Lo que dejé en Madrid Paciente D.A.
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Paciente D.A.

—Amiga, te he dado bastante tregua en las últimas sesiones, pero me temo que ya no puedo seguir esquivando esto —advirtió Hugo mientras se acomodaba en el sillón, ya preparado con su libreta en la mano.

Lo miró con resignación, buscando en su cabeza alguna excusa con la que volver a esquivarla. Lo cierto era que sabía que no había escapatoria y, de hecho, tenía que consolarse con que habían tardado más de lo previsto en su cabeza en llegar a ese tema.

—Quieres que hable de ella, ¿no? —adivinó.

Hugo asintió con una media sonrisa. No hacía falta que lo confirmara con palabras. Curioso cómo no era capaz de mencionar el nombre de su expareja sin saber que, su expareja, tampoco solía hacerlo.

—Ya es hora —advirtió—. No solo porque llevamos siete sesiones y apenas la has mencionado, cuando sabemos que fue una parte enorme de tu vida, sino porque necesitas sacarlo. Soltarlo, para poder avanzar. En tus relaciones, con tu familia, con tu sexualidad…

—Lo sé —suspiró, rindiéndose ante la evidencia.

A diferencia de otros pacientes, Hugo disfrutaba especialmente de las sesiones con ella.

Tenía claro qué le ocurría, cuáles eran sus miedos y sus inseguridades, y también los puntos clave que debían trabajar y, lo más importante, estaba dispuesta a enfrentarlos.

Por eso, él le daba espacio cuando lo necesitaba.

Si no lo hablaban un día, lo harían en la siguiente sesión, porque tarde o temprano, se comprometía con el proceso. Y eso la convertía en un caso especial.

—¿Por dónde empiezo, Hugo?

Solo con el tono de su voz, entendió la magnitud del tema que estaban a punto de abordar.

No era solo una historia, era la historia de su vida.

Él conocía partes de su pasado, ahora era el momento de escuchar su versión en bruto.

Sin adornos y sin barreras. Lo que ella había vivido y sentido en cada momento desde que esa relación comenzó.

—Por el principio —respondió, ladeando la cabeza pensativo—. Iremos poco a poco, tranquila.

Se tomó unos segundos para decidir por dónde empezar su historia.

No era fácil. Aquella había sido la relación más compleja y a la vez la más especial de su vida.

Ahora, con la perspectiva que le daban los años, era momento de poner en orden lo que había sucedido y, sobre todo, cómo se había sentido.

—Álex y yo nos conocimos por casualidad en la universidad.

Una noche salí con mis compañeras a tomar algo y ella también estaba por ahí con sus amigas.

Terminamos en el mismo bar y, por pura coincidencia, una de mis amigas conocía a una de las suyas.

Así que acabamos juntando ambos grupos —Hizo una breve pausa, dejando escapar una risa nostálgica—.

A los veinte años, lo único que te importa es conocer gente nueva, así que nadie cuestionó la piña improvisada que hicimos.

Por alguna razón que no entendía en aquel momento, Álex y yo conectamos.

Éramos bastante diferentes a simple vista, como la noche y el día, pero nos caímos bien.

—¿Y después de esa noche?

—Nada especial. No intercambiamos los números ni nada.

Era lo típico en la universidad: conoces a alguien, te lo pasas bien una noche y ya.

Por algún motivo que desconozco, quizás el destino, seguíamos coincidiendo —explicó la rubia, a la que se le escapaban constantes sonrisas por los recuerdos—.

En reuniones, en fiestas, en la cafetería de la facultad…

Al principio, era casualidad. Luego, empezó a parecer intencionado.

Una de esas noches, mientras hablábamos, descubrimos que ambas éramos fans de un grupo que venía a la ciudad y decidimos ir juntas al concierto.

—¿Tenías alguna pretensión al ir con ella? —preguntó Hugo con interés.

—¿Te refieres a si quería algo con ella? —Diana frunció el ceño un instante antes de negar con la cabeza—. Para nada. Ni siquiera se me pasaba por la mente. No era consciente de que pudiera sentir algo más o de que las cosas se fueran a dar como se dieron.

—¿«Las cosas»? —insistió Hugo con cuidado—. ¿Qué «cosas», Diana?

Ella desvió la mirada, inquieta. Era obvio que su terapeuta quería que lo dijera en alto para verbalizar uno de sus problemas y aún así le costaba hacerlo.

—Dilo en alto —la animó Hugo ante sus dudas.

Diana tragó saliva, consciente de que ese momento era un punto de inflexión para ella. Desde la primera sesión, Hugo le había dicho que aprender a hablar abiertamente de su sexualidad era parte del proceso. No había nada que ocultar ni de qué avergonzarse con él.

—No pensaba que una chica pudiera llegar a gustarme —admitió, por fin.

Hugo sonrió con orgullo. No hizo ningún comentario al respecto y no lo celebró en exceso. Lo dejó estar para darle normalidad, como debía ser.

—¿Qué pasó después? —preguntó—. ¿Os hicisteis amigas?

—Sí, fue algo natural. Nos llevábamos bien y empezamos a hablar más seguido y a quedar más a menudo.

A veces con nuestros amigos, otras veces solo nosotras.

Compaginábamos bien los estudios con el tiempo libre, íbamos a conciertos, al cine…

Para mí todo era normal, ¿sabes? —dijo ella algo pensativa.

—Porque lo era, Diana —afirmó Hugo intentando borrar un poco de la culpa que sentía—. Erais dos chicas conociéndoos, disfrutando de la compañía mutua. Dos amigas. No hay que darle más vueltas porque en ese momento no había más pretensiones.

—Pero lo que pasó después…

—Lo que pasó después, pasó después como tú misma acabas de decir —interrumpió, con paciencia—. No puedes juzgar lo que sentiste más adelante con lo que sabías en ese momento. Ahora continúa, por favor.

Diana inspiró profundamente antes de retomar la historia.

—Lo que te decía, éramos inseparables, tanto que nos convertimos en uña y carne en poco tiempo.

Todo el mundo se sorprendía por la conexión que teníamos.

Es algo que no había experimentado nunca y que no he vuelto a sentir a día de hoy…

—A Hugo le fascinaba ver cómo Diana se sumergía por completo en la historia y se abstraía de todo lo que había a su alrededor mientras contaba lo que había ocurrido con Álex.

Era bueno que lo hiciera, pero le indicaba que había analizado durante bastante tiempo toda su historia—.

Era como si nos conociéramos de toda la vida, como si hubiéramos encajado de inmediato sin necesidad de explicaciones.

Estudiábamos juntas, dormíamos la una en casa de la otra, hablábamos a todas horas…

Llegado a ese punto, se detuvo. No porque no recordara qué venía después, sino porque nunca se lo había contado a nadie.

Había llovido mucho desde entonces, y ahora, con la claridad del tiempo, se daba cuenta de lo evidente que había sido todo e incluso se tildaba de inocente por no haber visto las señales en aquel momento de que se estaba enamorando de Álex.

—¿Qué pasa?

—Que ahora lo veo todo clarísimo. —Diana se rió, sacudiendo la cabeza—. Pero en ese momento ni siquiera me planteé que lo que sentía por Álex era algo más que una simple amistad. Me estaba enamorando y no lo vi venir…

—No lo viste porque, hasta ese momento, nunca te habías permitido sentir algo así. No era que fueras ingenua, Diana. Era que estabas aprendiendo algo nuevo sobre ti misma —explicó el psicólogo.

—Supongo que tienes razón.

Se mordió el labio con nerviosismo y Hugo decidió que necesitaba relajar un poco el ambiente antes de continuar hablando sobre Álex.

—Siempre la tengo, ya verás —bromeó antes de volver a centrarse en el tema—. Entonces, ¿en qué momento te diste cuenta de que lo que sentías por Álex no era solo una amistad?

Había tantas formas de responder a esa pregunta que a Diana le costaba elegir una. Era imposible ignorar la cantidad de veces en las que su corazón había dado un vuelco por esa chica morena con carita de ángel y no lo había entendido hasta mucho después.

—Seguimos así durante bastante tiempo —comenzó Diana, con la mirada perdida en el suelo—. Con más confianza y menos secretos. Pasábamos más tiempo juntas que separadas, con muchas risas y prácticamente ningún problema.

—Hasta que llegó el día en que todo cambió, ¿verdad? —intervino Hugo, con cuidado, sin querer presionarla.

—Sí... Cambió todo y, al mismo tiempo, no cambió nada —respondió Diana, sintiendo cómo su garganta se cerraba ligeramente.

Se estaban adentrando en una de las partes más difíciles de la historia.

—Explícame eso.

—Aquí hay lagunas en mi historia porque el alcohol tuvo mucho que ver —advirtió Diana, como si necesitara justificarse antes de seguir—.

Salimos de fiesta, como cualquier otra noche.

Solo que esta vez hubo demasiado alcohol, demasiados chupitos.

No sé qué nos pasaba... Era como si necesitáramos beber para justificar el acercamiento entre nosotras, el cogernos de la mano y tocarnos…

Un juego llevó a otro, risas, más alcohol.

.. y, de verdad, te juro que no sé cómo pasó exactamente, pero nos besamos.

—¿Cómo te sentiste después del beso?

Inspiró una vez más, preparándose para verbalizar algo que había evitado admitir durante años.

—En el momento estaba eufórica —dijo finalmente—, aunque esa sensación no me duró mucho.

No necesitaba que Hugo le hiciera preguntas en ese momento. Ella misma se encargaba de sacar todo lo que había quedado enquistado en su interior, todo lo que durante tanto tiempo la había atormentado.