Lo que dejé en Madrid Paciente R.P.
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Paciente R.P.

Hugo llevaba un rato observándolo en silencio.

Se estaba convirtiendo en una costumbre empezar las sesiones así porque no había manera humana de avanzar con él.

Era un tipo difícil, un hueso duro de roer como solía decir.

Aunque eso solo despertaba aún más su curiosidad y sus ganas de descifrar qué le había llevado hasta allí.

Había pasado varias sesiones intentando analizar cada gesto, escuchando las grabaciones y buscando hilos de los que tirar.

Nada.

El enigma seguía sentado frente a él sin darle ni una mísera pista de por qué acudía a su consulta semana tras semana.

La primera sesión había marcado el tono de cómo iban a ser todas las demás.

El paciente siempre se cerraba en banda y apenas intercambiaban diálogos durante la hora que pasaba en la consulta.

Por mucho que Hugo le explicara diferentes métodos de trabajo y preguntara sobre su vida, no conseguía averiguar nada que no fuera información superficial.

Le mataba que el silencio fuera el protagonista absoluto en lugar de las palabras teniendo en cuenta que él las necesitaba para poder trabajar.

Hasta el momento lo máximo que había obtenido era arrancarle algo de información básica y superficial: era un hombre de mediana edad, con un trabajo estable, vivía solo y mantenía relaciones esporádicas con mujeres que conocía en aplicaciones de citas o en bares.

A simple vista, todo parecía normal. Incluso demasiado normal y eso siempre era sospechoso.

También había pequeños detalles que no pasaban desapercibidos en lo poco que decía.

Detectó cierto aire de grandeza y una necesidad de ser el centro de atención que contrastaba con su falta de predisposición a hablar y su aparente desinterés en colaborar en la terapia.

Podría no haber sido tan anormal si no fuera porque también notó otros rasgos de su personalidad que, combinados, le hacían estar empezando a elucubrar un diagnóstico.

Tenía la impresión de que su paciente quería mantener la fachada de perfección todo el tiempo y que su reticencia a hablar no era simple desconfianza, sino una estrategia.

—¿Y qué hay de tus padres? —preguntó tratando de sacar algo de información sobre su familia.

La infancia era muy importante en el desarrollo de cada persona y Hugo siempre intentaba saber la relación de cada paciente con su familia.

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó el paciente entrecerrando los ojos.

—No los has mencionado en ningún momento. ¿No tienes relación con ellos?

El sutil cambio en su postura, sus brazos cruzados y la ligera rigidez en su expresión le indicaron a Hugo que había dado con un tema un tanto sensible para él.

—No creo que sea relevante —zanjó.

—O sea, que no tienes relación con ellos. Una pena —comentó Hugo, probando su resistencia.

—De pena nada… —saltó el paciente de inmediato.

Ahí estaba.

Un destello de rabia en sus ojos. Hugo tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír ante esa reacción. Lo había conseguido, había pulsado los botones correctos y había provocado que actuara por impulso con esa respuesta.

—Yo creo que sí es una pena que no te hables con tus padres.

Tomó algunas notas con aparente despreocupación porque no quería que se diera cuenta de la importancia de este hecho para él.

—No he dicho que no me hable con ellos. Lo hago… aunque no mucho.

—Déjame adivinar: hablas con ellos en cumpleaños y festividades, ¿verdad?

Era un comportamiento típico en pacientes de ese tipo.

—Algo así.

—Lo que yo decía, una pena que unos padres no puedan disfrutar más de su hijo.

De nuevo volvió a tomar algunos apuntes y esta vez el paciente no perdió de vista lo que hacía. El psicólogo dejó que el silencio se alargara para presionarle a hablar. Lo conocía lo suficiente ya como para saber que su ego no permitiría que la culpa recayera sobre sus hombros.

—Lo que es una pena es que ellos nunca se hayan interesado por mí —soltó rompiendo el silencio que había durado varios minutos.

—Hombre, «nunca» es una palabra muy extrema. ¿Ha sido para tanto? —preguntó, levantando la mirada para seguir indagando por el resquicio que acababa de abrirse ante él.

—Mi padre es un inútil. No ha dado un palo al agua desde que yo tenía cinco años. Vive de la renta y de los trapicheos que hace con cuatro amigos del barrio… Te puedes imaginar por dónde van los tiros.

Hugo asintió porque imaginaba a lo que se dedicaba su padre. Notó un tono de desdén en su voz, pero no de dolor. Hasta ahora, solo había rencor en sus palabras.

—¿Y tu madre? —indagó, fingiendo revisar sus notas mientras lo analizaba de reojo.

—Mi madre trabajaba y llevaba la casa. Tenía más cabeza que mi padre… aunque tampoco mucha —admitió con la mirada perdida en sus propios zapatos de marca.

—¿No teníais una buena relación cuando vivías con ellos?

La arrogancia que solía proyectar desapareció ante la mención de su madre. Hugo podía ver cómo se debatía internamente entre contar lo que pasaba por su mente o seguir llevando la narrativa que él quería.

—Mire… Esos dos eran tal para cual. Solo se preocupaban por ellos mismos. Yo fui un accidente de una noche y no tuvieron más remedio que lidiar conmigo y alimentarme para que sobreviviera. El resto de mi vida y de lo que he logrado es mérito mío —soltó de mala gana.

Hugo anotó en su libreta: «desapego emocional», «cambios emocionales bruscos», «defensivo».

—Así que crees que tus padres no tienen nada que ver con la persona que eres hoy.

—No lo creo. Lo sé con certeza.

Y por su tono notó que de verdad lo creía.

—Yo creo que te equivocas —respondió Hugo para picarle.

Quería ver cómo reaccionaba cuando alguien le llevaba la contraria.

Ese paciente tenía tanta necesidad de tener la razón, que la máxima de Hugo en aquella sesión era sacarle de sus casillas para ver sus reacciones y comentarios cuando se desquiciaba.

No solía gustarle ese tipo de tácticas a la hora de tratar a un paciente, pero a problemas extremos, medidas extremas.

—Si hubieras tenido mi infancia, te aseguro que me darías la razón.

—Pruébame —lo desafió Hugo.

—¿Qué?

—Dame un ejemplo y te diré si te doy la razón o no.

Por primera vez, el paciente dudó. Seguro de sí mismo, sí, aunque claramente incómodo al hablar de su vida personal. Para Hugo, eso solo significaba una cosa: había algo que ocultar.

—Mi madre nunca me ha hecho un regalo de cumpleaños —dijo como si eso fuera suficiente para convencerle.

—Bueno, hay cosas más importantes que lo material. No te doy la razón —respondió el psicólogo.

El paciente frunció el ceño por esa inesperada respuesta. No le había gustado nada que no le diera la razón.

—A mis padres nunca les importó si sacaba buenas notas, si tenía actividades extraescolares, si llegaba tarde… Les daba igual.

Segundo argumento que Hugo iba a poder rechazar sin problemas.

—Y, sin embargo, hay adolescentes que sueñan con esa libertad que tú tenías. No te doy la razón.

Notó su desconcierto, lo estaba sacando de su zona de confort y estaba a punto de tenerle en el punto justo que él quería.

—Se pasaban el día peleando por estupideces y yo tenía que encerrarme en mi habitación para que no la pagaran conmigo.

Ahí estaba, un buen argumento del que poder tirar y que le daba más información que todo lo que habían hablado hasta el momento.

—¿Cómo lo pagaban contigo? —preguntó.

—No me has dicho si me das la razón con eso.

—Responde a mi pregunta y te lo diré.

El paciente lo miró fijamente. Hugo pudo ver el dilema en su expresión. Empezaba a ser consciente de que su psicólogo le estaba haciendo un lío en la cabeza y aún así, al sentir que estaba tan cerca de tener la razón, no pudo resistirse a responder.

—Me gritaban. Me regañaban por cualquier cosa y… cuando me hice mayor y me enfrentaba a ellos… A mi madre se le iba la mano alguna vez para ponerme firme.

Lo explicaba de una forma tan serena y carente de sentimientos que un escalofrío recorrió el cuerpo de Hugo.

Escribió una nota rápida en su libreta antes de mirarlo, intentando controlar la pena en sus ojos.

Empezaba a tener bastantes indicios sobre qué ocurría con ese hombre que tenía delante y que parecía buscar ayuda aunque no lo demostrara.

No acostumbraba a llenar el ego de sus pacientes e iba a hacer una excepción al intuir que podía ser un punto a su favor y le ayudaría a crear mayor vínculo entre ellos.

—Tenías razón.

El paciente sonrió satisfecho al escucharle.

—Te lo dije.

Hugo se sentía incluso mucho más satisfecho que su paciente por esa respuesta. No hizo ningún gesto que demostrara lo mucho que acababan de avanzar. Necesitaba hacerle creer que había ganado aquella batalla, que era él quien controlaba la situación y que era capaz de manipularle.

Nada más alejado de la realidad.

Hugo llevaba demasiados años estudiando la mente humana y tratando pacientes para dejarse engañar así a la primera de cambio.