Lo que dejé en Madrid Capítulo 03
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Capítulo 03

Un re encuen tro nada casual

No sé cuánto tiempo lleva mirándome sin decir nada. Se le ha quedado frío hasta el café.

—Marcos, te he hecho una pregunta —digo, moviendo la mano frente a sus ojos para traerlo de vuelta a la realidad.

Está en blanco desde que he pronunciado las palabras prohibidas. Creo que no esperaba que fuera tan directa al grano. Normal, me he sorprendido hasta yo misma de haberlo preguntado. Podría haber sido algo más sutil si no fuera porque llevo demasiadas horas pensándolo y necesito ya una respuesta.

—No lo sé. No pregunté cuando me llamaron para contármelo —responde por fin, intentando sonar seguro con su respuesta, aunque no me convence.

¿Aquí hay gato encerrado o me lo parece a mí?

—Es una broma, ¿no? ¿No sabes cómo lo hizo? —insisto, frunciendo el ceño.

Yo habría hecho mil preguntas en su lugar. Es que cómo no vas a preguntar qué coño le ha pasado a tu mejor amigo.

—Lo último en lo que pensé fue en preguntar cómo lo había hecho, Álex.

Cuando te llaman a las nueve de la mañana para decirte que uno de tus amigos se ha suicidado, entras en shock, ¿sabes?

—El tono que usa muestra que tampoco está de un humor mucho mejor que el mío al parecer—.

No es algo para lo que te preparen, ni algo a lo que puedas reaccionar con lógica.

Lo único que pregunté fue si se trataba de una macabra broma de mal gusto.

Las lágrimas amenazan con escaparse de sus ojos y sé que ya somos dos haciendo un esfuerzo por contenerlas.

—Lo siento, no quería hacerte sentir mal —me disculpo, bajando el tono y posando una mano sobre su muslo—. Es solo que esto no tiene sentido… Hugo no haría algo así.

El silencio se instala entre nosotros de nuevo.

Es normal. Ninguno sabe cómo lidiar con lo que tenemos entre manos.

No sé qué decir sin que suene hueco, frágil o ridículo.

Es difícil, la verdad, y Marcos tampoco parece saber qué hacer con esta sensación que nos rodea.

Así que callamos, porque ahora mismo es lo más honesto que podemos hacer.

No concibo que mi trío favorito del mundo se haya roto así como así. Siempre hemos sido Marcos, Hugo y yo, incluso cuando me marché a Nueva York. No nos hemos separado desde que nos conocimos y no tenía previsto hacerlo en toda la vida, pero ahora…

Marcos y yo nos conocimos el primer día de universidad y algo hizo clic en mí cuando soltó, delante de todos, una broma estúpida sobre Anatomía de Grey que solo yo entendí.

Creo que él también me vio como alguien que le iba a saber leer y así fue.

Siempre hemos sido capaces de entendernos sin hablar, estuviéramos donde estuviéramos, siempre sabía qué me pasaba.

Creo que, al igual que ahora, sabe que estoy construyendo un muro que me aleje de todo lo que está pasando.

Nuestro grupo fue creciendo con otros compis de la universidad y con amigos de amigos, hasta que una noche de fiesta apareció Hugo en nuestra vida.

Recuerdo aquella noche con una nitidez que hasta a mí me sorprende, teniendo en cuenta lo mucho que bebíamos en nuestra época universitaria.

Era jueves. Un jueves de esos en los que juramos que íbamos a estudiar y no salir de fiesta…

Súper creíble todo… Marcos y yo siempre terminábamos liandonos de alguna manera para tomarnos aunque fuera una ronda.

Y ahí estaba él, con unos amigos en nuestro bar de siempre, sentado en nuestra mesa favorita.

¿Me hicieron las copas chulearles para que nos dejaran el sitio?

Así es. Un breve momento de cero cordura por mi parte que me dio a uno de mis mejores amigos.

Reconozco que Hugo y yo no congeniamos de primeras, como sí ocurrió con Marcos.

Nosotros éramos de discutir, de chocar por cualquier cosa y nunca darle la razón al otro.

Sorprende que ese aparente odio fuera mutando en un amor incondicional cuando nos dimos cuenta de que éramos bastante más parecidos de loque podríamos pensar.

Así que se podría decir que el vínculo que se formó esa noche de casualidad ha seguido creciendo intacto hasta el día de hoy.

Bueno, lo había hecho, porque ya no va a poder seguir…

Ellos son mis pies en el suelo cuando se me va la olla y mi fuente de conexión con la vida de Madrid.

Son las únicas personas con las que hablo casi a diario y de las que sé todo, a pesar del cambio horario.

De ahí que no me termine de creer o sea capaz de razonar lo que ha hecho Hugo.

¿Cómo no nos dimos cuenta de lo que pasaba?

¿Qué ocurrió para que su vida se torciera de esa forma y tomara esa decisión?

No, Hugo no era así… Él no haría eso…

—Es que todo me parece una pesadilla de la que aún no me he despertado —dice Marcos mientras paga la cuenta para que podamos marcharnos al tanatorio—. Todavía espero mover la cabeza y ver a Hugo por ahí, burlándose de mí, criticándome un poco por mi outfit como solía hacer siempre…

—Llevo treinta horas pellizándome el brazo a ver si me despierto —respondo cuando salimos de la cafetería.

—No va a pasar, ¿no? —pregunta algo cabizbajo, encendiéndose un cigarro. Mira que he intentado veces que lo deje y no hay manera. Se lo perdono porque no es el momento de regañarle—. Por mucho que lo deseemos, Hugo se ha ido para no volver.

—Sigue pareciéndome una idea imposible de aceptar —sentencio, sintiendo cómo se me encoge el pecho por el pensamiento.

Me despido de él para poner rumbo al tanatorio.

Si odiaba los aviones, lo de los tanatorios ya es que no tiene ni nombre en mi vida.

Es una cosa muy incómoda de gestionar y de vivir.

Si por mí fuera no pisaría ese lugar. Me agarraría a la idea de que no ha pasado nada y que todo sigue donde lo dejé.

Para mi desgracia, la vida no funciona así y tengo que despedirme de uno de mis mejores amigos.

Por si la situación no fuera lo suficientemente rara y me pusiera en alerta de por sí, tengo que añadir la tensión de no saber a quién me voy a encontrar allí.

La mayoría de mis amigos, probablemente, ni siquiera esperarán que me haya cruzado el Atlántico para estar aquí tan rápido.

Si es que me sorprendo hasta yo de estar en Madrid, no me van a extrañar sus reacciones cuando me vean.

Intento distraerme y no darle muchas vueltas mientras me centro en la música que suena en la radio, aunque la verdad es que no ayuda.

Todas las canciones son de reggaeton y puedo tolerar algunas, pero media hora de trayecto escuchando la palabra «culito», «brr» o «baby», no es mi plan favorito.

No, no echo de menos la música española salvo por esos pocos grupos que me acompañan desde siempre, la verdad. Viva Amaral.

El parking está abarrotado, algo normal teniendo en cuenta que estoy en uno de los tanatorios más grandes de Madrid. Me tomo un minuto en el interior del coche antes de dirigirme a la sala doce, donde está el féretro de Hugo.

Curioso cómo hay gente que corre una maratón y dice que se le ha hecho corta y yo tengo que recorrer quinientos metros para llegar a la maldita sala que nos ha tocado y se me está haciendo el camino más largo de mi vida.

O así lo siento yo. Me cruzo con mucha gente, sobre todo fumadores desperdigados por los jardines, aliviando el nerviosismo con un vicio que yo hace años que dejé.

De hecho, si no lo hubiera hecho, creo que hoy ya llevaría medio paquete encima.

De nuevo, no puedo culpar a Marcos por hacerlo.

En cuanto llego a la zona de nuestra sala, veo un corro de personas agrupadas junto a la puerta. Agradezco que la primera que me reconozca y venga directa hacia mí sea Amanda.

—¡Álex! —grita, emocionada, olvidando por un segundo dónde estamos.

Amanda siempre ha sido la chica dulce del grupo.

La que se lleva bien con todo el mundo y a la que nada le sienta mal.

Un amor hecho persona, la verdad. ¿Te faltaban apuntes?

Ella te los dejaba. ¿Nadie te podía llevar al aeropuerto?

Ella lo hacía. Una joya como amiga que a todo el mundo le encantaría tener.

—Hola, Amanda —saludo con un abrazo rápido.

—No sabía que ibas a venir.

No lo sabía ni yo.

—No he tenido mucho tiempo de avisar…

—¿Cómo estás?

Vaya pregunta, ¿no?

—Jodida. Como todos aquí, supongo…

Porque no sé de qué otra manera explicar el millar de sensaciones que tengo en mi interior ahora mismo.

—Sí… es un sentimiento bastante extendido en este ambiente —dice, señalando alrededor.

Es en ese momento cuando reparo en todas las caras conocidas que me rodean.

En otro momento me alegraría de verlos a todos.

A costa de perder a Hugo, no tanto. Dispuesta a romper la tensión que se va acumulando en mis hombros, aprovecho la cercanía de Amanda para ir a saludar al resto y ponerme un poco al día de sus vidas.

Lo que sea con tal de no tener que entrar ahí dentro y verle…

¿Cómo voy a ser capaz de despedirme de él?

¿Cómo asimilar que va a ser la última vez que pueda decirle algo mirándole?

Por suerte para mí, Marcos no tarda en unirse a nosotros.

Me engancho a su brazo y dejo que lleve un poco el peso de la conversación.

Ni veinticuatro horas en esta ciudad y ya estoy cansada de responder a las preguntas sobre mi trabajo, mi estado anímico o los comentarios sobre mi regreso a Madrid.

Estoy bastante segura de que si les preguntara a mis amigos si les ha sorprendido más lo de Hugo o lo mío…

algunos incluso dudarían su respuesta. No me extrañaría, cuando me fui lo hice con la firme intención de no volver.

Nadie cuestionó la decisión entonces, aunque pocos entendieron el motivo real.

Dos veces han mencionado a Hugo y a mí ya se me está cogiendo el pellizco en el estómago otra vez, así que me aparto de mis amigos y voy hasta el banco más cercano para sentarme y tranquilizarme.

Hay demasiada gente aquí y no me sorprende, Hugo era un imán social. Sí que es extraño que no haya visto a nadie de su familia, y eso sí que me chirría un poco.

—¿Qué te pasa? Tienes cara de haber visto un fantasma —comenta Marcos sentándose a mi lado.

—¿Qué cara quieres que tenga? Estamos en un maldito velatorio. En el de nuestro mejor amigo, para ser exactos —le recuerdo.

—Lo sé, pero el cuerpo en el ataúd es el de Hugo, no el tuyo, amiga…

Odio profundamente su capacidad para usar el humor como mecanismo de defensa para todo. Lo entiendo, es su vía de escape, su manera de procesar lo incomprensible, y otras veces le funciona, pero hoy no tengo paciencia para aguantarlo.

—Te mataría ahora mismo, Marc.

—Estamos en un tanatorio, puedes enterrarme fácilmente —remata.

Lo mato definitivamente.

—Para ya con las bromas. No es el momento ni el lugar, ¿de acuerdo?

Me levanto y me marcho, necesitando una distancia mínima para que el aire vuelva a entrar en mis pulmones porque si sigo aquí se me va a acabar antes el oxígeno que la paciencia.