Capítulo 02 #2
Despierto justo a tiempo de ver como Lucas aparca frente a su casa, una vivienda de dos plantas en Aranjuez. Me remuevo un poco en el asiento desperezándome y frunzo el ceño al ver que no mete el coche en el garaje.
—¿Tanto te cuesta meterlo dentro? Es nuevo, por Dios, Lucas —protesto mientras me bajo para abrir el maletero.
—Tengo que irme a trabajar en un rato. No voy a perder el tiempo metiendo y sacando el coche en el garaje.
—Mentira, no lo hace por vago. Estoy convencida que los días que no ha tenido que recogerme tampoco lo ha guardado ahí.
No lo va a reconocer porque lo de querer tener razón es algo que nos viene de familia—.
Además, el garaje es estrecho y Ali tiene ahí dentro la moto.
—Eres experto en encontrar excusas para todo —murmuro, algo áspera y un poco malhumorada por el despertar.
El primero, y al parecer único despierto en la casa, es Roco, el gran danés de color gris perla de mi hermano.
Lo adoptó hace un par de años y estoy dándome cuenta de que, a pesar de mi habilidad para saber bastante bien las medidas en el espacio y los tamaños de las cosas, no he sido capaz de discernir en las videollamadas y las fotos lo grande que es.
No me extraña que siempre diga que tiene que dormir en el jardín, porque como le dé por invadir el sofá no cabe nadie más.
Basta su presencia imponente para disuadir a cualquiera que quiera acercarse a la casa, porque en cuanto viene corriendo hacia nosotros, hasta yo me siento intimidada.
Por suerte, es un cacho de pan y no para de mover la cola para saludarnos con una emoción un poco desbordada.
Me agacho a acariciarlo y saludarlo hasta que se pone algo pesado y mi hermano le da una orden para que regrese a su cama.
Al girarme, una imagen tan simple como la del perchero con los nombres de cada uno de los habitantes de esta casa, una percha extra para los abuelos, y la de Roco corriendo por el jardín, provocan que una idea tan minúscula como dura se instale en mi cabeza: mientras viva en Nueva York no voy a tener una casa, o más bien un hogar, como este.
Ellos tienen una casa, una familia y una rutina. Yo tengo un apartamento en Nueva York y la habilidad de echar a correr cuando la cosa se pone fea. Tremendo superpoder me ha tocado en la lotería de los héroes.
—Acomódate y descansa un poco si quieres —dice mi hermano señalando la que entiendo que va a ser mi habitación estos días—, voy a preparar algo de desayuno y café mientras tanto.
Yo obedezco sin rechistar y me dirijo a la estancia que me indica. Ni siquiera me fijo mucho en el espacio antes de tumbarme en la cama. Error, porque el cansancio sigue colonizando todo mi cuerpo y termino por dormirme casi sin darme cuenta una microsiesta de unos quince minutos.
Bueno, si se le puede llamar dormir a eso porque tampoco es que sea placentero. Medio dormida, medio despierta, he visto figuras difusas que invaden el espacio y luchan contra Morfeo por darme un respiro. Ni un minuto de paz, en definitiva.
Chequeo un par de correos electrónicos nuevos y algunas tareas que se han quedado pendientes en la creencia de que, si mantengo ordenado y claro todo lo del trabajo, mi vida también va a ordenarse.
Ojalá fuera tan fácil como enviar los asuntos a carpetas, marcar para gestionarlos en otro momento o, directamente, eliminarlos.
En cuanto llego a la cocina, Lucas me está esperando ya con dos tazas de café preparadas sobre la mesa. No tengo tiempo ni de ir a por esa dosis de cafeína que tanta falta me hace cuando me asaltan por el camino.
—¡Tita!
—¡Sorpresa! —Alzo a Mario por los aires para abrazarlo mejor—. Estás enorme, ya eres todo un hombrecito.
—¿Cuándo has llegado? ¿Por qué no me has despertado? Nadie me ha dicho que venías —se queja lanzando todas las preguntas que puede por segundo.
—Acabo de llegar y, como era sorpresa, papá y mamá no te han dicho nada, ¿vale?
Esquivo la bala de la verdadera razón de mi vuelta, porque un niño de su edad no necesita lidiar con esos temas.
—Buenos días, Álex —saluda Alicia viniendo directa a darme dos besos y un abrazo un poco torpe porque aún no he soltado a Mario—. ¿Qué tal el vuelo? ¿Estás bien?
—Cansada… Ya sabes cómo son estas cosas, inevitablemente terminas pensando demasiado y replanteándote… —Dejo la frase flotando en el aire porque me doy cuenta de que Mario está muy atento a lo que digo.
El pequeño no tarda en robar la atención de todos los presentes mientras desayuna y termina de preparar todas sus cosas.
Le he echado de menos, la verdad. Tendríamos que habernos visto hace un par de meses, pero el trabajo de Lucas no les dejó ir al viaje que teníamos planeado en Orlando para ver DisneyWorld.
Noto que ha dado un estirón y está bastante más alto y algo más delgado, en consecuencia.
Su pelo negro revuelto sí que no ha cambiado en absoluto y esos ojos verdes, heredados de su madre, tienen la misma magia que el día que nació.
—Siento interrumpir, pero tengo que irme a trabajar y llevar a este renacuajo al cole —anuncia mi hermano con el abrigo de Mario y su mochila en las manos.
—¿Puedo quedarme en casa con la tía Álex?
—No —responde su madre que no va a darle el capricho y tampoco podría porque yo tengo dramas de adultos con los que lidiar.
—Porfa.
—Esta noche cenamos pizza y vemos una peli juntos, ¿vale? —propongo yo para calmar sus nervios.
No le queda otra que aceptar, porque sus padres no van a ceder. Coge la mochila resignado y se va a la puerta de la casa a ponerse los zapatos.
—No sé si te has dado cuenta al llegar, pero aún tengo mi coche viejo fuera, ¿lo necesitas? —ofrece mi hermano.
—No me vendría mal, la verdad —admito pensando en mis opciones de transporte para los próximos días—. Se suponía que me iba a recoger Marcos, pero ya sabes que no me gusta lo de depender de nadie para ir y venir…
—Te traigo las llaves.
Se marcha dejándome con Ali a solas. Mi cuñada, como buena persona empática que es, se coloca a mi lado y me toca el brazo de forma cariñosa.
—¿Cómo lo llevas?
—¿La verdad? No lo sé porque no lo estoy pensando mucho —respondo, cortante, buscando refugio en el fondo de la taza de café.
—Lo que ha pasado es grave, Álex, tienes derecho a estar mal.
Tengo derecho a estarlo, sí. Solo que no significa que quiera estarlo.
—Te agradezco la preocupación, Alicia. No me apetece hablar del tema ahora mismo, ¿vale?
No uso el tono más agradable del mundo y cualquiera se lo podría tomar mal. Cualquiera menos Alicia que me conoce lo suficiente para saber que cuando me cierro en banda y soy un libro cerrado con mis sentimientos, no hay uña que haga palanca y llegue a la página por la que nos hemos quedado.
—Toma las llaves, anda. —Agradezco la aparición de Lucas para darme las llaves del coche—. Te acuerdas de cómo se conduce, ¿no? Tanto metro en Nueva York…
—Es como montar en bici, eso no se olvida, hermanito —digo sonriendo por primera vez desde que he llegado—, además, te encanta comprarte automáticos. Más fácil, imposible. Hasta Mario podría conducir uno.
—¿Puedo? —pregunta el pequeño asomando la cabeza por la puerta.
—No puedes hacer nada —ataja Lucas, lanzándome una mirada de «no le des ideas»—. No escuches las locuras de tu tía, ¿vale? Luego os veo, que vamos a llegar tarde y, Álex… Ten un buen día, dentro de lo posible.
Le doy un último beso en la coronilla a mi sobrino y me quedo apoyada contra la puerta mirándoles hasta que se marchan en el coche.
Pues nada, una ducha rápida, cambio de ropa, un segundo café y a afrontar el día que tengo por delante.
¿Estoy preparada? No. ¿Tengo más opciones?
Pues tampoco. Supongo que de eso va la vida adulta, de hacer cosas que no te gustan o no quieres y joderte porque no te queda otra.
El viejo coche de Lucas está impecable, tan pulcro como el primer día, de hecho.
En cuanto planto mis manos sobre el volante entiendo que lo sigue conservando por el vínculo emocional que tiene con él.
Hasta yo tengo recuerdos memorables en este coche…
Maldito sentimental que va a conseguir que esté ya emocionada desde primera hora.
Arranco y voy a la dirección que tengo ya en el GPS.
No me hace falta ni pasar veinte minutos conduciendo por la capital para recordar por qué nunca cogía el coche en Madrid: calles cortadas, obras, zonas restringidas, tráfico imprevisible, motos que aparecen de la nada…
demasiados obstáculos para un solo trayecto.
Decido que necesito quitarme problemas de encima, así que dejo el coche en un parking para no rayarme más y voy caminando hasta la cafetería en la que he quedado con mi mejor amigo Marcos.
Es curioso que el aire no me parece tan contaminado como lo recordaba.
Supongo que las nuevas regulaciones de tráfico, que me han hecho tardar más de la cuenta, deben de estar funcionando, aunque mi padre no para de despotricar por lo polémicas que son para los habitantes de la ciudad.
Cruzo la calle para llegar a un local que, desde fuera, ya respira el aire modernito de Marcos.
Estoy bastante convencida de que ha subido algún story aquí y por eso me suena.
Bueno, o porque ahora todos los malditos locales son iguales.
Lo veo en uno de los sofás tirado, perdido en su móvil hasta que la campanita de la puerta llama su atención y me ve al momento.
—Amiga —dice nada más levantarse para recibirme con un abrazo—. Cuánto tiempo, joder.
—Esta vez parece más de lo normal.
Le he echado tanto de menos que, por un instante, me permito olvidarme del motivo de mi vuelta. Aspiro su perfume y me pierdo en la suavidad del tejido de su jersey y, lo que más me gusta, la familiaridad de quien me conoce desde siempre y me acepta.
—He pedido un par de cafés y zumos para que no nos interrumpan mucho. —Señala al sofá para que me siente con él—. Y unas tostadas, aunque tampoco es que tenga yo mucha hambre.
Me pongo cómoda y observo a mi alrededor. La cafetería es un lugar íntimo y acogedor, el tipo de cafetería en la que los clientes habituales terminan formando una pequeña comunidad, y Marcos tiene todas las papeletas de ser uno de ellos.
—¿Cómo estás?
Ahí está esa preocupación tan genuina que siempre le ha caracterizado. Es un oso de peluche un poquito grande que siempre va cuidando de todos y no iba a ser menos en esta situación.
—He tenido días mejores, ¿y tú?
—No sé ni cómo definir lo que pasa por mi cabeza —admite.
Al menos uno de los dos parece tener un poco más claro lo que nos pasa.
Ahora que lo tengo más cerca, me fijo en su rostro: las ojeras hundidas me confirman que él tampoco ha dormido desde que me llamó.
Mis amigos decidieron que tenía que ser él quien me diera la noticia porque iba a ser capaz de controlarme mejor y calmarme si hacía falta.
En realidad falta no hizo porque me quedé tan en shock que ni hablaba.
—Saldremos adelante, Álex, siempre lo hacemos.
—Hasta ahora no habíamos tenido que lidiar con algo así —matizo.
No quiero estar a la defensiva, no con él.
De verdad que no. No puedo, ni quiero, permitirme derribar mis barreras y dejarme llevar por la pena o incluso la rabia, y mucho menos en público.
No, mi manera de ser un poco más cerrada me hace evitar estas escenas.
No me apetece que el mundo sepa que el mío ha estallado en mil pedazos.
—Lo sé. Lo único que puedo aportar es que no podemos pensar que es el fin del mundo.
Irá mejorando con el tiempo, Álex. —Hace una pausa cuando la camarera llega con nuestros desayunos.
Odio profundamente estos momentos. Entiendo que es su trabajo, pero qué incómodo es interrumpir para que no escuchen a cada momento—. ¿Le has dado muchas vueltas?
—He intentado no pensarlo mucho porque no entiendo qué ha pasado, ni cómo, Marc… Cuantas más vueltas le doy, menos sentido tiene —respondo vertiendo un sobre entero de azúcar en el café.
Tercer café del día, justo lo que mi ansiedad necesita.
—Estas cosas no suelen tener lógica. No te tortures, por favor —me pide.
Ya intuye que me estoy torturando por lo ocurrido. Y está en lo correcto. Me conoce lo suficiente para saber que voy a estudiar cada detalle hasta encontrar una explicación que me calme; así afronto los problemas: busco razones, puzzles, excusas o lo que sea que haga que todo tenga sentido.
—No entiendo cómo puedes decir eso —me quejo, enfadada por su actitud. ¿Acaso no estamos viviendo lo mismo?—. No es tan sencillo.
—No he dicho que lo sea, pero es la verdad. Ahora mismo no hay una explicación para lo ocurrido y solo estoy intentando que entiendas que quizás no la haya y tengamos que asumirlo.
Trata mantener la calma y conservar los pocos nervios que le quedan para no mandarme a la mierda.
—Eso no es un argumento válido para mí.
Soy consciente de que puedo sacar de quicio a cualquiera cuando me pongo con esta actitud. Agradezco la paciencia de Marcos, de verdad que sí, a pesar de que le estoy llevando al límite.
—Mira, hace diez minutos que has llegado y no te veía desde hace meses, no voy a discutir tan pronto —dice, centrando la vista en la tostada con aguacate de su plato.
—No estoy discutiendo —me defiendo algo molesta con el ataque.
—Solo estás intentando tener la razón, un día más en tu vida —se burla con cariño, tratando de aligerar este momento.
—Quizás, o quizás no quiero aceptar lo que ha pasado.
La frase se me escapa sin pensar. Marcos me mira, sorprendido por mi sinceridad.
—Ninguno queremos, Álex y, sin embargo, debemos hacerlo. No podemos derrumbarnos ahora, o al menos no hoy delante de todos, ¿de acuerdo?
Ten por seguro que eso no va a pasar. Si me apetece poco que un grupo de desconocidos me vea llorar, mucho menos mis amigos después del tiempo que hace que no paso por aquí.
No, ya tendré tiempo en casa de asimilar esto y llorar a gusto y sin interrupciones.
Sé que quiere cogerme la mano, se lo veo en la cara, y agradezco que no lo haga.
Somos expertos en fingir que estamos bien en público.
Yo un poco más, que para eso llevo cinco años perfeccionando mi técnica.
—No me has dicho cómo lo hizo —digo cambiando de tema.
—¿De qué hablas?
Sabe perfectamente de qué hablo, pero me va a hacer decirlo en voz alta, ¿no?
Pues allá va.
—Dime, Marcos, ¿cómo se quitó la vida Hugo?