Lo que dejé en Madrid Capítulo 04
8%

Capítulo 04

Fanta smas del p asado

Aprovecho mi primer momento de soledad en el tanatorio para entrar en la sala y acercarme al ataúd de Hugo.

¿Estoy lista? Para nada.

En algún momento voy a tener que hacerlo igualmente, así que lo mejor será quitármelo de encima cuanto antes.

Necesito verlo una última vez, por difícil que sea.

Necesito decirle adiós, aunque no quiera.

Necesito… qué coño, lo que necesito es que mi amigo vuelva y no hay más.

Eso no es posible… Bueno, vamos a ello.

En cuanto cruzo la puerta, noto algo raro.

He estado en suficientes tanatorios como para saber que este no es como los demás.

Han colocado un cordón de seguridad que delimita la zona que hay frente al cristal e impide acercarse más de la cuenta al lugar del ataúd.

Lo siguiente que también llama mi atención es que el féretro está completamente cerrado.

Qué raro. Nunca me ha pasado eso. ¿Me estás diciendo que no voy a poder ni verle?

Me giro buscando a alguien que me explique esta decisión. Intento rastrear a algún conocido o a alguien de su familia y vuelvo a fallar. Ningún familiar… es rarísimo. A quien sí veo es a un empleado del tanatorio: un hombre alto y con traje negro, la sobriedad convertida en uniforme.

—Perdone —digo, tratando de llamar su atención mientras coloca unos ramos recién llegados—. ¿Es usted el encargado de este velatorio?

—Sí. ¿En qué puedo ayudarla, señorita? —responde con una voz monótona.

Lo observo de arriba abajo. Rondará los cincuenta y tiene la mirada hueca, como si el oficio le hubiera anestesiado cualquier tipo de reacción. No me sorprende; si yo me enfrentara a la muerte cada día quizá me pasaría lo mismo.

—¿No se va a abrir el ataúd para que podamos despedirnos en condiciones de él? —pregunto, cruzando los brazos para contener el temblor que me está invadiendo por segundos.

—No.

¿Cómo qué no? ¿Qué dice esta persona?

—¿En ningún momento? —insisto.

—No. Permanecerá cerrado durante toda la ceremonia —responde casi sin mirarme.

—¿Por qué? —noto cómo la molestia me sube por la garganta.

Ahora sí que se gira para mirarme con una pizca de sorpresa; no debe de ser normal que alguien pida explicaciones con tanta exigencia por aquí.

—Se ha acordado que este velatorio se realice con el féretro cerrado, señorita —contesta sin perder el tono profesional ni por un segundo.

Me está desesperando esta persona.

—Ahí dentro está mi mejor amigo y quiero despedirme de él como es debido —replico, y mi voz suena más áspera de lo que pretendía.

—Puede acercarse hasta donde indica el cordón, pero no tocar el ataúd ni, mucho menos, abrirlo —advierte, adivinando mis intenciones.

—Quiero verle.

Es una exigencia que este señor va a ignorar porque le importan tres pimientos mi vida y mis sentimientos.

Yo solo sé que estoy a punto de desbordarme por completo, de dejar que las emociones me ganen la partida y romperme aquí en medio.

Y no quiero que eso pase antes de poder verle una última vez, antes de poder hablar con él, aunque sin respuestas.

—Lo siento, señorita, es una orden expresa de la familia.

—¿Qué familia? Si no hay ningún miembro de su familia aquí —me quejo, incrédula.

—Ordenaron que no se abriera el ataúd y que nadie lo hiciera.

Alucinante la frialdad que tiene este tío.

—Necesito verle, necesito despedirme…

El tono de mi voz debe estar empezando a descontrolarse, porque noto cómo varias personas a nuestro alrededor nos miran.

—Me temo que eso no va a ser posible —zanja el hombre, firme.

—Mire, me da igual lo que…

—Álex, para —interrumpe Marcos, cogiéndome del brazo con suavidad—. Para, por favor. No vas a conseguir nada poniéndote así, ¿de acuerdo?

¿Es que él no quiere despedirse?

—Quiero verle una última vez —replico, la desesperación ganando la partida que juegan todos mis sentimientos.

—Lo sé, pero tienes que parar —insiste, sin soltarme.

—¿Puedo ayudarles en algo más? —pregunta el empleado, deseoso de finalizar esta conversación y seguir con sus asuntos.

—No, muchas gracias —responde Marcos por mí.

—Gracias por nada —ironizo.

El empleado se marcha con la misma expresión serena que ha tenido desde que le he visto y me libro del agarre de Marcos para ir directamente a la zona donde está el ataúd.

Mi amigo, que se huele lo que soy capaz de hacer, aparece de nuevo para colocarse en mi camino y evitar que se líe aquí.

Admito que no me apetece crear un numerito delante de todos hoy.

Ganas no me faltan y tampoco es que me estén dejando muchas otras opciones mientras Marcos me arrastra fuera de la sala.

Si es que no estoy pidiendo tanto. Solo soy una chica que ha recorrido medio mundo para despedirse de su mejor amigo y ahora ni siquiera le dejan hacerlo. Pues es que no me da la gana que…

No me jodas, esto es lo que me faltaba ya hoy.

—Tienes que estar de broma. ¿Qué hace ella aquí? —murmuro, clavando la mirada a lo lejos.

Marcos ni se gira; sabe de sobra de quién hablo y, por su reacción, algo me dice que su presencia no es tanta sorpresa para él como lo es para mí.

Solo hay una persona en esta ciudad cuyo nombre me niego a pronunciar en voz alta desde hace años.

Mi propia Voldemort, la que no debe ser nombrada, ni por mí, ni por mis amigos.

El pensamiento de su posible aparición ha cruzado mi mente en algún momento esta mañana, aunque me he negado a creer que pudiera pasar.

—Álex…

—¿Qué hace ella aquí, Marc? —pregunto con los dientes apretados.

La miradita que está poniendo mi amigo ya me advierte que no me va a gustar nada su respuesta.

—Eran amigos, Álex. No es ninguna novedad. Es normal que haya venido a despedirse también…

—¿De qué hablas? ¿Hugo y Diana eran amigos? ¿Desde cuándo?

Mi voz refleja el desconcierto que siento en este instante.

Hugo y Diana se conocieron por mí. Toda su relación siempre fue porque me tenían a mí como nexo de unión… ¿En qué momento se hicieron tan amigos? Especialmente después de… el incidente.

—Llevas mucho tiempo fuera, Álex. Muchas cosas han cambiado y… ya sabes, las relaciones evolucionan y esas cosas —responde, esquivo.

—¿Con Diana? ¿En qué momento ha pasado eso?

—En un momento complicado —dice, rascándose la nuca, nervioso.

Ni momento complicado, ni leches. Si estas personas eran tan amigas, ¿qué más me han ocultado estos años? Ya puede Marcos empezar a cantar con todo lo ocurrido o el siguiente cadáver de verdad va a ser él y sin bromas.

—Marc, déjate de rollos. ¿Qué me he perdido? —exijo, cruzándome de brazos, claramente a la defensiva.

Mi querido amigo, que discreto es poco, se gira para observar la distancia a la que está Diana antes de hablar. A mí me está poniendo de los nervios con tanto secretismo. Me están sudando hasta las manos y yo nunca sudo… Por favor, Marcos, habla ya o te hago hablar.

—No es el momento de hablar de eso, ¿de acuerdo? —susurra—. Lo hablamos más tarde, de verdad, y te cuento todo.

Pues nada, ahora me voy a tener que quedar con la intriga de todo esto solo porque a él no le da la gana de contarme lo que ocurre.

La paciencia no ha sido nunca mi fuerte y si encima me encuentro en un estado tan inestable como el de ahora, pues ya no tengo ningún tipo de control con mis reacciones.

Noto que necesito aire porque me empieza a faltar en los pulmones y la presión en el pecho hace acto de presencia.

Me alejo de Marcos, que no deja de mirarme, supongo que preocupado por lo ocurrido o por la reacción que pueda tener después de verla.

Juro que esto es una broma cruel del destino.

No puede ser que todo se alinee así en mi contra en tan poco tiempo.

Me niego, me niego… Primero Hugo, ahora Diana ahí…

Si es que estoy desquiciada ya y aún no he hablado con ella, algo que empieza a parecer inevitable teniendo en cuenta que está charlando con todos mis amigos.

He imaginado más veces de las que podría contar que nos volvíamos a encontrar.

He recreado conversaciones, peleas y hasta…

Bueno, el caso es que en ninguna de esas opciones que ha pasado por mi mente esto ocurría así.

La observo en la distancia y no tardo en reparar en que sigue teniendo el mismo tic de tocarse el flequillo cuando está nerviosa que cuando estudiábamos.

Algo que me encantaba, porque… Joder, deja de pensar esas cosas, Álex, que no estás aquí para recordar esos tiempos.

Me quedo ahí sentada sola hasta que la mayor parte de mis amigos entran con ella a la capilla para la misa. No es ningún secreto para ellos que hubo algo entre Diana y yo, aunque tampoco es que nunca les haya dado detalles de lo que ocurrió o por qué nos peleamos.

En un intento de que mi mente no caiga en el pozo de todo lo que ella significa, vuelvo a pensar en Hugo.

En su muerte y en cómo no tiene sentido nada de lo que ha pasado.

Él nunca haría algo así. No hace ni tres días que hice videollamada con él y organizamos un viaje para hacer juntos en unos meses.

¿Cómo iba a estar haciendo planes de futuro si tenía pensado quitarse la vida? Que no, que me niego.

Voy directa a por Marcos, que se está fumando otro cigarro en la puerta, y le pego un tirón para alejarle de los curiosos que están también por ahí.

—¿Qué pasa? —pregunta, notando mi urgencia.

—¿No te parece todo muy raro? —susurro.

—¿Ahora qué, Álex?

Me han entrado muchas ganas de decirle que le baje dos tonitos al reproche que acaba de echarme con esa pregunta. Solo me contengo porque necesito que no esté enfadado para esta conversación.

—Todo esto, Marc, es rarísimo —digo señalando a nuestro alrededor.

—No he estado en muchos funerales; no sé qué considerar normal y qué raro —bromea, torpemente.

Una broma más y de verdad lo echo a una zanja.

—No hablo del funeral, hablo de Hugo —corrijo, a ver si así el espabilado de mi amigo se entera.

—¿Su muerte?