Lo que dejé en Madrid Capítulo 04 #3
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Capítulo 04 #3

Estos dos con las bromitas otra vez. No la aguanto a ella y ahora tampoco voy a aguantarle a él como no empiece a soltar toda la información que necesito.

Me espero a que Diana entre en la capilla y nos quedemos solos antes de girarme hacia mi amigo con mala cara.

Reconozco que Diana me ha puesto de mal humor y, quizás, voy a pagarlo un poco con él.

Lo siento, Marc, de alguna manera necesito sacar lo que me ha provocado que después de cinco años sea capaz de leer mi cabeza como si nada.

Es que me molesta verme tan vulnerable frente a ella.

Años levantando un muro para que venga con una sonrisa y se crea que está todo bien.

—¿Hugo y Diana eran tan amigos como para que su madre la llame? ¿Como para estar en la lectura de su testamento? —pregunto.

—Te has perdido muchas cosas, Álex. Prometo contarte todo lo que pueda y sepa, pero ahora no es el momento. Llevamos dos días horribles y necesito un respiro antes de seguir con esto —se excusa.

Marcos me conoce y yo le conozco a él. Si está cerrado en banda con este tema, no voy a sacarle nada más. Mejor le dejo un poco de tiempo y espacio, como me ha pedido, antes de seguir con este interrogatorio.

—No entiendo nada de lo que está pasando, pero vale. Lo hablamos luego.

Me guardo la tarjeta que me ha dado Diana, sin ni siquiera mirarla, en mi bolso y suspiro resignada.

Marcos tira a la basura la colilla, ya más que consumida, de su cigarro y nos dirigimos al interior de la capilla.

Nos sentamos junto a nuestros amigos, asegurándome de dejar entre Diana y yo todos los asientos posibles.

Distancia de seguridad. Todo lo que sea necesario para que no me ponga nerviosa, ni mi mente empiece a pensar cosas que no tocan.

Decido centrarme en la misa, aunque no me gusten estas cosas, porque al menos es algo tan ajeno a mí que no me hace darle muchas vueltas a la cabeza.

Tengo sentimientos encontrados porque quiero que termine este sermón cuanto antes, y a la vez no porque eso implica pasar a la parte del entierro.

De ahí ya sí que no hay vuelta atrás con asimilar todo esto.

Como el día va sobre sorpresas inesperadas y no darme ni un respiro, resulta que justo antes de que entierren el ataúd, tanto Marcos como Diana dicen unas palabras sobre Hugo.

Entiendo lo de Marcos, pero ¿Diana? Es que no entiendo en qué momento ha pasado todo esto de ser mejores amigos hasta el punto de estar aquí hablando de él.

En su despedida. Y yo mientras aguantándome las ganas de llorar.

Pues mira, me molesta, la verdad, porque esa debería ser yo.

Si yo tuviera las fuerzas y el valor de hablar en público, claro…

La dulce voz de Diana se rompe durante su discurso y hace que se me pase un poquito el enfado de que esté aquí.

Está… afectada, triste, dolida… No ha venido por mí, ni mucho menos, ni por posturear porque era lo que tocaba.

Está aquí porque de verdad está mal por lo que ha pasado.

Por un momento, cruza mi mente la idea de ir a darle un abrazo o consolarla cuando termina de hablar…

No, stop , no soy su amiga. Si quiere abrazos que se los dé el traidor de Marcos, que parece muy dispuesto a ello.

Me decanto por mantener la distancia el resto de la ceremonia, otra vez.

Me jode, porque es que yo he estado cinco años fuera para no verla, para olvidar todo, y su mera presencia hace que me dé cuenta de que la tensión es la misma que antes. Genial. Mi día solo puede mejorar, ¿no?

Pues no, porque ahora se pone a llover. De verdad que no puedo más, necesito irme a casa cuanto antes y perderme en el sofá jugando con Mario.

—Este día no puede ir a peor —murmuro cuando siento las primeras gotas de lluvia caer sobre mi cabeza.

—No tientes a la suerte —advierte Marcos.

—Odio el tiempo de Madrid —me quejo.

—No es peor que el de Nueva York.

Esa es su opinión equivocada porque allí, por lo menos, si nieva, todo se pone precioso. El tiempo de Madrid es un «quiero y no puedo» de un invierno europeo.

—Si tú lo dices…

—Oye, para ya con esa actitud de mierda —salta Marcos, cansado de que mi humor solo esté empeorando y le hable mal sobre todo lo que dice—. No es mi culpa que Diana estuviera aquí y haya pasado todo esto.

—Quizás si me hubieras contado que erais todos tan amigos, no tendría este humor de mierda.

Marcos suspira. No tiene excusa; sabe que la ha cagado. No solo él, Hugo también, porque al parecer ambos me han mentido demasiadas veces con este tema.

—Han pasado cinco años, Álex. Supéralo. Es nuestra amiga, no hay nada de malo, y cuando hablemos con calma lo entenderás.

Si se piensa que diciéndome eso va a calmarme en lugar de enfadarme más, está muy equivocado. Además, lo de Diana está superado. He pasado página y, simplemente, su presencia me pone de los nervios porque, quiera o no, compartimos un pasado que nunca hemos vuelto a hablar.

—Es que no puedo evitar preguntarme cuántas cosas más no sabía de él, cuántos secretos guardaba bajo el brazo… —respondo ignorando la parte que tiene que ver con Diana.

—Todos tenemos secretos, Álex. No es ninguna novedad.

Claramente teníais secretos en la caja fuerte, concretamente, a una rubia que sigue siendo igual de guapa, o incluso más, que cuando salíamos.

—Creo que un suicidio es algo más que un secreto bien guardado, eh —le recuerdo—. No sé, a mí todo esto me parece que pega cero con quien era Hugo.

—No sé mucho sobre suicidios, pero por lo que he oído, muchos familiares y amigos no tienen ni idea de lo que pasa hasta que ocurre una desgracia —insiste él para justificar la situación.

A mí no me va a convencer así como así de que esto no es raro de cojones.

—Sigo pensando que hay algo extraño. Si no, dime por qué no está su familia aquí o por qué no han abierto el ataúd. Hay muchas preguntas y pocas respuestas.

—Ves demasiada televisión americana y te estás montando películas dignas de Oscar —se burla, sin gracia.

¿Era yo fan de las teorías de conspiración? Un poquito. Eso no significa que yo esté viendo fantasmas donde no los hay.

—Siempre me dices lo mismo, aún sabiendo que tengo razón. Tú tampoco te crees esta historia. Hugo siempre ha odiado las armas y ahora resulta que se voló la cabeza… ¿No ves las incongruencias? —Juro que no entiendo cómo puede no verlo.

—¿Y qué quieres que piense? Acabamos de enterrar su cuerpo; no voy a darle más vueltas ahora. —Sacude la cabeza en negación.

—Piénsalo —le pido en un último intento—. Consúltalo con la almohada y dime mañana si sigues creyendo que todo es normal.

—Lo que tú digas… Vámonos a tomar una cerveza, por favor —suplica.

—¿Todo lo solucionas con cerveza?

Esta vez soy yo la que opta por el humor para continuar con la conversación y aligerar la tensión que se forma cada vez que saco el tema de Hugo.

—Me lo enseñaste tú, ¿recuerdas?

Touché .

Acepto con una sonrisa triste la propuesta.

Se unen a la idea un par de amigos y vamos a un bar cercano.

No es que me apetezca enormemente, pero sé que me va a venir bien despejar un poco la cabeza antes de volver a casa de mi hermano.

Por suerte para mí, Diana declina la invitación y yo respiro aliviada.

No me molesto en despedirme de ella, es lo último que quiero.

Me tiene demasiado alterada. La prueba de ello es que, en cuanto me monto en el coche con la intención de regresar a casa, las primeras lágrimas del día escapan de mis ojos sin ningún tipo de control. Genial lo de conducir así, ¿no?

He abierto el grifo y no sé cómo cerrarlo, así que voy despacio e intento no sumergirme demasiado en los dos pensamientos que se han asentado en mi cabeza en las últimas horas.

El primero de ellos es hasta obvio: Diana sigue igual de cautivadora que siempre a primera vista y ha traído de vuelta recuerdos dolorosos, al fin y al cabo, ella fue la razón principal por la que me fui de esta ciudad para no volver.

El segundo, el que más me ha molestado: no se puede huir eternamente. Por mucho que corras, tus problemas siempre encuentran la forma de alcanzarte en cuanto te paras.