Lo que dejé en Madrid Paciente D.A.
5%

Paciente D.A.

—Aunque sé que te has leído los papeles, voy a repetirlo para que quede registrado también en audio. Grabaré nuestras sesiones para poder trabajar mejor contigo y estudiar tu caso con más detalle —explicó Hugo, dejando claro uno de los pilares de su método.

—Por mí, sin problema —respondió la chica, sin dudar.

Ocupó su asiento habitual, frente a aquella nueva paciente, listo para empezar la sesión de ese día. La observó con calma, atento a su postura, a sus manos, a esos gestos pequeños que siempre delataban a los pacientes más nerviosos.

—Me sorprendió bastante que dijeras que querías venir a mi consulta.

—¿Por qué? —preguntó ella, levantando una ceja con sorpresa.

—No sé… ¿no te parece raro? —insistió.

Sí, era algo raro y quería que fuera ella la que confirmara sus mismos pensamientos.

—No soy una persona a la que le resulte fácil hablar de su vida.

Creo que a estas alturas ya lo sabes —admitió la chica, entrelazando los dedos sobre su regazo—.

Y sé que tengo algunos problemas que llevo años arrastrando y me gustaría resolver.

Pensé que sería más sencillo hacerlo con alguien que ya conoce parte de mi historia… y de lo que me pasa.

Hugo hizo un leve asentimiento con su cabeza y dejó la libreta a un lado. También dejó ahí, sobre ella, los sentimientos inevitables que le despertaba la chica. Se obligó a ponerse el traje de profesional, el que tocaba, y marcar ciertos límites antes de continuar con la sesión.

—A ver… Voy a aprovechar que sacas tú el tema para dejar algunas cosas claras —anunció, inclinándose ligeramente hacia adelante para generar mayor confianza—.

Estoy dispuesto a ser tu psicólogo y tratarte.

A cambio, tienes que estar dispuesta a contarme todo lo que ha pasado en tu vida y tu punto de vista sobre situaciones que quizás te hayan marcado.

Incluidas algunas rupturas que ya conocemos…

La mera mención de la palabra «rupturas» bastó para tensar sus hombros al traer de vuelta a una persona en concreto a su cabeza. Cerró los ojos, apretó las manos contra las rodillas y respiró hondo, contando hasta diez para frenar todos los sentimientos que amenazaban con volver tan pronto.

Cualquiera con un poco de ojo para interpretar los gestos habría notado que la decisión de acudir a esa consulta no había sido fácil para ella.

Llevaba meses dándole vueltas y, ahora que estaba allí, que la supuesta ventaja de conocer a su terapeuta se convirtiera en un posible obstáculo, la inquietaba.

—Entiendo que vinieras con la idea preconcebida de que sé lo que pasó en vuestra relación —continuó Hugo sin entrar en detalles de cuánto sabía o no sobre lo ocurrido—.

Déjame aclarar que no es así. Ella es casi tan hermética como tú.

Y lo poco que sé… es solo su versión de la historia.

Yo necesito la tuya para poder ayudarte.

Necesito tus sentimientos, tus pensamientos y tu perspectiva para comprender todo el cuadro, porque sin eso, no puedo hacer nada por ti.

Le dio espacio, silencio y, sobre todo tiempo para tomar una decisión sobre si seguir adelante o no. La conocía lo suficiente como para no implicarse personalmente en esa historia, y demasiado poco como para entender qué la había llevado hasta su consulta.

Si aceptaba quedarse, debía ser con todo lo que ello implicaba.

Hugo le estaba dando la oportunidad de marcharse sin compromiso alguno, de buscar otro terapeuta.

Cuando él se involucraba con un paciente, lo hacía a fondo.

Y en este caso, no iba a ser distinto solo porque conociera a la persona que tenía delante.

Necesitaba hacerlo bien, sin cruzar ningún límite que ella no estuviera dispuesta a permitir.

—Tienes razón. Lo entiendo —dijo ella, finalmente, después de un largo silencio.

—Me alegro —respondió Hugo, suavizando su tono—. Aunque… tengo la sensación de que no estás aquí solo por ella, ¿me equivoco?

—Correcto… Mi relación con ella ya estaba condicionada por mi familia y otros asuntos que, a estas alturas de mi vida, creo que debo aprender a gestionar —admitió con un suspiro.

—No sabes la alegría que me da cuando un paciente tiene tan claro que quiere trabajar en sus problemas.

Esbozó una sonrisa real porque era mucho más fácil tratar a alguien con esa predisposición.

Intentó transmitirle comprensión y seguridad en esa primera sesión en la que tampoco se trataron muchos temas profundos, no era tampoco el momento de hacerlo.

Lo que hizo fue tantear el terreno, establecer objetivos y crear una base de confianza entre ellos.

Paso a paso. Esa era su filosofía.

Y, quién sabe, quizás con aquellas sesiones también pudiera entender un poco mejor a su mejor amiga.