Lo que dejé en Madrid Paciente R.P.
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Paciente R.P.

—No tengo suerte en las relaciones —respondió el paciente.

Se encontraban sentados el uno frente al otro en la consulta, con Hugo decidido a conseguir algún progreso después de cinco sesiones en las que apenas habían arañado la superficie de la vida de ese hombre.

—Esa es una respuesta muy vaga. Necesito que me cuentes algo más. —A esas alturas ya habían tenido suficientes sesiones juntos como para saber que no iba a soltar prenda fácilmente—. ¿Cuántas relaciones has tenido?

—Alguna seria y el resto esporádicas. No duran lo suficiente como para considerarlas relaciones.

—Vale. Hablemos de las serias y analizamos qué ocurrió. Así podremos ver por qué consideras que no eres bueno en las relaciones —sugirió Hugo, tratando de transmitirle un poco de confianza.

—Yo no he dicho que no sea bueno en las relaciones —corrigió el paciente.

Hugo había herido su ego casi sin quererlo y esto le beneficiaba al ponerlo a la defensiva.

Era un caso complicado, más de lo habitual.

A simple vista, aquel hombre no tenía ningún motivo evidente para estar en su consulta, más allá de un sentimiento incómodo que parecía querer expulsar sin ser consciente de ello.

Decidió ignorar su reacción y continuar con la conversación.

—Cuéntame entonces, ¿algo que destacar en la adolescencia? —dijo desviándose un poco del tema por el que habían empezado.

—No, no salí con nadie en esa época. Me centraba en los estudios y en sacar buenas notas para poder irme a la universidad y alejarme de mi casa.

Otro indicio de que la relación con su familia era un tema delicado para él.

—Entonces, supongo que la universidad fue un punto de inflexión para ti en este aspecto —dijo Hugo, quien utilizaba la poca información que tenía para obtener más.

—Fue cuando empecé a tratar con chicas, sí —confirmó.

Y no añadió ninguna explicación más.

No le ofreció información extra que pudiera usar para seguir hablando. Había tanto silencio a su alrededor que podía oír el crujido del cuero del sofá cada vez que su paciente se movía un milímetro.

Hugo entendió, un día más, que no iba a conseguir nada nuevo si no cambiaba sus tácticas y le provocaba de alguna manera.

Conocía bien a los tipos como él. Esa necesidad de reafirmar su valor que le hacían parecer más creído de lo que era y si hablaban de su egocentrismo…

tenían para rato. Así que decidió usar a su favor este tipo de comportamientos así como sus aires de grandeza.

—Sin mucho éxito, por lo que veo, ¿no? —dejó caer, buscando tocarle una fibra. El paciente levantó las cejas, alerta por lo que él consideraba un ataque muy gratuito—. Porque alguien que no ha tratado nunca con chicas no triunfa así como así. Y teniendo en cuenta que ahora tampoco te va bien…

—Te equivocas —interrumpió, incapaz de morderse la lengua. Hugo sonrió levemente al ver que se salía con la suya—. Cuando empecé la universidad, me llevaba bien con las chicas. De hecho, pasaba más tiempo con ellas que con los chicos.

Iba bien. Había admitido algún tipo de cercanía real con otras personas por primera vez en la conversación.

Aún más revelador era el hecho de que su grupo cercano estuviera compuesto mayormente por mujeres.

Teniendo en cuenta la falta de apego que había mostrado hacia su madre en sesiones previas, era posible que en la universidad buscara en ellas el refugio emocional que nunca tuvo en casa.

—Después de un tiempo me di cuenta de que podía compaginar los estudios con tener vida social y empecé a quedar con una chica —continuó con su historia y parecía disfrutarla—.

Compartíamos intereses y, como ella también valoraba sus estudios, entendía perfectamente cuando le decía que no podía quedar.

Nos veíamos cuando nos apetecía y disfrutábamos de la compañía del otro.

—Lo que ahora llamaríamos amigos con beneficios —señaló Hugo.

—Algo así.

—¿Y qué pasó? ¿Se aburrió?

Lo ponía siempre contra las cuerdas, haciéndole quedar mal ante sus preguntas.

—Lo que pasó es que fue una zorra y…

—Cuidado con lo que dices —interrumpió Hugo, su tono cambió de inmediato al escuchar el desdén con el que había dicho eso—. En mi consulta no se habla así de las mujeres. Ni de nadie.

—Si se comportó como tal, no es mi culpa —se defendió el paciente, encogiéndose de hombros.

—Te lo repito: no voy a consentir ese lenguaje. Ahora cuéntame qué ocurrió y podemos valorar lo que hizo.

El hombre respiró hondo, conteniéndose. Hugo estaba frente a un animal salvaje, cualquier paso en falso le podía condenar, pero había ciertas líneas rojas que no estaba dispuesto a permitir.

—Estábamos en el último año de universidad, a unos meses de terminar la carrera.

Yo necesitaba relajarme por la presión de los exámenes.

La llamé para quedar y me dijo que tenía planes que no podía cancelar.

Me extrañó, así que le propuse vernos al día siguiente.

Tampoco podía, tenía que hacer un trabajo en grupo. Lo dejé pasar, pero no me cuadraba.

—¿Por qué no te cuadraba? Antes dijiste que ambos respetabais vuestro espacio, especialmente en lo académico, ¿no?

—Sí, lo que pasa es que esa noche no tenía que estudiar. Solo había quedado con sus amigos.

—¿Te molestó que no cancelara sus planes por verte? —adivinó el psicólogo.

—Por supuesto —respondió como si fuera obvio—. Después de tanto tiempo juntos, esperaba un mínimo de lealtad y consideración.

Estaba consiguiendo arrancarle emociones reales de una vez por todas. Percibió la indignación en su voz y en su comportamiento. Tomó algunas notas más: «necesidad de control», «celos», posesión disfrazada de preocupación», «necesidad de cariño».

—¿Lo dejasteis solo porque no quiso quedar un día?

—Tan sencillo como eso —afirmó. Ante el silencio expectante de Hugo, continuó—. Unos días después, fui a su piso sin avisar. Cuando llegué, me la encontré con unos amigos viendo un partido. Y lo dejamos. Eso fue todo.

—No te creo —soltó Hugo sin rodeos.

—¿Qué parte de la historia?

—Que lo dejasteis así, sin más. Antes la has insultado y has insinuado cosas que no aparecen en tu versión. ¿Qué pasó de verdad esa noche?

Nadie sabía jugar con las mentes como él.

El paciente lo miró fijamente, como si evaluara sus opciones: podía mantener esa versión de la historia o contar la realidad. Finalmente, se levantó del sofá y comenzó a caminar por la consulta, inquieto. Hugo no se quejó por este comportamiento, solo esperó con paciencia.

Tras varias vueltas por la habitación, se detuvo detrás del sofá y apoyó las manos en el respaldo. Estaba con medio cuerpo inclinado hacia delante, casi abatido al recordar en su mente aquella noche cuando se decidió a hablar por voluntad propia.

—Cuando llegué a su piso, estaba con sus amigos viendo un partido.

Le reclamé que tuviera tiempo para ellos, pero no para mí —dijo, completando su historia con la mirada perdida en el fondo de la habitación mientras hablaba—.

Me dijo que había estado haciendo un trabajo y se quedaron tomando algo.

Ella intentó explicarse, pero yo no la creí.

La discusión subió de tono. Uno de sus amigos se metió en la conversación y le empujé.

Se convirtió en una pelea. Ella intentó separarnos y…

—¿Le pegaste? —preguntó, tragando saliva. —Fue sin querer. Se metió en medio y recibió un golpe —justificó de forma vaga.

Lo dijo sin pestañear y sin un solo temblor en su voz. Eso no era lo peor, era el hecho de que no había culpa alguna en lo que decía. Y eso fue lo que realmente inquietó a Hugo.

Anotó en su libreta: «violencia sin motivo», «impulsividad», «sin arrepentimiento».

Los rasgos de su personalidad junto con esa información empezaban a preocuparle notablemente al psicólogo, quien necesitaba saber más para ver si esa conducta podía ser un patrón o simplemente un hecho aislado que le había causado un trauma.

—Lo dejamos después de eso —el paciente prosiguió con la historia—. Decía que no podía estar con alguien tan impulsivo, controlador y que actuaba así a la primera de cambio.

—¿Por qué te consideraba controlador? —Algo le decía a Hugo que le faltaban muchos detalles—. Creía que cada uno tenía su vida independiente.

—Así era, yo solo me interesaba por lo que hacía y si salía con quién iba y esas cosas, era pura preocupación por ella, nada de controlarla —dijo, restándole importancia—.

Lo que pasó fue un accidente y, si soy sincero, me alegro de haberme librado de ella, esa tía no se merecía mi atención, no quiero a alguien que no me considere su primera opción, la verdad.

—¿Te arrepientes de haber reaccionado así y haber pegado a alguien que no tenía culpa?

—Viendo mi vida ahora… no. No me arrepiento.

Hugo llevaba muchos años ejerciendo esa profesión y, sin embargo, nunca había agradecido tanto que sonara la alarma que indicaba el fin de la sesión como ese día. Necesitaba procesar toda aquella información y entender qué o a quién tenía frente a él.

Estaba desentrañando algo mucho más profundo de lo que había imaginado.

Y lo que estaba descubriendo no le gustaba en absoluto.