Capítulo 06
Un pisazo e n el c entro de Madrid
No tenía que haberme bebido esas copas de vino.
Todo malas decisiones en las últimas setenta y dos horas.
Ahora tengo un dolor de cabeza bastante molesto.
Parece que tenga dentro a un maldito pájaro carpintero que me está torturando, como si no estuviera yo ya torturada de por sí.
Ni Taylor Swift sufrió tanto en The Tortured Poets Department como yo en los últimos días.
Supongo que la mierda de alimentación y la falta de sueño no están tampoco colaborando a que mi cuerpo esté mejor de lo que quiero.
En fin, el caso es que me las he apañado para llegar hasta casa de Hugo.
Portal que he visto alguna vez en nuestras videollamadas y que agradecería haber conocido de otra forma.
A mi incipiente dolor de cabeza vamos a sumarle que Diana esté, otra vez, en la puerta esperándome.
Esta persona antes llegaba tarde a todos lados y ahora siempre es la primera en llegar.
Va a tener razón Marcos con eso de que ha cambiado…
Me limito a un asentimiento de cabeza y a pasar por su lado para entrar en el edificio.
Si el encuentro de esta mañana en la puerta de la notaría había sido frío, este lo podemos catalogar como Polo Norte.
Lo siento, yo sé que ella intenta ser amable y…
en parte lo agradezco. A mí no me sale y no me apetece fingirlo.
—¿Preparada? —pregunta Diana cuando llegamos a la segunda planta, frente a la puerta con la letra «B» sobre ella.
Mira, no. No lo estoy y cualquiera que respondiera que sí, es que miente.
—No, pero abre de una vez.
Me alegro de que sea ella la que esté haciendo esta tarea porque a mí me estarían temblando las manos intentando atinar en la cerradura.
Diana mantiene bastante bien la compostura.
Empuja la puerta de madera y, mientras está girada hacia mí, suelta las llaves sin mirar en el mueble de la entrada.
Sabe perfectamente dónde está… O sea que conoce este piso perfectamente.
Otra prueba de ello es que va directa hacia las interruptores de la luz del pasillo y la entrada.
¿Cuántas veces ha venido cómo para saber dónde está todo?
La sigo porque, por mucho que me gustaría explorar a mi gusto por este piso, no me siento aún muy cómoda como para hacerlo.
Pasamos frente a un espejo con un marco dorado bastante barroco.
Me giro por instinto y, aunque es breve, la imagen de Diana a mi lado en la superficie reflectante hace que mi mente viaje al pasado.
A todas esas fotos que tenemos juntas y que viven enterradas en alguna caja en casa de mis padres que nunca me llevé a Nueva York.
Y a pesar de que en esas fotos teníamos menos ojeras y éramos algo más felices que ahora, seguimos quedando bastante bien juntas.
El contraste de nuestros cabellos, rubio y castaño, la poca diferencia de altura y nuestras formas de vestir encajan tan bien como el primer día.
Vernos así ahora, más maduras, más adultas…
Es inevitable que mi mente proyecte una vida paralela que nunca tuvimos el valor de vivir.
—Está todo tan perfecto… —murmura Diana mientras sigue avanzando por el pasillo, asomándose a varias habitaciones—. No hay nada fuera de su sitio.
No es algo que yo pueda apreciar porque no he estado aquí nunca.
Encima de tener que aguantarla va a hacer que me sienta culpable por no conocer gran parte de la vida de mis amigos.
Todo ventajas lo de reencontrarme con ella.
Hugo siempre ha sido una persona muy ordenada, así que supongo que todo está en su línea.
Diana no se detiene hasta que llegamos a la puerta de su despacho, el mismo donde pasaba consulta a sus pacientes.
A primera vista, la estancia está igual de impoluta que el resto del apartamento.
La pared principal está cubierta por varias estanterías de roble repletas de libros.
Destacan para completar la decoración numerosas plantas y algunas figuras de cerámica.
Nada muy destacable o llamativo, supongo que para no distraer a sus pacientes.
Mis ojos van directos a la esquina opuesta de la habitación donde hay un sofá de cuero negro, probablemente el que usaba para que sus pacientes estuvieran cómodos.
Me dejo caer en él cuando noto que la habitación empieza a darme vueltas.
Yo ya no sé si es por el vino, por la presión en el pecho o porque ya no sé cómo gestionar tanta cosa junta.
Se me acelera el pulso y empiezo a tener sudores fríos.
Y cuanto más consciente soy de esta sensación, peor me siento.
Sería fácil decirle a Diana que me siento así y que me sacara de aquí, si no fuera porque no quiero pedirle ayuda ni para eso, así que me conformo con tumbarme un poco e intentar respirar de forma constante.
—Qué extraño…
Giro la cabeza para prestarle atención y la veo examinando uno de los muebles bajos del despacho.
—¿Qué pasa? —pregunto más por intentar distraerme que por que me apetezca hablar con ella.
—El vinilo que está puesto en el tocadiscos. —Diana lo levanta con cuidado para examinarlo, pero yo a esta distancia no veo qué le pasa—. Es de Starlight .
—No creo, Hugo odiaba ese grupo —digo descartando su idea.
—Álex, que sí que es —insiste acercándose para que lo vea.
Atrás, no hace falta que te acerques tanto que ya veo desde aquí el nombre en la parte central del vinilo.
En serio, Diana, para, que no hace falta, tía.
Nada, que le da igual, ahí me tiende el vinilo para que lo mire yo a menos de un metro.
Espacio vital, Di. Digo, Diana. Mira, voy a mirar este vinilo porque ya no sé ni qué pienso.
Tiene razón en que es de Starlight y, aunque a mí me encanta, él siempre les ha odiado con todas sus fuerzas.
El nivel de no soportarlos es que ni siquiera cuando vinieron de gira a Madrid durante nuestra época universitaria, fue capaz de acompañarme a un concierto.
Se negó por activa y por pasiva porque ni una canción aguantaba, así que terminé yendo con Diana cuando aún ni éramos nada. Si es que alguna vez fuimos algo, ¿no?
—No tiene polvo, está impecable. Así que tuvo que escucharlo o colocarlo en el tocadiscos justo antes de…
No es capaz de terminar la frase. Tampoco hace falta que lo haga. Hay algo en el tono que ha usado para decir eso que me da a entender que no es una afirmación cualquiera. No, Diana está pensando algo más que no va a soltar así como así.
—¿A dónde quieres ir a parar? —pregunto para ver si consigo que hable.
Diana suspira y me quita el vinilo de las manos para dejarse caer en el sofá a mi lado.
—Hugo… me dijo que tenía ese vinilo por ti, por si alguna vez venías —explica y yo no entiendo nada. ¿Cuándo han hablado de mí y por qué?—. Entiendo la razón de su compra aunque no lo escuchara habitualmente. No tiene sentido que sea lo último que dejas en el tocadiscos antes de…
Incapaz de nuevo de terminar la frase. El simple hecho de que no lo haga empieza a indicarme que su relación con Hugo era tan intensa como la mía y que está llevando todo este tema tan mal como yo.
—Diana… —Joder, qué raro se me hace pronunciar su nombre así después de tanto—. Tú… también piensas que hay muchas cosas extrañas en todo esto del suicidio de Hugo, ¿no?
Sin mirarme, se reclina contra el respaldo, dejando su cabeza apoyada lo justo para que encaje con la parte superior y mirar al techo cómodamente.
Parece que lo haya hecho antes y… ¡ah! Claro.
Si Marcos dijo que venía a terapia con él…
Seguro que ha estado sentada aquí mil veces.
¿Qué hablaría con él? ¿Le contaría lo nuestro o era por otro motivo?
—Hugo nunca haría algo así, Álex. —Cierro los ojos en cuanto dice mi nombre e imito su postura a unos centímetros en el sofá—.
Ni el hecho de hacerlo, ni las armas, el testamento, ahora lo del disco…
—Hace una pausa que noto que anticipa algo más importante—.
Es como si todo me indicara que hay algo más que no sé, porque una casualidad vale, pero ¿tantas?
—No sé si de verdad espera mi respuesta o simplemente está pensando en voz alta, así que me quedo callada esperando que continúe—.
¿Recuerdas lo que ha leído el notario en la carta?
«Ahí se esconden todos los secretos, mis secretos, más bien, y estoy seguro de que nadie podrá cuidarlo y entenderlo como ellas».
¿Qué quiere decir? ¿Qué hay aquí? —Ahora mismo lo que hay somos tú y yo sin entender nada de nuestra vida al parecer—.
Vamos a revisar este piso de arriba a abajo a ver qué encontramos.
Y, sin más, deja el vinilo a un lado y se levanta para abandonar este despacho.
Agradezco el espacio físico entre nosotras, la verdad, tener a Diana cerca no es algo que mi cuerpo, ni mi cabeza, está gestionando muy bien.
Si le sumamos el hecho de que crea que pasa algo y nos haga compartir sospechas…
No quiero que este tema me haga conectar con ella más de la cuenta.
¿Por qué no le he dicho a Marcos que viniera?
Él también conocía el piso y así habría tenido apoyo en caso de que Diana y yo no fuéramos capaces de aguantarnos.
Bueno, más que aguantarnos podría en realidad decir afectarnos o algo así.
Porque uno de los principales problemas de todo esto es que en tan solo unas pocas interacciones con ella ya siento todas mis creencias empezar a tambalearse.
No quiero más tiempo con ella, no quiero caer en esa trampa, en esa sonrisa que sabe usar a la perfección, en su sutil forma de… ¡Álex! ¡Céntrate!