de los episodios que más le había costado procesar en el pasado—. Casi nos acostamos juntas.
Hugo mantuvo el rostro neutro porque no quería que se le notara la sorpresa por estar descubriendo su historia con su mejor amiga.
—No sé cómo empezó. Estábamos en su casa, como cualquier otra noche.
No sé si fue la forma en la que me miró o la manera en la que nos reíamos.
.. Y, de repente, simplemente pasó. Nos besamos y no pudimos parar.
Estuvimos horas en su cama, hasta que casi.
.. casi... —Diana tragó saliva para contener las emociones que se agolpaban en su garganta—.
Bueno, hasta que tuve un momento de lucidez.
Me frené de golpe, como si algo dentro de mí me gritara que parara. Busqué alguna excusa estúpida y me fui.
—¿Y después? —presionó el psicólogo.
—Después... tomé la decisión más cobarde que podía tomar. La ignoré…
Bajó la cabeza, avergonzada y se cubrió el rostro con las dos manos.
Hugo mantuvo la compostura como pudo. Estaba presenciando un momento muy vulnerable de su paciente.
Lo que no se esperaba era lo revelador que estaba siendo para él todo lo que escuchaba.
Información que su mejor amiga, Álex, nunca antes le había contado.
Y, de repente, muchas piezas del rompecabezas comenzaron a encajar y le hacían comprender, poco a poco, el comportamiento y la personalidad que había desarrollado con los años.
—¿Por qué la ignoraste? —preguntó para incitarla a hablar—. ¿Qué pasaba por tu cabeza?
—Pensaba que estaba loca. Que lo que había hecho era poco más que un sacrilegio para mi familia —dijo con los ojos clavados en el suelo entre sus dedos, demasiado avergonzada para mirarle—.
Me repetía que no podía estar con una chica, que eso no era lo que se esperaba de mí.
Así que durante semanas lo dejé pasar. Me distancié de ella y me forcé a creer que solo había sido un error.
Una confusión. Y siempre llegaba a la misma conclusión: Álex era mi amiga. Nada más.
Hugo dejó que el silencio se asentara unos segundos en la consulta por si ella quería añadir algo más. Solo cuando notó que no iba a hacerlo, continuó con sus preguntas.
—Por lo que sé, eso cambió en algún momento, ¿no?
—Sí —confirmó Diana en un murmullo—. Por aquel entonces, ninguna de las dos hablaba de lo que sentíamos.
Nos aterraba el tema porque no soportábamos perdernos.
No sé qué pasaba por su cabeza, pero por la mía.
.. solo quería aferrarme a ella como fuera.
Así que nos convencimos mutuamente de que aquello había sido solo un desliz, una niñería que teníamos que olvidar.
Algo sin importancia, y seguimos adelante sin perder nuestra amistad.
Se recostó contra el respaldo del sillón con un largo suspiro que liberaba muchas emociones retenidas durante años.
—Teníamos diecinueve y veinte años. ¿Qué sabíamos nosotras de la vida?
Hugo dejó escapar una leve risa, bastante identificado con esa afirmación.
—Lo mismo que cualquier otro a esa edad: nada.
Diana sonrió con nostalgia, pero sus ojos seguían cargados de mucho más dolor y arrepentimiento.
—Nos costó semanas recuperar la dinámica de antes de esa noche —continuó, ahora que había arrancado a contar la historia sentía que no podía parar—.
Y creo que ayudó que ambas empezáramos a salir con chicos.
De alguna manera, dibujamos una línea entre nosotras.
Una barrera que frenaba nuestras maneras de acercarnos.
—¿Te gustaba el chico con el que salías? ¿O fue una forma de intentar olvidar lo que pasó con Álex?
Esa misma pregunta había rondado su mente durante muchas noches de insomnio.
—Ambas opciones son correctas —respondió finalmente—. Necesitaba probarme a mí misma que lo de Álex había sido una tontería. Y él... era fácil. Sin complicaciones. No tenía que pensar demasiado cuando estábamos juntos.
—Lo hacías igualmente, ¿verdad?
—Todo el tiempo —susurró Diana—. No podía sacármela de la cabeza. Quería creer que éramos solo amigas, que lo demás eran tonterías mías y que esos sentimientos de celos, enfados y deseos no eran más que paranoias de mi cabeza. Spoiler alert: no lo eran.
Hugo tomó aire antes de hacer la pregunta clave.
—¿Y cómo lo resolviste? ¿Qué pasó para que vuestra relación cambiara de nuevo?
Diana miró a su alrededor, como si acabara de darse cuenta de dónde estaba realmente.
Siempre entraba en la consulta con la cabeza llena de ruido, enfocada en sacar lo que llevaba dentro y rara vez se detenía a observar el espacio que la rodeaba.
Fue entonces cuando su mirada se posó en un marco sobre la mesa de Hugo.
Era una foto de él con Marcos y Álex, más jóvenes, con el pelo diferente.
Debía de tener al menos un par de años menos.
Lo que captó su atención no fue la imagen en sí, sino la presencia de Álex en ella.
Aquella mujer que, sin proponérselo, había puesto su mundo patas arriba desde la primera noche en la que se cruzaron.
—Lo resolvimos acostándonos, de una vez por todas, una noche —confesó, sin apartar la vista de la fotografía.
Hugo alzó la cabeza de su libreta, sorprendido por la franqueza con la que lo dijo—.
¿Y lo mejor? Ambas seguíamos con pareja.
Todo ese tiempo intentando disimular, tratando de estar con otros.
.. Y al final, era inútil. Teníamos una especie de gravedad propia que nos arrastraba la una hacia la otra sin remedio.
—Si lo piensas, es bonito —dijo Hugo con una leve sonrisa.
Álex nunca le había contado todos esos detalles sobre cómo había empezado su relación con Diana. Y era fascinante ver cómo alguien describía con tanta claridad lo que sentía por su amiga.
—Visto ahora, sí —dijo Diana—. En su momento, Hugo.
.. yo no entendía nada. Todo era nuevo para mí.
Todo iba en contra de lo que me habían enseñado.
Sentía que estaba haciendo algo que no debía y, al mismo tiempo, no podía parar.
—Tomó aire antes de continuar—. Esa noche dejamos de contenernos.
Nos rendimos por completo a la otra y nos acostamos.
Y te aseguro que nunca me había sentido tan completa en mi vida.
La observó con atención, notando cómo la nostalgia y el dolor teñían su expresión.
—¿Y qué pasó a la mañana siguiente? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
—Esta vez no salí corriendo —respondió Diana con una leve sonrisa, pero su mirada se volvió más seria—.
Me quedé. Lo hablamos... O, al menos, lo intentamos.
Ninguna de las dos sabía realmente qué teníamos entre manos.
Pero Álex… —Hizo una pausa y esbozó una sonrisa triste—.
Ella estaba mucho más decidida a seguir adelante con ello que yo.
A Hugo no le sorprendió. Álex siempre había sido de lanzarse de cabeza cuando algo le importaba de verdad.
—Yo... yo seguía temiendo lo que dirían los demás.
Lo que pensaría mi familia. Lo que supondría admitirlo en voz alta —confesó Diana sin entender cómo sobrevivió a aquello—.
Así que le pedí tiempo. Le pedí que fuéramos paso a paso y, lo más importante…
que lo mantuviéramos en secreto hasta que yo pudiera entender lo que realmente sentía.
—Eso te puedo asegurar que lo cumplió —prometió.
Recordaba perfectamente cuánto tiempo había pasado antes de que Álex le confesara lo que ocurría con Diana. En su momento, solo lo contó cuando ya no tenía fuerzas ni para levantarse de la cama, después de tantas idas y venidas entre ellas.
Diana sonrió de medio lado al saber que la que era su chica cumplió su promesa. A pesar de todo, Álex nunca la había traicionado.
—Me alegra saberlo —murmuró—. A partir de esa noche... comenzó la etapa más complicada, caótica, absurda, divertida, fascinante, inigualable y… feliz de mi vida, a pesar de todo.
—Suena a montaña rusa —dijo Hugo, arqueando una ceja—. Pero sabes que ese resumen no me vale, ¿verdad?
—Tenía que intentarlo —respondió con un gesto burlón.
El sonido de la alarma interrumpió el momento. Siempre programaba unos minutos antes del final de la sesión para ir cerrando el tema del día y preparar el terreno para la siguiente. Hizo un par de anotaciones rápidas en su libreta y la dejó a un lado antes de mirar a Diana con seriedad.
—Gracias por abrirte de esta manera —dijo con sinceridad—.
Sé que no es fácil hablar de esto. Es una parte muy importante de tu vida y necesitas ponerle voz para poder asimilarlo.
También nos ayudará a entender cómo todo esto influyó en la relación con tu entorno y, sobre todo, en tu propia aceptación.
Diana respiró hondo, dejando que sus palabras calaran en su interior.
—Ahora te parecerá imposible —continuó Hugo—, pero todo esto nos va a ayudar a que te entiendas a ti misma y, poco a poco, a que te sientas en paz con quien eres.
Ella lo miró fijamente y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien realmente la entendía.
—Gracias, Hugo.
Le dedicó una última sonrisa antes de recoger sus cosas y salir de la consulta.
Cada sesión con él se estaba convirtiendo en un refugio, en un espacio donde podía aliviar los demonios que llevaba demasiado tiempo guardando en su interior.