Lo que dejé en Madrid Paciente D.A.
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Paciente D.A.

Hugo estaba inquieto ante aquella tercera sesión, que coincidía con un día lluvioso de invierno en Madrid.

No solía tratar a personas que conocía; de hecho, lo había intentado alguna vez con su amiga Álex y nunca había funcionado.

Se había ofrecido a hacerlo porque sabía que ella necesitaba sacar todo lo que llevaba dentro, lidiar con sus miedos y traumas.

Para su desgracia, cada vez que se lo planteaba, recibía una negativa por su parte.

Con esa nueva paciente era diferente. Ella había acudido por voluntad propia y, aunque la confianza que depositaba en él le halagaba, también le generaba cierto temor a lo que pudiera descubrir durante el proceso.

No quería que lo que sucediera en esa terapia afectara a su relación personal con su mejor amiga.

—¿Qué tal te encuentras hoy? —preguntó Hugo para arrancar la sesión.

—Bien, voy tirando, aunque tengo la muñeca un poco dolorida de tantas horas frente al ordenador. Nada del otro mundo, ya sabes que aguanto bien el dolor—respondió ella, encogiéndose de hombros sin darle importancia.

—A veces diría que demasiado —comentó él de una forma nada sutil.

—Puede ser… Quejarme no es lo mío.

—No tienes que quejarte si no quieres, solo te pido que te cuides. Las lesiones en las muñecas pueden dar guerra durante años si no las tratas bien —advirtió.

La paciente asintió, dándole la razón. Tenía que sacar un hueco en su apretada agenda, repleta de citas de trabajo y planes. Acudir a la consulta de Hugo ya era un gran paso y, en ese momento, no podía con nada más. Gran gestión de la vida adulta por su parte, sí.

Hugo era muy consciente de lo que le estaba costando sentarse en aquel sofá semana tras semana. Por suerte, estaba haciendo un esfuerzo sincero por estar mejor, por superar sus problemas y enfrentarse a la realidad de sus sentimientos.

La primera sesión había sido solo una toma de contacto entre ambos. Necesitaban comprobar que no sería incómodo seguir viéndose en ese contexto, así que no tocaron temas profundos. Se limitaron a ponerse al día y sentar las bases de cómo cómo trabajarían si decidía continuar la terapia con él.

No era el tipo de psicólogo que permitía que los pacientes estuvieran años sin avanzar. Prefería establecer objetivos y asegurarse de que cada sesión sirviera para algo. No presionaba y aún así sabía cómo hacer que sus pacientes hablaran. Ese enfoque la convenció de que merecía la pena intentarlo.

La segunda sesión fue más reveladora. Era lo que Hugo solía llamar «lidiar con la realidad».

Hablaron sobre su vida actual: su trabajo, sus compañeros, su vida amorosa…

Aunque ambos eran conscientes de que había un tema peliagudo que aún no habían abordado y al que tendrían que enfrentarse tarde o temprano, solo esperaban el momento adecuado para sacarlo a la luz.

—¿Nos ponemos a ello, entonces? —la animó Hugo.

—Cuando tú digas, señor psicólogo.

—No te burles que algo de respeto deberías tenerme —bromeó.

—Lo siento, te he visto borracho demasiadas veces como para respetarte…

—Eso ha sido un golpe bajo.

Ambos rieron, aliviando la tensión que se había instaurado entre ellos por saber que debían de empezar a trabajar de verdad.

—Fuera de bromas, ¿lista?

—Cuando quieras.

—El último día mencionaste que estabas un poco distante con tu familia. ¿Hay algún motivo para ello? —preguntó yendo al grano y retomando el tema que habían dejado a medias el último día.

—A ver… Esto es complicado.

—Me gusta lo complicado —dijo Hugo con una sonrisa, animándola a hablar.

Sonrió para animarla a hablar. Ella le devolvió el gesto con sus labios, pero no con sus ojos. Hugo tenía la capacidad de hacer sentir cómodo a cualquiera incluso cuando tocaban temas delicados. Ella dudó durante un instante antes de responder:

—Hay un motivo, pero ellos no lo saben.

—Entonces el distanciamiento viene por tu parte, no por la de ellos—adivinó.

—Exacto.

Podía hacerse una idea de dónde residía su problemática por lo que sabía de ella con anterioridad. En lugar de usar esa información, se limitó a tomar notas y le dio espacio para que fuera contando poco a poco su historia en primera persona.

—Mi familia siempre ha sido muy… tradicional. —Buscó la palabra adecuada para definirles en su cabeza—. Les gustan las reglas, lo que es correcto. No salirse de las normas, comportarse bien, hacer lo que se debe…

—¿Eso ha sido un problema para ti?

—Crecí con esos valores. No lo veía como un problema en su momento —confesó esquivando su mirada y delatando que no era su actual postura.

—¿Y ahora sí los ves así? ¿Es un problema ahora?

—No sé si llamarlo problema. Supongo que cada persona es como es.

—No hace falta ponerle nombre si no sabes explicarlo —respondió Hugo, sabiendo perfectamente de qué hablaban—. Solo dime qué es lo que ya no encaja contigo de esa visión o por qué ves las cosas diferentes a ellos.

Respiró profundamente para tomar aire y calmarse. Una cosa era reflexionar durante meses el tipo de relación que mantenía con su familia, y otra muy diferente era decirlo en voz alta.

—A ver cómo lo explico… —se acomodó en el sofá y se dispuso a hablar sin tapujos—.

Mi familia era todo eso que te he contado y, durante años, pensé que era el tipo de vida que quería o debía llevar.

El problema llegó cuando descubrí que había algo más allá de esas normas, fuera de esas cuatro paredes mentales y normas en las que mis padres siempre me han encerrado. Cuando entendí que podía cuestionarlas.

Hugo la escuchó atentamente y esperó a que continuara. Ella no parecía predispuesta a hablar más de la cuenta aún, así que se vio obligado a intervenir.

—Sé que te dije que no usaría lo que ya sabía de ti… —dijo él con cuidado—, ¿pero me permites hacerlo ahora?

—Claro. Lo que sea para hacerme más fácil todo esto, Hugo.

—Tu sexualidad no encaja con lo que esperan tus padres —se aventuró a adivinar y supo que no se había equivocado al ver su reacción.

Directo al grano, como ella misma le había permitido. Bajó la cabeza y empezó a juguetear nerviosamente con los anillos en sus dedos.Al escucharle entendió que no había vuelta atrás y era hora de empezar a vivir una vida plena.

—Sí —admitió en voz baja, aún con la cabeza gacha—. Y lo peor es que ellos no lo saben. Nunca les he contado nada porque sé que no lo aceptarían. Para ser sincera, hay momentos en los que ni siquiera yo lo acepto del todo.

—¿Eso ha perjudicado tus relaciones? —preguntó Hugo, sabiendo que eso afectaba a su amiga directamente.

—Hugo… Hoy no, por favor —rogó levantando la mirada y revelando dos ojos húmedos por las lágrimas—. Para esta sesión tengo suficiente con mi familia. No traigas el fantasma de ella ahora…

El tono de pena usado por la paciente le rompió un poco el corazón y se dio cuenta de que había cometido un error, se había dejado llevar por la información privilegiada que tenía. No debía olvidar nunca que tenía que respetar sus ritmos.

—Lo siento, no era mi intención forzarte a hablar de eso, culpa mía —se disculpó—. Volvamos a lo que nos ocupa. Me decías que a veces te cuesta aceptarlo. ¿Por qué?

—Porque toda mi vida me han dicho que está mal que me guste algo que no es «lo normal» —explicó eligiendo con mucho cuidado las palabras que usaba—.

Desde pequeña, mi madre soñaba con mi boda.

Mi padre insistía en conocer al chico de turno con el que estuviera hablando, insistía en que él debía darme su aprobación…

Mi hermano me presentaba a todos sus amigos con la esperanza de que saliera con alguno de ellos.

—¿Eso te hacía sentir incómoda?

—No, porque era lo normal para mí, era a lo que estaba acostumbrada —explicó, cerrando los ojos un instante recordando todas las veces que había vivido esas situaciones—.

Hasta que un día empecé a sentir cosas por una chica y todo cambió.

Me sentía culpable, como si estuviera haciendo algo prohibido solo porque no era lo que mi familia quería que hiciera.

Me esforcé tanto en ser la hija perfecta para ellos que terminé jodiéndome a mí misma y dejando todo de lado por ellos.

—¿Y ahora, en qué punto estás con tu familia y este tema?

Suspiró y cogió fuerzas para soltar sus mayores temores.

—Estoy mal con mi familia porque no quiero esa vida.

Me he pasado demasiado tiempo negando quién soy y no quiero seguir haciéndolo.

He perdido mucho en el camino por ello, Hugo.

Quiero vivir mi vida como yo quiera, no como ellos esperan que lo haga.

—Volvió a quedarse callado, dejando que se vaciara por completo—.

El problema es que no se lo he contado. Quiero hacerlo porque siento que es la única manera que voy a tener de sacarme lo que llevo dentro. Lo único que me lo impide es el miedo.

—¿Por su reacción?

—Sí. Sé que no se lo van a tomar bien. Y aunque quiero ser libre y feliz con mi propia vida, tampoco quiero que me rechacen por ese motivo. Es complicado, supongo.

—Lo es. La familia siempre es complicada, la tuya y la de cualquier persona de esta ciudad —dijo Hugo con certeza teniendo en cuenta la cantidad de problemas familiares de sus pacientes con los que lidiaba—.

Es importante que entiendas que no tienes que hacer nada para lo que tú no te sientas preparada.

Es una parte de tu vida muy importante, sí, pero eso no significa que tengas que hablar de ello si no quieres.

—¿Y si sí quiero?

La paciente lo miró con tristeza. Un agujero en sus ojos que era capaz de traspasar a cualquier que los viera en ese momento y que le pedían a Hugo que la ayudara a salir de ese pozo.

—Entonces puedes contárselo cuando tú quieras.

Tienes que hacer lo que tú sientas. —Quería que entendiera que no se trataba de una obligación, sino de algo que tenía que decidir ella misma hacer o no.

No había necesidad de justificar sus gustos o dar explicaciones si ella no quería—.

No es un paso fácil. Nunca lo es y nunca lo será.

Si consideras que se lo quieres contar a tu familia porque así lo necesitas, yo voy a estar aquí para ayudarte y acompañarte en el proceso.

—Gracias, Hugo.

Hizo un esfuerzo para esbozar una sonrisa mientras compartían una mirada cómplice esos últimos minutos de la sesión. La paciente no tenía energía para seguir hablando del tema y él tampoco la forzó. Había hecho un gran esfuerzo y se daba por satisfecho.

Sabían que el camino no sería fácil, pero estaba seguro de que, con el tiempo, la ayudaría a encontrar la paz que tanto buscaba.