Lo que dejé en Madrid Capítulo 05 #2
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Capítulo 05 #2

Lola se despide de nosotras con la misma frialdad con la que nos ha recibido en la sala antes: un breve abrazo y un «buena suerte» que se me queda clavado en la mente.

Suerte, ¿para qué? Esta persona está modo estatua para haber perdido a su hijo, la verdad.

Si Hugo siguiera vivo quizás me explicaría lo de las fases del duelo y esas cosas y, a lo mejor, cobraría sentido.

Como el muy imbécil ha decidido jodernos a todos con sus ideas, pues nadie me lo va a explicar y yo me quedo con mi teoría de que todo esto es rarísimo.

—Álex —me llama Diana cuando nos quedamos solas.

—¿Qué pasa ahora? —pregunto sin ganas.

—He pensado que podríamos tomar algo y hablar —sugiere, señalando la cafetería que hay cruzando la calle.

Has pensado mal.

—No tenemos nada de lo que hablar, Diana.

En algún punto tengo que dibujar la línea y volver a alejarme de ella. Suficiente broma del destino cruzarnos así, ¿no? Todo lo que tenía que hacer con ella, ha sido hecho. Yo ahora me voy a mi casa y…

—Hugo era tu mejor amigo. —Insistente como ella sola la chica—. Y, por alguna razón, nos ha dejado este apartamento juntas. ¿No te parece suficiente motivo para, al menos, hablar? —pregunta con intención—. ¿No quieres saber por qué lo hizo? ¿No te parece todo muy raro?

Si es que lo peor es que sí quiero, Diana.

La info, nada de anillos ni cosas así contigo.

No pensemos mal. Me jode que me haga esas preguntas porque son las mismas que yo me he hecho y por las que Marc me llama loca.

No estoy loca si ella también… o esta persona también lo está, que visto el pasado, pues podría ser.

Hay un factor importante que conocer de mi persona y es que en el dicho «la curiosidad mató al gato», a mí me encanta ser ese animal de siete vidas, por lo que no es raro que me pueda la intriga de saber qué está pasando aquí.

Lo único que me está impidiendo decirle que sí ahora mismo es mi orgullo y no querer darle el gusto de hacer lo que ella quiera.

—He quedado para comer con un amigo. Si quieres, podemos ir esta tarde al apartamento y ver qué nos encontramos —propongo para ser yo quien controle la narrativa.

Si quiere hablar conmigo, bajo mis términos y condiciones. Además, quizás no pueda y rechace la idea.

—Genial. —Ni un atisbo de duda esta persona—. Su coche estará allí, por si quieres llevártelo.

—No, gracias —niego, echando a andar ya en la dirección opuesta a la que está ella—. Nos vemos luego, Diana.

Aquí es cuando me hago la digna y me marcho sin darle ni opción a despedirse de mí.

He obviado el detalle de decirle que el amigo con el que he quedado es Marcos para que no hubiese ni la más remota opción de que se autoinvitara al plan.

Necesito contarle todo lo que ha pasado y saber su opinión sin ella cerca.

Marcos trabaja como programador en la misma empresa desde hace años.

Todo el mundo le adora y le dejan hacer lo que le da la gana, también porque es muy bueno en lo suyo y nadie puede recriminarle nada.

Así que eso le da la total libertad de salir y entrar a su antojo, por lo que se ha escapado para que vayamos a comer, intuyendo que iba a necesitar este ratito después de lo del testamento.

Va directo a abrazarme en cuanto me ve y yo me relajo un poquito.

Agradezco que rellene el tiempo hablando sobre su trabajo antes de entrar en faena, porque de verdad no sé cómo afrontar lo que tengo que decir.

—Te has bebido una copa de vino de un trago y aún no me has contado qué ha pasado —comenta cuando ya hemos pedido la comida.

Sherlock aquí mi amigo dándose cuenta de que algo pasa. Mira, lo voy a soltar como quiera que salga y ya vamos viendo hacia dónde va la conversación.

—A ver… Te lo resumo rapidito —digo antes de coger aire y prepararme mentalmente—.

Hugo, nuestro mejor amigo y, al parecer, también el de Diana, decidió que quitarse la vida era una gran idea.

Por si eso no fuera suficiente, decidió también que, cuando él no estuviera, su maravilloso piso del centro de Madrid iba a ser para Diana y para mí.

Porque claro, es super normal ocultarle a tu mejor amiga lo bien que te llevas con su expareja y luego hacerle esa faena.

—Ya estaría todo, ¿no?—. ¡Ah! También me ha dejado su cochazo para que lo utilice mientras esté en la ciudad.

Y para culminar la situación absurda, su madre parecía un puto robot sin sentimientos a la que parecía darle igual que su hijo hubiese muerto.

Sí, ahora sí está todo.

—Una mañana movidita, vaya —bromea con una sonrisa que solo hace que le quiera tirar el tenedor a la cara.

Me limito a asentir y seguir bebiendo de la nueva copa de vino que la camarera se ha encargado ya de dejar en la mesa. Un diez en servicio este sitio, la verdad. Se agradece porque no hay cosa que me dé más rabia que un buen local, con buena comida y ambiente que lo jode todo con un mal servicio.

—¿Os ha dejado el apartamento a las dos? —pregunta Marcos tan extrañado como yo por este hecho.

—Sí. Así que quizás es hora de que me cuentes, de una vez por todas, desde cuándo eran tan amigos —pido con la paciencia empezando a llegar a mi límite—. A ver si así algo de esto empieza a tener sentido.

—No debería ser yo quien te lo cuente, Álex.

La forma en la que agacha la cabeza y esquiva mis ojos me dice que de verdad siente que no es su historia y no le corresponde a él contarla. Lo siento, Marcos, me da igual lo que creas, vas a empezar a cantar ya.

—Hugo desde luego no va a hacerlo, así que empieza a hablar.

Ya no es una petición, es una exigencia y se ha dado cuenta.

No tiene escapatoria. Seguir ocultando esto, o pretender que Diana me lo cuente no es una opción si no quiere joder nuestra amistad y él lo sabe.

—Diana iba a terapia con Hugo, por eso empezaron a tener relación —confiesa de una vez por todas.

Mi cara debe de ser un poema ante esa información porque él solito decide seguir explicándose—.

Después de meses de sesiones, empezaron a quedar fuera de la consulta.

Se llevaban bien, él sabía cómo animarla por todo lo que hablaban en terapia.

La entendía mejor que nadie y, bueno… la trajo varias veces cuando quedamos con el grupo y por eso yo también me hice su amigo.

—¿Diana iba a terapia? ¿Por qué? ¿Desde cuándo? ¿Por qué Hugo no me lo dijo? —Las preguntas se están empezando a atropellar en mi cabeza una detrás de otra.

—A la mayoría de esas preguntas va a tener que responder Diana y no yo.

—Está trazando una línea para dejarme claro que no va a entrar en temas personales por más que insista y lo entiendo—.

Lo que sí puedo decirte es que no te lo contamos porque sabíamos que te pondrías hecha una furia en cuanto lo supieras.

—Ahora va a ser culpa mía lo de que me mintierais —me quejo molesta. Me ha sentado como el culo que la justificación de ocultar todo eso sea tan pobre y, encima, se me culpe—. Y yo no pienso hablar con Diana de nada de esto.

Ya me da igual el gato, la curiosidad y su madre. No quiero seguir metiéndome en cosas que no quiero saber. No. Se acabó todo lo que tenga que ver con ella. Yo voy esta tarde, veo mi piso y a volar a casa.

—No estoy diciendo que sea tu culpa, Álex.

No te lo lleves por ahí —suspira Marcos.

Si no estuviera tan desquiciada, podría ser capaz de darme cuenta de que lidiar con lo de Hugo y mi actitud de mierda no está siendo fácil—.

Te conocemos de sobra y no ibas a tomártelo nada bien.

Cada vez que la hemos mencionado estos años te has puesto a la defensiva y…

un poco histérica. Sigues sin superar lo que pasó entre vosotras.

Y tu reacción ayer al verla es la prueba de que sigues sin saber cómo lidiar con todo lo que te genera Diana.

¿Qué dice? Diana está en el pasado. Me da igual. Mi vida está en Nueva York y a mí me da igual lo que ella haga o deje de hacer. Agua pasada. Superado. Enterrado en el cementerio y… bueno, esta última no es la mejor metáfora dadas las circunstancias.

Por mucho que quiera justificar haber ocultado ese secreto, no hay defensa que valga.

Hugo y él fueron testigos de todo lo que vivimos, de todo lo que nos pasó y cómo me destrozó la ruptura en su momento.

Y ahora de amiguis con ella… malditos animales rastreros, ratas de dos patas…

seguiría con la canción, pero mi casi examigo sigue hablando.

—Mira… Hugo siempre ha sabido hacer lo que era mejor para ti.

Y si os ha dejado ese apartamento a las dos tendrá un propósito.

No creo que quisiera joderte. —Marcos está intentando calmarme y prepararme para lo que voy a tener que hacer esta tarde, pero no me está tranquilizando como él cree—.

Ha pasado mucho tiempo. Habla con Diana y deja que ella te cuente su versión de la historia.

Yo solo puedo decirte que ha cambiado, igual que lo has hecho tú estos años.

Ya no sois las mismas niñas que erais entonces sin saber cómo manejar esos sentimientos.

Un poquito de razón puede tener. Solo un poco, no nos vengamos arriba que tampoco se lo voy a reconocer tan fácilmente.

—La broma esta de mal gusto que habéis preparado para traerme de vuelta ha dejado de tener gracia, Marc, así que devuélveme mi vida, por favor.

—Admito que es un ruego completamente en serio el que le hago.

Necesito volver a hace unos días y seguir como si nada—.

La vuelta, mi familia, Hugo, ahora Diana…

no puedo gestionar tantas cosas. Perder a un amigo es lo suficientemente duro como para también echarle encima el resto de cosas.

—A ninguno nos gusta estar viviendo esta situación, Álex —afirma siendo ahora él quien se bebe la cerveza de un sorbo—.

Yo solo te digo que aproveches el tiempo que estés aquí.

Y si Hugo te dejó ese piso con ella, quizás haya una razón detrás.

No sabemos qué pasaba por su cabeza. Nadie imaginó que haría algo así y…

—No es tan fácil como lo haces ver, Marc —interrumpo.

—No digo que lo sea, solo te pido que lo intentes. Hazlo por él. Erais muy importantes para Hugo.

Chantaje emocional con el amigo muerto. Manda narices a dónde hemos llegado con tal de hacerme ceder.

No tengo yo suficiente con reencontrarme con mi ex, con sentirme amenazada por ella en lo que a mis amigos se refiere, no, a todo eso vamos a sumarle la culpa, la pena, el remordimiento por lo que hice…

Un cóctel que no recomiendo a nadie porque es lo que hace que se empiecen a tomar decisiones estúpidas.

Tan estúpidas como seguir queriendo esta tarde ir a ver ese apartamento con Diana.

¿Me apetece? No.

Pero claro, Hugo, que no dejaba ni un hilito suelto cuando quería, dejó esa maldita frase en el testamento «no salgas huyendo una vez más, por favor» y a mí me toca el orgullo de una manera especial.

Me quedo mirando la copa de vino, sin beber, procesando lo que ha dicho Marcos. Me guste o no, tiene razón y, con un poco de suerte, el apartamento que ahora comparto con Diana arrojará algo de luz sobre la oscuridad de estos días.

A peor no puede ir, ¿no?