Capítulo 05
El T estament o
Diana Álvarez García, Diseñadora.
Tercera vez que leo su nombre completo desde que me he despertado.
Está en el reverso de una más que bien diseñada tarjeta de visita en la que Diana apuntó la dirección y la hora de la lectura del testamento de Hugo.
Debe de ser la que da a sus clientes, porque contiene su página web, email, número de teléfono…
No quiero pensar mal y que, casualmente, me ha dado esta tarjeta para que la tenga al alcance de mi mano, ¿no?
Con Diana nunca se sabe…
Me gustan los tonos azules que ha elegido para la parte frontal donde hay unas formas geométricas que terminan por intersecar justo cuando llegan hasta su nombre. Sigue teniendo el mismo gusto exquisito que cuando la conocí, quizá incluso más afinado. La madurez, supongo, ¿no?
¿Habrá cambiado en todo o…?
Mira, me da igual. Ya puede haberse convertido en el Premio Nobel de la Paz que a mí no me importa. Yo tengo una vida maravillosa sin ella y esto es solo un breve trámite porque mi querido Hugo es así de gracioso y nos ha puesto a las dos en el testamento. Pues nada, allí que iré.
Dejo la tarjeta de visita sobre la mesita de noche de la habitación de invitados y vuelvo a tumbarme un rato a contemplar el techo.
Estoy un poquito cansada. Anoche me dormí nada más tocar el colchón, supongo que mi cuerpo ya no podía más.
Voy a recalcar que dormir no es descansar.
Me he despertado varias veces con pesadillas en las que Hugo me hablaba y me pedía perdón por todo.
¿La guinda del pastel? La aparición de Diana en sombras varias veces, fija en mi maldito subconsciente.
Sudores fríos he tenido con tanto ajetreo esta noche.
Agradecería un respirito estos días, querido cerebro, que bastante tengo como para lidiar con tus jueguecitos mentales en sueños.
En cuanto me muevo de la cama sé que se avecina un día duro, porque cada movimiento me cuesta el doble de esfuerzo de lo normal.
De verdad que no tengo fuerzas para seguir lidiando con nada más, solo quiero irme de vuelta a casa y olvidar esto.
Sin embargo, por muchas ganas que tenga de salir huyendo otra vez, Diana lo ha dejado claro: sin mí no hay lectura del testamento y no puedo hacerle eso a su familia.
Pues nada, un día más haciendo lo que se supone que tengo que hacer y no lo que me apetece.
Y claro, la problemática de convertirte en una tortuga desde bien temprano es que voy a llegar tarde.
Bueno, eso y que me he pasado quince minutos admirando mi taza de café perdida en mi cabeza.
Nada que no solucione echar a correr con el pelo empapado y rezar por no ponerme mala por el frío de esta ciudad.
La fina melena a la que ya llevo años acostumbrada hace que se me seque bastante rápido así que, con un poco de suerte, para cuando llegue al centro probablemente ya tenga el pelo seco y con unas ondas surferas naturales que a mí no me entusiasman mucho y que rechazo a pesar de que todo el mundo asegure que me favorecen.
Tampoco colabora el tráfico de Madrid a que no vaya a llegar tardísimo.
Esta ciudad siempre haciendo puntos positivos, es una…
¡Oye! ¡Mira por dónde vas! Otro conductor loco.
Esta gente se piensa que la carretera es suya, Jesús.
Voy a soltar el coche en el primer parking que me cruce porque no puedo más y ya echaré a correr a la dirección donde me han citado.
Una idea en apariencia sencilla que se me complica porque el universo ha decidido jugar hoy en mi contra en todos los sentidos.
Y tampoco me ayuda cuando por fin giro la esquina de la calle, algo acalorada y con el pelo más revuelto de lo previsto, y diviso una figura rubia apoyada con encanto contra la entrada del edificio.
Respiro hondo para calmar mi respiración, por la carrera, no por ella claramente, ni por…
¿Me está sonriendo? ¿Por qué me sonríe así? ¡Qué no somos amigas, Diana, coño!
Me choca ver que sigue siendo tan… ella.
No, stop . No quiero un déjà vú ahora mismo.
—Hola —saluda con normalidad cuando la alcanzo y lo agradezco porque no quería ser yo quien rompiera el hielo primero—. Están todos ya dentro. Yo he preferido esperarte para entrar juntas.
Si no fuera ella, quizás le habría respondido cordialmente, o le habría dado dos besos a modo de saludo…
quizás habría preguntado «¿cómo estás?» o soltado un comentario ingenioso.
Todo eso si no fuera ella. No quiero más acercamientos de los necesarios porque dos minutos a su lado ya me han confirmado que sigue siendo una persona muy convincente y cautivadora.
—No hacía falta.
Tampoco mi tono ha sido muy amigable. Ha sido bastante seco, de hecho. A ella la sonrisita no se le borra. Desde luego los años de brackets en la adolescencia surtieron efecto, porque tiene unos dientes perfectos.
—Lo sé. Supongo que... simplemente no quería enfrentarme a esto sola e imaginé que tú tampoco.
La odio profundamente. Es que odio que sepa lo que pienso y lo que necesito, aunque yo lo niegue y me haga la fuerte. Estoy bastante convencida de que si no llega a estar aquí, me habría costado un rato frente a la puerta armarme de valentía para cruzarla.
—Gracias, supongo.
Esquivo sus ojos, que ya bastante tengo con los recuerdos que me está trayendo la sonrisa como para caer en los ojos más verdes que he visto nunca.
—Vamos, anda, que seguro que nos están esperando.
Deja el encanto a un lado, Diana. Primer aviso. Estamos aquí para la lectura del testamento de nuestro amigo, céntrate en eso y no en mí y todas seremos más felices.
La notaría es algo sombría y bastante impersonal, justo lo que cabría esperar de un lugar al que se viene a firmar papeles por una suma considerable de dinero.
Le damos nuestras identificaciones a la secretaria del mostrador de entrada, quien chequea algo en el ordenador, y nos guía hacia la sala donde están ya, no solo el notario, sino también la madre de Hugo que…
parece como muy…. ¿entera? ¿tranquila? Si estoy yo desquiciada porque le pase eso a mi amigo, no me quiero imaginar si fuera su madre, pero ella…
Qué raro, ¿no? Aunque claro, Diana también parece gestionar sus emociones mejor que yo porque no duda ni un momento en acercarse a ella para abrazarla con afecto.
Yo repito el gesto mientras lo único que consigo articular con mi boca es un «lo siento mucho» que parece quedarse bastante corto para esta situación.
Demos gracias al señor notario impaciente que interrumpe este momento para empezar con el trámite de la lectura del testamento.
Un señor de unos cincuenta años de pelo canoso, bien engominado hacia atrás y traje de chaqueta impoluto.
Y, por supuesto, gafas de pasta. Vaya, la viva imagen prototipo de un notario.
Juro que yo intento prestar atención a lo que está leyendo porque su voz grave ha colonizado la sala, pero mi cabeza no parece ser capaz de procesar la cantidad de términos legales que se están diciendo por minuto entre estas paredes.
Es que conforme me toca ir viviendo situaciones desde que Marcos me llamó, todo parece aún más absurdo.
¿Va a salir Toñi Moreno en algún momento a decirme que soy «una persona maravillosa»?
Atino a escuchar que el dinero del banco va directo a su madre, exceptuando una pequeña donación a un refugio de animales en el que éramos voluntarios durante la universidad.
Hugo siempre cuidando de los demás, hasta de los animales…
¿Quién va a estar pendiente ahora de mí?
¿Quién me va a decir que la he cagado cuando lo hago? ¿Quién va a…?
—Ahora, pasemos a ustedes dos —anuncia el notario, señalándonos a Diana y a mí mientras hojea un nuevo documento.
Es en ese momento cuando la tinta del papel se mezcla con la voz del señor y lee en voz alta una carta escrita a mano por nuestro amigo:
Mi apartamento era mi templo. Mi pequeño refugio.
El lugar donde se esconden todos los secretos, mis secretos, más bien, y estoy seguro de que nadie podrá cuidarlo y entenderlo como ellas.
Lo dejo en manos de Diana y Álex. Por favor os lo pido, tomaos un minuto para pensar en mí y dejad vuestras diferencias a un lado con todo esto.
Todo tiene un sentido y espero que lo veáis.
¿Acaba de decir que…? No, ¿no?
Por Dios, Hugo. ¿En qué momento te parece una buena idea dejarme nada a medias con Diana? Porque está muerto, que sino iba yo ahora y le mataba. Yo no quiero tener nada que ver con esta persona otra vez.
—Dime que esto es una broma.
Las palabras se escapan solas de mis labios.
—Calla —murmura Diana a mi lado sin apartar la vista del notario que sigue leyendo.
¿Cómo voy a callarme? ¿Has escuchado lo mismo que yo, Diana? Esta persona tiene una entereza admirable...
Por último, también quiero dejar mi coche a Álex. Sé que siempre te gustó y creo que te hará falta para el tiempo que pases en Madrid. Cuídalo bien y recuerda escuchar cuando conduzcas, eso siempre es importante.
No salgas huyendo una vez más, por favor.
—Eso es todo —concluye, recogiendo papeles y tendiéndonos bolígrafos para que firmemos lo que nos toca a cada una—. Necesito sus firmas para certificar que están de acuerdo y finalizar el proceso oficialmente.
Yo no quiero firmar nada. No estoy de acuerdo con nada de esto.
Es una puta locura. ¿Una casa? ¿con Diana?
¿Un coche? ¿Qué pretendes, Hugo? Tampoco tengo muchas opciones porque el shock que llevo encima, o la «cuajá» como diría mi madre con orígenes andaluces, me deja tan atontada que cojo el bolígrafo y termino firmando en todas las «X» del documento tal y como hace Diana.
Minutos después, estoy saliendo de la notaría con dos manojos de llaves de mi aparente nueva casa y un coche deportivo totalmente innecesario en esta ciudad. Cosas que ni necesito, ni quiero en mi vida. Y mucho menos con mi ex rubia aquí al lado.