Capítulo 04 #2
Noto cómo le cuesta hacer esa pregunta. Yo estaré jodida, pero esta persona no está mucho mejor que yo, aunque lo disimule más al mantener la pose y no desquiciarse como yo, que debo de estar pareciendo una loca por la forma en la que me mira.
—Sí, su muerte… ¿Cómo podía estar tan mal y que no lo supiéramos? ¿Por qué no pidió ayuda? ¿Por qué no hay nadie de su familia aquí? —dejo salir solo una parte del torrente de preguntas que tengo en la cabeza porque no quiero abrumarle.
—Quizás lo intentó y no supimos verlo…
Una mierda, no voy a cargar con las culpas de esto.
—No. Hablé con él hace un par de días y estaba perfectamente. Hasta hablamos de cuándo vendría a visitarme a Nueva York —explico.
Marcos suspira y sacude la cabeza. No está dispuesto a seguirme el rollo al parecer.
—Álex, déjalo. Cuanto más pienses en esto, peor te vas a sentir. No es tu culpa. No es culpa de nadie que no lo viéramos venir —me pide acariciando mi brazo con ternura.
Le conozco lo suficiente para saber que ahora mismo está en pánico ante la posibilidad de que yo no sepa cómo gestionar esto y vuelva a desaparecer del mapa. No sería la primera vez, ¿no?
—¿Me estás diciendo que no te parece sospechoso? ¿Que esto es normal?
—Por supuesto que no me parece normal… Tampoco hay nada que podamos hacer ya. ¿Qué quieres que te diga? —resopla; la paciencia se le agota.
Pues ya somos dos sin paciencia para tonterías, guapo.
—Te digo que esta historia no es tan simple como parece. Su madre le adoraba y no ha venido, ni…
—Álex, basta, en serio —me interrumpe, más serio que nunca.
Consigue que pare mis preguntas sin fin para mirarle. Está cansado y él no lo ha disimulado a base de maquillaje como he hecho yo. Pues nada, si no quiere que siga por ese camino, iré por otro hasta que se dé cuenta él también de que aquí hay cosas que no tienen ningún tipo de sentido.
—¿Y Diana? ¿Qué hace aquí? Explícame eso de que eran tan amigos.
Abre la boca para responder y se calla antes de poder emitir ningún sonido. ¿Ahora qué le pasa a este?
—¿Ya estás hablando de mí? Nunca fuiste muy discreta en público, Álex. Parece que algunas cosas nunca cambian, ¿no? —Escucho a mi espalda.
Esa voz.
Esa puta voz inconfundible que tanto me ha atormentado por las noches con el paso de los años.
Mi corazón se para durante un breve segundo mientras dejo que su timbre de voz me recorra la espalda como un escalofrío.
Cinco años sin escucharla y no ha cambiado nada de lo que lograba provocarme, especialmente cuando usa ese sarcasmo, que tan bien se le da, para romper el hielo.
Hubo una época en la que me hacía sonreír cuando lo hacía, ahora solo quiero echar a correr una vez más.
Respiro hondo antes de girarme, porque necesito estar tranquila para esta conversación.
Spoiler : es imposible con ella cerca. Solo cuando siento que estoy, más o menos, en control de mi cuerpo, me giro y, antes de lo esperado, nuestras miradas se cruzan.
Fuck , sigue teniendo unos ojos verdes hipnóticos.
Solo que no son tan verdes como cuando está bien y feliz, no.
Tienen un tono grisáceo que solo aparecía cuando estaba muy cansada o había llorado.
Teniendo en cuenta lo ocurrido con Hugo, apostaría porque las dos cosas han pasado recientemente.
Mi querido amigo Marcos, en lugar de romper el hielo y ayudar con esta situación incómoda en la que no podemos dejar de mirarnos sin reaccionar, se echa a un lado para darnos espacio.
Lo mato, de verdad que lo mato.
Tengo las palabras atascadas en la garganta porque no sé ni por dónde empezar.
—Diana…
Genial, Álex, súper creativa tu primera aportación. Tanto tiempo pensando qué decirle si la veías para quedar así de mal.
—Así me llamo —bromea con una sonrisa breve; luego baja la mirada. Agradezco que a ella se le dé mejor esto que a mí—. Sé que es una pregunta tonta dadas las circunstancias, pero… ¿cómo estás?
Pues mira, es una pregunta tonta, pero la aprecio.
—Lo cierto es que todavía intento entender todo esto porque…
—No le encuentras sentido a nada de lo que ha ocurrido —remata para terminar mi frase.
No hagas eso, Diana. No termines mis frases. No sepas qué estoy pensando porque eso era lo que hacíamos cuando estábamos juntas y no quiero caer en esto tan pronto.
—Exacto. Cuando pienso en Hugo…
—No crees que sea capaz de haberse pegado un tiro en la cabeza —dice, sin rodeos, terminando de decir lo que yo no me atrevo a pronunciar en alto.
Joder, otra vez completando mis frases y…
Espera, espera. ¿Hugo se pegó un tiro en la cabeza?
¿Qué está diciendo? Me giro para mirar a Marcos, que sigue a nuestro lado y le veo en el rostro que ya se está arrepintiendo de no haber sido él quien me haya dado esta información.
El leve asentimiento de cabeza me confirma que Diana no miente.
Encima me ha mentido cuando le he preguntado antes cómo había sido…
Quiero pensar que quería protegerme de la verdad, pero es que…
En fin, otro motivo más para que no salga vivo de este cementerio.
Un disparo en la cabeza. No, eso sí que no le pega nada a mi amigo.
Hugo odiaba las armas con toda su alma. El aire se me atraganta.
Literalmente. Siento el estómago encogerse y un pitido en los oídos.
No puede ser. No sé cuántos debates hemos tenido de este tema solo porque en Estados Unidos son legales.
Es que creo que lo hemos hablado todas las veces que ha venido a verme…
¿Y ahora ha sido su forma de morir? Que no…
—¿Y tú, Marc? ¿Cómo lo llevas? ¿Has podido descansar algo? —pregunta Diana notando el silencio incómodo que se ha formado a nuestro alrededor.
—Bueno, no es que haya dormido mucho… me mantengo como puedo.
Una interacción de estos dos me ha bastado para notar la complicidad. Sinceramente, me molesta. Especialmente porque no sé de dónde viene. ¿Estos también son amiguitos ahora?
Sacudo la cabeza para desechar todos estos pensamientos. Estoy aquí por Hugo y eso es lo único que tiene que importarme.
—No puedo entender que Hugo estuviera tan mal y no lo supiéramos ver —dice Diana, y me atrapa otra vez en la conversación. ¿Puede dejar de decir todo lo que yo pienso?—. Además, lo vimos el día antes de todo esto y parecía estar perfectamente. ¿Por qué estamos aquí?
¿Qué? ¿Cómo que lo vieron?
—Espera, espera… ¿Visteis a Hugo el día antes de que muriera? ¿Juntos? —Los miro a ambos, intentando encajar piezas de un puzle del que claramente me falta la imagen de referencia.
Marcos y Diana comparten otra mirada algo tensa. Aquí hay algo que no me están contando. Vaya, vaya… No hace falta ser una genio para unir los puntos y saber que estos tres tienen una relación de la que yo no sabía nada.
—Vaya… ¿Tanto me odia que ninguno le contó que erais mis amigos? —pregunta Diana.
La decepción en esa pregunta me sorprende hasta a mí. No sé si por el hecho de que sepa cuánto la odio o porque hayan ocultado su amistad…
—Álex, Diana, este no es el momento para esta conversación, ¿de acuerdo? —interviene Marcos.
Cree que esto se va a escapar de sus manos como nos deje hablar sin filtro y olvidemos dónde estamos. No le culpo y espero que él no me culpe por no poder contener más la rabia que siento dentro.
—Llevas diciéndome lo mismo desde que aterricé, Marc. Estoy cansada de respuestas esquivas sobre Hugo, sobre su muerte… y sobre ella —digo, señalando a Diana con un gesto mínimo que olvida por un instante que la tengo delante.
—Mira, hablaremos luego y te diré todo lo que pueda, ¿de acuerdo? Ahora compórtate como la adulta que eres, que no estamos en un sitio para que montes uno de tus numeritos —pide Marcos.
Pues si pretende que no me enfade, no ha tenido tacto alguno aquí el amigo. Tengo dos opciones: o le monto el numerito que me está pidiendo que no monte, o echo a correr y que le den a todo el mundo.
No va a ser ninguna de las dos opciones porque Diana se interpone entre nosotros de una manera protectora. La sorpresa es que no es hacia mi persona, como solía hacer, sino hacia Marcos.
—Álex, yo me voy. No quería interrumpiros así, pero tenía que decirte algo importante antes de irme…
—¿A mí? —pregunto, desconfiada.
No quiero tener nada que ver con lo que pueda decirme Diana, de verdad que no y me va a tocar escuchar la petición por el bien de todo el mundo. Y el mío propio, que si no esta noche me voy a comer la cabeza de la intriga.
—La madre de Hugo me ha enviado un mensaje hace un rato y quería que te lo dijera, ya que se ha enterado de que estabas aquí…
—¿Lola te llamó a ti? ¿Por qué? —interrumpo sin poder controlar mi curiosidad.
Es normal, mi desconcierto crece con cada dato nuevo que obtengo. Diana decide ignorar mis preguntas y continuar con su historia.
—Mañana es la lectura del testamento de Hugo y tenemos que estar las dos en esta dirección a las diez de la mañana. —Saca una tarjeta del bolsillo y me la entrega—. No puedes faltar. Si no estamos todos, no podrán leerlo. Es importante.
Cojo la tarjeta con recelo y nuestros dedos se rozan levemente. Trago saliva porque el contacto me ha hecho temblar sin ningún tipo de control. Diana, que no parece querer irse de aquí, intuye que su presencia solo empeora las cosas, así que se atreve a dar un par de pasos atrás.
—Descansa un poco esta noche, Diana. Tienes mala cara —bromea Marcos a modo de despedida.
—Gracias, Marc. Tan adulador como siempre —responde ella con una media sonrisa antes de desaparecer.