Lo que dejé en Madrid Capítulo 02
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Capítulo 02

El regreso a M a drid

Seis y media de la mañana, hora española.

Después de lo que me ha parecido una eternidad, por fin el avión toca tierra y yo siento cómo el aire vuelve a entrar en mis pulmones después de demasiado conteniéndolo.

Vaya, todo lo que necesitaba para empezar a sentirme mejor era tocar tierra firme.

Qué importante esto de tener los pies en el suelo, en el sentido literal de la expresión y no figurada como se suele decir.

Y mira que en este caso aterrizar no es solo que las ruedas hayan tocado el suelo, es volver al pasado. Esta última parte la estoy omitiendo por el bien de mi salud mental y me voy a centrar en mis problemas actuales.

Al menos no ha sido tan malo como otros aterrizajes que he vivido, aunque no ha evitado que el corazón me haya dado un pequeño vuelco cuando los motores han empezado a rugir a la inversa.

Esta reacción física de mi cuerpo me ha hecho sacar dos conclusiones: la primera es que sigo odiando volar y, la segunda, pero no por ello menos relevante, es que me sigo mordiendo las uñas cuando los nervios me superan.

Creía que había dejado ese hábito atrás hace tiempo y hoy he descubierto que, en cuanto me he visto superada por la situación, ha regresado como el ajo del salmorejo en verano.

Es una forma inconsciente, e incluso algo infantil, de liberar la ansiedad.

Si mis dedos buscan mis labios, mala señal, mi mente no está en calma.

Una vez superado este mal trago, me toca afrontar otro que tampoco ha sido nada placentero: pedirle a mi hermano que viniera a buscarme al aeropuerto.

Porque sí, Madrid será la capital y será muy guay, pero lo de tener buena comunicación con el aeropuerto y, especialmente, a estas horas, se ve que no se estila.

Genial. Cero transporte público u opciones de llegar a su casa sin dejarme un riñón en un taxi o un Uber.

Toda esta maravillosa carencia de logística me ha obligado a pedirle el favor de que venga a recogerme, cosa que odio.

Odio tener que pedir favores a los demás.

Odio tener que depender de otros y que parezca que… que necesito ayuda para algo simple.

Lo odio. Me hace sentir incómoda, pequeña, y no se me da nada bien gestionar ese tipo de conversaciones en las que siento que tengo que parar la vida de alguien para que me haga caso.

No, es que eso es poner en un compromiso a la otra persona.

¿Qué va a hacer? ¿Decir que no cuando sabe que no tiene otra opción?

Es que es feo… No, no es lo mío y lo evito todo lo posible, aunque implique hacer malabares para solucionar algo que sería mucho más fácil con un poco de ayuda.

Aún en la cola eterna del pasillo de la cabina del avión, con la iluminación que nos hace a todos más pálidos de lo que somos, y el cuerpo tratando de recordar cómo se camina después de siete horas encogida en mi asiento, abro el chat de mi hermano y le escribo que ya he aterrizado.

No le he dado muchos detalles a Lucas sobre mi regreso a la ciudad; en realidad ni yo misma los tengo, para ser sincera, así que le conté lo justo y necesario para justificar por qué ahora sí me atrevo a volver a esta ciudad con prisas y sin aviso previo.

Por suerte, que me hayan llamado con tan poca antelación también tiene sus ventajas, porque no he tenido tiempo de hacer la maleta y, por tanto, no llevo equipaje facturado.

O lo que es lo mismo, no voy a tener que estar esperando eternamente en la cinta que salga mi maleta.

Mira, me libro de otra cosa que me genera ansiedad, la maldita cinta por la que nunca sabes si va a salir tu maleta o no.

El aeropuerto de Barajas sí que ha cambiado bastante desde mi última vez aquí.

Tampoco es que me fijara yo mucho en nada mientras corría con lágrimas en los ojos a mi puerta de embarque en aquel momento.

En esencia, sigue siendo el mismo edificio que tanto me gustaba, arquitectónicamente hablando.

La cubierta ondulada que parece respirar, las grietas de luz que se derraman en la terminal a pesar de la noche exterior y que dividen el espacio con elegancia, la altura vertical que alivia y ordena, esos pequeños detalles que a veces solo yo noto porque mi cabeza disecciona todo en planos y secciones.

Defecto de profesión, supongo.

Nada más cruzar las puertas automáticas de llegadas, lo veo: Lucas, de brazos cruzados, apoyado en uno de los pilares metálicos que sostienen la gran estructura de la cubierta.

Desde lejos ya lo noto algo cambiado desde la última vez que nos vimos: ha adelgazado, seguro que el ascenso en su empresa y el estrés le han pasado factura.

También lleva el pelo algo más largo, algo extraño porque hace años que se rapa por comodidad.

Me alegra esta decisión porque está mucho más guapo así, le suaviza las entradas que, por desgracia, ha heredado de mi padre.

Siempre hay cosas que no cambian y su forma de vestir es una de ellas: vaqueros oscuros, algo pegados para mi gusto y el de la sociedad actual, y camiseta con el dibujo de alguna serie de anime que, probablemente, solo él ve en España.

Corona el look con unas Converse negras que le dan el toque moderno final.

No viste así para trabajar, ya que es todo un «jefazo», como me gusta decirle para picarle, y los trajes se han convertido en todo lo que rellena su armario.

Eso sí, en su tiempo libre, nadie le arranca su estilo.

A mí me gustan sus dos versiones. Todo le sienta bien, la verdad.

Es guapo y lo sabe. Era todo un ligón en su juventud, aunque ahora lo niegue.

No sé con cuántas chicas le vi salir antes de conocer a la que ahora ya es mi cuñada.

Su reacción, cuando le conté el motivo de mi vuelta, no fue mucho más tranquila que la mía; quizás un punto más sentimental, lo normal entre nosotros, vaya.

Yo soy la hermana racional, un poco arisca, y Lucas…

Lucas es el tipo bonachón que se lleva bien con todo el mundo, el cariñoso de la familia.

Vaya, que somos el gato y el perro que mis padres siempre quisieron tener, versión humana.

Voy directa hacia él y suelto la maleta en el suelo antes de hundirme en un abrazo bastante reconfortante, la verdad.

Creo que no era consciente de cuánto lo necesitaba hasta este momento.

Es como si me estuviera arropando en una cama muy blandita después de meses de insomnio, uno de esos abrazos que parecen que duran mil años y que, sin palabras, prometen que todo va a salir bien.

Justo lo que necesito a pesar de su olor familiar a café y colonia barata.

—¿Cómo estás? —pregunta sin soltarme.

Lucas sabe que si empiezo un abrazo, soy yo quien lo termina cuando lo considero necesario. Normas no escritas que ha aprendido con los años. Solo cuando me siento preparada para responder, rompo el contacto para recoger mi escaso equipaje.

—Cansada, ya sabes que no soy nada fan de los aviones y ha sido un trayecto largo.

—No me refería a eso —aclara con cuidado.

Obviamente sé a lo que te refieres, pero, ¿tú me ves con cara de querer hablar de ese tema a esta fucking hora? Pues no y no me apetece discutir tan pronto con mi hermano. Quince minutos en Madrid, una interacción con un ser humano y ya estoy arrepentida de haber vuelto.

—Lo sé —respondo, y señalo la salida.

Es mi forma de decir «vámonos» y «hasta aquí, por ahora».

Capta el mensaje al vuelo y no insiste. Lo siento, hermanito, es demasiado pronto para que yo abra el grifo de desahogarme y exprese mis sentimientos sobre este tema.

Presionarme para que hable nunca es una buena idea porque solo va a conseguir que esté de mal humor y haga más incómodo el trayecto a casa, así que caminamos en silencio hasta el coche.

Una de las pegas de los grandes aeropuertos es que los aparcamientos no están cerca de las salidas, lo que hace este camino bastante pesado y aburrido.

Cuando por fin llegamos al coche, no puedo aguantarme la sonrisa que brota sola en mi rostro al ver el cochazo que gasta ahora mi hermano.

Ya no es el viejo Seat Ibiza que recuerdo, sino un Mercedes reluciente y amplio, coche de familia total.

Mi madre solía contarnos que ella siempre había querido un coche de la marca alemana, pero no tenía dinero para comprarlo de joven.

Ahora tiene dos aparcados en su garaje. Supongo que era su manera de darnos una lección de vida: todo llega, tarde o temprano, con esfuerzo y dedicación.

Ver a Lucas con este coche me hace feliz. Lo soñaba desde niño y, después de años complicados en el mundo laboral, este coche significa estabilidad y muchos sueños realizados. Él siempre creyó más en las historias de mamá que yo, y quizá por eso este coche significa tanto para él.

Me cuesta mantenerme despierta nada más sentarme en el asiento del copiloto.

Intento distraerme con la música que suena en la radio a esta hora y con la mirada perdida por la ventanilla.

Dejo que el sol tímido que empieza a ascender sobre Madrid me pinte la cara y consiga que me quede dormida sin darme cuenta.

Un regalo breve que mi cuerpo y mi cabeza agradecen para el día que me espera.

No sé cuántos días voy a estar en la capital, así que he decidido instalarme en casa de mi hermano y ahorrarme el hotel.

Además, así podré exprimir a mi sobrinito al máximo cuando esté por aquí.

Menudo terremoto tenemos en la familia, no para quieto.

Le he prometido mil veces que vendría a Madrid y nunca lo he hecho porque siempre le hago el lío a mi hermano para que vengan ellos a verme.

Sí, admito que he buscado e inventado excusas para no poner un pie en España y no estoy orgullosa de ello.

Así que va a estar contentísimo de ver que por fin he venido a verle.