Lo que dejé en Madrid Capítulo 06 #3
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Capítulo 06 #3

—Amanda me llamó y me contó que Hugo había fallecido.

Me pareció algo tan imposible que llamé a Sara para que me lo confirmara.

—Me aguanto la mueca que mi cara se muere por hacer al descubrir que sí, que se lleva bien con todo mi grupo de amigos—.

Fue ella quien me contó lo del suicidio.

Yo no entendía cómo él iba a hacer algo así.

No tenía sentido, le había visto horas antes…

—Hace una pausa y cierra los ojos intentando calmar sus emociones—.

Pregunté los detalles, pregunté por una nota o algo, pero…

—¿Pero? —pregunto intrigada.

—Nada. Nadie sabía nada. Cero detalles. Ni siquiera su familia me dijo algo —continúa Diana—. Así que llamé a un amigo de la Policía y le pregunté si me podía conseguir algunos detalles del caso o saber qué había pasado.

¿Que llamó a un amigo de la Policía? ¿Pero, esta persona? Sí que le importa Hugo como para hacer todo eso…

—Guau… realmente querías saber qué ha pasado.

—¿Tú no?

—Sí —respondo sin pensar, porque de verdad lo he intentando desde que Marcos me llamó—.

Cuando pregunté nadie me decía nada. No sé si pensaban que no estaba lista para asumir la realidad o…

El caso es que luego tú dijiste lo de la pistola y creo que tienes razón en que nada cuadra con algo que él haría.

—Hugo odiaba las armas con todo su corazón —puntualiza Diana.

Ya ni siquiera me sorprende que sepa eso sobre él. Creo que voy a tener que entender que eran muy, muy buenos amigos.

—Sí, siempre criticaba la facilidad con la que se podían comprar en Estados Unidos.

—Pues añade otra cosa más a la lista de cosas extrañas —anuncia llamando mi atención—.

Según mi contacto, el expediente del caso no era muy accesible para los policías que no estuvieran asignados.

—La miro sin entender qué me está queriendo decir con esto—.

Es decir, cuando nos avisaron de que Hugo había fallecido, la Policía ya había ido, revisado la escena, limpiado todo y dejado este apartamento impecable para nosotras.

—Ha sido todo como muy rápido para como funciona este país, ¿no?

España tendrá grandes cosas como la Sanidad Pública, cosa que aprecio más desde que vivo en Estados Unidos, o el buen tiempo, o la comida, pero la burocracia no es una de esas por las que estemos agradecidos.

—Demasiado rápido, de hecho, por lo que dijo mi amigo —continúa Diana—.

Su madre tampoco ha querido hablar de este tema conmigo.

Dice que es «demasiado duro», pero no actúa como si lo fuera.

No sé, tal vez estoy buscando explicaciones donde no las hay, pero entre las armas, la Policía, el ataúd cerrado, el testamento, el vinilo…

Muy raro todo, sí. Tienes razón, aunque no me guste dártela.

—Hay muchas cosas como para que todo sean casualidades.

—Creo que es mi momento también de darle información respecto a Hugo—.

Días antes de que esto pasara, Hugo me escribió.

Quería venir a Nueva York a verme y estuvimos mirando fechas, hablando de planes de futuro y pensando mil cosas que hacer. Y ahora…

Trago saliva y me vuelvo a aguantar las ganas de llorar.

Miro hacia el techo para que las lágrimas se queden a raya y Diana debe de notarlo porque se mueve ligeramente para acercar su cuerpo al mío.

Ah, no. Me niego a que me abrace o algo así.

No vamos a cruzar esa barrera. Si ni siquiera he dejado a Marcos consolarme, no va a venir ella ahora a ser mi pañuelo.

Eso se hace con los amigos y ella y yo no lo somos.

Me deslizo lo justo sobre el asiento para alejarme y volver a establecer unos centímetros de seguridad entre nosotras.

Diana suspira y se pone de pie.

—He encontrado antes el ordenador portátil de Hugo —anuncia señalando al ordenador que hay en un mueble del salón— y está protegido con contraseña. ¿Alguna idea o posibilidad de que sepas la clave?

Muy bien, esto me gusta más. Vamos a hablar solo de Hugo y vamos a mantener la distancia entre nosotras.

—Ni idea, la verdad. Podría probar con la que siempre usaba en la universidad.

Voy directa a encender el ordenador de último modelo, para variar, que tenía Hugo.

Siempre ha sido un apasionado de la tecnología y tener siempre lo mejor, así que poco me sorprende el logo de la manzana encendiéndose en la pantalla antes de la pantalla de inicio de sesión.

Pruebo con varias opciones de contraseñas que recuerdo que siempre ha usado y todas son incorrectas. No hay manera de acceder a él.

—¡Para! —grita Diana apartando mis manos cuando salta un mensaje de advertencia en la pantalla—. Vas a bloquearlo.

El contacto no ha sido, precisamente, leve. Sus manos siguen en las mías y en cuanto me giro para mirarla noto que su cabeza está justo por encima de mi hombro. Huele… muy bien. ¿Sigue usando el mismo perfume o es mi mente traicionándome?

Álex, aléjate ahora mismo, que te traicionan los recuerdos. Céntrate en Hugo.

—Tenemos que entrar en ese ordenador como sea —digo separando nuestras manos.

—¿Tenemos? —pregunta divertida. Se va a regodear por eso y bien después de mi chulería de antes, y no la culpo—. ¿Ahora sí quieres trabajar conmigo?

Atrapada.

Siempre ha sido la reina de las palabras esta persona y yo caigo en sus trampas una y otra vez.

Si tiro de orgullo, la verdad es que no quiero trabajar con ella.

Ni quiero, ni debo por mi bien. Lo que pasa es que acabo de descubrir que es capaz de obtener información que podría interesarme y que parece tan dispuesta como yo a saber qué está pasando con ¿nuestro? amigo.

—Diana… Es cierto que no tenía ni idea de que eras tan amiga de Hugo —admito aunque me cuesta reconocer que todos me han mentido—, y está claro que le importabas y que a ti te importaba él. Así que, por mucho que no me guste la idea, lo más inteligente y práctico es que sí trabajemos juntas.

Es lo más cercano que le voy a ofrecer a lo que ella está esperando que diga. Lo peor es que está encantada con mi respuesta. Lo veo en su sonrisa y en cómo ha puesto sus manos entrelazadas tras su espalda de forma coqueta.

—Me parece genial.

La tía no ha sido capaz ni de disimular la satisfacción en su voz.

—Genial, ¿qué hacemos con el ordenador? —pregunto volviendo a lo que nos atañe.

Otra sonrisita. De verdad, ¿puede parar? ¿Ahora qué?

—¿Aún no sabes la respuesta? —Ahora toca el tonito de burla. De verdad que no me va a compensar lo de seguir hablando con ella—. Espero que sea por el jet lag , porque solías ser mucho más lista cuando salíamos.

Totalmente innecesario lo de mencionar la época en la que salíamos.

—Punto uno: llevo días sin dormir y estoy agotada —digo en un intento absurdo de justificarme—.

Punto dos: no quiero que menciones nuestro pasado cada vez que puedas.

—Y eso va a ser algo no negociable si quiere que sigamos teniendo cualquier mínima interacción—.

Punto tres: no, no sé qué se supone que tenemos que hacer ahora.

La paciencia se está agotando y no ayuda la risita que suelta. Vale que no haya sido nunca mi punto fuerte, pero Diana no está colaborando a que no quiera matarla.

—Definitivamente te dejaste la simpatía en Nueva York. —Paciencia agotada en tres, dos, uno—. Qué suerte que tu mejor amigo sea un friki de la informática, ¿no? —Claro, ¿cómo no lo había pensado antes?—. Llévale el portátil a Marcos y pídele el favor.

Si es que soy gilipollas. La opción más fácil a veces es la correcta.

—¿Y por qué yo? Según parece ahora tú también eres muy amiga de Marcos. —No niego que es un poco infantil atacarla así solo para esconder que me jode que ella se haya dado cuenta de lo de Marcos y no yo—. Además, ya le mencioné todas mis sospechas y me tomó por loca.

—Como quieras. Si prefieres evitarte esa conversación incómoda, se lo llevo yo. No me importa.

¿A esta persona no la altera nada? Se ve que no. El caso es que tampoco es que me apetezca deberle favores ni nada, así que voy a ser yo la que se lo pida a Marcos.

—No, da igual —suspiro agotada—.Voy a quedar igualmente con él, así que se lo llevo yo. Te aviso cuando sepa algo.

Conversación zanjada.

He tenido suficiente drama y suficiente Diana por hoy.

Recogemos nuestras cosas sin hablar y salimos de ese pisazo en el centro de Madrid que ahora compartimos.

Solo cuando llegamos a la calle y, con la clara intención de alargar la despedida, Diana me pregunta qué voy a hacer con el coche de Hugo.

Pues nada, Diana. No lo quiero, no lo necesito.

Si dependiera de mí se quedaría en el garaje para siempre.

Lo que me faltaba ya… pasearme con él por Madrid.

Y ahí la he dejado, antes de que pudiera acercarse más o despedirse de alguna forma que no fuera la de un leve movimiento de la mano antes de que yo me girara de camino al coche de Lucas.

Al menos el trayecto se me hace ameno viendo el atardecer sobre los edificios de Madrid. Solo puedo pensar en llegar y tumbarme un ratito. Descansar los ojos que me pesan de tantas emociones y conseguir conciliar el sueño.

Solo le pido al universo que mi cabeza desconecte y deje de pensar en todo lo ocurrido en las últimas setenta y dos horas. Es que ya no solo se trata de Hugo y de su muerte… Esto trata de la cantidad de sentimientos que me ha despertado la presencia de Diana.

Esa es la peor parte ahora mismo, porque a Hugo no puedo traerle de vuelta, pero Diana… ella sí está trayendo de vuelta todo lo que creía enterrado.

Cinco años he pasado creyendo que la distancia y el tiempo iban a ser suficientes para dejarla atrás.

Cinco años para olvidarla y arrancarla de mi mente y de mi vida.

Pues no. Cinco años tirados a la basura en unas horas compartiendo espacio y tiempo con ella.

Y lo que me jode equivocarme no lo sabe nadie…

Bueno, quizás Hugo sí lo sabía y por eso, el chistoso, nos dejó el apartamento a las dos…

Cuatro frases tontas, una sonrisa encantadora y una magia que sigue teniendo han servido para comprobar el efecto que sigue teniendo sobre mí. Sigue sabiendo qué decir y cómo decirlo para meterse bajo mi piel.

Tres ratos cerca y ya ha hecho que me ponga a pensar en qué coño he hecho este tiempo para ser incapaz de haberla borrado del todo.

Dos ojos verdes que van a volver a perseguirme, lo quiera yo o no.

Un leve contacto de nuestras manos para erizar mi piel y notar la química existente si la dejara fluir.

Y eso es peligroso. Muy peligroso.