Lo que dejé en Madrid Capítulo 01
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Lo que dejé en Madrid

Lo que dejé en Madrid

Por Julia Munoz Ramírez

© inepub.com

Capítulo 01

Una llamada en mitad de la noche

—No me creo que esté haciendo esto.

Ni que vuelva a Madrid después de cinco años, claro. Pero aquí estoy, atrapada en un avión, el cual odio, y mis propias decisiones.

He debido de hacer ese comentario en voz alta, sin querer, porque el chico que tengo sentado a mi lado me está mirando de una forma extraña.

Por suerte, esa mirada no dura mucho antes de cerrar los ojos con hastío.

Seguro que teme que le haya tocado una loca paranoica a su lado para un vuelo que no es precisamente corto.

No va muy desencaminado, dadas las circunstancias de mi viaje, la verdad.

Desvío la vista, de nuevo, hacia el ala del avión, que se extiende a unas pocas filas por delante de donde estoy sentada.

No es de mis sitios favoritos a elegir para un vuelo de esta duración.

Bueno, de ninguna en realidad. Me gusta la seguridad del pasillo y eso de no estar viendo, ni pensando, el infinito bajo mis pies.

No me voy a quejar tampoco, porque con la poca antelación con la que he comprado el billete, debería darme con un canto en los dientes de estar aquí sin haberme dejado los dos riñones en el mercado negro.

Veo al último de los pasajeros entrar en la cabina y sé que ya no tengo escapatoria.

Por más que quiera, no me puedo bajar de aquí.

Ni aunque la ansiedad que está colonizando mi pecho por segundos termine por explotar de forma definitiva.

Una ansiedad que he procurado mantener a raya durante años y que ahora regresa con una facilidad dolorosa.

No me queda otra que cerrar los ojos e intentar calmarme.

Me pongo mis auriculares y la música con un volumen bastante elevado, en un intento de apagar el sonido de los motores que cada vez rugen con mayor intensidad.

Una playlist con canciones de Gracie Abrams y Elle Coves que siemprereproduzco en los días malos es hoy la elegida para acompañarme.

Porque el día de hoy, si es algo, es malo.

Bueno, es peor y ninguna playlist se podría acercar, siquiera, a la situación que estoy viviendo, así que me conformaré con esa.

No es ningún secreto para nadie que me conozca: odio los aviones con todas mis fuerzas.

Siempre me ha parecido irónico teniendo en cuenta la cantidad de mundo que he recorrido a estas alturas de mi vida.

Especialmente durante mi época universitaria.

Todos los años ahorraba para hacer uno o dos viajes con mis amigos por Europa.

Era nuestra forma de creernos adultos independientes y responsables.

No lo éramos, creo que ni siquiera ahora lo somos del todo.

Mis padres también han colaborado mucho en que conozca ciudades fuera de la seguridad de la capital.

Lo cierto es que, por mucho que haya viajado, nunca he conseguido acostumbrarme, ni mucho menos superar, el nudo que se me forma en el estómago con cada despegue y que no se deshace hasta que el avión toca tierra.

Si a todo esto le sumamos que desde que puse un pie en Nueva York no he cogido ningún vuelo, la sensación de pánico ha vuelto incluso más fuerte de lo que recordaba.

Creo que, en realidad, mi verdadero problema no es el avión en sí mismo, sino la sensación de no tener control sobre nada de lo que pasa.

Me ocurre en otros aspectos de mi vida, pero en esos al menos no pienso que me muero si falla algo…

Cierro los ojos, subo el volumen de la música en el teléfono y, aunque no soy creyente, rezo para que todo salga bien. Muy típico ser hater y luego agarrarse a cualquier cosa que creas que te puede salvar. Muy de época Twitter, bueno «X» ahora o como se diga.

Soy consciente de lo irracional que resulta este miedo.

El avión es el medio de transporte más seguro del mundo, lo repiten las estadísticas, las probabilidades, hasta lo diría ChatGPT si se lo preguntara.

Maldito ChatGPT colonizando toda nuestra vida.

Muerte a la IA, por favor… Lo que nadie te explica es que el cuerpo no entiende de números ni de razones cuando no tengo los pies en tierra firme.

Cinco años, que se dice pronto.

Cinco putos años sin poner un pie en estos artilugios del demonio.

A veces pienso en volver a casa, en ver a mi familia, pero luego recuerdo mi ajetreada agenda y lo difícil que es cuadrar todo con el trabajo, los vuelos, las consecuencias del jet lag…

No, no me sale a cuenta esa paliza. Porque solo es por eso, ¿no?

No hay más, o quizás sí, pero… Joder, ¿qué ha sido eso?

Ya empiezan las turbulencias. Qué mal lo voy a pasar como sea todo el rato así.

El caso es que tampoco ha cambiado mucho la cosa en este tiempo.

Mucha inteligencia artificial hasta para ir al baño, pero los aviones siguen exactamente igual: asientos estrechos, ventanillas sucias, aire acondicionado demasiado fuerte y azafatos que intentan mostrar su cara más amable a pesar del cansancio que acumulan.

Recorro con la mirada la cabina, como si estuviera analizando uno de mis proyectos, y observo cada mínimo detalle, cada pasajero y cada nube que veo por la ventanilla.

Y una gran revelación cruza mi cabeza: volver a Madrid no es una buena idea.

Siento que la ciudad me va a devolver esta misma sensación de vacío que tengo ahora.

Y eso no es un buen presagio.

No se trata solo de regresar a la ciudad que me vio nacer y crecer.

Se trata de regresar a la vida de la que huí hace cinco años, aunque a mí me dé la sensación de que han pasado diez.

Con mi regreso también vuelven los recuerdos, las mentiras y sobre todo, los fantasmas del pasado que creo haber espantado, pero que en el fondo siempre viven agazapados en la oscuridad buscando su oportunidad de volver.

Y esta vez yo se la estoy sirviendo en bandeja de plata.

Suspiro, me hundo en el asiento e intento vaciar la mente.

Aprieto el reposabrazos hasta que los nudillos se me ponen blancos de la tensión que acumulo.

El chico de al lado me vuelve a mirar incómodo.

No lo culpo. Ni yo me aguanto ahora mismo, no quiero imaginar qué piensa de mí.

.. Tampoco es que me pueda permitir pensar demasiado en todo esto porque tengo que mantenerme entera para lo que me espera cuando aterrice.

Vuelvo porque no me queda otra opción, no nos engañemos.

Porque he visto la vida maravillosa que creo tener tambalearse con una simple llamada de teléfono.

Tengo bastante claro que no se me va a olvidar nunca el sonido de mi móvil en el silencio de mi apartamento.

Casi me da un infarto cuando ha empezado a vibrar sobre la mesita de noche, anticipando por unos pocos segundos el tono de llamada que no ha tardado en sonar.

Aún siento el frío en mi dedo al deslizar sobre la pantalla para coger la llamada.

Y esa voz… esa voz que ha roto un poco mis esquemas y mi mundo.

Una llamada breve, urgente, suficiente para derribar todos mis planes.

Han bastado sesenta segundos de conversación para que meta cuatro cosas en una maleta y compre el primer billete de avión a Madrid.

Estoy bastante segura de que jamás voy a poder sacarme de la cabeza esa conversación, no solo por lo que significa, sino porque sé que marcará mi vida y la de los míos durante mucho tiempo.

¿Cómo no hacerlo?

Ni en el medio vuelo que llevo he conseguido procesar y asimilar lo que me han contado.

He reproducido, palabra por palabra, la conversación hasta desgastarla al punto de agotarme a mí misma.

He buscado distracciones, cualquier cosa que me sacara de ese bucle, pero no ha servido de nada.

Ni mi paseo por el avión para estirar las piernas, ni la comedia romántica que me he puesto, ni la comida…

Nada, todo es inútil. Ojalá dormir a pierna suelta como lo hace mi compañero.

O está acostumbrado a volar o lleva un diazepam en el cuerpo, porque se le está cayendo hasta la baba.

Siete horas.

Qué largas se hacen siete horas aquí dentro y qué rápido se me pasan cuando estoy de fiesta o con mis amigos.

Siete horas para dar vueltas en mi cabeza a todos los escenarios posibles que me esperan en Madrid.

Es mi manera de lidiar con los nervios: prever cada situación para no sentirme indefensa si se cumple.

¿Lo de ojo de loca no se equivoca? Normal, si todo lo que pasa ya ha ocurrido en mi cabeza, así acierto seguro.

En cualquier caso, da igual lo que me imagine esta vez porque ninguno de los escenarios que piense me va a parecer real.

Ni ciento cincuenta horas en este vuelo me prepararían para asimilar la pesadilla que estoy viviendo.

¡Claro! ¡Eso es! Estoy viviendo una pesadilla, ¿no?

En cualquier momento me voy a despertar y esto va a haber pasado. Sí, es el escenario que más me gusta.

¿Irreal? Pues también, pero prefiero creerlo durante un rato.

Las turbulencias y el anuncio del piloto de que comienza el descenso sobre Madrid me alertan de que no.

No estoy soñando por más que quiera. Me giro a tiempo para ver cómo el sol empieza a teñir las nubes que nos rodean en tonos naranjas y me roza la mejilla.

Dios, cómo echaba de menos esta calidez que no encuentro en Nueva York ni por asomo.

Ya veo las cuatro torres desde el aire y soy consciente de que sí, que estoy a escasos minutos de aterrizar en Madrid.

A escasos minutos de enfrentar la realidad.

A escasos minutos de encontrarme con el pasado que dejé atrás.