Capítulo 06 #2
He estado dando vueltas por un par de habitaciones sin ni siquiera fijarme y he terminado por accidente en lo que debe ser la habitación de Hugo.
Las paredes están pintadas de celeste, lo que contrasta con la estrafalaria funda nórdica de flores.
Siempre le gustaron los extremos y esta es una prueba más de ello.
Echo un ojo por los cajones que me encuentro y abro los armarios, como si ahí se escondieran los famosos secretos de los que hablaba en el testamento.
Nada. Todo está muy ordenado, la ropa planchada, los calcetines alineados…
Era perfecto este chico para todo. O un psicópata maníaco del orden, depende de cómo se mire.
Me voy de esa habitación porque me da un poco de mal rollo, la verdad.
En mi camino al salón, que seguro que es una zona más interesante, una fotografía colgada en la pared del pasillo llama mi atención.
Noto cómo se me encoge el corazón al ver la imagen impresa.
Recuerdo ese día cómo si fuera ayer. Marcos, Hugo y yo decidimos saltarnos las clases porque hacía un día espectacular en pleno invierno y nos fuimos al parque a hacer un picnic.
En la foto ninguno mira a cámara, demasiados concentrados riendo por el juego de cartas que teníamos entre manos y que Diana se encargó de capturar cuando vino a buscarnos después de sus clases.
Ojalá volver a cuando mi mayor preocupación era haberme saltado una clase.
Hay algunas imágenes más de Hugo con su familia, con nuestros amigos y… con Diana. Por la ropa y el corte de pelo de la rubia diría que esta foto ha sido tomada en el último año. ¿Cuánto tiempo llevarán siendo amigos?
—¿Quieres hablar de eso? —pregunta Diana apareciendo por sorpresa a mi lado—. Por lo que escuché el otro día, nadie te había contado que éramos amigos y quizás quieras…
—No. No quiero saber nada de tu vida, no me interesa —interrumpo antes de que tenga tiempo de continuar con cosas que no quiero saber.
Esto se trata de mantener nuestras interacciones e intercambio de información personal al mínimo—.
El único motivo por el que estoy ahora mismo contigo aquí es porque tenemos este apartamento en común.
No te confundas, Diana, tú y yo no tenemos nada de lo que hablar.
La elevación de cejas y cómo frunce los labios me dicen que mi respuesta, un poco borde, lo admito, no le ha gustado nada.
Yo sé que ella ha intentando ser maja, mantener la calma con todo esto, pero yo…
El pasado sigue demasiado presente, más de lo que creía, entre nosotras.
Y, sinceramente, tampoco me está apeteciendo jugar a ser una adulta responsable y cordial. Me ha hecho demasiado daño.
—¿En serio, Álex? —pregunta claramente molesta.
—Mira, Diana… Eras amiga de mis amigos, genial, bien por ti.
Un pin porque son geniales y eso que te llevas, pero no quiero saber nada más —insisto y sé que estoy siendo un poco cruel.
Está justificado porque siento que no puedo permitirme ahora mismo cualquier atisbo de flaqueza con ella—.
Tú tienes tu vida y yo la mía. No veo motivo para que eso tenga que cambiar.
Las dos pensamos que aquí pasa algo raro, pues genial, buscamos respuestas y podemos compartir información.
Nada más. Ni somos amigas, ni vamos a serlo.
Ale, ahí lo llevas, rubia.
—Se me había olvidado lo imbécil que puedes llegar a ser cuando quieres.
Y no sé si me molesta más el tono que usa o la mirada de reproche, pero me jode una barbaridad que diga eso. Tampoco tengo muchas más opciones de protestar o rebatirle porque se marcha y me deja de pie en mitad del salón.
Voy a admitir que consigue que me coma un poco la culpa.
Entiendo que piense así, porque sí, quizás estoy siendo un poco gilipollas, pero yo necesito poner esa distancia entre nosotras.
Necesito esa barrera para que esto no vaya a más, para que los sentimientos que amenazan con desbordarse ahora mismo no consigan hacerlo.
Nos hemos hecho demasiado daño en el pasado como para volver ahí.
Diana no puede pensar que esto es algo más que una coincidencia forzada.
Yo tengo mi vida en Nueva York y ahí que voy a volver en cuanto pueda.
Pero claro, el maldito Hugo, que siempre conseguía colarse en mi cabeza de una forma, vuelve a hacerlo cuando recuerdo las palabras que ha leído el notario esta mañana: «por favor, tomaos un minuto para pensar en mí y dejad vuestras diferencias a un lado».
Si es que él sabía que esto iba a pasar.
Pues no habernos dejado un piso a medias, tío…
Bueno, por tu memoria intentaré que no nos matemos mientras tengamos que estar aquí.
Suspiro y voy a buscarla al salón, donde está de espaldas a la puerta.
—Lo siento, Diana —digo para llamar su atención—. No quería ponerme así. Estoy algo nerviosa con todo esto y no controlo bien mis emociones, lo que me lleva a decir cosas que… bueno, que no debería decir así. Así que lo siento.
Tarda lo que para mi gusto es demasiado en girarse para mirarme. Tiene los brazos cruzados en el pecho, a la defensiva.
—Supongo que algunas cosas nunca cambian.
Siempre has sido un poco bocazas… —Si pretende que sea una broma, que conociéndola seguro que sí, a mí no me hace ninguna gracia, la verdad, y debe notarlo por mi seriedad—.
No pasa nada. Es una situación complicada y es normal soltar cosas de malas maneras de vez en cuando.
No me viene bien que sigas siendo tan amable y comprensiva, la verdad.
Yo quiero seguir odiándote, Diana. Yo quiero alimentar todo lo que he formado en mi cabeza estos años sobre ti.
Yo quiero… salir de aquí y no quedarme mirándote como hago ahora mismo al notar que sigues inclinando la cabeza como un cachorrito cuando esperas una respuesta.
No la vas a tener, sorry .
Mi silencio va a tener que valerle como tregua antes de que me ponga a mirar por el salón como si yo fuera a notar si hay algo fuera de su sitio cuando nunca he estado aquí.
El negro y el blanco predominan en la sala, bastante diferente a su habitación.
Hay más fotografías enmarcadas por las paredes y un cuadro abstracto de gran tamaño sobre la mesa de comedor.
Es entonces cuando me doy cuenta de que hay un folio sobre esa mesa, así que voy directa a por él antes que Diana.
Una vez más, mi esperanza de encontrar una nota de mi amigo cae en saco roto cuando veo que está en blanco.
Solo hay un logo de una entidad bancaria en el centro superior y unas marcas extrañas que parecen puntos aleatorios por todo el papel.
La suelto de nuevo sobre la mesa y me tiro en el sofá.
De verdad, qué agotamiento siento con todo esto.
Necesito dormir tres días para recuperarme un poco…
—Si estás cansada podemos dejar esto para otro día —sugiere Diana de pie frente a mí—, ha sido un día muy largo.
Cansada estoy. ¿Se lo voy a reconocer? No, porque es admitir que otra vez más sabe qué me pasa sin que yo se lo diga.
Es que no entiendo por qué tiene que preocuparse por mí, que se preocupe por ella misma que tiene también unas ojeras…
Uy, no me había fijado hasta ahora, la verdad.
Aprovecho que la tengo a una distancia de seguridad suficiente para examinar su rostro.
No son solo sus ojeras o los ojos hinchados, cosa que puedo entender por los llantos o falta de sueño de estos días, lo que llama mi atención.
No. Se trata del moño algo despeinado que lleva.
Ese moño que solo se hacía cuando se sentía superada y sin tiempo para dedicar a su melena rubia lisa.
A diferencia del outfit sobrio del tanatorio ha optado por unos vaqueros y una blusa que le sientan maravillosamente bien a su figura, con las caderas marcadas lo justo para destacar.
Siempre ha sido guapísima y no solo eso, siempre ha sido atractiva, que es algo más llamativo aún para una persona. No sé si habrá cambiado tanto en su interior como Marcos quiere hacerme creer. Lo que sí sé es que, exteriormente, está más guapa aún y eso que lo veía difícil hace unos años.
Debe de notar que no le he quitado los ojos de encima, porque se mueve algo incómoda y aparta los ojos de los míos. Mira, por lo menos no soy la única que no se siente en su elemento con todas estas interacciones.
—¿Te han contado cómo fue? —pregunta para intentar distraerme.
—No. No sé más que lo de la pistola que dijiste…
—¿Quieres saberlo? —ofrece sentándose a mi lado en el sofá.
Gran pregunta, Diana. ¿Quiero saber los detalles de la muerte de mi mejor amigo? Pues debería decir que no, si no fuera porque me puede la curiosidad. No hay morbo en esto, solo quiero entender en qué narices estaba pensando para hacer algo así.
—Mientras no sea demasiado explícito —pido.
—No entraré en detalles escabrosos si es lo que te preocupa. —Y sí, es justo lo que me preocupa. Otra vez más sabiendo lo que pienso—. Solo te diré lo que más me inquieta de todo esto y por qué estoy tan pesada con el tema de su suicidio.
Adelante, cuéntame los motivos por los que pareces creer que aquí pasa algo que nadie más ve.
—Me enteré de lo ocurrido porque me llamó Amanda y…
—¿También eres amiga de Amanda? —interrumpo en un impulso. Joder, sí que soy bocazas, sí. La manera en la que alza la ceja y sonríe me indican que, en el fondo, sabe que me intereso por ella—. Perdón, continúa.