Lo que dejé en Madrid Paciente R.P.
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Paciente R.P.

—Como ya te comenté cuando firmaste el consentimiento de datos y hablamos del tratamiento, voy a encender la grabadora para empezar la sesión, ¿de acuerdo? —dijo Hugo mientras dejaba un pequeño dispositivo de grabación sobre la mesa.

—Pero… esas grabaciones no las va a escuchar nadie, ¿verdad? —preguntó el paciente poco receptivo a que sus palabras quedaran recogidas.

—No. Todo lo que hablemos en esta consulta está protegido por el secreto profesional. Por lo tanto, las grabaciones también —respondió Hugo para tranquilizarle.

Estaba acostumbrado a ese tipo de preguntas, aunque esta vez percibió algo distinto en su voz: un matiz de desconfianza, incluso de escepticismo.

Siempre le había resultado curioso cómo cambiaba la gente cuando sabía que estaba siendo grabada.

Por eso lo aclaraba desde el primer momento; así los pacientes podían hacerse a la idea y comportarse en consecuencia.

Llevaba semanas esperando aquella cita, y sentía bastante curiosidad y expectación por lo que podría deparar.

Era algo que le pasaba a menudo con los nuevos casos.

A lo largo de su carrera había tratado a muchos pacientes: algunos confiaban en él desde hacía años, otros solo buscaban un alivio temporal a sus problemas.

Cada paciente nuevo era una incógnita, un reto para él.

Le apasionaba su trabajo, aunque incluyera una parte un tanto desagradable como era ver a sus pacientes sufrir a causa de sus problemas.

Se consolaba pensando que ese dolor era el precio inevitable para poder ayudarlos a salir adelante.

Sin embargo, aquel paciente era diferente y Hugo lo había notado desde la primera interacción que habían tenido.

Los nervios durante una primera sesión eran algo normal en todo aquel que ponía un pie en su consulta.

La incomodidad inicial, las respuestas algo tímidas, la desconfianza…

todo eso formaba parte del proceso y Hugo lo entendía.

La diferencia principal era que ese hombre no se comportaba como la mayoría, no encajaba en ese patrón al que estaba acostumbrado.

Su lenguaje corporal parecía medido al milímetro y no parecía alguien que buscara ayuda, sino alguien que quería llevar las riendas de la situación.

Y eso era algo nuevo para Hugo.

Cada detalle en su apariencia solo hacía reforzar esa image.

No le faltaba un detalle. Con el cabello negro, engominado y perfectamente peinado completaba un look de camisa blanca de lunares ajustada con el pantalón de traje del mismo tono de los pequeños círculos bordados.

En una mano sujetaba un iPhone con aparente indiferencia y, en el pecho, entre los botones de la camisa, colgaban unas gafas de sol que probablemente costaban más de lo que Hugo podía gastar en un mes entero.

Aun así, llevaba demasiados años observando y estudiando el comportamiento humano como para dejarse engañar por una fachada tan perfecta. Había algo que no cuadraba con lo que intentaba proyectar. Porque si algo tenía claro Hugo es que todo el que actuaba de esa forma, siempre escondía un secreto.

Lo que él no sabía era cómo de grande iba a ser en este caso concreto.

—No hay problema, entonces —aceptó el hombre, con una sonrisa que apenas elevó la comisura de sus labios.

—Perfecto.

Hugo pulsó el botón de grabar y cogió su libreta.

Tenía la costumbre de tomar notas a mano en las primeras sesiones.

No solo porque le ayudaba a organizar la información, sino porque los pacientes reaccionaban de forma distinta cuando veían que sus palabras quedaban escritas para la posteridad.

Algunos se cerraban un poco más con sus comentarios, otros, en cambio, eran más abiertos.

Era un truco más destinado a medir su comportamiento que una necesidad real de Hugo por tomar notas teniendo las grabaciones.

El hombre no reaccionó en absoluto ante esa libreta, ni siquiera parpadeó ante el primer apunte que hizo. Hugo tuvo la extraña sensación de que aquel silencio lo acompañaría durante las sesiones y no estaba nada equivocado.

—Como es nuestra primera sesión, empezaremos por algo sencillo —dijo con un tono muy animado. Siempre intentaba transmitirles confianza para empezar—. ¿Qué te ha traído hasta aquí?

El paciente se acomodó en la silla y esbozó una leve sonrisa con cierta chulería.

—Un Cabify.

Hugo alzó una ceja, conteniendo la risa. Era la típica respuesta de alguien a la defensiva. No era el primer paciente que no quería admitir que estaba allí por una razón concreta y él no iba a caer en ese juego tan pronto.

—Yo soy más de Uber, pero no te juzgo. Cada uno tiene sus preferencias —respondió, relajado.

El hombre se limitó a sostenerle la mirada, como si midiera hasta dónde estaba dispuesto a seguirle el rollo su psicólogo. Lo que no sabía es que Hugo tenía a sus espaldas años de experiencia como para no saber lidiar con un graciosillo.

—Ahora que ya conocemos un poco nuestras preferencias personales, ¿entramos en materia? —propuso con calma.

—Usted manda, es el experto —dijo el paciente, cediendo un poco de terreno, aunque sin verdadero interés por lo que tuvieran que hablar.

—¿Cuál es el motivo por el que has venido hoy a consulta?

—El motivo… —El hombre hizo una pausa deliberada para fingir que pensaba la respuesta—. Que tenía una cita concertada.

Hugo respiró hondo. Hacía tiempo que no se encontraba con alguien tan cerrado de primeras.

Estaba acostumbrado a que a las personas que iban a verle les costara abrirse y hablar de sus problemas, no era algo raro.

Esta vez parecía existir un plus de ego y burla que tenía que saber torear elegantemente.

—De acuerdo —respondió sin alterarse—. ¿La cita la pediste tú o alguien lo hizo por ti? ¿Un familiar, un amigo, un médico?

—La pedí yo.

—Eso ya es un paso. —Anotó algo en su libreta sin apartar la vista de él—. Entonces, si decidiste venir, imagino que hay algo que te preocupa. ¿Quieres hablar de ello?

—No especialmente —respondió, encogiéndose de hombros.

—¿Entonces? ¿Te aburrías y decidiste pasarte por aquí?

Hugo le devolvió su propio tono de chulería.

El paciente ladeó la cabeza al ver la actitud de su psicólogo. No esperaba que reaccionara así y le gustaba mucho más ese comportamiento. Casaba más con su forma de ser.

—Tengo una agenda bastante ocupada, el aburrimiento no me ha traído aquí precisamente…

—Si no ha sido eso, entonces, ¿qué ha sido? —insistió el psicólogo.

—Llevo unos meses complicados. —El hombre tamborileó los dedos sobre la mesa, con la expresión de alguien que no está acostumbrado a hablar de sí mismo—. Y creo que hablar con alguien puede ayudarme a calmar los nervios.

Hugo prestó más atención a la forma que al contenido. Es decir, a cómo decía aquellas palabras. No quería revelar mucho y eso, en sí mismo, ya revelaba bastante.

«Esquiva preguntas directas», «muestra signos de nerviosismo pero mantiene la calma», «evita hablar de sí mismo en términos emocionales» , anotó en su libreta.

Aquello le hizo tener un nuevo interés en ese paciente tan particular. Ojalá su instinto le hubiese avisado de que, en lugar de resolver ese rompecabezas, lo mejor era hacerse a un lado y dejar el misterio para otros antes de que desmontara su propia vida en el proceso.